Descendientes legítimos de San Vicente de Paúl

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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El glorioso manchego cuya figura inmortalizó don Mi­guel de Cervantes Saavedra, aun anda por Filipinas en­carnado en algunos de sus descendientes, que si no a desfacer entuertos, se ocupan por lo menos en remediar mi­serias ajenas, en acorrer a los menesterosos, en exponer a veces su vida para sacar con bien a sus prójimos que se hallan en trance de muerte.

Véase si no, la muestra: En una hermosa tarde del mes de mayo último, día siguiente a la fiesta de la Santa Cruz, el P. Antonino Mayoral, Paúl, profesor del Seminario menor de Mandaloyong, empeñábase en convencer a otros varios Padres, que de distintas provincias del Archipié­lago habían acudido a Baguio para tonificarse y recobrar sus pérdidas fuerzas en aquel clima paradisíaco. El Pa­dre Mayoral, andarín esforzado, terrible traga-leguas, se empeñaba en convencerles de lo agradable que les resultaría emprender una excursión por el camino de Baguio a Bontok, que él ya conocía y del cual se hacía len­guas por la belleza del paisaje y por los espléndidos pa­noramas que desde allí podían otearse.

La mayor parte de sus hermanos de hábito le hicie­ron fu como al gato, pues también sabían ellos que el caminito se las traía y que había puntos en donde se iban con el credo en la boca, precipicio a un lado y precipicio a otro, con la nada placentera probabilidad de dejar los huesos en alguno de aquellos espantables barrancos.

Sin, embargo, no todos pusieron mala cara a las propo­siciones del P. Antonino Mayoral, y así fue, que después de animada discusión convenciéronse los PP. Baldomero Estévez y Alvaro Santa María, del Seminario de Calba-yog, y el P. Zacarías Subirias, del Seminario de San Pa­blo, Laguna, a acompañar al P. Mayoral en aquella ex­cursión.

Por teléfono se pidió un auto del «Matzu garage» y a poco llegó un Chevrolet en el cual montaron los cuatro esforzados expedicionarios. No había rodado mucho el auto, cuando pronto echaron de ver que delante de ellos marchaba un «Nash Roadster», guiado por su dueño, el Mayor William Warner Carr, que llevaba a su lado a su esposa, mientras que en los asientos de atrás iban el Te­niente Mr. Kelly y su esposa. A veinte metros de dis­tancia marchaban los dos autos, cuando de repente, al trasponer una loma desde la cual esperaban ver prece­diéndoles el auto de Mr. Carr, el chofer del Chevrolet se volvió a los Padres asustado diciendo: «Padres, seguro desgracia.»

Efectivamente, desgracia presagiaba lo solitario del ca­mino y desgracia pregonaba aquel árbol que allí cerca, en las negras fauces del abismo, se balanceaba, sin que vien­to alguno justificase su balance.

Apenas la imagen de la desgracia se irguió ante sus mentes cuando ya los cuatro hijos de San Vicente de Paúl se lanzaban fuera de su Chevrolet, ansiosos de socorrer a quien necesitara de sus auxilios. Pronto se convencie­ron de que allí había unos desgraciados a quienes prestar socorro, pues fácilmente echaron de ver que el auto se había precipitado por aquella sima, quedando casi col­gado de aquel árbol que acompasadamente se movía, como extrañado de soportar el peso insólito que pendía de su tronco.

El P. Estévez, sin pensarlo, sin medir la profundidad del abismo que a sus plantas se abría, bajó, mejor dicho rodó veinte metros, hasta hallar tendido en tierra a Mr. Kelly, que con voz doliente le indicó que prosiguiera más adelante, porque temía que a las señoras les hubiera ocurrido alguna catástrofe irremediable. Cien metros más allá encontróse con Mr. Carr y con su esposa, los cuales aunque postrados en tierra y víctimas de graves heridas, sin pensar en sí mismos, también le indicaron que fuese a buscar a Mrs. Kelly, a la cual suponían gravemente le­sionada. Animado siempre de su deseo de ser útil a sus se­mejantes, el P. Estévez continuó rodando por entre aque­llos pedruscos y aquellas malezas, encontrando al fin a los ciento cincuenta metros de profundidad, a Mrs. Kelly, llena de rasguños en la cara y en el resto del cuerpo, sangrando por varias heridas, desmelenada y descalza, aunque afortunadamente sin graves contusiones.

Tras del P. Estévez lanzóse al socorro de los acci­dentados el P. Subiñas, el cual atendió a Mr. Kelly y bajó hasta donde estaban los dos esposos Carr, acompa­ñándole el chofer del Chevrolet. Pudieron, entonces, con­vencerse de que la que estaba más grave era la señora de Carra, pues se había roto una pierna en varios pedazos, a unos dos o tres dedos del tobillo, apareciendo casi des­menuzada la tibia. Con los cinturones del P. Subiñas y del chofer y con algunas ramas arrancadas a los pinos, en­tablillaron como pudieron aquella pierna destrozada, aten­diendo también después a Mr, Carr que se quejaba de insoportable dolor en la espalda y en las costillas.

A todo esto, el P. Estévez trató de subir, de izar más bien a Mrs. Kelly, a quien había atado su fajín, y así, mientras ella subía casi a gatas y él se arrastraba preci­picio arriba, pudo poco a poco irla arrancando de aquella profunda sima en donde la encontró, llevándola a donde estaba su esposo.

