De las Cofradías de la Caridad a las Hijas de la Caridad (II)

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CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1982 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Continuidad espiritual

En sus súplicas al Arzobispo de París para la aprobación de la Com­pañía, San Vicente no deja nunca de mencionar que ésta es, en cierto modo, una consecuencia lógica de las Cofradías de la Caridad que los Sacerdotes de la Misión tienen la facultad de establecer en las parroquias.

Por ejemplo, en 1645 —y de nuevo en 1646— (C. II, 548 y III, 53) escribe:

«Humildemente suplica Vicente de Paúl, Superior general de la Con­gregación de los Sacerdotes de la Misión, exponiendo que habiendo tenido a bien vuestra caridad pastoral dar a dichos Sacerdotes de la Congregación la facultad de establecer la Cofradía de la Caridad para asistencia de los pobres enfermos en todas las parroquias de vuestra diócesis en que pu­diera sin dificultad establecerse, después de haber llevado a cabo dicho establecimiento en varias aldeas, con bendición de Dios, algunas señoras caritativas de París lo han visto con tanta admiración que han conse­guido, por sus señores curas párrocos, un establecimiento semejante en sus parroquias, como son las de San Germán de Auxerre, San Nicolás «du Chardonnet», San Lupo (Leu), San Salvador, San Mederico, San Esteban, San Sulpicio, San Gervasio, San Pablo y otras en las que dicha «Caridad» se halla establecida y se ejerce con la bendición de Dios.

«Mas como quiera que las señoras de que está compuesta son en su mayoría de clase elevada, lo que no les permite desempeñar las funciones más bajas y despreciables que hay que ejercer, como son llevar el puchero por la ciudad, sangrar, poner lavativas, curar las llagas, hacer las camas y velar a los enfermos que están solos y en peligro de muerte, han tomado consigo a algunas buenas jóvenes del campo a quienes Dios había dado el deseo de asistir a los pobres enfermos, las que se encargan de todos esos pequeños servicios después de haber sido preparadas para tal efecto por una virtuosa viuda llamada Señorita Le Gras…

«De suerte que desde hace unos 13 ó 14 años que comenzó esta obra, Dios ha derramado en ella su bendición de tal forma que actualmente hay en cada una de dichas parroquias dos o tres de esas jóvenes, las cuales trabajan todos los días en la asistencia de dichos pobres enfermos y alguna vez también, cuando pueden hacerlo, en la instrucción de las niñas pobres, y viven a expensas de dicha Cofradía de las parroquias en las que empleadas, pero con tanta frugalidad que no llegan a gastar en su alimentación y vestido más de unas cien libras al año, y en algunas parroquias solamente veinticinco escudos.»

San Vicente habla a continuación de los otros empleos que poco a poco se han ido ofreciendo a las Hermanas: «Hótel-Dieu» (Hospital general), niños expósitos, galeotes, hospitales de Angers, Nantes, Richelieu, San Ger­mán «en Laye», San Dionisio y «otros lugares en las aldeas en donde hacen poco más o menos los mismos trabajos por lo que respecta a la asistencia de los enfermos, cura de llagas e instrucción de las niñas».

Puntualiza que «para poder proporcionar tales jóvenes a dichos lugares y a todos aquellos en donde se las reclama, dicha Señorita tiene en su casa a otras que se están formando, de ordinario suele tener más de treinta en esas condiciones, a las que emplea unas en instruir a las niñas, otras van a la escuela con ella, otras a visitar a los enfermos de la parroquia para llevarles alimento y medicinas o para cuidarlos, otras curan los males de los pobres de fuera que acuden a ellas para tal efecto, otras aprenden a leer y a escribir y otras finalmente cuidan de la limpieza y aseo de la casa».

Después de haber repetido que dichas jóvenes viven del fruto de su trabajo, aparte de sus empleos ordinarios, o de las ayudas de las señoras y, particularmente, del legado concedido por el Rey Luis XIII y el de la Duquesa de Aiguillon, San Vicente hace observar:

«Lo que es de tener más en cuenta en los empleos de estas pobres jó­venes es que, además del servicio corporal que prestan a los pobres enfer­mos, tratan también de contribuir a su servicio espiritual en la manera que pueden hacerlo, especialmente diciéndoles de vez en cuando alguna pala­bra piadosa y amonestando a los que están en peligro de muerte para que salgan de este mundo en buen estado y a los que han de sanar para ayudar­les a vivir como es debido. Y Nuestro Señor bendice de tal forma este humilde servicio que prestan en su sencillez, que hay motivos para darle gloria por los efectos que de él resultan».

