Cultura popular francesa en los siglos XVII y XVIII (08)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Robert de Mandrou · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1975 · Source: Edic. Stock, Troyes.
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C. Las devociones

mendigos No más numerosos que las obras de doctrina, los libros de devoción vienen de una intención común: poner en manos de los fieles las guías, los prontuarios de una práctica más menos individualizada; pero son bastante diferentes unos de otros; ya, simples colecciones de oraciones dirigidas a un santo -incluso a un culto particular, así la «Devota práctica para servir y honrar a la Santísima Virgen, a Nuestra Señora de los Siete Dolores» en conmemoración de un milagro del(?) siglo XVI; ya, ejercicios de devoción destinados a procurar a los fieles indulgencias detalladamente definidas y descritas; ya, finalmente, presentación y recomendación de cofradías nuevas a falta de reclutamiento. Todos estos ejercicios, propuestos como complemento de la práctica institucionalizada, vienen presentados cuidadosamente por los editores: una parte explicativa describe a menudo el fundamento de la devoción, la intención de las oraciones y ejercicios, antes de dar el texto mismo de la oración. Son verdaderas guías para el fiel celoso que se cuida de mejorar los actos de la práctica: así «el Ejercicio de devoción, que contiene las oraciones de la mañana y de la tarde, la Ocupación durante la Santa Misa, oraciones para decir antes y después de la confesión y de la Santa Comunión, y las Vísperas y Completas el domingo» -publicado en el siglo XVIII.

De estas oraciones simples, para fraseadas de las oraciones conocidas y a veces integradas en el canon de la misa, no hay mucho que decir (a menos de confrontarlas a los grandes tratados de la disciplina eclesiástica, como el Diccionario apostólico de Jacinto de Montargon; más significativas son las presentaciones de indulgencias y de cofradías.

1. Las indulgencias. Varios libritos ofrecen a los fieles los medios, sencillos, accesibles a todos, de ganar indulgencias para sus prójimos o para sí mismos: textos abundantes, que no temen la repetición y enumeran con precisión las múltiples oraciones que el fiel debe recitar en diferentes momentos del día. Sinembargo algunas de estas pequeñas colecciones ofrecen en su presentación liminar el eco lejano de las grandes disputas del siglo XVI, y refutan con vehemencia al «monje Lutero». Ocurre lo mismo con la colección de varias indulgencias que todo fiel puede ganar, y de aquellas qua van a unidas a los collares o rosarios llamados Brigitanos, bendecidos por el Soberano Pontífice, o por aquel a quien se le haya concedido el poder», publicado a principios del siglo XVIII. El aviso ataca sin ambages el problema del descrédito de las indulgencias en todo el mundo cristiano desde Lutero: es cosa común, dice, ver a católicos oponerse a la práctica de las indulgencias, renunciar a estas oraciones instituidas por la Iglesia para venir en ayuda de los pecadores. Debilidad humana contra la cual hay que reaccionar, restituyendo a esta práctica todo su crédito de otro tiempo. Con vehemencia, el redactor escribe: «No os escandalicéis, almas cuitadas, de oír esta cantidad de indulgencias con las que la Iglesia, madre nuestra común, favorece a sus hijos en los días de misericordia. Dejad de atacar con vuestras blasfemias lo que ignoráis. La palabra indulgencia significa perdón o remisión. Toda indulgencia supone necesariamente un pecado cometido; si no se hubiera cometido ningún pecado, no se necesitaría indulgencia…» Luego vienen algunas definiciones sencillas; cuanto más cuidado pongáis en ganar las indulgencias, más abreviáis las penas de la otra vida, los fuegos del purgatorio… hasta la indulgencia plenaria que permite entrar en el cielo «sin pasar siquiera por las llamas del purgatorio».

