Cultura popular francesa en los siglos XVII y XVIII (11)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Robert de Mandrou · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1975 · Source: Edic. Stock, Troyes.
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6. Las representaciones de la sociedad

mendigos La literatura de circulación no es «comprometida» en el sentido que damos a esta palabra en la segunda mitad del siglo XX. La evocación, a descripción de las realidades sociales -sin ser dejadas a un lado totalmente- no preocupan de forma exagerada a los editores de la Biblioteca azul. Es una pequeña parte del fondo la que está dedicada a diversos aspectos de la vida en sociedad: los oficios y juegos; ni siquiera la educación interesó el verbo de los redactores. Una sola serie es importante en este orden de ideas: la mitología histórica que constituyen las novelas de caballería. Pero, como vamos a ver, esta abundancia de relatos carolingios no compensa la pobreza del resto.

A. Oficios, juegos y educación

Una obra de entre dieciséis está dedicada a la descripción, a la evocación de un aspecto de la vida en sociedad en tiempos de la monarquía «absolutista»: desde las lamentaciones desconsoladas de aprendices de panaderos recocidos delante de su horno hasta los tratados más elegantes de civilidad, tenemos ahí un repertorio bastante original, y por sus temas, y por el tono empleado para evocar un juego de sociedad y para definir la buena educación. Ninguna descripción de grupos -y a fortiori, de los antagonismos sociales, que la historia social nos revela a cada instante; apenas si un apólogo laborioso y una descripción burlesca de los vagabundos evocan a los míseros de un tiempo en que abundaban. No importa: los silencios ahí también son muy significativos.

1. Los oficios. Bajo esta rúbrica, presentemos algunas obras sin ninguna ambición técnica (ya lo hemos indicado en el c. III), que se contentan con narrar en verso y en prosa las desgracias y miserias de los aprendices en los diferentes cuerpos del oficio: aprendices, mozos, cirujanos, panaderos, etc. Pequeñas piezas de versos a veces reunidas en una sola colección, o bien lanzadas aparte como «El estado de servidumbre o la miseria de los Criados», estas quejas lamentables dan cuenta ordinariamente de las novatadas impuestas a los jóvenes aprendices por los compañeros más antiguos en el oficio. La más vehemente es sin duda aquella de «la gran cofradía de los hartos de trabajar, irritados de no hacer nada, con los estatutos de aquesta» que abre perspectivas más originales reivindicando el derecho a la pereza. Ninguno de estos libritos se preocupa de describir al detalle las miserias del oficio, de la obra propiamente dicha, como harán los cantos de gremio del siglo XIX. Sin embargo estas quejas evocan bastante la literatura que practicaron Agricol Perdiguier, Martin Nadaud y tantos otros. Las servidumbres del oficio son las del gremio, donde la ancianidad da todos los derechos sobre los recién llegados, que deben «estrenar» el oficio. Que el joven cirujano vaya entonces en medio de la noche a practicar una sangría a una mujer doliente al otro lado de la ciudad. Que el aprendiz de panadero no debe abandonar el horno, ni siquiera cuando

«sentado encima de [su} horno con un asador,
{Él} lo pase tan mal como en el purgatorio».

El más desdichado, si se ha de dar fe a una lista dudosa, es el joven lacayo entregado a la mala uva de toda la servidumbre, limpiando unas enaguas aquí, quitando el barro a unas botas allí, corriendo a la oficina, blando como una breva todo el día: «Sostengo que no hay forzado de galera que, a pesar del rigor de su desdichada suerte, conociendo su estado quisiera ser como ellos».

Con este tren de vida, todos los oficios son como valles de lágrimas: no queda rastro aquí de esas órdenes complejas, por las que, al alba de la revolución industrial, se distingue con nitidez la jerarquía de los artesanos, de los obreros de industria, y de los peones de toda clase. Ni siquiera los oficios nuevos y tan considerados como los del libro, que figuran en estas quejas, son objeto de atención particular: encoladores, encuadernadores, doradores, impresores, todos caben bajo esta situación. Ninguna rivalidad visible tampoco entre los gremios de artesanos -y de esas grandes batallas, feroces, que animan las corporaciones del siglo siguiente; no otra cosa que reivindicaciones hacia los empleadores: los Amos que acogen a los recién llegados tiene un lugar muy episódico en estos relatos coloreados, y no suscitan en ningún momento la animosidad de sus obreros.

