7. Conclusiones
¿Qué conclusiones autorizan este análisis sucinto de los grandes temas de la biblioteca azul? Tal y como se presenta este apoyo de las mentalidades populares durante los dos últimos siglos del Antiguo Régimen, este fondo de lectura pública y privada, no nos permite deducir un cuadro general de la psicología colectiva de los grupos populares durante este periodo. Demasiadas lagunas, demasiados silencios descubiertos durante el análisis , revelados por otros tipos de documentos, deben recordar la prudencia. Pero, al mismo tiempo, se impone un balance: es verdad que en las ciudades principalmente la gente humilde recibían, de otras fuentes, «informaciones» múltiples; también es cierto que el desarrollo de la educación primaria en el siglo XVIII ha ofrecido desde la infancia un encuadre, un utillaje mental de un tipo bastante diferente, que aún no ha sido apenas estudiado: sabemos sin embargo, al leer a los pedagogos de la escuela parroquial, como a Demia, J.-B. de la Salle, cuáles eran las ambiciones de los maestros y los límites de su acción educativa; lo que permite situar, allá donde se prueba su buen resultado (es decir primero en las ciudades), una formación que es fuertemente divergente de este inventario; no por esto deja de constituir el fondo un conjunto único: una concepción del mundo y de ls hombres ofrecida a lo largo de generaciones examinada por los abuelos, releída y comentada de velada en velada, en todos los medios populares.
Sin ninguna duda que este balance es difícil de establecer: este fondo disparatado constituido por editores emprendedores y por escribas menesterosos a partir de tradiciones orales, de textos medievales rejuvenecidos en la época del Renacimiento, de cuentos heredados de las más antigua mitologías europeas, de relatos milagreros sacados de la hagiografía más ordinaria, la de la Leyenda dorada -comenzando por la cultura burguesa de los siglos XVII y XVIII: contradicciones, elementos ambiguos han sido ya señalados en varias ocasiones. Pero estas incoherencias internas, que nos parecen irreductibles, forman parte de esta visión del mundo, que la Biblioteca azul ha difundido, ha extendido por los medios populares durante más de dos siglos: si se trata de concepciones del hombre, del mundo, de la vida social, de ninguna manera hay porqué negarlas, ni buscar reducirlas a fuerza de sutilidades. Más vale situarlas en su lugar, en la representación intermedia, que se desprende de esta prolongada lectura.
1. Temperamentos y destinos: el hombre de las pasiones. La fisiología troiana es de una rara simplicidad: los humores, según una clasificación multisecular, y las pasiones constituyen todos sus resortes. Ni el Abono de los pastores, en su sabiduría astrológica, ni las escasas recetas médicas de aquí y de allá son muy prolijas en estos condicionamientos fisiológicos. Incluso la alimentación se descuida, y se reduce a consejos de temporada esparcidos por todas las clases de relatos: no comer demasiada fruta en otoño, no beber demasiada agua durante los meses con R; la frugalidad es evidentemente la regla, para el pastor o para Michel Morin que devora un gran pedazo de pan frotado con ajo, sino para Carlomagno que «comía poco pan; pero como pitanza, se comía en una comida la cuarta parte de un cordero o dos pollas de agua, o una oca, o un jamón, o un pavo real, una grulla, o una liebre entera; era sobrio con el vino y ponía bien poco agua dentro», y hasta para los remendones que tienen cuchipanda cada vez que llega al Deber un nuevo compañero. Las recetas médicas no son más precisas, como todo se reduce a sangrías, en lugares del cuerpo según las estaciones y según la localización de los dolores a los que poner remedio. Estas incertidumbres hacen al determinismo de los humores y de los astros tanto más pesado: los cuatro temperamentos en los que se dividen los hombres y que corresponden a los cuatro elementos constitutivos del universo: tierra, aire, agua, fuego, melancólico, sanguíneo, flemático, colérico -determinados asimismo por el signo de nacimiento, Acuario, Aries, Géminis…, mes del año y día de nacimiento- revelados por último al común de los observadores perspicaces por los rasgos de la cara, el porte de la cabeza, la dentadura y el pelo, eso es lo que constituye el fondo más seguro de esta fisiología, cuyos lineamientos se hallan en el Gran Abono, los libritos de medicina, y en los cuentos o vidas de santos, a la vuelta de una frase.
