Capítulo 6: DE LA CASTIDAD Y DECENCIA CRISTIANA
29. [Origen y naturaleza del sexo). El mismo Dios «hizo al hombre en el principio varón y hembra» ( Mt. 19,4) y según el Eclesiástico (Si), todas las obras del Señor son muy buenas (Cf. 39,21). Por donde aún lo que por esta parte se encuentra por naturaleza en el hombre, de por sí es bueno y honesto, sin embargo después del pecado de Adán exigen cierta vergüenza y custodia propia (Cf. Gn. 2,25 y 3,7). Por los méritos de Cristo los cuerpos de los renacidos se han convertido en templos del Espíritu Santo: por eso también en los cuerpos humanos Dios puede y debe ser glorificado (Cf. I Co. 6,19-20). Claramente se sigue que las cosas que se refieren al sexo se consideren y se traten con ánimo sencillo, reverente, púdico y casto. Firme sin embargo esta dignidad original del sexo humano, conviene que se desechen las falsas exageraciones, y si precisamente porque Dios hiciera al hombre varón y hembra, le hubiera constituido apropiadamente a su imagen, o porque el hombre como tal se constituyese principalmente por elementos sexuales. Aquí pues en la tierra, aunque el sexo humano disponga también de otras cualidades, primariamente sin embargo se ordena al matrimonio, como enseña la Escritura (Cf. Mt. 19,4), hasta que se cumpla el tiempo, en el que los hombres «en la resurrección ni se casarán ni serán dados en casamiento» (Mt. 22,30), como dijo el Señor
30. [ El hombre no es señor absoluto de su cuerpo). Se ha de tener bien en cuanta, que sólo Dios es el dueño absoluto de la vida del hombre y de su integridad, en particular en lo que se refiere a las cosas que hacen naturalmente al hombre apto y le asocian a Dios para la propagación de la vida humana. Por lo tanto es contrario a la voluntad divina cambiar el propio sexo ya determinado suficientemente; como tampoco está permitido mutilar los órganos genitales del hombre o hacerlos infecundos, a no ser que no se pueda conseguir de otra manera la salud de todo el hombre o en ciertos casos especiales conformes a la doctrina de la Iglesia. Sin embargo en ningún caso se da el derecho o puede darse de efectuar en el cuerpo humano el transplante de los órganos de animales, que produzcan células germinativas según su género, o a la inversa; o también de unir entre sí gérmenes humanos de ambos sexos en el laboratorio, por más que se pretenda, sin violencia del pudor y de la castidad, el único y verdadero progreso de la ciencia.
31. [ De la castidad en los solteros). Ciertamente que se ha dado al hombre el derecho y el deber de dominar los ímpetus y afectos sexuales, mediante el ejercicio de la continencia y de la castidad, por el que realmente la carne y el sentido se someten a la razón, iluminada por la razón, y el hombre se hace conforme a Cristo y se asemeja en cierto modo a Su Virgen Madre y a los ángeles. Por divina ordenación, manifiesta asimismo en la ley de la naturaleza, porque tenga ya una capacidad sexual válida se deduce el derecho de ejercitarla. Únicamente pues, en el legítimo matrimonio y dentro de sus límites morales, se tiene ese derecho. Una grave obligación tiene pues el hombre soltero, ya en solitario ya con otro, de omitir los actos, que por su naturaleza constituyen propia y específicamente usos perfectos o imperfectos del poder sexual o lo que se ordena a su uso con libre y consciente voluntad. Téngase presente el serio aviso del Espíritu Santo que habla por el Apóstol: «No os equivoquéis: ni los fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales… poseerán el reino de Dios» (I Co. 6,9-10). Más aún hasta los malos actos internos deliberados contra la castidad los reprueba el Señor con severidad (cf. Mt. 5,28; 15,18-19). Y no se diga que estas cosas, sobre todo hoy, no se pueden evitar. Pues aún los solteros son capaces de guardar la castidad con la ayuda de la gracia de Dios, como de estas mismas cosas ya declaró el S. Sínodo Tridentino, y enseñó la Iglesia de continuo. No menos hoy que antes, aun para los jóvenes, sirven los avisos del Apóstol: » El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo…¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo…?» ( I Co. 6,13, 19-20). «Que no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad» (I Ts. 4,7). Aunque la castidad no sea el único ni el primer valor en la vida moral de los hombres, sin embargo no se ha de negar en cuánto se ha de valorar ante Dios la vida casta de aquellos que, aun fuera del matrimonio se conservan puro e inmaculados en este siglo; con todo no sin razón también la modestia, la continencia y la castidad se cuentan entre los frutos del Espíritu Santo junto con la caridad (cf. Ga. 5,22-23).
