Capítulo 4: DE LA DIGNIDAD NATURAL Y SOBRENATURAL DE LA PERSONA HUMANA
16. [El hombre hecho a imagen de Dios). Brilla la dignidad de la persona humana, cuando, hecho a imagen y semejanza de Dios, el hombre recibió de Dios la luz de la razón, la potestad de la libre elección, la llama del amor, y el dominio de las cosas temporales. Más aún, participando de la naturaleza divina (cf. 2 P. 1,4), está llamado a aquella participación de la filiación divina de Cristo, por la que también nosotros nos llamamos y somos hijos de Dios (cf.1Jn. 3,1). Téngase pues cuidado en que la dignidad de la persona humana no resulte obscurecida por la fe en los dogmas, la disciplina de las costumbres, por las leyes eclesiásticas; más aún con esto brilla más, ya que servir a Dios es reinar.
17. [ Se defiende el libre albedrío). Ya desde un principio vindicaba la Iglesia católica con firmeza el libre albedrío contra los paganos y los Gnósticos, y declaró en juicio solemne del Sínodo Tridentino que no se había extinguido por la caída del pecado original. Y si bien muchos contemporáneos nuestros fuera del ámbito de la Iglesia la tienen en gran consideración, sin embargo no por eso deja de existir una gran necesidad de defenderla. Porque se propagan opiniones que se han de rechazar frontalmente, en las que se enseña que, debido a los caracteres desmadrados de la vida de hoy, a la violencia de los ataques, a la desmesurada influencia de la propaganda ideológica moderna en la mente y afectos del hombre, y sobre todo a las enfermedades psicopáticas en aumento de día en día, la mayor parte en las condiciones de hoy son incapaces del todo de realizar un acto verdaderamente libre, así que son rarísimos los hombres que sean realmente adultos en el orden moral. A nadie se le oculta que según lo dicho no sólo desaparece la libertad humana, sino que con ella el mérito o demérito, la responsabilidad jurídica y moral, por lo que la posibilidad de la vida cristiana se va necesariamente a pique. A la pía Madre Iglesia le duelen los hechos y las causas de los que proceden los pareceres ya dichos, y se esfuerza por ponerles remedio: y no desconoce que tales sentencias tienen su origen en un cierto celo indiscreto: que quitada la responsabilidad, también se quita la ofensa formal de Dios y el peligro de la vida eterna. Ya el Apóstol (cf. Rm. 10,2) reprende el celo, que no sea según la ciencia, y que una cosa es disminuir la libertad, y otra es quitarla: por esto el hombre se ve privado de su libertad, y la gloria de Dios queda oscurecida.
18. [Defensa de la dignidad humana contra los falsos artificios). A fin de defender la libertad humana, provee también la Santa Iglesia, que todo aquello vaya en contra, sea apartado de la práctica de las costumbres. Tampoco a aquellos, que gozan del poder público o jurídico, les es permitido emplear nunca medios físicos, químicos, psíquicos que se oponen al derecho natural de la persona humana a mantener la integridad del cuerpo y de la mente. Además «a nadie le está permitido someterse incondicional e indiscriminadamente a los que emplean curaciones psicoanalíticas, ni entregarse a los médicos que proponen a los pacientes usar de cosas, que se opongan a los preceptos católicos».
19. (Ciencia, artes liberales, técnica). Es consciente el Sagrado Sínodo de que la Iglesia tiene a la ciencia y a las artes liberales en alta y grata estima, no sólo porque sirven a la gloria de Dios y a la salud de los espíritus en tan alto grado, sino también porque en sí son como un trasunto de la ciencia y belleza divinas. Y no en menos estima las artes técnicas y las disciplinas exactas, que se llaman: pues cuando Dios estableciera en un principio que el hombre dominara a la criatura (Sb. 9,2 – Gn. 1,28-30), por sí mismo de han de alabar los intentos, por los cuales el género humano escruta los secretos de la naturaleza y se esfuerza por disfrutar más y más de las fuerzas de la naturaleza en bien de la humanidad. De esta investigación no sólo resultan muchas comodidades para la vida humana, sino también para la disciplina de la técnica si se manejan bien pueden llevar a Dios con la ayuda de la gracia; más aún conviene que sirvan para a la propia difusión de la doctrina cristiana y aumento de la gloria de Dios. Por lo cual se ha de poner todo empeño en que lo que Dios ha destinado a su gloria y felicidad del hombre se desfigure con la soberbia humana, por la que se atribuye al propio ingenio lo que se debe atribuir a Dios, y sirva al error y a las depravadas pasiones de la naturaleza humana: las cuales, si están sometidas a la razón, colaboran al progreso del hombre en la verdad y el bien.
20. [ Progreso técnico y el Reino de Dios). Impío y contrario a la fe también es identificar el inmenso adelanto de las disciplinas exactas y de las artes técnicas con el mismo Reino de Dios en la tierra, ya que son instrumentos para incrementar la cultura humana. Dicho adelanto no constituye el reino de Dios sino que conviene que a su modo esté al servicio del Reino de Dios. Y aunque todas las cosas sean de Cristo y de Dios, y todas se han de instaurar en Cristo (cf. Ef. 1,10), sin embargo no de la misma manera. Pues las cosas sagradas, como la gracia «haciéndonos así partícipes de la divina naturaleza» (II P. 1,4), los Sacramentos y demás, plena e inmediatamente se refieren a la vida eterna, a la que estamos llamados; pero las cosas profanas no se ordenan inmediatamente al reino de Dios, a la vida de la gracia y de la gloria, sino que el hombre las puede y debe referir a esas cosas, más aún deben servir secundariamente al Reino de Dios a su modo.
21. [El progreso técnico y el progreso religioso-moral). Es totalmente ajeno a la mente de la Iglesia decir que los Cristianos por la esperanza y el amor a lo eterno no puedan estimar verdaderamente los valores temporales, y por un falso indiferentismo trabajar en lo que toca a los males físicos, a los dolores, al hambre y a la guerra. Por otro lado no es verdad que del progreso de las artes técnicas, de las disciplinas exactas y de la cultura humana, se infiera un progreso semejante en el campo moral y religioso. Se ha de adscribir pues a la concupiscencia triplemente mala (de la carne, de los ojos y del orgullo de la vida), de la que (habla) el Apóstol S. Juan (I Jn. 2,16), que todo aquello que debe estar al servicio del reino de Dios esté al servicio de sus adversarios. Así sucede que muchos esperen la salvación de parte del hombre más que de Dios y Cristo; así como que entre los cristianos los haya que saboreen más las cosas eternas y las esperen que a nuestro Salvador Jesucristo (cf. Fip. 3,19-20). A quienes se ha de decir en alto una y otra vez: «…si resucitasteis con Cristo, buscad lo que está arriba, no las cosas de la tierra» ( Col.3,1-2).