El P. Mayoral, el iniciador de la excursión, bajó hasta la mitad del precipicio, y haciéndose cargo de que no eran bastantes los esfuerzos del chofer y de los dos Pa­dres, volvió atrás para pedir auxilio, andando desde el kilómetro 38, en donde la desgracia había ocurrido, hasta el kilómetro 42, hallando en ese punto al guardavía y a otros dos igorrotes, a los cuales se agregaron dos más, to­dos los cuales se pusieron a su disposición para prestar auxilio a los pobres lesionados.

Los igorrotes, conocedores ya de las dificultades del terreno, comprendiendo que era imposible bajar sin de­trimento de sus huesos por donde habían rodado los Pa­dres Estévez y Subiñas, optaron por dar un rodeo, y desbrozando con sus bolos la maleza, llegaron hasta don­de estaban los esposos Kelly y Mr. Carr a quienes iza­ron hasta el camino.

Luego, volvieron a bajar por Mrs. Carr y aquí fue donde se encontraron con los mayores apuros, porque la pobre lesionada, apenas la movían, se quejaba de ho­rribles dolores en la pierna. Ruege usted a Dios por mí, fueron las primeras palabras que brotaron de los labios de la accidentada, cuando al abrir sus ojos vio a su lado al P. Subiñas. Y éste, profundamente compade­cido al apreciar el estado de la pobre lesionada, le indicó que se apoyase sobre él, ínterin los igorrotes le prestaban más eficaz auxilio.

Por señas les pidió el P. Subiñas que construyesen una camilla, por rústica que fuese, para izar hasta el camino a Mrs. Carr. Todo inútil, pues los igorrotes no le enten­dían. Al fin, se le ocurrió al P. Subiñas mencionar la pa­labra «hamaca» y fue entonces cuando aquellos montañe­ses le entendieron, y aderezando una rústica camilla con ramas de árboles, extendieron sobre ella la sotana del P. Estévez y encima colocaron a la enferma que tenía por cabezal la sotana del P. Mayoral. Mojada completamente y transida de frío, por haberse vertido encima, en el mo­mento del vuelco, una lata de agua que a prevención lle­vaban en el auto, Mrs. Carr se quejaba de sus dolores y del frío, entonces, el P. Subiñas, sin vacilar un momento, se despojó también de su sotana y cubrió con ella a la po­bre herida, haciéndola así más, llevadera su triste situa­ción.

Entre una cosa y otra, eran ya las 5,30 de la tarde, sien­do así que el accidente? había ocurrido a eso de las dos y pico. Por atajos subieron hasta el camino los igorrotes a Mr. Carr, mientras que por la torrentera subía el P. Subiñas al mismo punto.

Llegados al kilómetro 38, cuando Mr. Carr y los espo­sos Kelly se hallaban ya en la carretera, los PP. Paúles procuraron reanimarles. Y una vez reanimados, los dos esposos Kelly salieron con el P. Estévez en el auto los Paúles a pedir auxilio a Baguío, mientras que Mr. Carr se quedaba allí esperando a su esposa, cuya ascen­sión por aquellos vericuetos, conducida en parihuelas por los igorrotes, tenía que ser mucho más lenta y penosa.

El P. Alvaro Santamaría, a quien su corpulencia no le permitía rodar tan fácilmente por el precipicio, deseoso de ser útil a los accidentados, lanzóse casi a la carrera a pedir auxilio, caminando desalado cerca de ocho kiló­metros y llegando jadeante hasta una estación, en donde trasmitió telefónicamente a Baguio la noticia del acciden­te. Debido a esto, en el kilómetro 3o encontraron ya los esposos Kelly a la ambulancia militar, en la cual les aco­modaron conduciéndoles al Camp John Hay, desde donde inmediatamente salieron en socorro de los esposos Carr dos automóviles, uno con militares, y otro con el teniente Darío, de la Constabularia. Ya eran las 7,30 de la noche cuando los dos automóviles llegaron al kilómetro 38, y allí, a la luz de las hogueras que se encendieron y auxi­liados por los reflectores de los autos, hicieron la prime­ra cura a la esposa del Sr. Carr y después la llevaron a Baguio, trasbordando a la ambulancia militar que ya vol­vía, una vez dejados en el Camp John Hay los esposos Kelly. En el auto del Teniente Darío volvió a Baguio el Mayor Carr con los PP. Mayoral y Subidas, que llegaron a su casa a eso de las once de la noche, reuniéndose allí con los PP. Estévez y Santamaría, fatigados todos, rendidos a más no poder; pero satisfechos, muy satisfe­chos por haber podido ser útiles a sus semejantes, aun a riesgo de sus vidas, que más de cuatro veces se jugaron aquella tarde.

¿No es verdad, lectores míos, que estos rasgos mere­cen especial mención, algo más que la escueta noticia que en varios periódicos ha aparecido, equivocada en alguno de ellos hasta el punto de convertir al P. Santamaría en miembro de otra orden religiosa? ¿Y no es verdad que está justificado que la progenie de Quijano el Bueno no ha degenerado en Filipinas, y que aun hay aquí quien al ver a su prójimo en peligro, no vacila en arrojarse de cabeza a un barranco, a trueque de prestar sus auxilios a un necesitado?

Aunque, a decir verdad, no es necesario remontarnos tan alto en la historia, para buscar la progenie espiri­tual de los cuatro padres Paúles, cuyo rasgo meritísimo hemos relatado. Porque con decir que en esta ocasión ‘se mostraron dignos hijos de su glorioso padre San Vicente de Paúl, por antonomasia llamado el héroe de la caridad, está dicho todo y está hecho su mejor elogio.

MANUEL RÁVAGO.

Tomado de La Defensa de Manila, 18 de julio de 1929.

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