«Dadme un hombre de oración»

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1985 · Fuente: CEME.
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«Ninguna situación tiene se­cretos para mí, ni estar har­to, ni pasar hambre, ni tener sobra, ni pasar falta; para todo me siento con fuerzas, gracias al que me robustece». (Flp 4,12-13).

«Dadme un hombre de ora­ción y será capaz de todo’» (SV XI 83; ES XI 778). En efecto, según el pensamien­to de San Vicente, la oración es fuente de la vida espiri­tual del misionero. Mediante ella se reviste de Cristo, se imbuye de la doctrina evan­gélica, discierne la realidad y los acontecimientos en la presencia de Dios y permane­ce en su amor y en su mise­ricordia. De esta suerte el Espíritu de Cristo presta -siempre eficacia a nuestras palabras y acciones». (C 41).

oracion-viva1Las enseñanzas de Jesús a sus discípulos sobre la oración tratan de aficionamos a ésta; de la oración se deriva aquella unidad y eficacia que requiere la obra apostólica. La experiencia de San Pablo, recogida por San Vicente, nos confirma en la necesidad que tenernos de la oración para vivir la vida espiritual propia del mi­sionero. El alejamiento de la misma denotaría en nos­otros falta de interés por el verdadero apostolado.

1. «La C.M. durará mientras se practique en ella fielmente la oración».

El Misionero no se ve libre de tentaciones contra la vocación; con relativa frecuencia puede verse envuelto y atacado por enemigos que intentan perderla. Pero las pruebas sólo servirán para afianzarle más en la vocación misionera, si acude confiadamente a la oración. De esto estaba totalmente convencido San Vicente: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo; podrá decir con el santo Apóstol: Puedo todas las cosas en Aquel que me sostiene y me conforta. La Congregación durará mientras se practique en ella fiel­mente el ejercicio de la oración, porque la oración es romo un reducto inexpugnable, que pondrá a todos los Misioneros al abrigo de cualquier clase de ataques; es un arsenal místico o como la torre de David, que les proporcionará toda clase de armas, no sólo para defenderse, sino también para atacar y derrotar a todos los enemigos de la gloria de Dios y de la salvación de las almas». (XI 778).

2. «La oración es una predicación que nos hacemos a nosotros mismos».

El carácter práctico de la oración vicenciana obliga a descender al terreno de la realidad espiritual en que se encuentra el Misionero; éste ha de esforzarse y dedi­carse con afán a terminar con el pecado que reside en él y poder revestirse de Cristo. En este sentido, la oración es un medio excelente para conocerse uno a sí mismo y alcanzar de Dios la gracia de la enmienda:

«La oración es una predicación que nos hacemos a nosotros mismos para convencernos de la necesidad que tenemos de recurrir a Dios y de cooperar con su gracia, a fin de extirpar los vicios de nuestra alma y plantar en ella las virtudes. En la oración hay que esforzarse, sobre todo, en combatir la pasión que nos entretiene y tender siempre a mortificarla; si lo conseguimos, todo lo demás vendrá fácilmente». (XI 779).

3. «Tener mucho trato con nuestro Señor en la oración».

La oración acarreará muchos bienes, entre otros, ayu­da a revestirse del espíritu de Jesús, ilumina las situaciones concretas en que vivimos, instruye sobre las obligaciones particulares de cada uno, inspira lo que se ha de predicar a otros y el modo de hacerlo. A todas estas ventajas de la oración se refería San Vicente, cuando aconsejaba al padre Durand:

«Una cosa importante, a la que usted debe atender de manera especial, es tener mucho trato con nuestro Señor en la oración; allí está la despensa de donde po­drá sacar las instrucciones que necesite para cumplir de­bidamente con las obligaciones que va a tener. Cuando le venga alguna duda, recurra a Dios y dígale: Señor, tú eres el Padre de las luces, enséñame lo que tengo que hacer en esta ocasión. Le doy este consejo, no sólo para las di f cultades con que se encuentre, sino también para que aprenda inmediatamente de Dios lo que tenga que enseñar, a imitación de Moisés, que no anunciaba al pueblo de Israel más que lo que Dios le había inspirado: Haec dicit Dominus (esto dice el Señor)». (XI 237).

  • ¿Escucho a Dios que me habla en el silencio de la oración?
  • ¿Recurro a la oración cuando me asaltan las prue­bas y dificultades?
  • ¿Transmito a los fieles otro mensaje distinto del que Dios me inspira en la oración?

Oración:

«Oh Dios, que santificas a tu Iglesia en medio de las naciones, derrama tu Espíritu sobre todas nuestras comu­nidades, para que cuanto hiciste por medio de sus dones, en los comienzos de la predicación evangélica, lo renueves ahora en el corazón de tus fieles. Por nuestro Señor Jesu­cristo». (Mro, Votiva del Espíritu Santo).

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