Es de notar que aquí San Vicente ha suprimido, por indicación de San­ta Luisa, un pasaje bastante largo de la súplica anterior que contenía un elogio de su obra. Y termina con estas palabras importantes:

«Mas, dado que las obras emprendidas para servicio de Dios, suelen acabar con los que les han dado comienzo, si no existe algún vínculo espi­ritual entre las personas que a ellas se dedican, el suplicante teme que pueda ocurrir algo semejante con esta Compañía, si no queda erigida en cofradía. Por todo lo cual, expone a Vuestra Señoría Ilustrísima, con el mayor respeto, la, al parecer, conveniencia de que tenga a bien erigir dicha sociedad de solteras y viudas en Cofradía, bajo el título de Cofradía de la Caridad de las siervas de los pobres enfermos de las parroquias, v darles por reglamento los artículos siguientes, según los cuales han vivido hasta el presente y se proponen vivir hasta el resto de sus días» (Texto de 1646).

Como hemos señalado de paso, esta súplica, la segunda redactada en un año para ser dirigida al Arzobispo, fue escrita por San Vicente siguiendo los consejos de Santa Luisa, a quien había sometido el proyecto de la misma, presentándoselo en los siguientes términos.

«Aquí tiene la minuta del establecimiento de las Hermanas; contiene tres cosas: 1) la manera como la Providencia se ha valido para instituirlas; 2) su forma de vida hasta el presente; 3) las reglas de su cofradía o asociación.

Hago constar las dos primeras con el fin de que Monseñor el Arzobispo y los miembros de su Consejo queden informados de todo…

Vea usted y repase dicha minuta. He suprimido cantidad de cosas que hubiera podido decir respecto de usted. Dejemos a Nuestro Señor que sea El quien lo diga a todo el mundo, y nosotros ocultémonos» (C. II, 546).

¡Cuántas cosas podríamos decir también nosotros acerca de cada una de esas frases todas tan instructivas!…

Pero por el momento como de lo que se trata es de la continuidad en­tre las Cofradías y la Compañía, tomemos simplemente conciencia de que percibiremos tanto mejor lo específico de las Hijas de la Caridad cuanto más saquemos a plena luz esa continuidad. Ahora bien, es evidente que no es sólo continuidad «histórica», en el sentido estricto de la palabra, como si se tratase de un encadenamiento de hechos, sino que es una continuidad «espiritual», «carismática», en referencia con el carisma de los Fundadores, con el carisma de la fundación. Desde el Reglamento de Chátillon a las Re­glas Comunes de 1655, pasando por los reglamentos particulares de unas y otras (en el Tomo XIII de Coste encontramos unos veinte reglamentos para diversas cofradías además de su Reglamento general; y por otra parte, en lo que se refiere a la Compañía, hasta nosotros ha llegado el reglamento del Hospital de Angers, el de las Hermanas de las Parroquias, el de las Hermanas de las Aldeas, el de la Maestra de escuela, el de las Hermanas que están en el «Hótel-Dieu» y otros Hospitales, el de las Hermanas al cui­dado de los galeotes, el de las Hermanas de los Niños expósitos; algunos de esos reglamentos son todavía inéditos y San Vicente habrá de afirmar el 19 de julio de 1640, «que deben apoyarse en la regla general» o común), podemos entresacar cierto número de constantes y de semejanzas que tra­ducen la misma inspiración y la misma intuición fundamental, las mismas convicciones de orden doctrinal y de orden práctico, en lo que refiere al servicio misionero a los pobres.

1) Continuidad a nivel de la finalidad

Es evidente que el «servicio corporal y espiritual» de los pobres es la razón de ser, el «fin principal» de las instituciones vicencianas de las que estamos hablando aquí. «No vivís en comunidad, dirá en una ocasión Pablo VI a las Hijas de la Caridad, sino para estar más disponibles para los pobres, quienes habrán de saber, a través de vosotras, que Cristo les ama hasta tal punto».