El cuerpo de las colecciones está formado por la enumeración de los diferentes tipos de indulgencias, incluyendo la descripción de las obras y de las oraciones prescritas en cada caso; con la mayor minuciosidad, los redactores distinguen las indulgencias cortas de 80 a 400 días que puede alcanzar «todo fiel», las más largas, que se reservan a los aficionados a estas recitaciones particulares, y que no temen en manifestar públicamente su celo (7 años más 7 veces 40 días recompensan a aquellos que acompañan en procesión al Santísimo Sacramento con una antorcha); por fin las plenarias, concedidas in articulo mortis a los habituados que invocan a Jesús y María, y «en sufragio de los fieles difuntos», a razón de una por mes a quien practica media hora de oración mental cada día.

A este sistema general, se añaden aquí y allá algunas prácticas particulares: así rosarios Brigitanos según una fundación de Enrique VIII de Inglaterra «en favor de los monjes de San Salvador, llamados de Santa Brígida»; incluyen una serie especial de indulgencias de 100 días, 500 días, 7 años y 7 cuarentenas; y las Brigitanas distribuyen también, se nos dice, rosarios, cruces y medallas, bendecidos por sus misioneros, acreditados por el Papa, y destinados a ayudar a los fieles en sus intenciones misericordiosas, a condición, al menos, de que sean respetadas las reglas emitidas con la mayor precisión: «1º Es preciso que estas medallas sean de oro, de plata, de cobre o de otro metal parecido, no de estaño, de plomo, ni de materia frágil; 2º que sean sólo de los santos canonizados o insertos en el Martirologio romano; 3º que estas medallas, como las cruces o rosarios no pasen la persona de aquellos a quienes hayan sido concedidas o por ellos distribuidas la primera vez».

Del mismo orden de preocupación dependen los libritos, de interés regional, que señalan a los fieles de la Champagne los jubileos universales instituidos por roma para implorar el auxilio divino en la guerra contra los Turcos o también «para pedir la paz entre los príncipes cristianos».

2. Las cofradías. Más raros, por no decir excepcionales, son los libritos que recomiendan nuevas cofradías. No se trata, de verdad, de cofradías medievales. Se trata por el contrario de innovaciones, que acompañan a los movimientos de piedad del siglo XVII: «Los estatutos de la cofradía de los Agonizantes erigida en la ciudad de Bar-sur-Seine» en 1707 entran en este caso. Asimismo «la Santa cofradía o confederación de amor de Nuestra Señora auxiliadora, erigida en Munich por la autoridad el difunto Su Alteza Serenísima Electoral de Baviera, y conformada por N. S. P. El papa Inocencio XI, el 18 de agosto de 1684». Ésta, producto de importación, presenta a los fieles el cuadro y las ventajas de una cofradía creada con ocasión del ataque de los Turcos sobre Viena en 1683, y que no ha cesado de prosperar desde entonces. Una regla sencilla que reclama de los fieles siete rosarios al año (uno por cada fiesta de la Santísima Virgen), y de los sacerdotes una misa anual; una sanción generosa, la indulgencia plenaria al entrar en la cofradía (registrada por el párroco de la parroquia quien transmite las listas a los Capuchinos de Munich), y una indulgencia plenaria a la hora de la muerte: estos dos elementos deben asegurar el éxito de una asociación que declara en 1748 contar con 400 000 «adherentes», entre los que 14 son cardenales, 24 obispos, 30 000 sacerdotes, 27 000 regulares. El librito es a este respecto muy explícito: «Esta cofradía es con seguridad una de las más adelantadas del cristianismo, puesto que en ellas se dicen anualmente más de 40 000 misas y más de dos millones de coronas o rosarios por aquellos y aquellas que se registraron en ella, y eso para que Dios los preserve de todo mal espiritual y corporal, los bendiga en todas sus acciones y empresas, y les favorezca finalmente con una muerte feliz». Principio de solidaridad que centuplica (calculado por lo bajo) la eficacia de la oración individual; la cual sigue siendo no obstante la práctica esencial, aquí también.

Por eso conviene tomar la justa medida de este sector de los libros de piedad: todas esta devociones significan, al parecer, recomendación y desarrollo de la práctica individualizada, junto a prácticas colectivas tradicionales, heredadas de la época anterior. Al alba de una evolución secular de la práctica, este fenómeno es de grande importancia, ya que pone a la disposición de las masas estas prácticas que, durante mucho tiempo, han podido ser el patrimonio de los clérigos y de los fieles cultivados. Todos esos libritos proponen a los lectores prácticas de este género por decenas con tal variedad que cada uno puede escoger la devoción a su gusto. Uno prefiere, en casa, la «novena de devoción de nueve días, que se debe hacer ante una imagen de la Santísima Virgen, para obtener infaliblemente el efecto de sus justas peticiones». Otro, una sencilla oración dirigida a san Roque, en la iglesia. Así podía enraizarse, bajo la influencia de estos libritos de devoción, un modo más personal de sentir, de vivir su fe.

D. Las vidas de santos

Las vidas de santos constituyen, libros piadosos, la categoría mejor dotada: unos cuarenta títulos si incluimos los relatos inspirados en el Nuevo Testamento; una treintena de santos, más los apóstoles, la familia de Jesús, y en particular santa Ana, y las «hermanas» de María. Aunque unos y otros estén tratados del mismo modo, conviene sin duda colocar aparte todos los relatos que proceden de los Evangelios, auténticos o apócrifos. San Juan Bautista, los doce apóstoles, Judas están demasiado mezclados a la Pasión misma, para que su vida no sea la del propio Jesús. La vida de santa Ana, o las Tres María («La vida de las Tres María, de sus madres, de sus hijos y de sus maridos») igualmente, si bien estos dos relatos nos llevan más lejos, santa Ana junto a una Emerantina que ignora la Escritura, las Tres María en una verdadera «historia sagrada» heredada de los misterios medievales, que comienza con Jacob y acaba con la muerte de «María Salomé» tiempos después de la muerte de la Santísima Virgen. En cambio, los otros santos de orígenes muy diversos: sólo un padre de la Iglesia, san Agustín; pero un buen número de curanderos como Amable, Huberto y Roque; santas mártires, Reina, Margarita, Barba, y algunos monjes cuya «celebridad» ha durado siglos: san Claudio del Jura y san Antonio. Finalmente este repertorio comprende un registro general nada despreciable, Ortairo, Auy (patrón de Aix-sur-Othe), y sobre todo santa Sabina, patrona de una parroquia suburbana de Troyes. Un conjunto bastante heteróclito por cierto, en el que sin embargo se hallan algunos rasgos comunes que les dan gran interés.

1. La composición de estos relatos: «Vidas y leyendas». Estas obras no distinguen como pudiera dar a entender el título, un aspecto mítico y una realidad histórica (parece claro que el empleo de la expresión, en la mayor parte de los títulos, no tenga otro sentido que una repetición oratoria); son relatos para-históricos (sin preocupaciones de autenticidad historiográfica, a buen seguro) que exaltan un destino individual de santificación. Con tanta fantasía como en la Leyenda dorada, los redactores de estas vidas han dado cuerpo a composiciones por episodios, que ofrecen a placer las «proezas» de sus «héroes». Así san Huberto, antes de ser patrón de los cazadores, es curandero que cuidas las mordeduras por rabia, pacificador y apóstol de las Ardena, fundador de la ciudad de Lieja, san Ortairo, santo cura de Champagne, Oise, que entró en el monasterio a los doce años, muerto a los noventa y ocho, cura a ciegos y leprosos, libera a prisioneros a fuerza de limosnas, resiste a los demonios tentadores.

Dos excepciones a esta regla de la acumulación anecdótica: la vida de las Tres María que abraza a su modo toda la historia sagrada; y la vida de San Agustín, en la que precisiones cronológicas (por otra parte exactas) sitúan la primera etapa de la vida «de libertinaje» del futuro obispo de Hipona. Una y otra en verdad, están escritas por «teólogos» que han obtenido para sus colecciones una aprobación en regla.

Pero estos relatos de composición floja no constituyen todo el libro: entre dos relatos del santo, el redactor se interrumpe algunas veces, y toma palabra en la primera persona para subrayar la importancia del episodio que acaba de concluir: consideración moralizadora sobre la piedad del personaje, sobre la horrífica tentación demoníaca, la negrura de Judas, la entrega de las santas mujeres y de los apóstoles. Estos apartes subrayan la intención didáctica del género. Cosa que vienen a confirmar una vez más las últimas páginas: la muerte del santo va ordinariamente seguida del texto de algunas oraciones, que recuerdan en versos emotivos los altos hechos principales de esta vida ejemplar y que invocan el auxilio del santo para las intenciones del que las recita, o del oyente; las últimas páginas se unen sí a los cánticos evocados anteriormente, y por su contenido, y por su estilo.

A esta unidad de composición y de tono, responde una unidad de intención: todos estos libros hagiográficos dependen de un mismo concepto de la santidad, que ilumina e informa a la vez una cierta sensibilidad religiosa popular de la época: las vías de la santidad propuestas como modelo son vías simples.

2. Definiciones de la santidad. La caridad es evidentemente la virtud misma de nuestros santos; la enumeración de las virtudes teologales no es por otro lado lo esencial aquí, no más que la identificación de las cualidades humanas que intervienen en corolarios necesarios en las descripciones: paciencia, celo… En el corazón de estos valores de santidad, es mejor señalar el lugar de predilección reservado a dos nociones que no están ausentes de ninguna colección y constituyen un leitmotiv tan importante como la evocación de la caridad.

Está en primer lugar el desprecio del mundo, riquezas, honores y tentaciones de toda clase, sobre todo femeninas: la imagen de la mujer tentadora es uno de los temas predilectos de los redactores; por ejemplo, se dice que san Agustín después de su conversión no permitía nunca a una mujer entrar en su casa, ni siquiera a su hermana. Y todo se ha dicho cuando se escribe de san Ortairo que «triunfó del mundo, de la carne y del diablo». El mundo es pues el pecado, sin más: libertinaje lleva consigo además herejía, como lo demostró la juventud de san Agustín, cuando se entregaba a los errores de los maniqueos.

Pero, por otra parte, los santos se ganan su Cielo ejecutando la voluntad divina: siervos de Dios, son la obediencia; como la Santísima Virgen el día de la Anunciación, se repite una y otra vez, todos deben obedecer, sin murmurar: san Alejo reducido a la mendicidad; santa María Egipciaca que expía durante diez años en el desierto de Transjordania una juventud tumultuosa. En todos los casos, se trata, como bien lo dice el narrador de san Agustín, de «no trastornar con sus infidelidades la economía de la divina Providencia».

Este carácter va estrechamente ligado a otra realidad: la intervención divina es el único medio de la santidad; Dios está constantemente presente para dictar su conducta, sostener su alma desfalleciente, ayudarla a rechazar al Maligno. Lección de total humildad, ya que nunca se dijo que las virtudes naturales tengan parte en este asunto. La imaginación realista de los redactores ayuda a representarse esta permanente presencia de Dios: envía aquí ángeles o arcángeles que anuncian, ordenan, previenen, animan; allá, es una voz «milagrosa», en san Agustín; o una voz interior que habla a san Alejo la noche precedente de su boda para decidirle a escapar antes de la ceremonia, y antes de que el matrimonio sea consumado. Así también, con san Huberto cazando en las Ardenas, es el célebre ciervo que lleva una cruz luminosa en su cornamenta. Se ha de añadir que enfrente el ángel caído dispone también de un arsenal de fantasmas amenazadores y de fantasmas tentadores -los demonios de san Antonio entre otros- que se esfuerzan en hacer fracasar a la voluntad divina. Por eso la omnipresencia y la omnisciencia de Dios se hallan representadas en el transcurso de estas vidas más o menos atormentadas: él solo asegura la santificación.

Por último, último carácter común, la santidad no conoce más que una prueba: el milagro. Nunca se trata en estos relatos de procedimiento alguno de canonización que se sepa. La santidad es visible, para los contemporáneos como para las generaciones ulteriores, gracias a los numerosos milagros realizados por estos santos: en vida, ya en las tumbas, por sus reliquias… Se trata pues, nos dice una de estos textos, «de las pruebas ordinarias de la santidad». El redactor de la vida de santa Ana explica muy bien: «Como nada es imposible a Dios, de ninguna manera se ha de dudar de las grandes maravillas que Dios ha operado en aquellos que han vivido santamente en la tierra; por eso vemos en la vida de los santos y santas que Dios les ha otorgado el don de hacer infinidad de milagros y de cosas extraordinarias por la virtud de Su santo nombre». Es declarar la riqueza milagrera de esta literatura hagiográfica: no hay página, ni anécdota sin que se administre esta prueba con gran lujo de detalles. A pesar de la variedad de las circunstancias, es posible reconocer en ello tres tipos de milagros: el taumatúrgico es el más frecuente; devolver la vista a los ciegos, la agilidad a los paralíticos, unir de nuevo los miembros desunidos o cortados, sanar toda especie de enfermedades, es moneda corriente. Y, aunque la especialización de las peregrinaciones regionales o de renombre más vasto no sea apenas invocada, es posible presentir, detrás de varias descripciones de este orden, el eco lejano del renombre de ciertos santuarios: san Amable en Riom, san Claudio en el Jura meridional principalmente. El segundo tipo de milagros es el que expulsa a los demonios: enfrentado con las tentaciones diabólicas, durante su vida, san Antonio, san Agustín y muchos más rechazan con éxito las tretas infernales, reconocen con ojo seguro los peores subterfugios, hacen retroceder a Satán en todo momento. Algunos liberan también a los poseídos, sin siquiera recurrir a las fórmulas tradicionales de los exorcistas, así santa Ana librando a doscientos cincuenta endemoniados el día del nacimiento de María. Todos saben evidentemente hacer callar al diablo alborotador que trata de interrumpir un oficio, un sermón.. Como san Huberto, «que habiendo llegado un día una vez de Rogativas a Mastrecht, expulsó con el signo de la Cruz, al Diablo fuera del cuerpo de una mujer que, con grandes alaridos y horrorosas insolencias, impedía la predicación que hacía él al pueblo». Menos frecuentes finalmente, menos espectaculares también, en cierta manera, son los milagros de la última clase, en el orden natural: procurar el sol o la lluvia, hacer subir el nivel del Mosa, como san Huberto en Lieja; detener el fuego que amenaza a toda una ciudad o a un pueblo no son actos menospreciables, ni mucho menos -sobre todo en aquellos tiempos. Pero nuestros redactores de relatos hagiográficos no los han tenido en mucho.

¿No será necesario decir que la mayor parte de estos santos acumulan los tres poderes milagreros? San Huberto que sana a los malhumorados, a los rabiosos, a los endemoniados; san Alejo a los mudos, a los sordos, a los leprosos y a los endemoniados también; san Ortario a todos los peregrinos que se acercan a su sepultura.

En resumen, estas vidas de santos han nutrido la piedad popular de manera especial: en la época en que la erudición monástica comienza el gran trabajo de depuración crítica de la hagiografía medieval, la literatura popular la retoma por su cuenta, y asegura una nueva difusión, por el enlace de estos libros azules, a este «legendario sagrado» que la Edad Media había constituido con una ingenua generosidad. De esta forma se pueden trazar los contornos de un nivel de creencia, donde los resortes esenciales son la voluntad divina y el testimonio milagrero: líneas de fuerza de una sensibilidad religiosa de la que l conjunto de estos libros de piedad no constituye por otra parte el único alimento, en el cuadro mismo de esta biblioteca.

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