DECRETO de CAUSA de BEATIFICACIÓN de CATALINA LABOURÉ

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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En la ciudad Fain-les-Mouziers, diócesis de Dijón, en Francia, día 2 de Mayo de 1806, nació la Sierva de Dios, la que al siguiente día fue bautizada, recibiendo el nombre de Zoé; fueron sus padres Pedro Labouré y Magdalena Goutard, quienes por su piedad y buenas costumbres eran mi­rados como los primeros del lugar. Niña aún, cuando jun­tamente con la luz de la razón empezaban a germinar en ella las semillas de la virtud, y siendo el consuelo y las de­licias de los suyos, tuvo la desgracia de perder a su madre, que murió víctima de maligna enfermedad. Agobiado su padre con el peso de varios negocios, encomendó la niña Zoé y una hermana suya de menor edad a los cuidados casi maternales de una excelente señora, tía suya, que habitaba en la vecina aldea de San Remigio. Pero apenas se habían pasado dos años, cuando llevado del amor pa­terno y deseando que sus hijas fuesen útiles a él y a la familia, las trajo consigo, y encargó a su predilecta Zoé el cuidado de la casa. No salieron fallidas sus esperanzas, pues la joven jamás dejó de atender a los negocios tempo­rales y domésticos, ocupándose a la vez con toda su alma en los eternos del Cielo. Admitida a la primera Comunión a los doce años, hizo nuevos progresos en la virtud. Cons­tantemente unió a la piedad la mortificación cristiana, se mostró afable y cariñosa con su hermana, y era el ejemplo de sus amigas y de las jóvenes de su tiempo. Adolescente y examinando con solicitud el estado de vida a que Dios la llamaba, avisada en sueños, según se cuenta, por un Sacerdote cuya imagen, dijo, conoció después que re­presentaba a San Vicente de Paúl, entró en deseos, y por fin se determinó a abrazar el Instituto de las Hijas de la Caridad de San Vicente, para prestar sus auxilios a los pobres, enfermos y ancianos. Pero su padre se opuso a este santo propósito, con tanta más razón, cuanto que ya había abrazado dicho Instituto otra hija mayor que Zoé, y por ser ésta la que más amaba no quería desprenderse de ella con perjuicio de la familia. Juzgando, pues, haber hallado un eficaz remedio para distraer y apartar a su hija de sus piadosos intentos, la envió a París, a la casa de otro de sus hijos que vivía en esta ciudad. Esta morada la con­virtió la divina Providencia en bien de la joven. Porque la esposa de su hermano animó y fortaleció a Zoé, y ésta, por mediación de aquélla, alcanzó de su padre el permiso para seguir su vocación. Así, pues, el día 21 de Abril de 1830 fue recibida entre las aspirantes al Instituto de las Hijas de la Caridad en la ciudad de Chatillón-sur-Seine. Trasladada después a la Casa Madre de París, tomó el nombre de Catalina, y llenó cumplidamente el tiempo del Seminario, o de prueba. Asegúrase que en dicho tiempo la Misericordiosísima é Inmaculada Virgen María la honró con muchas gracias y apariciones, las que tienen íntima conexión con la historia de la sagrada medalla de María, difundida por todo el mundo, célebre y enriquecida con indulgencias y privilegios. Pero el mismo silencio «que acerca de esto guar­dó voluntariamente la Sierva de Dios, demuestra clarísimamente su virtud y humildad. Cumplido el tiempo de la prue­ba, la ocuparon en varios oficios del Instituto y de la casa, los que, según se cuenta, cumplió Catalina con exactitud y perfección. Empleó toda su caridad en bien de los pobres, ancianos y enfermos. Mientras se dedicaba con afán al ali­vio y socorro de las enfermedades del cuerpo y del alma, llevaba santamente una vida interior y escondida en Dios, quien es el testigo, juez y el remunerador de nuestras obras. Finalmente, a fines del año 1876, debilitada y quebrantada la Sierva de Dios por los trabajos y enfermedades, dícese que ilustrada por las luces de lo alto, predijo su próxima partida de este mundo. El último día de Diciembre de dicho año, fortalecida con los auxilios espirituales, llena de méritos y a la edad de setenta años, se durmió en el Señor, dejando muchos ejemplos de las virtudes cristianas a sus hermanas, las Hijas de San Vicente, en cuya compa­ñía estuvo Catalina por espacio de cuarenta y seis años. La fama de santidad de que ya gozaba en vida ha aumentado más después de su muerte, por la mucha concurrencia del clero y del pueblo fiel, tanto a sus exequias como después a su sepulcro, y viene hasta el presente brillando más y más Cada día. Por esto, instruido el Proceso Ordinario acerca de esta su fama y llevado a Roma a la Sagrada Congregación de Ritos, como todo estuviese presto para tratar de la introducción de la Causa, obtúvose la dispensa Apostólica del lapso de diez años y de la intervención y voto de los Consultores; a instancias, pues, del Reveren­dísimo Sr. D. Rafael M. Virili, Obispo titular de Tróade y Postulador de esta Causa, y conforme a las súplicas de algunos Gobernantes civiles y de sus familias, y atendidas las cartas postulatorias de algunos Emmos. Cardenales de la Santa Iglesia Romana, de muchos Rvmos. Señores Obispos, Capítulos de Iglesias Catedrales, Generales de Órdenes Religiosas, de otros varones eminentes por su dignidad, ya eclesiástica, ya civil, y del Presidente general de la Sociedad Parisiense de San Vicente de Paúl, junta­mente con, muchas Superioras de Monjas y Hermanas, principalmente de la Superiora General de las Hijas de la Caridad, el Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Domingo Ferrats. Ponente ó Relator de la misma Causa en la sede ordinaria de la Sagrada Congregación de Ritos, habilitada en el Vaticano en el día abajo consignado, propuso la siguiente duda: ¿Se ha de nombrar Comisión para la Introducción de la Causa en el caso y para los efectos de que se trata? Y los Emnos. y Rvdmos. Padres encargados de velar por los Ritos Sagrados, después del relato hecho por el Emmo. Cardenal Ponente, y oído también de pala­bra y por escrito el R. P. D. Alejandro Verde, Promotor de la Santa Fe, habiendo considerado detenidamente todas las cosas, juzgaron suscribir: Afirmativamente, o sea, que se debía nombrar la Comisión, si así parecía al Padre Santo. Día 10 de Diciembre de 1.907.

Hecha después la relación de todo esto a nuestro San­tísimo Padre el Papa Pío X por el infrascrito Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, Su Santi­dad, ratificando el Rescripto de la misma Sagrada Congre­gación; se dignó señalar por su propia mano la Comisión para la Introducción de la Causa de la Venerable Sierva de Dios Sor Catalina Labouré, de la Compañía de las Hijas de la Caridad; día II del mismo mes y año.

SERAFÍN CARD. CRETONI, Prefecto de la S. C. de Ritos.

L S

DIÓMEDES PANICI, ARZOBISPO DE LAODICEA, Secretario.

ANALES 1809

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