Con todo, un oficio es tratado por separado de los demás, con más detalle; se le dedican varios folletos, que refieren también la vida de los obreros, pero además su papel social: son los zapateros, los «buenos compañeros de la Manguita». Este oficio que ha dado su nombre al burlesco «pescadero», posee un «deber» netamente mejor definido que los otros: recepción del recién llegado, o del compañero en Tour de Francia, consignas, citas en el «cabaret sindical», comida de celebración donde «el árbol que llevó la pez» debe ser bendecido, y donde cada participante debe beber treinta vasos hasta arriba y tragarse una vara de morcilla, sin dejar nada. El aprendizaje dura además mucho tiempo, debiendo seguir cada joven dependiendo de los compañeros, incluso «cuando se trate de un grande del Estado». Sin embargo el zapatero no es solamente un arrastra-miseria, es también un hombre público, bajo doble aspecto. . el «Testamente de un zapatero», por ejemplo, nos enseña que el oficio es a veces despreciado porque los zapateros juegan el papel de indicadores de policía. Acaso no juran, en su ceremonia iniciática «enseñar fielmente a los que{os}la pidan la morada más escondida de la gente más desconocida… informar{os} curiosamente de todo cuanto sucede entre {vuestros} vecinos, ‘tarea’ útil a los particulares y al Estado, pues, por nuestro ministerio se puede con toda facilidad descubrir a bribones y bribonas que querrían escapar a la justicia». Con sus tenderetes ambulantes, «supervisan» a todo un barrio, conocen los desórdenes domésticos, señalan a los que descuidan la misa dominical; con frecuencia maceros, campaneros, estos personajes santurrones parecen molestar a algunos. Y al propio tiempo, son cabecillas que pueden verse a la cabeza de algunas revueltas populares, y el Testamento les cubre las espaldas; están en todo caso admirablemente informados sobre toda la vida de su barrio, si no de su ciudad. «El Deber de los Zapateros» les canta las glorias: «somos nosotros los primeros en alegrar las fiesta; somos los que tocamos las campanas… los que obligamos a los burgueses, quieran o no, a dar leña y cerrar las tiendas; somos nosotros los que arrastramos el cañón, quienes preparamos los fuegos artificiales, quienes presidimos dignamente todas las ceremonias públicas… En una palabra, de nosotros depende principalmente la tristeza y la alegría de los pueblos». Oficio sin par por lo tanto, personajes subidos de color, como el pastor en el campo, bien que por razones diferentes.

En este caso particular, la Biblioteca azul aporta confirmación de un fenómeno reconocido por los historiadores de las sociedades urbanas modernas, en Francia. y fuera de Francia: los zapateros y remendones tienen lugar aparte en los motines urbanos, como en las ceremonias de la vida cotidiana.

Pero en resumen estas evocaciones burlescas y lacrimógenas de los oficios urbanos nos ofrecen un cuadro bastante burdo de la sociedad popular ciudadana: es la vida de los oficios vista por su lado lastimoso, remendones excluidos.

2. Los juegos y diversiones. Para el ocio, el repertorio troyano es todavía menos rico. Algunas obras tan sólo -menos de una media docena- están dedicadas a la descripción del juego de dados y de cartas: son libros del siglo XVIII solamente los que presentan bajo el título de Academia o Casa de Juegos, un número imponente a veces de reglas de juegos: el juego de los cientos (cartas) «agradable y recreativo, tan tranquilo que deja pasar el tiempo insensiblemente, consuela a los gotosos, alegra a los melancólicos y da descanso a las pasiones de los enamorados» en primer lugar: constituye también «tratados» exclusivos. Después el tarot (cartomancia), el imperial (series altas del mismo palo), los suizos, el hombre de Auvergne, el triunfo de Tolose… Los títulos son atractivos, las descripciones con frecuencia oscuras y dispuestas a dictar reglas indiscutibles («es admitida por todos los jugadores y bien fundada para prevenir hasta los menores abusos»). Añadamos todavía avisos para los tramposos que bizquean sobre las cartas del vecino, pata los malos pagadores que se olvidan de echar su puesta en la mesa; además de algunas consideraciones, acá y allá, sobre las variantes regionales del piquet o del lansquenet. Es todo el contenido de estos libros.

Es decir que no nos informan de nada sobre muchas otras diversiones que habrían podido servir de tema de parecidas publicaciones, que sean populares como la danza, la soule, la pelota -o más «distinguidos» como el billar y el ajedrez. No evocan ya el atractivo -bien conocido por demás- de estos juegos de azar en todos los medios: pero es la «urbanidad pueril» la que nos enseña con qué frecuencia tienen lugar los juramentos, la pasión, los jaleos por todas partes donde el «placer del juego» arrastra a los habituales más allá de los límites de la convivencia. Con mayor razón, estos breves «códigos» de los juegos de cartas no permiten concluir con claridad sobre la frecuencia de su práctica en los medios populares: como la danza o la soule, las cartas podían transmitirse en todas direcciones sin ninguna intervención de librito de circulación.

