Del orden moral cristiano (V)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 2005.
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orden moral1Capítulo 5: DEL PECADO

22. [En qué sentido se ha destruido el reino del pecado). Aunque nuestro Señor Jesucristo por su piadosísima muerte destruyó tanto el reino del pecado y de la muerte: no por ello, mientras peregrinamos en la tierra, podemos apartarnos de la fuente de la vida por el pecado que es trasgresión de la ley, iniquidad (cf I Jn. 3,4) e injuria hecha a Dios. Entretanto, mientras que se destruye la amistad entre Dios y los hombres por el pecado mortal y el hombre vuelve a ser hijo de la ira (cf. Ef. 2,3), por el pecado venial, en el que caemos con mayor facilidad, según el Sínodo Tridentino, se retarda el fervor de la caridad, llegando a veces el alma, si se repite mucho, a disponerse al pecado mortal.

23. [El pecado mortal con desprecio y por desprecio). Para que nadie se engañe con detrimento de su alma inmortal, el Sagrado Sínodo enseña que puede existir pecado mortal aun cuando el hombre no desprecia explícitamente a Dios ni lo odia: porque se acepta con plena advertencia y pleno consentimiento lo que repugna totalmente a la amistad divina, y abandona los medios, necesarios por sí y absolutamente para alcanzar el verdadero fin. No se reduce a lo mismo pecar con desprecio y por desprecio de Dios. El último es de tal malicia, que hace al hombre semejante al diablo: pero no se puede negar tampoco que estos pecados graves, que no proceden de semejante desprecio, por su naturaleza se cometan con desprecio del legislador y que con ello destruyan su amistad.

24. [Pecados por debilidad). Ofende por lo tanto gravemente a la doctrina de la Iglesia, quien diga que todo pecado cometido bajo el influjo de las fuerzas sensibles, es siempre pecado venial. Ni se puede tolerar la opinión de los que dicen que el pecado grave, formal lo llaman algunos, sólo puede existir en aquel que, libre de toda influencia de los afectos, se niega a sabiendas a dejar la mala costumbre, a la que se entrega culpablemente. Lo que si fuera verdad, apenas alguna vez existiría pecado mortal, formal e imputable: con lo que se contradiría gravemente a la praxis de la Iglesia y al Espíritu por el que ella se gobierna. La Iglesia siempre tuvo como realmente caídos e impedidos por pecado grave a aquellos que en época de persecución negaron a Cristo por miedo a los tormentos. Por eso lloraba S. Pedro amargamente su culpa (Cf. Mt. 26,75; Lc. 22,62).

25. [Falsas teorías psicológicas). Aunque el pecado grave genere la muerte (cf. St. 1,15) y nada tan detestable como él, sin embargo el remordimiento de la conciencia y la conciencia de pecado son grandes dones de Dios, concedidos a los pecadores, para que se aparten de la vía mala y regresen a la fuente de la misericordia divina. Por ello resulta injurioso a la misericordia divina confundir estos dones salvadores con la ansiedad escrupulosa o con los estados meramente psicológicos, que según se dice dimanan de cierto conflicto, entablado en los escondrijos del subconsciente. Ni están los efectos de la insatisfacción o, como dicen, de la frustración, en la vía del pecado y del mal.

26. [Del avance de los fieles en el camino de la justicia). Para llevar así fructuosamente la vida cristiana, que corresponda a los planes de Cristo, no basta evitar los pecados mortales, como si a doctrina evangélica fuera  de índole puramente negativa, o únicamente «la ética de lo prohibido», como se dice. Conviene mucho que «crezcamos en la caridad en él en todo, que es la cabeza, Cristo» (Ef. 4,15). Al fervor y aumento de la caridad se oponen de una manera peculiar aquellos pecados que se llaman más leves, cotidianos, veniales. También éstos, en cuanto lo permite la fragilidad humana, los debe evitar el cristiano, y en primer lugar los que son plenamente deliberados. Para evitar los veniales, y un progreso más alegre en las sendas de las virtudes, muy recomendado desea el Sacrosanto Sínodo aquel uso de la frecuente confesión introducido no sin la inspiración del Espíritu Santo por la Iglesia, por el que se aumenta el recto conocimiento de uno mismo, crece la humildad cristiana, se erradica la maldad de las costumbres, se opone resistencia a la negligencia espiritual y a la indolencia, se purifica la conciencia, se fortalece la voluntad, se consigue la moderación salvadora de las almas, y se aumenta la gracia del propio sacramento.

27. [ Grande oficio de la penitencia). Según la Escritura,  milicia es la vida del hombre sobre la tierra (cf. Jb. 7,1). La suma pues de la milicia cristiana es no entregarse a las costumbres corrompidas del siglo, al contrario rechazarlas y resistirlas constantemente. Por lo tanto vean los fieles cuán lejos esté de la profesión del nombre de cristiano, buscar de cualquier manera los deleites, como se hace por lo general,  sentir horror por las obras de las virtudes, y no negarse nada de lo que suave y delicadamente lisonjee a los sentidos. «Los que son de Cristo crucificaron su carne con los vicios y las concupiscencias» ( Ga. 5,24). Por lo tanto no es un consejo sino un deber, no solamente de aquellos que optaron por un género de vida más perfecto, sino de todos sin distinción, por la virtud de Cristo flagelado por nosotros,  coronado, crucificado, llevar la mortificación de Jesús a todas partes en sus cuerpos, para que su vida se manifieste en ellos (II Co. 4,10-11). Quien ofrece expiaciones a Dios por el pecado, ese mismo confiesa que son santas las leyes supremas de las costumbres y reconoce su fuerza obligatoria y el derecho de Dios de castigar a los violadores. La virtud de la penitencia es pues un arma saludable de la que se sirven los soldados de Cristo preparados para defender el orden universal de las costumbres, y donde sea preciso, restaurarlo. Y si el cristiano arde de verdad en el deseo de la ley divina y en el amor fraterno entonces se entregará al trabajo no sólo para lavar sus propios pecados por la penitencia, sino que también tomará sobre sus hombros los pecados ajenos para expiarlos con obras de penitencia.

28. [Se condenan los errores). Cometen pues grave error, quienes por falso quietismo o naturalismo u otra razón, tienen en poco la penitencia cristiana; injurian a la Iglesia y al mismo Cristo quienes la describen como un odio secreto a  la carne al estilo de los Maniqueos, o un perverso apetito del dolor, buscado por sí mismo por deleite.

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