De hecho, cuando llegaron para ayudar a las señoras, no era para po­nerse a su servicio, sino para ponerse, con ellas aunque de otra manera, al servicio de los pobres. Trabajaron a las órdenes de las señoras —como los servidores y servidoras de los que tomaron el puesto— para servir con ellas y como ellas a Jesucristo en la persona de los pobres, pero dándose en­teramente a El para ello en las tareas más humildes.

Por eso, encontraremos desde el principio y hasta en la expresión exter­na, la misma referencia

  • a Jesucristo que se identifica con los pobres,
  • a Jesucristo como Siervo fiel del designio del Padre que le consagró y envió a llevar la Buena Nueva a los pobres,
  • al testimonio evangélico por excelencia que constituye un amor sacado del Corazón mismo de Nuestro Señor, su «fuente y modelo»,
  • a una promoción plena del pobre a través de un servicio corporal y espiritual.

El título de «siervas de los pobres» se da por los Fundadores tanto a las Señoras como a las Hijas de la Caridad (Cf. Coste, I, 133). Es lo que orienta, anima, unifica todo lo demás. En el centro, siempre está Jesucristo en los pobres y los pobres en Jesucristo, que es «el pobre de los pobres» (Reglamento de Angers, Coste XIII, 541).

El primer artículo de los diversos reglamentos de que hemos hablado —el que expresa el objetivo, la finalidad— repite siempre en sustancia las mismas perspectivas. Sería fácil y muy interesante comparar esas expresio­nes, a cual más bella y significativa:

«La Cofradía de la Caridad ha sido instituida para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, Patrono de la misma y a su Santísima Madre, y para asistir a los pobres enfermos de los lugares en que esté establecida, corpo­ral y espiritualmente: corporalmente, administrándoles alimento y bebida y los medicamentos necesarios durante el tiempo de sus enfermedades; y espiritualmente, haciendo que se les administren los sacramentos de Pe­nitencia, Eucaristía y Extremaunción, y procurando que los que mueran salgan de este mundo en buen estado y los que sanen formen resolución de vivir como es debido en adelante» (Reglamento general de las Carida­des de mujeres, Coste XIII, 419).

«Como quiera que la caridad hacia el prójimo es una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios, y que uno de los principales actos de la misma es visitar y alimentar a los pobres enfermos, ello ha hecho que algunas piadosas señoritas y virtuosas burguesas de la ciudad de Chátillon-les-Dombes, diócesis de Lyon, deseosas de obtener tal misericordia de Dios de ser verdaderas hijas suyas, han acordado conjuntamente asistir corporal y es­piritualmente a los de su ciudad, los cuales a veces han tenido mucho que sufrir, más por falta de orden en aliviarlos que de personas caritativas… Y puesto que en todas las Cofradías la santa costumbre de la iglesia es la de proponerse un Patrón y que las obras saquen su valor y dignidad del fin por el que se hacen, dichas siervas de los pobres toman por l’airón a Nuestro Señor Jesucristo y por fin el cumplimiento del ardiente deseo que El tiene de que los cristianos practiquen entre sí obras de caridad y de misericordia, deseo que aparece en estas palabras suyas: «Sed misericor­diosos como mi Padre es misericordioso», y en estas otras: «Venid, benditos de mi Padre a poseer el Reino que os está preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer… eh. (Caridad de mujeres de Chátillon, Coste XIII, 423).

Las mismas ideas vuelven a encontrarse —y a veces, textualmente— en el reglamento de las Hijas de la Caridad de 1645 (Coste, XIII, 551) y en las Reglas Comunes de 1655:

«Pensarán a menudo que el fin principal para el que Dios las ha lla­mado y reunido es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, su Patrono, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, unas veces como niño, otras como necesitado, otras como enfermo y otras como encarcelado. Y para hacerse dignas de tan santo empleo y de un Patrono tan perfecto, tratarán de vivir santamente y de trabajar con cuidado en su propia perfección. Para ello harán lo posible por practicar bien los pre­sentes reglamentos que son como otros tantos medios para conseguirlo.»