Otros libros son los que nos cuentan, de aquí y de allá, qué diversiones son las preferidas de unos y de otros; ya las canciones para beber las hemos visto… Pero también los remendones que proclaman virtuosamente: nosotros no somos como un montón de canallas y gente de la hez del pueblo, que emplean los domingos y fiestas en irse de paseo y divertirse en las reuniones y a las ferias, en las tabernas y aldeas del campo; en cuanto a nosotros, nosotros estamos ocupados santamente… todo el día sirviendo en las iglesias en calidad de campaneros, de repartidores de pan bendito, de alquiler de sillas…»

3. La educación. Unos veinte títulos tratan de la educación de los niños, y de los adultos: unos son verdaderos manuales -en el sentido escolar del término- con la misma pobreza de presentación que los libritos del fondo; los otros son de urbanidad y secretarios con modelos de cartas o reglas de bien vivir.

A la primera definición pertenecen los catecismos-abecedarios y algunos tratados de ortografía y de aritmética. «El alfabeto e instrucción cristiana para ls pequeños» presenta algunas páginas de caracteres y y de sílabas , luego una larga enumeración de oraciones en latín: Pater, Ave, Credo, Benedicite— ( sobre las que los niños debían aprender sin duda sílabas y lectura según el antiguo método), una instrucción para ayudar a misa, y por fin algunos consejos de moral (en francés) para «llegar al cielo», del estilo de: justo castigo de Dios para los niños desobedientes, la simplicidad de estos libritos nos la encontramos también en los pequeños tratados «para enseñar a toda persona a escribir y contar correctamente»: tablas llamadas «pitagóricas» de las cuatro operaciones, consejos sobre la acentuación, la puntuación, las abreviaturas, y eso es todo. Es la enseñanza primaria en sus primeras definiciones.

Más numerosos y más complejos son los secretarios, o métodos fáciles para escribir según los tiempos y circunstancias diversas cartas de cumplidos, amorosas o morales; la declaración en términos galantes forma parte de todos los repertorios, y adopta con preferencia el estilo noble: «Me siento inspirado, Señorita, por la más hermosa y más justa pasión del mundo. Es tan imperiosa que no me permite seguir todas las justas precauciones que privan de la libertad de hablar abiertamente; y para darme más atrevimiento me persuade que una libre declaración de Amor no es contraria al respeto que se debe a una persona a quien se honra…» Estos secretarios están a veces doblados de gabinetes de elocuencia con modelos de conversaciones para «toda clase de compañías y encuentros», en que las preguntas y respuestas figuran otros tantos discursos honrados. Estos perfectos secretarios ofrecen pues a sus lectores los medios, escritos u orales, para enfrentarse a variadas circunstancias difíciles de la vida en sociedad: cumplimientos por un nacimiento, un suceso mundano, condolencias, protestas de amistad, declaraciones de amor, rupturas y abandonos; algunos acompañan también ciertos tipos de cartas comerciales; cartas de cambio, reconocimientos de deudas, cancelaciones u ofertas de servicio. La utilidad de tales colecciones no reclama comentarios, ni en el caso que sea difícil imaginarse al lector aprendiéndose de memoria el diálogo tipo de la declaración de amor, con preguntas y respuestas.

Pero la obra más difundida de este sector es la Urbanidad pueril y honrada, que enseña a los adultos a portarse debidamente en el mundo. A todas las circunstancias de la vida en sociedad se les pasa revista, desde las comidas y los encuentros en la calle hasta a las visitas a los grandes. Son las buenas reglas de la convivencia y de la higiene social, tales como la baronesa de Staff las enseña todavía a mediados del siglo XIX. El estilo es directo, y la justificación rápida, cualquiera que sea el dominio evocado: en la mesa, el niño «no hablará más que cuando la necesidad le obligue a ello o cuando sea preguntado; ya que si el silencio hace honor a las mujeres, cuánto más a los niños…»; en cuanto al vestido, es una alubión de preceptos: «El niño debe atarse sus calzas al pantalón y no dejarlas arrastrar como los pastores, pues ello es desaseado y rústico. No debe calarse el sombrero hasta los ojos, ni echárselo demasiado atrás, pues la primera de estas maneras denota a un traistre o ladrón, que no quiere ser reconocido, y la segunda a un descarado»; en la iglesia, igualmente: «Cuando se dice el Evangelio, póngase de pie y si puede escúchelo devotamente. Cuando se canta el símbolo, es decir el Credo, se debe arrodillar a estas palabras (et Homo factus est) que quieren decir: ‘y se hizo hombre’, para agradecer a Dios la gracia que nos hizo de bajar del Cielo a la tierra, para nuestra salvación. Cuando se eleva la hostia, debéis humillaros devotamente, creyendo que J.-C.N.S. y redentor está allá presente con un millón de ángeles». Así en fila, y sin otra explicación que el enunciado de la regla, la Urbanidad pueril y honrada se alinean en unas sesenta páginas decenas de preceptos que sirven de moral, tanto más po ir coronados a menudo como apéndice por algunos estribillos de Pibrac. Por fin algunas obras son verdaderos apólogos, del estilo de la «Escuela de los Padres», en los que una intriga cosida con hilván hace resaltar las fechorías de una mala educación y los éxitos de la buena: «Gracias a los cuidados de su señora madre, este feliz natural se echó pronto a perder y el más hermosa niño del mundo de seis años se volvió un pequeño fatuo a los quince».

