No entra en sus comparaciones desprecio alguno para otras vocaciones. Su único cuidado es ver cómo Dios, en su bondad, se sirve de cada uno según lo que espera de él. Dejemos hacer a Dios, sin detenernos en temores demasiado humanos, ni excusarnos con nuestras limitaciones e insuficiencias:
«Pero, Señor, ¿por quién velará la Providencia, si no vela por sus servidores?». «Si sois inclinado al mal, sabéis que él lo es sin comparación mucho más a hacer el bien, y hasta hacerlo en vos y por vos. Tras haber echado una mirada a vuestras miserias, mirad ya siempre a sus misericordias, deteniéndoos mucho más en su grandeza para con vos, que en vuestra indignidad para con él, y más en su fortaleza que en vuestra flaqueza, abandonándoos con esta mirada en sus brazos paternales y con la esperanza de que él mismo hará en vos lo que de vos pide, y que bendecirá lo que hagáis por él».
Con mayor vigor todavía afirma:
«Tenemos dentro de nosotros el germen del poder infinito de Jesucristo; de ahí que nadie pueda poner la falta de fuerzas como excusa; siempre tendremos más fuerzas de las necesarias, principalmente llegada la ocasión; pues cuando se está en la ocasión, se siente uno hombre nuevo».
Para que así sea, importa mucho no dejarse llevar por miras demasiado humanas o por ambiciones personales: «Sabéis, Señor, que los dones de Dios son diferentes y que él los reparte como bien le parece: uno es sabio e inepto para gobernar; otro va hacia la santidad, y no es bueno como guía; y por tanto es cosa de su divina providencia llamarnos a los quehaceres para los que nos ha dado algún talento, y no que nosotros presumamos éstos. Nuestro Señor, que había destinado a los apóstoles para que fuesen jefes de todas las Iglesias del mundo, díjoles ser él quien los había elegido; él les dio el hermoso precepto de que quien quisiera ser el primero se hiciese servidor de los demás. Eso es también lo que nos enseñó con su ejemplo, habiendo venido para servir y tomado forma de servidor».
No menos importa en el cumplimiento de una tarea o de una misión, aplicarse a ir en pos de Dios, sin pretender adelantarle lo más mínimo. Siempre se impuso esta regla al Señor Vicente, y la experiencia le hace recomendarla infatigablemente: «Soy particularmente devoto de seguir paso a paso a la adorable Providencia de Dios; y la experiencia me hace ver que lo ha hecho todo en la Compañía (de los Sacerdotes de la Misión) y que nuestras providencias le obstaculizan. La gracia tiene sus momentos. Abandonémonos a la Providencia de Dios y guardémonos mucho de adelantarla. El consuelo que Nuestro Señor me da es pensar que, por la gracia de Dios, siempre hemos procurado seguir y no prevenir a la Providencia, que tan sabiamente sabe llevar todas las cosas al fin para el que Nuestro Señor las destina. Cierto, Señor, jamás vi mejor la vanidad de lo contrario, ni el sentido de estas palabras, que Dios arranca la viña por él no plantada».
Y si el santo se hace terrible para aquellos que, por una necia vanidad, se atribuyen el mérito de algún éxito, es en nombre de esta convicción de fe, de que Dios solo es autor de todo lo bueno; nosotros no somos sino pobres instrumentos que todo lo echaríamos a perder si él mismo no guiara todas nuestras palabras y todas nuestras obras.
«Guardaos mucho de atribuiros efecto alguno de los que la divina bondad realiza por vuestro medio; cometeríais un robo y ofenderíais a Dios, quien es único autor de todo lo bueno».
Llega hasta hablar de sacrilegio a propósito de aquellos que emplean la divina palabra para hacerse valer y que se diga: «He ahí un hombre elocuente, que tiene gran capacidad; ¡tiene fondo y talento! Debemos trabajar puramente para gloria de Dios y salvación de las almas; pues obrar de otro modo, es predicar para sí mismo, y no para los demás. ¿Qué hace quien predica para hacerse aplaudir? Un sacrilegio, sí, un sacrilegio».