No podría expresarse mejor, que todo, en la vida de las Hijas de la Caridad, va dirigido al servicio de Cristo en los pobres y que esta finalidad es la que especifica su manera de «tender a la perfección».

El Reglamento de las Hermanas de las parroquias es uno de los más significativos a este respecto. San Vicente les ha dado, además, un resumen de las Reglas Comunes que deben guardar; el primer artículo dice así’:

«Preferir el servicio de los pobres enfermos a todos los ejercicios, ya espirituales, ya corporales, y no hacerse escrúpulo de dejar todo para ello. con tal de que sea la necesidad urgente, y no la pereza, la que les mueva a hacerlo así» (texto original).

2) Continuidad a nivel de su estatuto en la Iglesia

Del Reglamento de Chátillon a las Reglas Comunes, tanto por lo que refiere a las Cofradías como a la Compañía, el ideal propuesto es siempre el de bautizadas, de «buenas cristianas», de seglares que, en medio del mun­do, van al encuentro de Jesucristo en los pobres. Una vez más, no minimi­cemos las exigencias del don total al que están llamadas las Hijas de la Caridad. Mas para que puedan vivir auténticamente esas exigencias, tienen que empezar por situarlas, con toda claridad, en el estatuto que es el suyo propio:

«Algunos espíritus más meticulosos de la Compañía —escribe Santa Luisa a San Vicente en enero de 1659— sienten repugnancia por esa pala­bra de cofradía, y quisieran la de sociedad o comunidad. Yo me tomé la libertad de decir que esa palabra era para nosotras esencial y podía servir­nos de apoyo para no innovar, además de que significaba secularidad; y ya que la divina Providencia había permitido se añadieran las de sociedad y compañía, esto nos recordaba que debemos vivir regularmente, observando las reglas que hemos recibido al establecerse nuestra cofradía, en la forma en que nos ha sido explicada» (Coste VII, p. 440).

No se puede ser más claro. Anteriormente, ya el 7 de agosto de 1655, Santa Luisa había manifestado las mismas inquietudes a San Vicente (Coste V, 405), y al día siguiente insistió él con firmeza ante las Hermanas, en la conferencia que les dio, sobre las razones que tenía la Compañía para llamarse cofradía o sociedad y permanecer secular (Coste X, 102).

Es cierto que esta denominación desapareció pronto, por lo por lo menos en documentos oficiales: por ejemplo, no se encuentra en la aprobación de la Compañía dada en nombre de la Santa Sede por el Cardenal Luis de Vendome el 8 de julio de 1668. De hecho, los Superiores quisieron evitar con ello que la Compañía volviese a caer bajo la jurisdicción de los Ordi­narios de los lugares, por causa de la ambigüedad de la palabra «cofradía-). Y desde este punto de vista, el tiempo les dio la razón puesto que, en 1809, el gobierno francés pretendió recuperar los estatutos primitivos, en los que se encuentra tal expresión, para poder así dar al Arzobispo de París y a los Obispos la jurisdicción sobre la Comunidad, considerándola –lo que ya es el colmo— como institución religiosa (Archivos: Memoria de 1888).

Pero, en realidad, más allá de las denominaciones, la Compañía se ha mantenido siempre fiel al pensamiento de los Fundadores: de ello tenemos la prueba en las tres últimas Asambleas generales que, siguiendo la invita­ción de la Iglesia, se han cuestionado sobre la identidad de las Hijas de la Caridad en la misma Iglesia. Por lo demás, el Cardenal de Vendóme decía ya de una manera equivalente:

«El deber de nuestra legación apostólica, que se nos ha concedido por gracia especial de la Santa Sede, nos lleva a proteger can bondad del todo paternal a las comunidades de mujeres dedicadas a obras, que de con­tinuo se aplican, con la ayuda del Cielo, a dar frutos abundantes por el ejercicio de las obras de piedad y de caridad cristiana.»

En calidad de tal fue como aprobó la Compañía en nombre de Clemen­te IX «para contribuir al feliz establecimiento y progreso de esas personas y, por este medio, al crecimiento del culto divino y al alivio de los pobres».

