De las Cofradías de la Caridad a las Hijas de la Caridad (I)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:

Cuando San Vicente habla de los orígenes de la Compañía, empieza siempre por evocar la fundación de las Cofradías de la Caridad. Y en dos de ellas fija más especialmente su atención.

  • en la de Chátillon-les-Dombes, en 1617, porque fue la primera de todas;
  • en la de San Salvador de París, en 1629 ó 1630, porque fue la pri­mera de la capital y la primera que disfrutó —al menos en esa forma y con ese espíritu— de la abnegación de una joven aldeana, Margarita Naseau.

Margarita llegó para ayudar a las Damas de la Caridad en el servicio a los pobres en las tareas más humildes y más penosas, en espera de hacer lo mismo en San Nicolás «du Chardonnet». Uno de los relatos más completos es el del 13 de febrero de 1646:

«Os lo he dicho ya muchas veces, hijas mías, que debéis tener absoluta seguridad de que es Dios el que os ha fundado, porque os puedo decir delante de él que yo nunca había pensado en ello y que tampoco creo lo pensase la Señorita Le Gras. Ya os he dicho cómo sucedió esto. Pero como muchas de las que están aquí presentes no estaban entonces, os lo volveré a decir una vez más, para señalaros la acción de Dios en vuestra fundación.

Sabed, pues, que estando cerca de Lyon en una pequeña ciudad en donde la Providencia me había llevado para ser párroco, un domingo, como me estuviese revistiendo para celebrar la santa misa, vinieron a decirme que en una casa separada de las demás a un cuarto de legua de distancia, estaba todo el mundo enfermo, sin que quedase ni una sola persona para asistir a las otras, y todas en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios tocando el corazón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos.

Después de comer, se celebró una reunión en casa de una buena señori­ta de la ciudad, para ver qué socorros se les podría dar, y cada uno se mos­tró dispuesto a ir a verlos, consolarlos con sus palabras y ayudarles en lo que pudieran. Después de Vísperas, tomé un hombre honrado, burgués de aquella ciudad, y fuimos juntos hasta allá. Nos encontramos por el camino con algunas mujeres que iban por delante de nosotros, y un poco más ade­lante con otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, aquellas buenas mujeres se sentaban al lado del camino para des­cansar y refrescarse. Finalmente, hijas mías, había tantas, que se podría haber dicho que se trataba de una procesión.

Apenas llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el Santísimo Sacra­mento para los que estaban más graves, no a la parroquia del lugar, en donde se estableció la Caridad.

Pues bien, ya veis, hijas mías, cómo no es obra de los hombres y como es evidentemente obra de Dios; porque ¿fueron los hombres los que hicieron enfermar a aquellas personas? ¿fueron los hombres los que pusieron fuego en el corazón de tantas personas que se dirigieron allá en gran nú­mero para ir a socorrerlos? ¿fueron los hombres los que pudieron poner en los corazones el deseo de prestarles unas continua asistencia, no sola­mente a aquellos sino a los que viniesen después? No, hijas mías, no fue obra de los hombres, está claro que Dios actuaba allí con su poder, porque los hombres no podían hacerlo. No, los hombres no podían hacer nada de esto.

Yo fui llamado para acudir allá; y después de algún tiempo, al ir a una misión en Villepreux, que es una aldea a cinco o seis leguas de París, tuvimos ocasión de establecer allí la Caridad; era la segunda. Luego pudi­mos establecerla en París, y San Salvador fue la primera Parroquia que la tuvo; siguieron luego todas las principales parroquias. Pero, como hay gran número de enfermos en París, estaban mal servidos, porque las damas no podían sujetarse a ello: la esposa por causa de su marido y de su casa, la hija por causa de su padre y de su madre. En fin que aquello no iba bien, porque Dios quería que hubiese una Compañía de hermanas que se de­dicase expresamente a servir a los enfermos bajo aquellas damas.

La primera de aquellas jóvenes fue una pobre aldeana; es preciso que os lo diga, hijas mías, para mostraros la Providencia de Dios, que quiso que vuestra Compañía se compusiese de jóvenes pobres, o por nacimiento, o por la elección que harían de la pobreza; sí, hijas mías, hablo de jóvenes pobres, porque es preciso que lo seáis efectivamente.

