D. El teatro
Otro dominio que no deja de plantear problemas delicados. Bajo este título conviene en efecto reagrupar piezas o sainetes de algunas páginas lo más frecuente: son de estilo y de tono muy diferentes.
Son en primer lugar -y lo más común- pequeñas farsas, comedia o tragicomedias en veinte o cincuenta páginas, que recuerdan por sus asuntos y su tono lo burlesco de arrabal: «La intriga de los timadores», «Los dos bizcochos», «La muerte de Bucéfalo» son chocarrerías dialogadas, que buscan la risa gorda. Y asimismo los inimitables amores del Señor Alexandre y de Annette», cuyo tema comienza así: «Alexandre, gentilhombre lleno de perfección y bondad, insinuado a las buenas gracias de señorita Annette, encuentra medios de cosechar el tesoro que ella tenía más querido, pero, como no se pueden recoger las rosas sin pincharse, así sucedió que en medio de sus retozos el padre de Annette se presentó… »
De vena diferente, más bien pastoral preciosa, son (en el siglo XVIII) las colecciones de óperas-cómicas, que, sin dar la música tampoco, refieren en verso cantado los amores atravesados de pequeñas desdichas de varias pastoras, como «Jerôme et Fanchonnette», «El impromptu del corazón», «Los buscones».
Tercer género, bastante rico, el teatro religioso: algunas vidas de santos (Alejo, Catalina, Reina d’Alise), tragedias puestas en diálogos que acaban en martirios y en milagros, algunas pasiones de Jesús, una tragicomedia del amor divino, apólogo sin sabor… Estas piezas están en verso, adoptan el tono noble para relatar los altos hechos, se compadecen en lamentaciones del coro de los ángeles , cuando llega el fin -y con frecuencia plagian sin rodeos los relatos hagiográficos hallados con anterioridad.
Por último -y viene el grupo más imponente- las piezas «clásicas», es decir las obras de la literatura sabia que pasan directamente a este repertorio. Todas pertenecen a la segunda mitad del siglo XVII, comenzando por el mismo Corneille, con El Cid, Polyeucte y Cinna. Tristan l’Hermite figura con La Mariane, tragedia de las violencias de Herodes, cuyo autor declara: «No me propuse llenar esta obra de imitaciones italianas ni de alusiones rebuscadas… en un tiempo en que se hace más uso de las bellezas que son naturales que de las que son disfrazadas». Scaron y su «Jodelet», Cyrano y «Arlequin, emperador de la luna» completan este florilegio preclásico. A lo que se añaden adaptaciones del teatro italiano, piezas traducidas y cortadas alegremente, la «Sofronia» del Tasso, y las «Furias de Rolland» del Ariosto. Estas prestaciones, si bien son limitadas -ya que el teatro clásico mismo, y no ya el teatro del siglo siguiente no encuentran lugar en él -son tan imponentes como es el teatro el único sector en el que han tenido lugar estos traspasos, aparte de las fábulas de La Fontaine y de Esopo.
Así se presenta el repertorio teatral de la Biblioteca azul. Disparatado, presentando el mismo abanico de temas, de lo religioso a lo callejero, como el resto del fondo; no tan importante en volumen, seguramente. Y que plantea un problema difícil de eludir: estos sainetes y estas grandes máquinas se leen, dialogan, miman, hasta se representan en forma en los medios que acogen habitualmente estos libros? Sabemos, por otra parte, el éxito de los grandes misterios de la tradición medieval, la popularidad de los equipos de saltimbanquis que montan sus teatrillos en las plazas de las ciudades con ocasión de una entrada, de una peregrinación -y que las autoridades comunales deben tantas veces llamar a la decencia. Sabemos, por otra parte, y en cuántos casos, la importancia en la vida ciudadana moderna de las representaciones teatrales dadas por los colegios jesuitas, donde se juntaba todo la buena sociedad. Todo lo cual significa un gusto difundido en todos los medios para el teatro -pero no autoriza a inducir que este repertorio haya podido se ejecutado deliberadamente por los habituales clientes de los vendedores. Lo que verdaderamente se segura es que esta veintena de títulos les daba la posibilidad de hacerlo.