De verdad que estas clasificaciones, estas definiciones no carecen de dificultades: la interpretación de las fisionomías sacada de Porta, Lavater, tropieza a veces con contradicciones, de las que los redactores, conforme hemos visto, salen de apuros como pueden: si el mentón y la nariz se contradicen, es prudente y simple fijarse en los ojos… Sin embargo este determinismo astral y humoral a la vez (los astros suministran la explicación y los humores la descripción) implica una especie de exaltación de las pasiones: cada hombre así determinado está encadenado a su destino por las pasiones propias de su temperamento. Nadie escapa a ello, salvo sin duda los santos de la galería hagiográfica de san Alejo a santa Sira, para quienes el auxilio divino es no obstante precioso; en cambio, Carlomagno es colérico y vengativo; Till Eulenspiegel sanguíneo como la hija Ango del «Desayuno de la Rapée», etc. Destino individual inscrito, en suma, desde el nacimiento a la muerte.
Las innumerables evocaciones del amor y de la mujer -a través de cuentos, canciones, mitologías e incluso vidas de santos- ilustran muy bien este punto pasional. El amor y la mujer honrados no están tan ausentes por cierto: Michelet, mucho antes, se apiadó de la triste suerte de Gisélidis, maltratada por su señor y esposo, escarnecida, golpeada, y siempre fiel, sin nunca el pensamiento «de consolarse amando por otra parte». Pero la pasión devoradora la lleva de lejos al sentimiento tranquilo y equilibrado, que debe asegurar la felicidad conyugal. En nuestras vidas de santos, la mujer es en primer lugar la ocasión del pecado: para san Ortario, «la única sombra del pecado le producía horror, se apartaba con todo cuidado de las ocasiones, pero principalmente de la conversación con las mujeres». Hasta en los cuentos de hadas, en los que se describe a veces con complacencia la belleza femenina, las miradas penetrantes que siguen a la enumeración ritual (cabellos de lo más bello, boca pequeña, dientes blancos) son siempre miradas desastrosas, que hacen nacer el amor por turno y las bellas musulmanas del leyendario histórico otro tanto; he aquí a la bella Florippes, de las «Conquistas de Carlomagno»; su belleza aparece no menos irresistible: » [Florippes} se despojó para ser bautizada; y con eso dejó ver la belleza de su cuerpo, porque estaba bien formada, blanca como un cisne, los cabellos largos y relucientes como de oro fino, la frente bien proporcionada, los ojos centelleantes, la nariz aquilina, las mejillas color de rosa, la boca bien hendida, los dientes blancos como marfil y bien colocados, los labios bermejos como el coral, la barbilla bien cortada, la garganta de una blancura deslumbrante y capaz de excitar los corazones más fríos a la concupiscencia…» En todas partes se halla la misma violencia de pasiones más fuertes que todos los obstáculos que se les oponen.
¿Más fuertes incluso que la abundante predicación moral de inspiración cristiana de la que rebosa esta literatura? Fuerte pregunta. Las llamas del Infierno -o de los suplicios más refinados que el fuego- esperan a los lujuriosos, a los avariciosos, a los glotones… Abono, Urbanidad pueril y mil alusiones esparcidas predican una moralidad exigente, amenazante, que contradice de hecho los determinismos astrológicos. En una obra como el almanaque, las dos perspectivas están buenamente yuxtapuestas. A escala de conjunto, se han de reconocer dos tendencias irreconciliables: el miedo del gendarme infernal, las vidas ejemplares de los santos predican una mejora, un perfeccionamiento del hombre: la exaltación de las pasiones, la fijeza de los caracteres implican un dejar-pasar, una vida larga y gozosa según sus inclinaciones, que la prosa callejera ilustra con un cierto cinismo. De una a la otra no existe puente, ni transacción posible. Pero en volumen sin duda, la predicación de inspiración cristiana lleva las de ganar sobre la descripción astrológica: lo que no implica necesariamente una primacía.
Entre tanto esta yuxtaposición plantea un problema que nosotros estamos mal preparados para resolver, sujetos como nos vemos por una larga tradición escolar y razonadora en rebuscar e identificar la coherencias de comportamientos y de discursos. Sin duda se ha de admitir que estas exigencias no aparecen necesarias a los redactores de los almanaques y otros libritos de venta a domicilio. Y que esta yuxtaposición procede de una filosofía de los hombres y de la vida más comprensiva, capaz de admitir en un mismo individuo la cohabitación de los contrarios. Debemos dejar abierta la cuestión.