Aquella pobre joven se había entregado a Dios para instruir en su conocimiento a los niños de su aldea, y, mientras guardaba las vacas, había aprendido a leer casi sola, porque nadie se lo había enseñado. Detenía a los que pasaban a su lado y les preguntaba: «Señor, dígame por favor, cutí- les son estas letras, qué quiere decir esta palabra», y así iba aprendiendo para enseñarlo luego a los demás.

Cuando supo algo, enseñó a sus compañeras. Fuimos a dar una misión en aquel lugar, y Dios mostró en seguida que aquello no le desagradaba. Aquella buena joven, al oír que se atendía a los enfermos en París, tuvo deseos de ir a servirlos. Hicimos que viniese y la pusimos bajo la dirección de la Señorita Le Gras y al servicio de los pobres enfermos de San Nicolás «du Chardonnet»; después de algún tiempo fue atacada por la peste y murió en San Luis. En su lugar se puso a la que servía a los enfermos en San Salvador.

He aquí, hijas mías, cuál fue el comienzo de vuestra Compañía. Y así como no era entonces lo que es ahora, es de creer que no es todavía lo que será cuando Dios la haga llegar al estado en que la quiere…» (C., IX, 24 y ss.).

Convenía citar este texto y habrá que citar otros más, por dos razones:

  • Muchas Hermanas no tienen la posibilidad de leerlos en su propia lengua.
  • Y, sobre todo, textos como este nos permiten descubrir mejor la identidad de la Compañía en lo que tiene de específico. La Compañía puede, pues, en su reflexión actual, volver a encontrar sus raíces y confrontarlas con lo que vive hoy, para así asegurar su fidelidad de manera radical, en profundidad.

La relación con las Cofradías o Damas de la Caridad que los Funda­dores no dejan de señalar, nos permite ver dibujarse entre aquellas y las Hijas de la Caridad una continuidad que desde varios puntos de vista tie­ne gran importancia. Pero a la vez, percibimos también mejor una ori­ginalidad que se va afirmando cada vez más y de la que la conferencia de 30 de mayo de 1647 marca una etapa decisiva:

«Hasta ahora, habéis trabajado por vuestra cuenta y sin otra obligación hacia Dios que la de dar satisfacción al orden que os estaba prescrita y a la manera de vida que os estaba señalada. Hasta ahora, no habéis sido un cuerpo separado del cuerpo de las Damas de la Cofradía de la Caridad. y ahora, hijas mías, Dios quiere que seáis un cuerpo particular, que sin estar separado, sin embargo, del de las Damas, no deje de tener sus ejercicios y funciones particulares. Hasta ahora habéis trabajado sin otra obligación; y ahora Dios quiere ligaros de manera más estrecha por la apro­bación que ha permitido dé a vuestra manera de vida y a vuestras reglas el Ilustrísimo y Reverendísimo señor Arzobispo de París» (C. IX, 323).

Continuidad

a) Continuidad histórica

A la continuidad reflejada en los hechos, se une otra continuidad a nivel del ideal de vida y de la «espiritualidad» que lo expresa y garantiza.

1) Los hechos

Al relato citado más arriba, podríamos añadir:

  • el del 22 de enero de 1645 (C. IX, 209).

Después de haber evocado la historia de Margarita Naseau, San Vicente tiene esta expresión típica:

«Una Caridad se fundó en seguida en San Nicolás «du Chardonnet» y después otra en San Benito, donde hubo buenas jóvenes aldeanas a las que Dios dio tal bendición que, desde aquel tiempo empezaron a unirse y con­gregarse casi imperceptiblemente.»

  • El del 25 de diciembre de 1648 (C. IX, 455).

San Vicente recuerda cómo las primeras Hermanas se reunieron en casa de Luisa de Marillac y bajo su tutela:

«Se rogó a la Señorita Le Gras, a quien Dios había dado el celo que ha tenido toda su vida por su gloria, que las tomara bajo su dirección para formarlas en la devoción y en la manera de servir a los pobres. Luego se les tomó una casa.»