En el mismo sentido, el Padre ALMERAS, primer sucesor de San Vi­cente, tuvo la feliz idea de introducir en las Reglas Comunes el célebre párrafo que se encontraba en las Reglas de las Hermanas de las Parroquias:

«No teniendo por monasterio mas que las casas de los enfermos, por celda un cuarto de alquiler… etc.»

Desgraciadamente «simplificó» demasiado el final que originalmente decía:

«y no haciendo otra profesión para asegurar su vocación, y por esta confianza continua que tienen en la Divina Providencia y por la ofrenda que le hacen de todo lo que son y de su servicio en la persona de los pobres; por todas estas consideraciones, deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una Orden Religiosa, etc.» (compárese con el texto de las Reglas Comunes publicadas por el P. Alméras, I, 2).

En este pasaje queda claro que, al igual que las religiosas, las Hijas de la Caridad viven su bautismo con un acento de plenitud y de radicalidad, pero lo viven así en el seno de su servicio para el que se dan al Señor; es la forma que ellas tienen de «hacer profesión», no hacen otra más que esa: sus votos sólo la confirmarán y la urgirán.

Esta total disponibilidad para responder a las llamadas de los pobres se traducía especialmente en los Fundadores por la importancia que dieron desde los comienzos a la visita a domicilio. Ya lo pensaban así tratándose de las Col vacilas; de mudo que cuando la Sra. de Liancourt pensó en una casa común desde la que se hiciera la distribución de los socorros, San Vicente escribió a Santa Luisa:

«La propuesta del establecimiento de la Caridad me parece bien, pero temo que la casa sea su ruina. Las Hermanas de la Caridad (los miembros de la Cofradía) se descargarán pronto del cuidado de ir a ver a los enfermos a sus casas y se contentarán con llevar lo necesario al «Hótel-Dieu», y las que cuidan a los enfermos llegarán también a descargarse de su trabajo dé la’ misma manera; de suerte que, unas por otras, el desorden se implan­tará sin mucho tardar. La experiencia que tenemos de Joigny me lo hace temer fundadamente» (Coste I, 244).

La organización concreta de las Cofradías —de la que encontramos lo equivalente en las Hijas de la Caridad: Superiora, Asistentas, Tesorera, etcétera— hará de ellas algo tan «funcional» como posible sea en favor de los pobres. Porque la intuición de Chátillon sigue estando presente: con frecuencia los pobres sufren «más por falta de orden en aliviarlos que de personas caritativas».

3) Continuidad a nivel del espíritu y del estilo de vida

Sin duda a este nivel es como mejor resaltan las semejanzas y las diferencias entre las Cofradías y la Compañía. La inspiración original es la misma. Así en 1617, ya puede leerse en el reglamento de Chátillon:

.. se ejercitarán con cuidado en la humildad, la sencillez y la caridad, cediendo cada una ante su compañera y las demás personas, haciendo todas sus acciones por una intención de caridad hacia los pobres y no por respeto humano…» (Coste XIII, 435).

Pero esta inspiración se inscribe en un «proyecto de vida», en un con­texto o «marco» de vida y, por el hecho mismo, en unas modalidades de existencia que van a «tipificar» a unas y a otras. Como ya hemos visto, hay una gran afinidad —y se comprende— en la espiritualidad de fondo y, por vía de consecuencia, en las exigencias y actitudes que de ella dimanan, pero que habrán de vivirse de manera distinta.

En todo caso, todos y todas (no olvidemos que hubo «Caridades» mas­culinas y «Caridades» mixtas, aun cuando no resultaran un éxito) se ven invitados a una sólida vida cristiana, unificada por el servicio a Cristo en los pobres; con una insistencia particular en la oración y la vida fraterna.

Desde los comienzos de la «Caridad», en Chátillon, se da gran realce al culto mariano. En el reglamento provisional de fines de agosto de 1617, se lee esta frase que no es tan conocida:

«Y puesto que si se invoca a la Madre de Dios y se la toma por Pa­trona en las cosas de importancia no es posible que todo no vaya a bien y redunde en la gloria del Buen Jesús, su Hijo, dichas señoras la toman cómo ‘patrona y protectora de la obra, suplicándole humildemente que la tenga bajo su especial protección, como también a San Martín y a San An­drés, verdaderos ejemplos de caridad, patronos de dicha ciudad de Chatillon; y comenzarán, Dios mediante, a trabajar en tan buena obra a partir de mañana, día de San Bartolomé, en el orden en que aquí se han inscrito…» (Coste XIV, 126).