2. Práctica religiosa: ¿dominio de sí o evasión? Las obras de piedad que constituyen la cuarta parte del fondo, centenares de alusiones que se hallan también en las descripciones de oficios como en las obras burlescas, todos los tratados por último son otras tanta referencias a una «lección cristiana», cuyo mérito principal es la claridad, la sencillez.
Es raro ver a estos libritos forzar el tono hasta la elevación mística. Hasta los consejos de resignación más severos apenas se ven revestidos de una argumentación muy accesible: ¿renunciar a los bienes d este mundo? Genoveva de Bravante explica en tres líneas cuál es la voluntad de Dios: «Es equivocarse de creer que los bienes sean una prueba de su amor; bien lejos de esto, las necesidades que padecemos señalan un corazón de Padre para con nosotros, puesto que las riquezas no son otra cosa que medios de perderse, ya que Dios espera hacer bien a sus amigos en el otro mundo». De esta parte misma de estos argumentos, hallamos sin cesar una exposición de las verdades cristianas que consiste en algunas imágenes: la doctrina es la vida misma de Cristo reducida a sus episodios señalados que marca el ritmo del culto de Navidad a Pentecostés. Enseñar la religión cristiana es esencialmente eso: en «Helena de Constantinopla», tenemos a un obispo que enseña a una pagana: «El obispo le cuenta primeramente el misterio de la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo; en segundo lugar, de la vida que llevó durante treinta años poco más o menos en este mundo; en tercero, de su pasión, de su muerte, de su resurrección, de su ascensión y de todos los misterios de nuestra creencia. Viendo el obispo que ella disfrutaba con ello, le insinuó tan bien aquello en el espíritu que en poco tiempo fue sabia». La Vida de Cristo, algunos misterios de la sanción de todo ello: el Juicio final. No es casualidad si se presenta con frecuencia el Credo como la fórmula misma de la conversión (para Clodoveo en particular, en las «Conquistas de Carlomagno»). Contiene todo cuanto importa recordar.
Todas las recomendaciones que se refieren al detalle de las prácticas, asistir a la misa, escuchar el sermón, oraciones, peregrinaciones, cofradías, cánticos, aparecen, respecto de este argumento, como recetas, medios que concurren a la salvación de cada uno: en esto nuestros libritos son también pródigos en consejos de este orden; incluso los relatos mismos burlescos que insisten a veces con pesadez en las realidades prosaicas de este camino difícil: Michel Morin, el valiente portaestandarte del pueblo se ganó bien el cielo, él que: «tenía la voz tan terrible y tan bella, que una vez que comenzaba a cantar, todos los perros escapaban de la Iglesia». La Urbanidad pueril no escatima sus recomendaciones sobre el capítulo del comportamiento en la iglesia, en los Sacramentos: «Es algo indecente y deshonesto pasearse por las Iglesias. Cuando os encontréis en la predicación, mirad al Predicador, escuchadle con atención, porque no es una hombre quien habla, sino Dios por la boca de un hombre». Otros tantos medios, pequeños o grandes, hay para escapar del pecado, de las tentaciones, del Infierno. Muy cercana a un mecanismo revisado y corregido, nos parece en efecto esta moralización permanente: es Satán, tan presente como Dios Padre, Satán que sin descanso atormenta, o tienta, y contra el que hay que defenderse: «Oh, san Huberto, lleno de bondad, sostenednos a todos en la fe firme, y guardadnos de los mordiscos peligrosos, de truenos, de fiebres, de brujos, de brujas, y de violentos espíritus. Por Nuestro Señor Jesucristo. Así sea». Todo vale. Nada basta.