Por lo demás, el Señor Vicente está bien persuadido de que tales éxitos no durarán largo tiempo: «Este hombre se confía demasiado a su prudencia, a su ciencia, a su propio espíritu. ¿Qué hace Dios? Se retira de él, le deja allí, para que reconozca su inutilidad, y que aprenda por propia experiencia que, por mucho talento que tenga, nada puede sin Dios».
Quien busca a Dios, y no a sí mismo, nada tiene que temer.
«Dios nada nos pide que sea contrario a la razón».
Este consejo da el santo a un sacerdote inquieto por no tener ciertos días tiempo de hacer oración. Había aprendido por sí mismo que, de manera habitual, Dios no nos pide más que lo que es razonablemente posible: «He estado toda la mañana, escribe un día a Luisa de Marillac, tan absorbido por los negocios, que apenas he podido hacer un poco de oración y con muchas distracciones; juzgad lo que podéis esperar de mis oraciones en este santo día. Eso no me desalienta, sin embargo, pues pongo mi confianza en Dios, y no por cierto en mi preparación y en todas mis artes; otro tanto os deseo de todo corazón, pues el trono de la bondad y de las misericordias de Dios se funda sobre el cimiento de nuestras miserias. Confiemos, pues, macho en su bondad, y nunca seremos confundidos, como nos lo asegura por su palabra…».
Hay que tener presente al espíritu esta bondad de Dios a fin de comprender lo que significa para el Señor Vicente hablar del Buen Dios, por ejemplo, para reconfortar a los enfermos:
«¡Oh hermano mío!, muy mal lo pasáis, pero bien merece el Buen Dios que suframos mucho por él. Sufrís mucho, hijo mío; pero ¡lo grande que será el mérito que por ello tendréis! Bien, ¡hermano mío!, bien, ¡hermana mía! ¿Amamos de veras al Buen Dios? Sirvamos le pues, pero sirvámosle según su agrado, y dejémosle hacer. Hará con vosotros las veces de padre y de madre; será vuestro consuelo y vuestra virtud y, finalmente, la recompensa de vuestro amor».
Algunas observaciones para concluir este descubrimiento de la bondad de Dios al que nos invita el Señor Vicente.
Comienza por invitarnos a hacer la más concreta y humilde experiencia partiendo de nuestra vida de todos los días, al paso de las situaciones y de los acontecimientos; no hay azar; la divina Providencia lo dispone todo según su bondad; hay que reconocerla, y «dejarnos guiar por nuestro Padre que está en los cielos, afanándonos en la tierra por no tener sino un único querer con él».
Este sencillo paso es un camino muy seguro para conocer a Dios. El Señor Vicente no ignora las admirables elevaciones de sus contemporáneos, Bérulle o Francisco de Sales, en torno a Dios, y de ellas se oyen a veces ecos en sus pláticas. Pero ese mismo Dios, alcánzalo él de manera más habitual viviendo bajo su mirada y según su idea.
No hay que imaginarse, sin embargo, que viviera en la constante evidencia de la bondad de Dios. Creía en ella. Era para él una certeza de fe a la que se atuvo siempre a través de los tiempos confusos y en medio de múltiples dificultades de todo orden.
Esta esperanza indefectible en la constante bondad de Dios no está reservada a vocaciones particulares, a las Hijas de la Caridad y a los Sacerdotes de la Misión, con quienes él habitualmente la comparte. Está al alcance de todos, aun de los más humildes y sobre todo de ellos. Se brinda a todos, siempre y por doquier.
Es lo que jovialmente ilustra el deseo de buen viaje que dirige a Luisa de Marillac en una de las cartas más antiguas que nos han llegado: «Id pues, Señorita, id en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad os acompañe, sea vuestro solaz y vuestro camino, vuestra sombra contra el ardor del sol, vuestra cubierta contra la lluvia y el frío, vuestro mullido lecho para cuando estéis cansada, vuestra fuerza en vuestro trabajo, y que, finalmente, os devuelva sana y salva y llena de buenas obras».