En resumen, estos libritos «educativos» trazan bastante bien un retrato del hombre bien educado, un modelo social al que dibujan muchas veces las expresiones de hombre honrado o de hombre de condición. Sus virtudes se definen con toda sencillez y pueden reducirse a dos fórmulas: la piedad -filial, familiar y religiosa; y el afecto -fiel y honrado en el matrimonio o la amistad; a lo cual añádase evidentemente la codificación estricta de usos y costumbres que regulan las relaciones sociales, particularmente entre superiores -padres, maestros, grandes- e inferiores -niños criados, gente ordinaria. Sin duda un examen escrupuloso pone a la vista algunas falsas notas, como en un Secretario una cara discreta «para invitar a un amigo a una orgía» mensual prescrita por Hipócrates: «Y estaréis de acuerdo conmigo que hay que celebrar una pequeña orgía a la que os invito. Decía Hipócrates que se había de hacer alguna todos los meses para gozar de buena salud; pero considero en ésta el placer de veros particularmente…» Igualmente una petición de retrato, y de cabellos, bastante atrevida. Pero no es gran cosa comparada con el «consensus» social que implica la totalidad de los libritos y que busca mejorar «el alma del pueblo y lo que se llama el aire de esas gentes».

Este consensus es además sin equívocos; la lección viene de arriba tal y como se halla en los tratados de urbanidad cristiana, modelo J.B. de la Salle. Sin ninguna duda cantidad de fórmulas empleadas en estos manuales pueden parecer chocantes o, como dice Geneviève Bollème, «ofensoras»[1]. Pero, digamos enseguida, no más chocantes que las amonestaciones de la predicación ordinaria en este tiempo (cuyos temas se hallan aquí presentes, cualquier Disciplina eclesiástica lo prueba). Lo que limita las conclusiones que se han de sacar de estas ofensas aparentes.

El marco social que evoca esta serie esta pues bastante revuelto en su conjunto: los oficios: los oficios describen las penas y tormentos de los aprendices de artesanos, y esta rudeza de gremio nos sumergen en las realidades -aumentadas quizá por otra parte- de la vida de trabajo; los libritos de educación se dirigen por el contrario a representar en los medios populares las reglas y conductas de la buena sociedad, en la que cada uno en su sitio conoce los deberes que debe a los otros -superiores o inferiores.

También es de notar que la reivindicación social no tiene su lugar en estas obras -en una época en que las tensiones además de ser vivas, a menudo llegan a ser brutales. La prudencia apaciguadora de los editores es evidente. Sólo un puñado de obras -tres exactamente- constituyen una discreta alusión, no a las revueltas populares, sino a la existencia de los pobres, a la indigencia y a los fuera de la ley: dos son, en términos burlescos, «bromistas», la descripción de los pordioseros y vagabundos, charlatanes, bufones, encapuchados o falsos hermanos, pillos, vendedores de reliquias, –… Todo el mundillo de los vagabundos que «corren el mundo a expensas de otro», sus malicias y sus bribonadas. El tercero es el apólogo del tío Miseria, quien engaño a la muerte, y se quedará en la tierra hasta el Juicio final. Buen viejo Miseria dio hospitalidad en su choza a dos viajeros agotados, que habían llamado en vano a todas las puertas del pueblo. En recompensa, recibe el «don» de retener en el único peral de su huerto, mediante una palabra mágica, a quien fuera sorprendido robándole peras. Por eso, cuando viene a buscarle la Muerte, puede pedirle como un servicio que le recoja una última pera… «Tú puedes gloriarte de ser el primero que haya vencido a la Muerte», y ella promete no venir a buscarlo hasta el día del Juicio final. Pues la miseria va unida al mundo, dice la frase última, y durará tanto tiempo como él.

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