Nadie puede salvarse solo: la intervención de Dios es en todo momento necesaria. Es la afirmación permanente, cotidiana del milagro, este resorte de la parte hagiográfica del fondo, este estribillo de todas las formas taumatúrgicas; por eso mismo, la prosa pía de nuestro fondo va unida a la creencia popular más sólida; la lección del Credo es inseparable de esta «prueba» que da el milagro mil veces repetido, como una antífona, a través de cánticos y vidas de santos a lo largo de relatos de Cruzadas y de caballería y hasta en los almanaques. No sólo no existen santos ni santas sin los milagros realizados por Dios, por su intercesión, mientras vivían y después de la muerte, sino que estos extraordinarios milagros pertenecen también a la vida cotidiana de los fieles: tantos milagros descritos con profusión, a través de toda clase de relatos han encantado y enseñado a lectores y oyentes. Prueba de ello es que el milagro se confunde implícitamente en la historia de las vidas de santos y de los relatos de cruzada con la gracia (sobre la que discutían los teólogos tan ardientemente en la misma época).
Lo cual tiene doble significado: por una parte, sin que sea necesario subrayarlo, estas nociones de un cristianismo reducido a tales proposiciones, a unas vías tan simples están muy alejados de la vida y de la práctica espiritual que animan a las elites francesas en «el siglo de los Santos» y también en el XVIII; nos encontramos lejos de los grandes debates entre católicos y reformados (de ninguna forma se trata, en esta literatura, de transubstanciación!), entre jansenistas y jesuitas: a fortiori, se olvidan la querella quietista, la disputa de las misiones chinas, las salidas volterianas. Lejos de las angustias jansenistas y de las argucias de los casuistas, la Biblioteca azul define, para uso de la gente de pueblo, el corpus de una religión simplificada en su ordenación y en sus exigencias. Pero, además, el recurso constante a la intervención va unido, en otro plano, es cierto, a todas las creencias medio-empíricas, medio-«científicas», que nutren los conceptos populares del mundo visible.
3. Secretos de la naturaleza y dominio mágico del mundo.
Como las preocupaciones intelectuales de los redactores de la Biblioteca azul no apuntan a un saber codificado y complejo: sin duda, los beneficios de la lectura y de la educación son celebrados de vez en cuando. En cierto «nuevo secretario», un diálogo un tanto pesado opone a un fanático de los ejercicios físicos a un partidario de la lectura: «Estoy sorprendido, Señor, de que desdeñéis la lectura; ya que nada es más conveniente ni más útil a un hombre de condición. No creería haber pasado bien el día si no hubiera leído algún capítulo de un buen libro». Pero esto no constituye un leitmotiv, ni siquiera en las obras de educación que se preocupan mucho más de los buenos modos que de la instrucción propiamente dicha, y no citan apenas más que el cálculo como ciencia útil. En la época misma en que los progresos científicos se multiplican, de Kepler a Newton y a Lavoisier, en la que se realizan verdaderos balances de los conocimientos humanos como l’Encyclopédie y los otros Diccionarios del siglo XVIII, el fondo troiano, como vimos, no se hace eco, por así decirlo, de estos progresos en el conocimiento del mundo: ni el menor trabajo de geometría, de física, ni siquiera de astronomía copernicana -mientras que el cielo estrellado juega un papel tan grande en la vida de los hombres, si hemos de creer a los autores de los almanaques.
Pero en realidad, copiando a manos llenas la herencia «científica» de la Edad Media y del siglo XVI, los editores troianos apuntan tan alto como los alquimistas y los ocultistas: se hacen el eco de estas indagaciones siempre sin terminar en el descubrimiento de los secretos de la naturaleza, que han apasionado a todos los «sabios» de los tiempos más antiguos y que han constituido el objeto de una literatura inagotable: secreta rerum naturae. Las razones ocultas de las cosas, argumento de toda esta indagación multisecular, se hallan aquí a vuelta de hoja: en la «Vida de santa Ana», el ángel que se aparece a la Santa para persuadirla de que se case por tercera vez después de la muerte de sus dos primeros maridos razona de esta manera: «Ana, sabes muy bien que todo testimonio se funda en número ternario. Por esto, te conviene tomar un tercer marido, que ha sido hallado justo ante Dios…» Sucede los mismo con 3, 7, 13; igualmente con 4, porque cuatro elementos son constitutivos del mundo. De la