Estas obras, que proceden de las preocupaciones casi exclusivamente artísticas, representan tradiciones populares autónomas: de la canción, del relato, y del diálogo burlesco; y al mismo tiempo reflejan, en parte, tendencias de la cultura sabia: la misma evolución de la novela, y sobre todo préstamo (selectivo, por supuesto) de su repertorio teatral. Un mundo aparte, pero no libre de todo contacto. La literatura ambulante en sector limitado puede entonces ayudar a situar y a delimitar algunos de los juegos de rechazo y de préstamos que han constituido el diálogo, todavía mal conocido, que se ha instituido en los siglos clásicos entre estas dos culturas profundamente diferentes. Pero este dominio propiamente artístico no agota el aporte de la Biblioteca azul a nuestro estudio de la sensibilidad popular.
E. El crimen, el amor, la muerte
Estos tres temas ¿han dominado la sensibilidad de los medios populares en esta época? No es precisamente este expediente el que permita responder con nitidez a tal pregunta. Es preciso más exactamente decir que las única pasiones colectivas representadas de forma exclusiva -bajo la forma de obras consagradas del todo a tales temas- son éstas: ni la amistad, ni el odio, ni el sentido de la vida, ni las buenas acciones han inspirado a los redactores, no han suscitado entonces la curiosidad de este público popular. El amor, el crimen y la muerte son los únicos que se benefician de una presencia en el catálogo de Troyes (independientemente, claro está, de los encuentros que se puedan dar en obras compuestas, canciones, novelas de amor, calendarios, etc.). de la ausencia de las otras pasiones, como temas únicos de una obra, se puede pues deducir la particular importancia de estos tres «temas»; aun en el caso de que estos libritos den de estas pasiones una representación, que el resto del repertorio puede pasablemente debilitar1.
Además, la rúbrica no es de las más importantes: unos treinta títulos en total (o sea la décimo-quinta parte del total), y el amor que agrupa solo bien la mitad del efectivo. Pero en este dominio en particular, la resonancia del tema tratado no se mide de forma directamente proporcional al número de títulos.
1, El crimen. Historias de bandidos, los relatos criminales cuentan sin grandes detalles las hazañas, es decir los robos más que las muertes, de algunos famosos salteadores de caminos, cuya celebridad se ha perpetuado hasta nuestros días por medio de la canción; cuatro vedetes han sido objeto de la solicitud de esta literatura, en el orden cronológico de comparecencia ante la justicia real. Compadre Guilleri a
principios del siglo XVII (y reeditado en el XVIII con el título muy explícito: «Historia de la vida, grandes robos y sutilezas de Guilleri y de sus compañeros y de su fin lamentable y desdichado»). Luego vienen los dos «grandes» del siglo XVIII, Cartouche y Mandrin en Bresse, Beaujolais y Saboya. Son los más célebres criminales con toda seguridad y, desde el día siguiente a la muerte de Mandrin en 1755, circulan hasta diálogos de Cartouche y Mandrin. Por último, menos conocida, pero tan horrorosa, la historia de los criminales amores de la dama Lescombat y del señor Mongeot, que se acaba como las otras en la horca.
Estos relatos van evidentemente ligados de forma muy estrecha a una tradición oral anterior -por no decir a una mitología. Establecen de estos bandidos, soldados desertores, con frecuencia fabricantes de falsa moneda, que viven en el fondo de los bosques, una imagen que no excluye rasgos de simpatía: son justicieros, por una parte enderezadores de entuertos, que, atacando a los ricos, aseguran, más o menos, la revancha de los pobres. Los redactores no dejan, de paso, de reconocer a sus héroes, en unas líneas, dones no despreciables: El «célebre Cartouche mismo… había tenido cualidades que podían hacer de él un hombre admirable, mucho espíritu, vivacidad y memoria. Una gran presencia de ánimo y de juicio, e intrepidez. Pero falsas ideas sobre el honor, un amor excesivo del fasto y una ridícula ambición lo perdieron».
Tras semejantes fórmulas se dibuja la idea de que el crimen es pasión: esas acumulaciones de robos, si no de muertes, son los hechos de hombres capaces de grandes cosas, pero dominados por una violencia instintiva, que no pueden dominar. Verdad que resultan vencidos y expían con su vida los crímenes que llevan sobre la conciencia: justicia «normal», podría decirse, el crimen no paga. Pero el bandido no es condenado por eso sin matices: la pasión y su vocación justiciera le valen excusas, si no absolución. No existe evidentemente relación entre los pocas casos exaltados en los libritos y la criminalidad de la época, tal y como el inventario 450 de los Archivos nacionales permite evocarlo: de la parte de estas grandes aventuras, el robo de lencería, los carteristas, hasta el robo de animales han ocupado mucho lugar en el siglo XVIII. Los lectores de la Biblioteca azul no reciben ecos directos y no llegan a conocer más que a los grandes bandidos de honor. En la época misma en que según se cuenta las hojas volanderas se ponen a publicar quejas (de Cartouche y de Mandrin sobre todo), relatos de golpes de mano, extractos de juicios a propósito de los grandes procesos criminales (conservados en los Archivos nacionales en el fondo Rondonneau) se dibujan pues las líneas de fuerza de un género al que la prensa cotidiana ha sabido asegurar, más tarde, una popularidad sin igual.
2. El amor. Secretarios de los amores, instrucciones para uso de las jóvenes, jardines de amor, este segundo grupo está dedicado esencialmente al amor-conquista. Testigo este título tan explícito de una de los relatos más extensos (216 páginas) de la colección: «El Secretario, guía y consejero de los amantes, que enseña a los dos sexos los verdaderos medios para salir con bien en los asuntos del corazón. Declaración de amor del galante con o sin la oferta de su mano. Respuestas de la persona cortejada, joven mujer o viuda, apropiadas a todos los casos, a todas las posiciones. Modelos de cartas para todas las circunstancias, enfados, arreglos, abandonos, rupturas definitivas…» Sin embargo la lectura asidua de estos consejos ilustrados revela una grande ambigüedad; a través de las lamentaciones sobre la malicia de las mujeres o la imperfección de los maridos, se desprenden dos conceptos del amor y de la mujer.
Es por un lado, el amor honrado que asegura una mujer honrada: Rara avis, pero no tan rara como se quiere decir de ordinario. Un panfleto de 1759 proclama sin ambages «la malicia de los hombres descubierta en la justificación de las mujeres»y demuestra no sólo que ellas no son ni furias ni monstruos, sino que «hay mujeres virtuosas», que deberían mandar a los hombres. Queda por decir que la mujer honrada es algo precioso. También «el Jardín del amor honrado», «la Instrucción para uso de las jóvenes mayores para casarse» son colecciones de consejos prudentes destinados a ayudar para una elección acertada, para hacer los buenos matrimonios: cómo debe hablar el joven al padre de la joven que le pide, cómo no debe disgustarse por sus imperfecciones, ni gloriarse de su hermosura; cómo, evidentemente, armonizar las condiciones: «Debéis vos pues, ante todo, sopesar bien y saber el estado de la familia y de su bien; si sois vos tan rico como ella y capaz de tenerla; ya que cuando los caballos tiran por igual, la carroza marcha mucho mejor. Pero sucede, y se ve con frecuencia, que ha puesto su amor en una joven más rica, y de nacimiento más alto que vos. Debe tanto más tener cuidado de adornarse con hermosos y prudentes discursos que son tesoros que sobrepasan todos los bienes del mundo, a fin de que cuando se encuentren juntos, ella no tenga motivos de reprocharos vuestra pobreza, y pavonearse de su riqueza, y que no seáis criado en vez de amo»; como las jóvenes deben hacer ostensiblemente las labores, la cocina y la vajilla ante el pretendiente, no aceptar el paseo por la tarde en compañía de otros jóvenes, no lanzar risotadas en público… Buen humor, modestia, limpieza, estas enumeraciones de las virtudes conyugales se resumen en esta palabra clave: la honradez.
Pero la fórmula vuelve una y otra vez, «el matrimonio es casi siempre la sepultura de las grandes pasiones». Además la maldad de las mujeres es también notoria; su malicia está descrita a lo largo de La Imperfección de las mujeres, sacada de la Sagrada Escritura y de varios autores, publicada en Matrimonio, en Juan, casado demasiado pronto…», por donde desfilan las imprecaciones más rastreras contra la mujer «principio del pecado»: escoria de la naturaleza, fuente de disputas, tizón de infierno, llama del vicio, anzuelo del Diablo, enemiga del descanso, son las fórmulas más anodinas. Sin llegar a estas imprecaciones, los libritos de esta tinta denuncian sin más la inconstancia femenina; en «El ama fiel», el autor constata: Se considera hoy como un prodigio una mujer que se sujeta a un solo amante, y que le ame durante varios meses: es el término más largo del Amor…» Pues, frente a este retrato de la mujer pecadora, corresponde una descripción del Amor en los límites del libertinaje; simples engaños de jóvenes coquetas: «Ellas se levantan tarde, y aunque les manden a llamar sus madres, están dormidas, les duele la cabeza, y levantándose a las nueve para no acompañar a su madre a la misa, gastando la mañana en peinarse, cubrirse, rizarse y pelarse el bigotillo»; item más, so pretexto de describir las astucia demoníacas empleadas por las malas jóvenes, «quienes sólo buscan las ocasiones de la demasiado grande libertad, los malos conversaciones lascivas, las bravuconadas, el descaro»; para atraer a los amantes, para exaltar a jóvenes imaginaciones, algunos libritos recurren a los «consejos de libertinaje»: «Si es una jovencita que sale del internado, habrá que exaltar su joven imaginación, desarrollar su inclinación sentimental, según se deje llevar por su cabeza o por su corazón. Algunas novelas de amor, deslizadas sin saberlo los padres, y cuyo análisis se hará al compadecer la suerte de dos mamantes a quienes la fortuna se complace en atormentar, serán una regla tanto más segura cuanto desgraciados son los héroes de novelas. Habrá que actuar con franqueza y atolondramiento con ella como si fuera un verdadero escolar, pero se convendrá en llamarse hermano y hermana; estas dos palabras son mágicas, y forman la transición obligada de un sentimiento todavía poco sensible, pero capaz de elevarse a la exaltación más desenfrenada»; el virtuoso Nisard, en 1854, no agota los adjetivos descalificativos para estigmatizar a este repertorio de «audaz y sucio».
Así los libritos manifiestan una doble orientación: por un lado, el matrimonio cristiano; por otro, una corriente libertina. Entre los dos, el balance no es igual, pues incluso en el amor honrado, diversas precauciones y fórmulas traicionan el predominio pasional: las coqueterías, el matrimonio que mata al amor, .la vanidad del amor eterno. Una sabiduría de los pueblos bastante «realista» parece nutrir la opinión pesimista de los redactores mejor intencionados. Y si es cierto que los libritos no agotan el registro amor de la Biblioteca azul, esta ambigüedad es con todo de fuerte significación.
3. La muerte. Algunos títulos tan sólo ilustran este asunto. Pero una de ellos, La Danza macabra, incide en una tradición escrita y plástica prestigiosa de la Edad Media en sus últimos años, relevando a François Villon y a los famosos frescos que expresaron este momento de la sensibilidad medieval: la angustia ante la muerte.
Al lado de «la gran Danza macabra de los hombres y de las mujeres», los demás títulos cuentan muy poco. Son sermones de un estilo bien referido por demás al siglo XVII, «Preparación a la muerte», «El Hay que morir y las excusas inútiles que se aducen a esta necesidad», disertaciones cortadas de coplas en verso que tienen un aire de cánticos espirituales:
«Sólo pensáis en el mundo y en su gloria,
Es una flor que debe pronto perecer».
A lo cual se añade una obra burlesca, «La oración fúnebre y testamento de Jean Giles Bricotteau de Soissons, por el R. P. Hesmogène del Carpencras, capuchino indigno, con su epitafio». Nada de eso tiene el aliento de la Danza macabra.
La intención misma de la obra está indicada desde la primera página:
«Oh criatura razonable
Que deseáis el firmamento,
Este es tu retrato verdadero.
A fin de morir santamente
Es la Danza de los Macabeos
Donde todos aprenden a bailar,
Porque la barca obstinada ella
No perdona ni a pequeño ni a grande».
Luego viene, ilustrada por unas sesenta planchas, una larga serie de diálogos entre la Muerte y sus víctimas, 40 hombres, 36 mujeres. Bajo la imagen de las dos compañeras, dos parejas dan la severa amonestación de la muerte y la penosa réplica del moribundo. Pero el libro lleva consigo además una serie de edificantes discursos en verso, el dicho de los tres muertos y de los tres vivos, el debate del cuerpo y del alma, la queja del alma condenada, la exhortación a bien vivir y a bien morir.
La imagen de la muerte, que presenta este relato, es deliberadamente terrorífica: el destino de los hombres -sean quienes sean- es de ser un día, cuerpo horroroso, cadáveres insensibles «comidos de los gusanos». ¿Qué importan pues las vanidades del mundo, los combates y las acciones inmortales, los rangos de alta nobleza, todo se ha de abandonar sin titubear, el día señalado. Sólo cuenta este momento decisivo en que se va a abrir la puerta del más allá: morir santamente, en el desprecio del mundo y de las riquezas, debe ser por lo tanto la regla de cada uno. Moral simple que resume en dos versos un cántico sobre a muerte:
«Se acabó, la muerte me hará vivir,
Como buen cristiano, el resto de mis días».
Pero esta muerte sin compasión llama al desfile a todo mortal: esta invitación a la muerte presenta al hilo de las páginas todos los «estados» de la sociedad de la época, en un orden jerárquico debidamente respetado, del papa y del emperador hasta el alabardero, de la reina y de la duquesa hasta la santurrona y la tonta. Cada uno está invitado a dejar lo antes posible lo que le es más caro, , y cada uno se lamenta, gime y llora: la burguesa siente sus cuellos de létisse», la vendedora «su balance y su caja». Hasta el labrador, quien sin embargo «ha deseado la muerte a menudo», se siente triste de dejarlo todo tan pronto. Sola «la mujer de pueblo», pobretona que no tiene otra cosa que su tarro de leche, encuentra la palabra de total resignación: «Yo tomo la muerte mal que bien de grado y con paciencia». Los más maltratados, por el contrario, están sin ninguna duda entre los grandes de esta tierra, los miembros del clero: presentes en cada página (o casi), con el papa, el cardenal, el legado, el patriarca, el arzobispo, el obispo, el cura, el canónigo, el cartujo, el monje, el franciscano, el ermitaño, el clérigo (para no citar más que a los hombres); todos son amonestados ásperamente, se ven reprochar sus riquezas, sus infracciones a la disciplina, su gusto por las cosas de este bajo mundo:
«Quiera o no, tengo que entregarme…
Ante el juez tengo que ir…
Ay ay ay qué miedo si falla…»
Reconozcamos ahí de paso los resabios de un anticlericalismo medieval con frecuencia descrito en otras partes.
Así la gran Danza macabra da vida en los medios populares a esta angustia frente a la muerte que la cultura sabia ha relegado a segundo plano de sus preocupaciones desde principios del siglo XVI, y cuyos resurgimientos en tiempos de las guerras de religión y en los decenios siguientes siguen siendo esporádicos. La literatura de circulación acoge la danza desde 1640 y, hasta la mitad del siglo siguiente, asegura varias reediciones: nueva señal de un descenso evidente entre dos culturas.
De este grupo heteróclito en el que las indecencias atrevidas se codean con la predicación fúnebre, se destacan visiblemente estas múltiples ediciones de la Danza. Más que los escasos relatos de los crímenes sin castigo, más incluso que los consejos a los jóvenes enamorados, el cuadro de la Muerte cuenta, a la vez por su lección moral y por su evocación de los tipos sociales de la época: es entretanto el único «cuadro» general (si se puede decir) de la sociedad que nos ofrezca la literatura de circulación.






