Capítulo 2: DE CONCIENCIA CRISTIANA
7. [Qué es conciencia). Este orden moral cristiano, del que reciben los fieles la luz de la razón y de la revelación, los dirigirá(-ge) y conduce en sus juicios prácticos sobre la honestidad de sus propias acciones por la conciencia de cada uno, puesto que como esté bien formada, les hace ver en el momento de la decisión cómo deben juzgar y actuar según la voluntad de Dios. Esta voluntad de Dios al presentarse con más claridad a nosotros en la doctrina de Cristo y en el magisterio de la Iglesia, se constituye en la conciencia como pregonera de Dios, de Cristo, de la Iglesia. Como toda la vida cristiana, en lo que se refiere a las costumbres, se encuentre en el fondo de la conciencia de todos y cada uno de los fieles y por ella se rige y conduce: por eso se puede aplicar también a la conciencia lo que dijo cristo del ojo humano: «La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo fuera puro, todo tu cuerpo estaría iluminado» ( Lc. 11,34).
8. [La conciencia se ha de formar rectamente). No menos se permite aplicar a la conciencia las palabras de Cristo que siguen a continuación: «Pero si (tu ojo) fuese malo, también tu cuerpo estaría en tinieblas: Mira pues que la luz que hay en tí no sea oscuridad» (Lc. 1,34-35). Manifiestan sin embargo con qué sumo cuidado y diligencia se ha de formar la conciencia. Lo primero que se ha de tener en cuenta es que la conciencia sea recta y verdadera. No será verdadera si se forma según el gusto de cada uno y el personal convencimiento, por serio y sincero que sea: sino porque esté de acuerdo con las normas establecidas por Dios, tal y como son, y que por lo tanto manifieste la voluntad de Dios que se nos ha expresado con claridad en la voluntad, doctrina y vida de Cristo. En la formación de la conciencia pues el hombre no es autónomo, y ni siquiera haya tentativa de adaptar la voluntad de Dios a los gustos del hombre, donde el hombre se debe adaptar a Dios.
9. [De la conciencia errónea). Ni el principio: que la norma de la formación de la conciencia sea el orden normal objetivo, y no la convicción meramente subjetiva, se abandona en el caso de la conciencia mal formada. Hasta el creyente puede equivocarse al formar la conciencia; pero no cambia el dictamen de la conciencia errónea, ni siquiera por el respeto al propio errante, el orden moral objetivo, así como tampoco disuelve el vínculo por el que el errante está ligado a este orden, aunque quizás sin culpa alguna y mucho menos en caso del error cometido con buena fe, el hombre se constituye en fuente y norma de moralidad objetiva para sí en el foro de la conciencia. Aunque el hombre pueda y deba seguir a su conciencia errónea: esto no se debe a la subjetiva persuasión, sino porque el propio orden objetivo lo pide, según dice el Apóstol: «Pues todo lo que no es según conciencia (la fe) es pecado» (Rm. 14,23). Tanta es pues la fuerza y el valor del orden objetivo en la conciencia. No obstante quien con buena fe se equivoca sobre la honestidad objetiva, tanto tiempo sigue ajeno a la culpa, cuanto perdure esta buena fe sin culpa, pero no sin daño del propio hombre o de la comunidad.
10. [Pseudoconciencia autónoma). Y si, ni siquiera la conciencia errónea con buena fe suprime aquella dependencia, por la que la conciencia se subordina a las leyes contenidas en el orden objetivo: mucho menos puede suprimirla el deliberado intento de sustraerse a sabiendas y queriéndolo a este orden objetivo, torpemente provocando al derecho, libertad y dignidad de la propia conciencia. Pues no existe tal derecho, tal libertad y dignidad, ni en la naturaleza humana, ni en el hombre en cuanto persona.: aunque muchos pretendan lo contrario llevados por falsos principios y falsas ideologías, no sin grave daño de las almas.
11. [Conciencia sellada por la verdad y la caridad de Cristo). Recuerda por fin el S. Sínodo, que se tenga ante los ojos al formar la conciencia no sólo la verdad sino también la caridad cristiana: pues la ciencia sin caridad, y es testigo el Apóstol (I Co. 8,1), hincha, que no edifica. Por lo cual, en todas nuestras obras, para convencer a los hermanos del error, no sólo se ha de juzgar con caridad a los que de buena fe yerran y quebrantan la ley de Dios, sino que se han de tener en cuenta las razones de los que equivocadamente ven pecado donde no lo hay; ni vayamos a servirles de escándalo, llevándolos con nuestro ejemplo hacia aquellas cosas que creen erróneamente pecado. La verdadera caridad entonces exige que, donde no podamos convencer a los hermanos de error, siempre, salvos por supuesto los derechos de la verdad y de la comunidad, omitamos todo aquello que vaya en desdoro de Cristo, quien también murió por ellos. La genuina conciencia cristiana conviene que vaya sellada con la verdad y la caridad de Cristo.