Si efectivamente alguien se halla como bisagra de esa continuidad, es Luisa de Marillac, quien desempeña un papel primordial en la fundación y la animación de las Cofradías y de las Damas de la Caridad desde 1625. Inútil decir el que desempeñó en lo que lo se refiere a la Compañía (cf. ECOS de la Compañía, Julio-Agosto 1981: «En los Orígenes de la Compañía»).

  • El del 24 de febrero de 1653 (C. IX, 601).

Es también una referencia a Margarita Naseau, y a propósito de ella, San Vicente añade:

«Estuvimos tan contentos de esta pobre joven, que se recibió a otras que vinieron a presentarse e hicieron lo mismo.»

  • El del 8 de agosto de 1655 (C. X, 101).

La Compañía acaba de ser aprobada por el Arzobispo de París quien la ha colocado bajo la dirección de San Vicente y sus sucesores:

«El Santo Padre ha dado a los Sacerdotes de la Misión el poder de es­tablecer en Francia y en Saboya la Cofradía de las Damas de la Caridad. Ahora bien, como se vio que las Damas no podían ocuparse del Servicio de los Pobres Enfermos como lo hubieran deseado, para suplir a ello se juzgó conveniente tener jóvenes de condición baja e instruirlas a tal fin, lo que la Señorita Le Gras lleva haciendo desde hace veinticinco años con gran ben­dición de Dios. De ellas la primera murió de la peste en San Luis porque, por caridad, hizo acostar con ella a una mujer que la tenía.

«Han tenido reglas y han vivido siempre bajo la observancia de las mismas.» «Al principio, era como una bolita de nieve y esa pequeña Com­pañía ha aumentado de tal manera y se ha hecho tan agradable a Dios que puede decirse con toda seguridad que es el dedo de Dios quien ha hecho tal obra, porque se extiende por todas partes»…

No cabe mejor ilustración a todo esto que la conferencia de julio de 1642 sobre las virtudes de Magarita Naseau:

«Margarita Naseau, de Suresnes, es la primera Hermana a quien cupo la dicha de mostrar el camino a las demás, tanto para enseñar a las jóvenes, como para asistir a los pobres enfermos, aunque no tuvo casi ningún maes­tro más que a Dios. No era más que una pobre vaquera sin instruc­ción. Movida por una fuerte inspiración del cielo, tuvo el pensamiento de instruir a la juventud, compró un alfabeto y, como no podía ir a la escuela para aprender, fue a pedir al señor párroco o al ¡señor vicario que le dijese qué letras eran las cuatro primeras; otra vez les preguntó sobre las cuatro siguientes, y así con las demás. Luego, mientras seguía guardando sus vacas, estudiaba la lección. Veía pasar a alguno que daba la impresión de saber leer, y le preguntaba: «Señor, ¿Cómo hay que pronunciar esta palabra?» Y así, poco a poco, aprendió a leer; luego, instruyó a otras muchachas de su aldea. Y entonces se resolvió a ir de aldea en aldea para enseñar a la juven­tud, con otras dos o tres jóvenes que había formado. Una se dirigía a una aldea y otra a otra. Cosa admirable, emprendió todo esto rsin dinero y sin más provisión que la divina Providencia. Ayunó muchas veces días enteros, habitó en sitios donde no había más que paredes. Sin embargo, se dedicaba a veces de día y de noche a la instrucción, no sólo de las niñas, sino tam­bién de muchachas mayores, y esto sin ningún motivo de vanidad o de in­terés, sin otro plan que el de la gloria de Dios, el cual atendía a sus grandes necesidades sin que ella se diese cuenta. Ella misma contó a la señorita Le Gras que una vez, después de haber estado privada de pan durante varios días, y sin haber puesto a nadie al corriente de su pobreza, al volver de misa se encontró con qué poder alimentarse durante bastante tiempo. Cuanto más trabajaba en la instrucción de la juventud, más se reían de ella y la ca­lumniaban los aldeanos. Su celo iba siendo cada vez más ardiente. Tenía un despego tan grande que daba todo cuanto tenía, aún a costo de carecer ella de lo necesario. Hizo estudiar a algunos jóvenes que carecían de medios los alimentó por algún tiempo y los animó al servicio de Dios; y esos jó­venes son ahora buenos sacerdotes.