Santa Luisa habrá de desempeñar un papel muy importante en la «animación» y formación espiritual. El que tuvo en este sentido con las Hijas de la Caridad nos es más conocido. Pero no podemos olvidar todo lo que hizo por las Cofradías —las que visitó muchas veces a costa de mu­chas fatigas— y por sus miembros. Con relación a estos últimos, llegó a ser directora de ejercicios: las recibía en su casa y las guiaba en su caminar, siguiendo indicaciones de San Vicente (Cf. Coste I, 381, núms. 263 y 264).

A nivel del servicio, tampoco podemos olvidar que a partir del Reglamen­to de la Caridad de mujeres de Chátillon (noviembre-diciembre de 1617), encontramos ese sentido agudo de los menores detalles que podemos ad­mirar a lo largo de la vida de los Fundadores en la «recepción de los en­fermos y en la forma de asistirlos y alimentarlos» (Coste XIII, 246 y ss.). Aquí es donde verdaderamente puedé percibirse de qué manera hay que llegarse a la persona del pobre como al mismo Cristo y como el mismo Cristo lo haría.

En la misma línea, hemos señalado ya cómo fue la atención sostenida a las necesidades y llamadas de los pobres la que supo dictar los regla­mentos particulares. Es la unidad en la diversidad. Y en esto también, ¡cuántas fueron las sugerencias de Santa Luisa a San Vicente que siempre las tuvo en cuenta!

«Me parece bien lo que me dice usted de la Caridad —le escribe acerca de la Caridad de Montreuil el 2 de abril de 1631— y le ruego proponga a las Hermanas (es decir a los miembros de la Caridad) todo lo que encuentre usted a propósito al respecto, decidiéndolo ya, tanto lo que me ha escrito como lo que pueda ocurrírsele en el momento como lo mejor» (Coste I, 104).

Y a propósito de las Hijas de la Caridad, a las que San Vicente había anunciado, el 19 de julio de 1640, su intención de establecer reglamentos particulares, dice:

«Acabo de leer el empleo del día que me ha enviado usted, y lo encuentro bien. Lo que me hacía pensar de distinto modo es que en mi pensamiento no distinguía bien los empleos de las jóvenes. Vea usted cómo me parece que estaría bien: las de La Chapelle y las del Hótel-Dieu pueden seguir el reglamento tal y como está; las de las Parroquias, de los Niños y de lo.; Forzados, con las diferencias que requieren sus oficios. El de las Hermanas de las Parroquias está bastante bien especificado. Al final añada usted para el empleo de los Niños unas líneas con lo que le parezca a propósito, y en el de los Forzados, lo que es propio para las que están destinadas con ellos, pero para eso hay que saber exactamente lo que hacen y ponerlo…» (C. II, 114).

San Vicente y Santa Luisa aprenden ellos mismos y enseñan a los de­más, tanto a responder a las urgencias más apremiantes con improvisaciones felices y acertadas, como a establecer —y a eso es a lo que hay que tender— las organizaciones mejor concebidas y pensadas. Chátillon fue ya un ejemplo-tipo. Hemos visto cómo un reglamento provisional dio en seguida las primeras líneas de la asociación. El 24 de noviembre siguiente, Tomás de Méchatin Lafaye, vicario general del Arzobispo de Lyon, aprueba el reglamento elaborado entre tanto, y el 8 de diciembre, en la fiesta de la Inmaculada Concepción, San Vicente erige la cofradía en la capilla del Hospital, a título de párroco de Chátillon.

En efecto, tales organizaciones y tales actos se inscriben en la vida de la Iglesia, es decir, concretamente, en la vida parroquial que constituía en­tonces la estructura pastoral por excelencia. La obediencia a los Obispos y a los Párrocos, el recurrir a su aprobación, etc. eran otras tantas señales de esa inserción, aun cuando, por otra parte, se tomen todas las medidas para que dicha sujeción no se torne en paralización.

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