Dejar a Dios por Dios

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca .
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Hay algunas ocasiones en las que no es posible guardar el orden de la distribución del día; por ejemplo, llamarán a la puerta mientras hacéis oración, para que una hermana vaya a ver a un pobre enfermo que la necesita con urgencia; ¿qué hay que hacer? Será conveniente que vaya cuanto antes y que deje la oración, o mejor dicho que la continúe, ya que es Dios el que se lo manda. Porque, mirad, la caridad está por encima de todas las reglas y es preciso que todas lo tengáis en cuenta. La caridad es una gran dama; hay que hacer todo lo que ordena. Por tanto, en ese caso, dejar a Dios por Dios. Dios os llama a hacer oración v al mismo tiempo os llama a atender a aquel pobre enfermo. Eso es llama dejar a Dios por Dios (SVP, IX 1125).

Esta enseñanza de san Vicente no está aislada; en los textos que hay en nuestra posesión sale ¡una veintena de veces! Cierto es que se apresura a añadir que, en la medida de lo posible, precisa recobrar un acto espiritual o una misa perdida, pero su enseñanza es objeto de reiterado martilleo: en caso de necesidad, dar preferencia al servicio de los pobres es «dejar a Dios por Dios». Esta célebre máxima se extrae de reconocidos maestros – Tomás de Aquino, Teresa de Ávila , Camilo de Lellis, Pedro de Bérulle -… Sabe que está en conformidad con el evangelio. E insiste a tiempo y a destiempo.

Primero, por lo que atañe a la misa: Si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios (SVP, IX 725), y de nuevo: es preciso hacer todo lo posible por oír misa todos los días, pero si el servicio de la casa lo requiere, o el de los pobres, no deberíais poner ninguna dificultad en omitirla (SVP, IX, 57).

Luego, para la oración, repite: Servir a un enfermo es hacer oración (SVP, IX 303) ; y en otra ocasión: Es la hora de la oración; si oís a los pobres que os llaman, mortificaos y dejad a Dios por Dios, aunque tenéis que hacer todo lo que podáis para no omitir vuestra oración, pues eso será lo que os mantenga unidas a Dios; y mientras dure esa unión, no tendréis nada que temer (SVP, IX, 653).

En fin, su discurso desborda todas las reglas: Hay que preferir, en caso de necesidad, el servicio a los enfermos (SVP, IX, 50).

He ahí resumido un precepto constante, dúctil y equilibrado. Se escucha su afirmación: El deber da la caridad está por encima de todas las reglas, escribe (SVP,VI, 47) a sor Carlota Royer, superiora en Richelieu, 26 de julio de 1656, que pasa por contrariedades comunitarias y le es dificultada la comunicación con su animador espiritual. Saliendo de sí misma, lleva el correctivo personal a su pasajera adversidad. ¡Asistir a los enfermos es el antídoto de toda tribulación! (SVP, IX, 1125).

Así se instala una inesperada jerarquía de valores. En lugar de los pasajes clásicos que generalmente se avanzan, establece Vicente otra prioridad, la del servicio a los pobres; no que sea exclusivo, sino que es lo primero: Eso obliga a una permanente comprobación, a una atención personal y comunitaria. Cierto que, consagrado todo él, extrae sus recursos interiores de la oración, la misa, la regla; pero este servicio de los pobres es el punto focal de todas sus energías: la caridad es la reina de las virtudes, es preciso dejarlo todo por ella (SVP, VII, 391).

Pues esos dos amores hacen sólo uno. San Vicente ha interiorizado bien a Mt 22,37-39, «Amarás a tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, y todo tu pensamiento; ese es el mandamiento mayor. El segundo le es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y para explicarlo tiene una parábola magnífica: Un Padre, que tiene un hijo mayor y de buen aspecto se complace en contemplar la apostura de su hijo desde la ventana que da a la calle, y experimenta una alegría inimaginable. De la misma forma, hijas mías, Dios os ve, no ya por una ventana, sino por todas partes por donde vais, y observa de qué manera vais a hacer un servicio a sus pobres miembros, y siente un gozo indecible, cuando ve que vais de buena manera y deseando solamente hacerle ese servicio. ¡Ese es su gran gozo, su alegría, sus delicias! ¡Qué felicidad, mis queridas hijas, el poder llenar de alegría a nuestro Creador! (SVP, IX, 428-429).

Se sirve a Dios – mejor dicho: a Cristo – en el prójimo. Y esto es tan verdad como que estamos aquí (SVP, XI, 240), dice nuestro santo como para concretar, gracias a cierta la comparación, la realidad absoluta de una adecuación ya glosada por nosotros. So da la relación a Cristo en la que se tiene con el pobre dondequiera esté, nos apercibamos de ello o no. «Toda nuestra vida está en la acción» , repite san Vicente, pero en una acción que se dirige a Cristo, a través de los pobres. Jesús es el Dios-del-pobre. Como dice Alain Durand, o. p., presidente de la comisión dominicana «Justicia y Paz», «la presencia de Cristo confiere a nuestro comportamiento para con los pobres un poder de radical decisión: nuestros actos o su omisión pueden decidir para nosotros la vida o la nuestra muerte» . He ahí cómo hay continuidad entre el Dios buscado en la oración y los pobres a los que nos enfrenta la vida. Es siempre el Dios de Jesucristo que muestra una declarada predilección por los pobres, a tal punto es consecuente con el sentimiento de justicia que le habita. Quiere a tal punto la salvación de los pequeños, que les da preferencia en una salvación ofrecida a todos. Si bien desea que todos se salven, demuestra «a fortiori» un amor privilegiado hacia atrapados en una situación de desigualdad sin par.

Lector amigo, en el punto al que te ha conducido Vicente de Paúl, mira a tu vida, cualquiera se el peso de sus años: ¿qué has conseguido? El solo y universal patrón por el que pesarán tu alma está ahí, cabal, en la sobrecogedora frase evangélica, «a mí me lo hicisteis». Puedes y debes dedicar tiempo a tu Dios en la oración, pero tanto y aun más tiempo debes dedicar a hacerle justicia. Y no seas de los que niegan a la Iglesia que amas el proclamar «una opción prioritaria o preferencial por los pobres». Escucha el grito de tu amigo Vicente: ¡Los pobres! Es vuestra tarea principal, por la que debéis dejarlo todo (SVP, IX, 811).

Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca

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