«Finalmente, cuando se enteró de que había en París una cofradía de la Caridad para los pobres enfermos, fue allá impulsada por el deseo de trabajar en ella; y aunque seguía con gran deseo de continuar la instrucción de la juventud, abandonó sin embargo este ejercicio de caridad, para abra­zar el otro, que ella juzgaba más perfecto y necesario; y Dios lo quería de esta manera, para que fuese ella la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París. Atrajo a otras jóvenes a las que había ayudado a desprenderse de todas las vanidades y a abrazar la vida devota.

Tenía gran humildad y sumisión. Era tan poco apegada a las cosas que cambió de buen grado en poco tiempo de tres parroquias, a pesar de que salía de cada una de ellas con gran pena.

En las parroquias se mostró siempre tan caritativa como en el campo, dando siempre todo lo que podía tener, cuando se presentaba la ocasión; no podía rehúsar nada, y le hubiera gustado tener a todo el mundo en su casa. Hay que advertir que entonces todavía no estaba formada la comu­nidad, ni había ninguna regla que impusiera obrar de otro modo.

Tenía mucha paciencia, no murmuraba jamás. Todo el mundo la quería, porque no había nada que no fuese digno de amor en ella.

Su caridad era tan grande que murió por haber hecho acostarse en su cama a una pobre muchacha enferma de la peste. Contagiada por aquel mal, dijo adiós a la Hermana que estaba con ella, como si hubiese previsto su muerte,y se marchó a San Luis, con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios» (C; IX, 77 y ss.).

2) Un documento-testigo

Ha llegado hasta nosotros un «proyecto de reglamento para unir a jóvenes o sirvientas de los pobres a las hermanas de la Cofradía de la Caridad en las aldeas».

Está redactado entre 1629 y 1633, de puño y letra de Santa Luisa, corre­gido en algunos lugares por San Vicente, y nos permite captar a lo vivo el momento en que —para servirnos de la expresión del Fundador— «em­pezaron a unirse y congregarse casi imperceptiblemente».

Una vez más, a través de ese primer designio de tomar sirvientas para la Caridad entre las aldeanas y encomendárselas a Santa Luisa, se ve el papel tan importante que ella desempeñó en la fundación.

Por otra parte, cuando se compara el texto de este reglamento con textos muy posteriores, queda uno sorprendido por las similitudes que existen. Por lo demás, se podría hacer la misma observación respecto al reglamento de la Cofradía de Chátillon. Algunos puntos que se vieron desde el principio, se mantendrán incansablemente y no harán sino enri­quecerse y profundizarse.

Se habrá notado que a los miembros de la Cofradía de la Caridad se les da el nombre de «Hermanas», «Buenas Hermanas»… Si algo hay, precisa­mente, por lo que los Fundadores tuvieran empeño —y lo seguirán te­niendo siempre— es la necesidad de una profunda unión fraterna entre aquellas cristianas, ya fueran las Damas, ya las jóvenes, a las que el Señor había congregado para el servicio de los pobres:

«La Cofradía de la Caridad de viudas y jóvenes de las aldeas ha sido instituida para honrar a Nuestro Señor, Patrón de las mismas, y a la San­tísima Virgen, y para imitar en alguna manera a las mujeres y jóvenes del Evangelio, que seguían y administraban las cosas necesarias para Nuestro Señor y sus Apóstoles. Y haciendo tal, trabajar en su propia perfección, en la salvación de su familia y en la asistencia corporal y espiritual de los pobres enfermos de dicha ciudad y de las aldeas, sirviéndolos por sí mismas en su parroquia y procurando que estén bien asistido en los pueblos por las buenas Hermanas de la Caridad que allí se encuentran: pro­porcionando dinero de su fondo común a las Caridades de dichos pueblos, las que sin ello no podrían asistirlos y tratando de que unas y otras hagan todo lo posible para que los pobres que sanen vivan bien el resto de sus días y los que mueran salgan de este mundo en buen estado.

Dicha Cofradía estará dirigida por tres viudas o solteras, de edad, de la misma Cofradía, que serán elegidas por el conjunto de ellas a mayoría de votos; dichos votos serán recogidos por el Superior de la Misión u otro en el que aquél delegue: una de ellas será la Superiora, la otra Tesorera y la otra Ecónoma.