misma manera que las virtudes de los números, los colores revisten, para quien se ingenia en penetrar todos estos secretos, muchas cualidades.: para comprar un caballo, el color de la vestimenta es de suma importancia; el caballo bayo es sombrío; el negro resistente; el blanco vivirá más que cualquiera otro. Más allá de estas nociones tan fáciles de recordar, el Abono de los pastores, el Gran y pequeño Albert pretenden proporcionar, a fuerza de recetas, secretos de la mayor importancia: es decir, siempre, los medios mágicos -sobrenaturales, a nuestro parecer, pero en la naturaleza, según este saber- de dominar a los seres y las cosas. Por eso mismo, el «maravilloso natural» entra en los milagros religiosos: todo es posible en y fuera del orden natural, este orden natural que todos aspiran a conocer, para defenderse mejor de un mundo duro, hostil. Al nivel mismo de las «supersticiones» que estas «ciencias» ocultas han contribuido ampliamente a alimentar, se unen también las prácticas sagradas, desde la simple oración recitada ante una imagen de san Antonio, hasta la evocación benéfica de un san Medardo , y las prácticas negras, en las que, según los libros arcanos, las mismas fórmulas de las oraciones más corrientes, el Ave, el Pater, el Credo, están mezcladas con los encantamientos y hechizos de los más profundos ocultistas: evasión aquí también, o más bien nuevo recurso a fuerzas sobrehumanas, difíciles de invocar, en decidir. La astrología, el ocultismo y el milagro cristiano se dan la mano, tal cual, a través de toda esta literatura, para convencer mejor a los lectores y oyentes de su debilidad insigne, frente al gran mudo y frente a Dios todopoderoso. Feliz aquél que, como el pastor, sabe leer los astros en el cielo, conoce algunos simples para curarse, puede protegerse de las tentaciones del Maligno mediante una eficaz invocación a san Martín. Pero no a todos es dado conocer, como a Paracelso, Porta, y Alberto el Grande, los mayores secretos… Si los más grandes de estos sabios que han explorado fuera de la Escuela no son corrientemente citados, a Paracelso no más que a Jacob Böhme, no por eso los almanaques y libritos de secretos dejan de referirse, de forma más o menos explícita, a un saber que ha sido transmitido de generación en generación por algunos privilegiados, y que algunos han relacionado, sino sistematizado. Su prestigio ha sido enorme por la vara de ventas, sino por los debatas que provocaron aparte de eso: por los furores de Guy Patin contra los curanderos, por el cuidado de la Royal Society de Londres de recoger los conocimientos olvidados.
Al lector de hoy, estos conceptos del mundo y de los hombres presentados de forma parcelaria ofrecen un tufillo de inacabado intelectual, ciertamente inapreciable a la sazón: tantas recetas acumuladas, tantos tratados que huelen a Escuela, machacan lecciones de Hipócrates o de Galieno, tantos soberanos remedios e infalibles invocaciones están tan lejos de nuestro saber -y gasta de las novedades científicas del tiempo. A una ciencia in statu nascendi, redactores y lectores de la biblioteca troiana prefieren las seducciones misteriosas, los encantamientos mágicos y las invocaciones pías que se pueden adornar con los prestigios de la experiencia histórica, del poder demostrativo del pasado. Las representaciones de la sociedad que traen estos libros azules son testimonio en el mismo sentido.
4. Conformismo social y sustitutos ideológicos. Ninguna descripción de la sociedad del tiempo en este repertorio, a no ser una galería de retratos en la Danza macabra, y que no pretende ofrecernos una presentación dialéctica. A modo de reserva -que puede ser prudencia de editores- los cuentos azules se guardan bien de explicarse sobre este terreno difícil. Son alusiones, rasgos sin mayor fuerza, que permiten reconstituir -poco más o menos- un concepto común de la vida en sociedad: hasta la oposición tan fuerte entre ciudades y campos es más evocada de paso que largamente subrayada. Así, en la «Urbanidad honrada» a propósito de las señales de respeto que debe suscitar una iglesia: «No paséis delante de una iglesia sin hacer un breve oración a Jesucristo, estando descubiertos, si es en el campo, y de corazón si es en la ciudad»: lo cual denuncia con una señal bastante fuerte la aparición de una especie de respeto humano ciudadano frente a los actos de devoción. Pero aquí se acaban las palabras. Sin embargo en la misma época, los dos modos de vida, urbano y rural, no cesan de distinguirse cada vez más netamente.