32. [ Defensa y cuidado de la castidad). Pero la castidad, de tanto valor ante Dios, para guardarla bien se ha de querer con eficacia, guardar vigilantemente con humildad, defender y promover por medios aptos naturales y sobrenaturales. La verdad es que la naturaleza ayuda en esto a los hombres mediante cierto pudor innato, que crece más y ayuda si va acompañado de espíritu cristiano. El pudor puede decirse que es la prudencia y defensa de la castidad. De donde no se ha de seguir la práctica de que los actos impúdicos se tengan por indiferentes. Ni tampoco se ha de seguir la aberración de algunos, por la que se recomienden contra el pudor aquellos mismos actos, para que, por cierto deleite sensual directamente buscado y obtenido en ellos, pueda uno guardar mejor la castidad y evitar el pecado de la lujuria consumada y perfecta. Y no menos se condena el otro extremo, por el que se invocan varias razones, del orden natural, incluso la misma religión y moralidad para defender y propagar cierto culto propio al nudismo, sin atender a las condiciones de los hombres tras el pecado de Adán ( cf. Gn. 2,25; 3,7). En lo que se refiere a la así llamada «iniciación sexual»: aunque este S. Sínodo, como se puede ver, recomienda la recta, decente y cristiana educación e institución de lo que se refiere al sexo según la condición y exigencia de cada uno, debe con todo reprobar una iniciación de esta manera indiscriminada, incondicionada, irrespetuosa, promiscua y naturista. Además conoció este Sínodo con sumo rechazo cuántas y cuáles sean hoy las insidias detestables contra la castidad, por las que en tantas manifestaciones de la cultura diaria, aun presentándose a modo de juego, recreo, ciencia, arte o de concursos de belleza, de hecho los espíritus, redimidos por la sangre de Cristo, a cada momento y casi por todas partes inclusive en el seno de la familia, son incitados y hasta arrastrados al mal. Los avisa pues a todos a fin de que se defiendan contra tales peligros, con oraciones, ayunos, con los sacramentos de la Penitencia y de la S. Eucaristía, y la devoción a la Virgen María. Que huyan también de las ocasiones. ¿Cómo pues pueden decir con sincero corazón : «Y no nos dejes caer en la tentación» (Mt. 6,13), si ellos mismos buscan las tentaciones libremente? Acordándose de las palabras del Señor contra los que dan escándalo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de levantarse contra los que escandalizan y sobre todo contra la depravación de la moralidad pública. Y también la autoridad civil debe custodiar y defender la moralidad con los medios aptos y eficaces a su alcance, ante todo ayudando a los esfuerzos de todos y cada uno y de común acuerdo, a promover la moralidad pública.
33. [ Se censuran algunos errores). Hay afirmaciones que ofenden gravemente la doctrina de la Iglesia en las cuales, inclusive en el hombre normal, casi todas las cosas, aun las religiosas, morales y hasta sobrenaturales, como a priori «se han de explicar por lo sexual, con añadidura de la acusación de que se han de tener pastores de almas no idóneos e incapaces de su oficio, ya que desconocen éste y otros postulados modernos. Además de ser un error no querer reconocer el pecado interno contra la castidad, o medir el propio pecado externo por criterios nuevos y ofensores de las doctrinas de la Iglesia. Y por la misma razón por enteramente falsas se han de tener las opiniones que con injuria insinúan que las acciones que la ética tradicional de la Iglesia tiene como ofensivas de la castidad son más bien exigencias de la propia naturaleza o de la sana evolución de la persona humana. Muy malo es sostener que los mismos amores pecaminosos hacia personas del mismo sexo son como un privilegio de una cultura más alta. También estigmatiza este Sínodo como perniciosos los errores, por los que, si crees, propia y especialmente en el campo de la castidad, nunca o casi nunca serían acciones subjetivamente malas gravemente, especialmente en el tiempo de la juventud y en las que son por costumbre, ocasionales y recaídas, porque se presume que carecen de suficiente libertad, llegándose hasta afirmar que son inevitables. Y llega el error hasta afirmar que sea lícito inducir a alguien a las mismas acciones objetivamente gravemente malas, cuando son tan sólo y todo lo más pecados materiales; o también que se asuman especiales obligaciones sobre la castidad en el tiempo de la adolescencia como prácticamente inexistentes, porque se presuma a priori y universalmente en esa edad que carecen de madurez psicológica y de la experiencia necesaria sobre la persona del otro sexo. Por fin el S. Sínodo para rechazar igualmente los injuriosos errores, tales como que la Iglesia con su doctrina sobre la castidad y la decencia dañara la sana y robusta educación de la juventud. Estas cosas se dirigen directamente contra Dios, porque dice con el Apóstol: «La fornicación y toda inmundicia… ni se nombre entre vosotros, como conviene a los santos» (Ef. 5,3).