La Superiora cuidará de que el presente reglamento se observe, tendrá la dirección de dichas viudas por lo que atañe a dicha Cofradía, recibirá en la misma Cofradía a las jóvenes aldeanas a las que encuentre idóneas y las despedirá cuando no vea en ellas las condiciones requeridas para dicha Cofradía; las trasladará de un lado a otro, las dirigirá por los ca­minos de la Salvación, les enseñará la manera de asistir bien a los pobres enfermos, según el designio de la Compañía, y a llevar la escuela de la aldea, y las corregirá. «En una palabra, la Superiora será el alma que anime al cuerpo y le haga actuar según el designio de Dios sobre él, todo ello, no obstante, siguiendo los consejos del Sacerdote de la Misión nombrado por el Superior y de las dos oficialas, cuando residan en la casa, o si no residen, pedirá su consejo sólo para las cosas más importantes.

La Tesorera servirá de consejo a la Superiora y, para ello, lleva la anotados en un libro los ingresos y gastos que se hagan, tendrá una llave del arca en la que se guarden los papeles y el dinero de dicha Cofradía, excepto cien escudos que estarán en manos de la que desempeñe el cargo de Ecónoma, y rendirá cuentas todos los años a las oficialas en presencia del susodicho Superior.

La Ecónoma servirá también de consejo a la Superiora en caso de necesidad, y cuidará, tomando parecer de dicha Superiora, de que las pro­visiones no falten y de que la que haga sus veces en la casa, cuando ella no resida en la misma, desempeñe bien su cometido; rendirá a su vez cuentas en igual día que la Tesorera.

Dichas viudas mirarán a la Superiora en Nuestro Señor y a Nuestro Señor en ella, estarán obligadas a la observancia del reglamento de dicha Cofradía, y las que estén fuera a la del que se las fije; y unas y otras con­tribuirán al sostenimiento de esta buena obra según su facultad y devoción; se amarán mutuamente entre sí como Hermanas a las que Nuestro Señor ha unido juntas con el lazo de su amor; amarán a las jóvenes como a hijas de Jesucristo, y se reunirán por lo menos todos los meses para conversar juntas de las cosas contenidas en su reglamento.

Dichas viudas harán los ejercicios espirituales una vez al año, todos los años, para ello se retirarán a dicha casa; irán a visitar las Cofradías de las Caridades de las aldeas cuando la Superiora lo ordene y puedan hacerlo, pero siempre según la orden del Superior de la Misión o del Sacerdote delegado por él.

Las jóvenes mirarán a las viudas como a sus señoras y madres, hon­rarán a la Santísima Virgen, mirándola en ellas; obedecerán a su Supe­riora, mirando a Nuestro Señor en ella y a ella en Nuestro Señor; irán alegremente a donde se las envíe, ya sea a la ciudad, ya al campo; regre­sarán lo mismo cuando se las llame por dicha Superiora; servirán a los pobres enfermos y enseñarán a las Hermanas de la Caridad de aquel lugar cómo hay que asistirles; les enseñarán también a hacer y a administrar los medicamentos, a curar las llagas u otros males; no saldrán de su habitación sino dos juntas, en tanto sea posible, para ir a la iglesia y a llevar las provisiones y visitar a los pobres enfermos solamente; no tole­rarán que los hombres entren en su habitación, ni se detendrán nunca a hablar con alguno por los caminos; enseñarán a las niñas de las aldeas mientras se encuentren allí; y tratarán de formar a algunas del lugar para que hagan las mismas cosas cuando ellas se ausenten, y todo esto por amor de Dios sin retribución alguna».

A través de este reglamento, se percibe ya —y únicamente— la inquie­tud por garantizar una estricta fidelidad al ideal propuesto a partir de la experiencia (en el más pleno sentido de la palabra) que lo dictó y que no cesará de enriquecerlo. Habrá que conservar y vivir a toda costa la propia identidad sin permitir que nada ni nadie la menoscabe. No olvide­mos la «novedad» sorprendente de las creaciones vicencianas y lo per­judicial que hubiera sido que se descuidara desde dentro o se obstaculizara desde fuera.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *