Capítulo I: DEL FUNDAMENTO DEL ORDEN MORAL
1. [ De la índole objetiva del orden moral). El S. Concilio en memoria del dicho apostólico: «Esta es pues la voluntad de Dios vuestra santificación» (I Ts. 4,3), confiesa solemnemente que existe el orden moral, ordenación del mismo Dios infinitamente bueno e infinitamente santo, por la que se miden la honestidad y la deshonestidad de los actos humanos. Dicha ordenación participada por los hombres a través del conocimiento, les sirve de regla y norma de santidad, a fin de que según las Escrituras sean santos como el mismo Dios es santo. Al observar este orden con la ayuda de la divina providencia, el hombre conforma su voluntad a la voluntad de Dios y participando de la ley de libertad ( cf. St. 1,25) no sólo se convierte en fiel siervo de Dios, sino que goza también de la libertad de los hijos de Dios aquella por la cual, libre del poder del pecado pueda dirigirse a su fin último, que en esta economía de la salvación es el mismo Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo, para gozar de él en la patria por la contemplación y el amor . no es pues el orden moral una ficción meramente humana, sino que ese orden existe realmente, así como existe realmente la voluntad de Dios, infinitamente bueno y santo.
2. [Ordo moralis absolutus). Es pues el orden moral no sólo objetivo sino también absoluto, de distinto modo y grado. Pues dimana de la ordenación de Dios, quien por su infinita santidad ama el bien necesariamente y odia el mal, y «en quien no hay cambio ni sombra de rotación» (St. 1,17). . se refiere también al fin absolutamente, con el fin de que el hombre permanezca inseparablemente unido con Dios. Es además absoluto, en cuanto afecta a las normas fundamentales, aquellas que naturalmente no dependen de las circunstancias cambiantes de las cosas, que se rigen por estas normas, pero que están inherentes en el mismo Dios, suma santidad y eterna sabiduría, y por las cuales se determinan las relaciones necesariamente existentes entre las criaturas racionales bien entre sí bien principalmente con su Creador. A su manera es también absoluto aquel orden en todo aquello que Dios por su supremo dominio quiso instituir inmutablemente, aunque hubiera podido instituir otra cosa. No sólo se le califique de absoluto en los preceptos y prohibiciones, sino también en los consejos divinos. Pues aunque Dios no llame a todos y a cada uno para hacer aquello, que se propone en los consejos evangélicos, sin embargo los consejos de Dios se han de reconocer y venerar por todos como bienes que se nos ofrecen por Dios. Por esta razón no obstante los diversos aspectos que tuvo el orden moral antiguamente en el paraíso, los tiene ahora aquí en la tierra, en el género humano caído y redimido, y los tendrá por fin en la patria; no obstante también las diversas aplicaciones de las normas en las diversas circunstancias y concomitancias de la vida, el S. Sínodo reprueba cualquier doctrina por la que se sustraiga el valor absoluto a todo el orden moral o a cualquier parte esencial.
3. [Dios custodio, juez, y defensor del orden moral). Pero si el mundo universo se rige por la ley eterna existente en Dios, con mayor razón es necesario que se rija por esa ley eterna la operosidad de las criaturas racionales en aquello que respecta a la honestidad de la acción. Por eso Dios no sólo es autor y fin del orden moral, sino que es y debe ser también custodio, juez y defensor del mismo, según lo que enseñaron los Padres del Concilio Vaticano Primero sobre la providencia, por la que Dios defiende y gobierna también todo lo que creó.
4. [Doble manifestación del orden moral). También enseña y confiesa el S. Sínodo que el orden moral se manifiesta a las criaturas de dos maneras: una por la ley natural, en cuanto que la voluntad santificadora de Dios se da a conocer por la luz natural de la razón que se refleja en la naturaleza humana y en sus tendencias y relaciones esenciales en primer lugar con su Creador; otra por la ley positiva de Dios, entregada por la divinidad en ambos Testamentos. Lo que atestigua el Apóstol sobre los gentiles, naturalmente las que, aunque no tengan la ley de Moisés, sin embargo, a no ser que están obcecados de corazón, obran naturalmente conforme a la ley (cf. Rm. 1,21-22 y 2,14), se comprueba también por la sana razón y experiencia vulgar: en lo obvio y cotidiano, los hombres de sano juicio, aun los incultos, disciernen y ponen en práctica, casi esponténeamente y como por instinto natural, lo que es honesto y lícito, lo que es deshonesto y prohibido. Por la revelación Dios realizó que la ley natural pudiera conocerse por todos los hijos de Adán, debilitados tristemente por el pecado del progenitor para conocer y ejecutar las cosas morales, con toda claridad, con certeza segura y sin mezcla de error. Finalmente, hablando por su Hijo, quien no vino a suprimir sino a dar perfección a los preceptos del Decálogo, entrevistos naturalmente, si bien con mayor imperfección, también por los gentiles, restauró, distinguió claramente, perfeccionó, santificó y elevó a un orden más alto la ley natural. No existe pues oposición alguna entre la ley natural y la ley evangélica: sino que la ley natural está contenida y se perfecciona en la ley evangélica. Por esta razón también compete al magisterio de la Iglesia, a la que Cristo confió el depósito de la fe y a la que por medio del Paráclito enseña toda la verdad (cf. Jn. 16,13), el derecho y la obligación de explicar e interpretar definitivamente y con toda la autoridad la ley incluso la natural o, donde lo exija el bien común de la Iglesia, de dirimir mediante decretos disciplinares los litigios que surjan de los puntos más oscuros, en un determinado sentido no sin el auxilio del Espíritu Santo.
5. [Contenidos del orden moral). Contiene pues el orden moral, conforme aparece por la gracia de Cristo en la ley evangélica, todo aquello por lo que el hombre consiga más sencillamente y con mayor facilidad la vida eterna: los preceptos, lo prohibido, lo permitido, los consejos: que por cierto Cristo el Señor recapituló en dos grandes mandatos: del amor a Dios y al prójimo. Esta vía cristiana de la perfección tiene algo de insigne y glorioso a la vez que constituye una nota distintiva, por la cual los fieles llamados por Dios en la observancia de los consejos evangélicos se esfuerzan por seguir lo más cerca posible a Cristo pobre, casto, obediente hasta la muerte y asemejarse a él lo más posible, declara pues el S. Sínodo que la observancia de los consejos, recomendados por el divino Fundador, son un precioso honor y ornamento de la Esposa de Cristo.
6, [Se condenan los errores). Se congratula el S. Sínodo por el gran número de los hijos de la Iglesia en la observancia del orden moral y de la ley evangélica que se adhieren de todo corazón a Dios t a su Hijo Unigénito: le duele que muchos con frecuencia más por fragilidad que por maldad, no pocas veces sin embargo no sin culpa grave, quebrantan la ley de Dios. Mucho le horroriza pensar que en todas las partes de la tierra se difunden errores, por los que se ensancha la vía de la perdición y se cierra la puerta de la salvación. Existen los que negando el Dios personal, dejan la ley natural sin su fundamento; existen los que negando la misión de Cristo rechazan la ley evangélica; también los que explican el orden moral únicamente por principios humanos, expoliándole de la genuina y última obligación y sanción; también los que niegan que en materia moral el entendimiento pueda gozar verdaderamente de certeza; también los que afirman que exista la ley moral incluso en materias fundamentales, sometida al cambio y a la evolución; los que enseñan que la persona humana es de semejante altura, para estar sometida a ley alguna impuesta desde fuera; los que declaran que no se puede imponer la ley moral a no ser por convenio por la colectividad o por la «totalidad», ya se considere éste como la mayoría de los ciudadanos, ya como Estado, ya como el pueblo, ya como estirpe, como nación, partido o clase social. También están los que la ley moral meramente existe por el simple, craso y salvaje poder llevando esta su ideología a la práctica. Todos los cuales se contradicen menos en cerrar la puerta del reino de los cielos y no dejan entrar a otros (cf. Mt. 23,13). Entre tanto el error es una serpiente multicolor y de muchas cabezas, la verdad, que os traerá la libertad (cf. Jn. 8,32), es una como uno es Cristo. Mas como en otro tiempo lo declaró de sí mismo el Fundador de la Iglesia, eso mismo se puede gritar hoy de la Iglesia ante el mundo: «Vine en nombre de mi Padre y no me recibís: si otro viniera en su propio nombre, lo recibiréis» (cf. Jn. 5,43).