Lo que se desprende con mayor precisión de cien rasgos reunidos es una verdadera tripartición de la sociedad: los fuera de la ley, el pueblo llano, los grupos dominantes, la burguesía y sobre todo nobleza. Los primeros son seres al margen, por diversa razones: bandidos y vagabundos que infestan los bosques, saquean a los viajeros, matan y roban a los ermitaños, pero pueden también hacer una justicia compensadora capaz de favorecer a los pobres; de la misma forma los soldados, valientes por supuesto, que en guarnición hacen la felicidad de las modistillas, granaderos que seducen en Rouen a «las encantadoras hilanderas de algodón» -y a otras más; pero que van, vienen, saquean y asaltan. Al margen asimismo la vieja hechicera del pueblo que «ha hecho morir mañana y tarde a mucha gente de muchas maneras»; los judíos, «ingratos, infieles y crueles». Faltan del cuadro los protestantes, de los que los libros troianos prefieren no decir palabra -y que no pertenecen por supuesto al repertorio heredado de la Edad Media. Pero es de la misma forma raro leer unas líneas de los leprosos, de los santurrones, ni de los locos siquiera -desdeñados por decirlo así.
El pueblo llano de las ciudades y del campo -a quienes van destinados estos libros- no es sin embargo halagado: compadecido más bien, sobre todo cuando se trata de los artesanos de las ciudades abrumados de trabajos duros, obligados a oficios difíciles. Despreciados a menudo, como se ve por las veinte reflexiones de los cuentos donde los malos del presente son comparados con desgana a los bravos artesanos de antaño, en tiempos en que los animales hablaban. Despreciados, «esa gente», a quienes van destinados los buenos preceptos de urbanidad: abusar de la campesina, andar como un patán de campo son defectos si remisión para quien no quiere ser «pueblo». Sin embargo los pastores se libran, algunas veces, de este descrédito, quienes llevan en el campo una vida sana, sin los cuidados de los señores y de los burgueses -y quienes ocupan un lugar tan grande en la Sagrada Escritura. La fórmula del Abono tan repetida es muy explícita: «El pastor va tan noblemente adornado con su cayado según su estado de pastor, como lo estaría un obispo o un abad con su cruz, o como un buen hombre de armas bien seguro con su espada». Con todo la suerte de la gente llana, de un modo general, no es de envidiar tampoco: caso límite, pero significativo los relatos del leyendario histórico se acuerdan de ellos solamente cuando se trata de hambres, de asediados muertos por miles, de ciudades incendiadas.
Por último, los grandes: la burguesía que se enriquece sin medida está poco presente. Fustigada y de qué modo en la «Danza macabra», se la ignora o coloca en su puesto en casi todas las partes: la esposa muy coqueta del «marido descontento»pretende llevar duelo de corazón y él se niega «a comprarle lo que ha de llevar, diciéndole que no convenía a burguesas querer igualarse a las damas de alto copete». El grupo dominante es esencialmente la nobleza tradicional, en el sentido propio del término. Ya que el noble de corte, que vive como parásito junto al Rey, raramente evocado, no está nunca bien tratado, de tan mala reputación parece gozar la vida de la corte. Hasta en las vidas de Santos, se encuentran ecos de esto; así en la vida de san Hubert: «El aire de la Corte tiene un no sé qué de contagioso y perjudicial a la virtud, porque allí las corrupciones son muy grandes, el vicio se ve en tanta estima, que un ánimo debe ser maravillosamente vigoroso para osar intentar conservar en ella su inocencia…» Por cierto que el señor en el castillo o en la guerra no es tenido siempre en consideración: la Danza macabra -otra vez- no ahorra palabras duras para el duque, el gran señor y el pequeño castellano. Pero es un descuido menor en comparación con la exaltación de las virtudes y de las funciones nobiliarias que representa el
legendario histórico: Roland, Turpin, Naimes, Olivier y Ogier son los modelos de una nobleza caballeresca, conquistadora y cristiana, generosa y justa…
Entre tanto, esta reconstitución de la sociedad, en la que evolucionan los personajes de la Biblioteca azul, parece marcada con el cuño del mismo determinismo, del mismo fatalismo que el destino individual, o el secreto del alquimista. Revueltas populares, rivalidades entre burguesía y nobleza, progresión de la nobleza de toga, todas estas realidades sociales del final del Antiguo Régimen no afloran nunca. No más por otra parte que las realidades de la vida cotidiana en las que grupos y clases se mezclaban -o se enfrentaban incluso más pacíficamente. Si se encuentran algunos puntapiés a los burgueses o a los nobles, aquí y allá, es una menguada compensación, una mezquina revancha frente a las humillaciones y a la dependencia a la que eran sometidos la mayor parte de los lectores de esta literatura. Por cierto que ninguno de estos libros se permite la justificación, a la manera de Bossuet, de este orden social: indiscutido, aceptado tácitamente, cae de su peso, como los cuatro temperamentos que corresponden a los cuatro elementos, como los secretos de la naturaleza inmutable. La biblioteca troiana cultiva el conformismo social.
De esta forma, dibujada a grandes trazos, esta literatura viajera ofrecida para leer y escuchar se presenta como una suma -pasablemente heteróclita- de ideas recibidas, de conocimientos «científicos» o para-científicos, de creencias, heredadas de tiempos atrás, seleccionadas por la tradición oral y por los imperativos del diálogo mal definido que se establece durante dos siglos entre editores y público popular; esta suma lleva la marca de una cierta estabilidad -de larga duración- bien mirados los préstamos recibidos de las tradiciones medievales, y de la (relativa) fijación del catálogo a través de dos siglos. Si es verdad, como lo ha dicho M. Seguin, que el bulo es el reflejo de los sueños y de los miedos del pueblo (de las ciudades, añadiremos nosotros), la biblioteca ambulante alimenta y refleja a la vez, para una parte mal delimitada, la visión del mundo y de los hombres que estos mismos medios populares han transmitido durante los últimos siglos del Antiguo Régimen.
Pero esta suma no es un humanismo, en el sentido en el que se entienden las humanidades en los siglos XVII y XVIII: nutridas de literatura y de sabiduría antiguas, cubiertas , o desfasadas, por las lecciones de la devoción moderna; renovadas a medida que el progreso de las ciencias transforma el concepto del mundo. Esta literatura sigue siendo, a través de dos siglos, una visión inmutable de mundos, en parte reales, en parte imaginarios, en que las Hadas, los Santos, los Gigantes ocupan tanto lugar como los hombres; donde el embelesamiento, el encantamiento, el milagro por último son tan frecuentes que explican el desdén de los filósofos del siglo XVIII por estos cuentos «para dormirse de pie»: la Biblioteca azul, para sus lectores y oyentes en la velada es ante todo una evasión.
¿Habrá que ver en ello una literatura de sustitución? Esta pregunta puede resolverse mediante una comparación con el tiempo presente; tan peligroso nos parece asimilar globalmente el fenómeno de la literatura ambulante con los mass media del siglo XX, sobre todo la televisión, como algunos no han temido hacerlo1, como tan fructuosa puede ser la comparación establecida sobre una variable delimitada con precisión: en este caso se trata de saber quién sirve esta literatura, y quién la habría inspirado para fines políticos y sociales precisos. Así como hoy cierta prensa, una buena parte de la producción literaria (sin hablar de los medios más modernos de comunicación) aseguran de hecho, más o menos voluntariamente, la función social «despolitizadora», del mismo modo esta producción difundida por los viajantes habría proporcionado a los medios populares los sustitutos ideológicos a su sumisión, a su dependencia tanto tiempo sin remedio. Es seductora la hipótesis que adelantara una voluntad política de divertir a la buena gente por medio de relatos terroríficos o lenitivos y de hacerle olvidar su condición. Quedaría por desenmascarar llegado el caso al director de orquesta de esta operación bien llevada (y sin embargo desbaratada según parece, al menos durante los últimos decenios del siglo XVIII): ¿los libreros troianos? ¿agentes «ideológicos»de la monarquía, intendentes o clérigos? Ningún documento de archivos -en los restos dejados en las minutas notariales por las familias troianas ni en la correspondencia de los intendentes- deja una voluntad deliberada de este orden. Los Oudot, Garnier y sus competidores han hecho fortuna poniendo a disposición de un vasto mercado una producción que les parece corresponder a los gustos, a las necesidades de este público que no llega a la producción ordinaria de libros. No obstante se ha de reconocer al momento que los libritos de cubierta azul, almanaques, cuentos, cánticos, relatos míticos, han constituido, en la realidad, un freno, un obstáculo a la toma de conciencia de las condiciones sociales y políticas a las que estaban sometidos estos medios populares. Literatura popular, bueno: ella vehicula bien, en el caso presente, una forma de alienación.






