Cultura popular francesa en los siglos XVII y XVIII (07)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Robert de Mandrou · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1975 · Source: Edic. Stock, Troyes.
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4. Fe y Piedad

mendigosColecciones de cánticos, vidas de santos, devociones e indulgencias, catecismos y artículos de fe, las obras de piedad ocupan el primero lugar, cuantitativamente, en el fondo de venta. Más de una cuarta parte del total; y las reediciones, en algunos casos, suman la decena. En este punto de nuestro análisis, no existe duda: es el encuentro de la llamada de una clientela ávida de leer y escuchar estos relatos tradicionales y familiares, y de la voluntad de edificación de los editores lo que explica la abundancia y la variedad del repertorio religioso.

No obstante la variedad no es más que relativa: sin duda los catecismos que presentan en algunas verdades sencillas un tratado doctrinal más menos sólidamente construido se parecen bastante poco a los entusiastas relatos hagiográficos de las vidas de santos, y a los laboriosos cánticos que exaltan el nacimiento del niño Jesús.

Pero casi todas estas obras –devociones aparte- son relatos y narran una historia santa: su inspiración común es el Nuevo Testamento; la narración del nacimiento y de la pasión de Cristo, su tema predilecto.

A nivel del libro de edificación, del cual se excluye toda exégesis de teólogo, es el recurso fundamental; explica algunas repeticiones en el análisis de los diferentes géneros que nosotros distinguimos ahora, no sin artificio.

A. Los cánticos espirituales

Grupo imponente de pequeños relatos de una veintena de cantos dispares de inspiración a menudo, mientras que sus títulos son con mucha frecuencia casi idénticos: Gran Biblia renovada con Navidades nuevas, Gran Biblia de las Navidades nuevas y antiguas, etc. El nacimiento de Jesús es el tema mayor de casi todos; algunos están dedicados a vidas de santos, son las «historias en cánticos espirituales sobre la vida de varios santos»; y, más escasos todavía, los que optan por la vida de los campos, como el Cántico espiritual sobre la Vendimia, quincena de coplas que celebran las cosechas del «Viñador del Universo».

Todos van presentados de la misma forma: la música no se advierte, pero se hace referencia en el título a un aire, supuestamente conocido (todo como lo practicaba Griñón de Montfort para sus cánticos). La fórmula aparece por lo demás incluso en el título del librito: así el «Nuevo relato de los más hermosos cánticos espirituales sobre los más bellos aires de la ópera», en el que el cántico de Judith debe cantarse con el aire de los «Molestos», el de la vida de Susana, con el aire de «Bella Iris», y el diálogo del ángel y la Magdalena, con el aire de la «Belleza más severa». Sin hablar de muchos otros títulos que no parecen evocar una canción de piedad («Mi botella me despierta», «No te repongas, viejecita»), incluso si el aire va con el cántico. La gran variedad de las referencias ofrecidas en este conjunto incita a creer que un buen número de estos «aires» no eran conocidos por toda Francia y prestaban escaso servicio a los cantores, obligados a salmodiar a su modo sobre las letras propuestas (volveremos a ver este problema a propósito de la canción profana, en el capítulo siguiente). Por ahora, el conocimiento preciso del aire importa sin dudas menos en la circunstancia que la letra misma…

Las Navidades. «Navidades tanto nuevas como antiguas», «tanto viejas como nuevas», aumentadas o no con las «más alegres canciones de este tiempo», estos títulos acompañan siempre al comentario versificado y magnificado con énfasis del nacimiento de Cristo, y de los primeros momentos de su vida, hasta la huida a Egipto. No se trata de la Pasión –y tampoco de la Resurrección- las que inspiran a los versificadores, sino tan sólo del nacimiento del Salvador: sólo él da su nombre a este conjunto de cánticos. Examinados de cerca, estos cantos de Navidad muestran una insistencia particular en tres temas cuya presencia misma ilumina singularmente la sensibilidad religiosa del tiempo: el primero en particular, que sorprende pasablemente al lector del siglo XX, ya que se trata de la concepción de Jesús (por otra parte evocada a menudo bajo la referencia errónea a la concepción de la Virgen); tratado además de manera muy prosaica, el «misterio» se evoca con frecuencia, de forma alusiva a propósito de la actitud de san José antes y después del nacimiento. Y lo que hoy parecería una desvergüenza anticlerical de las postrimerías del siglo XIX, allí figura como un leitmotiv directamente inspirado en san Mateo: «el bueno de san José comenzaba a contar sus sospechas molestas», que por suerte una aparición, y hasta una discusión con los pastores, viene a disipar al momento, antes de que haya podido pensar más en serio en el repudio evocado por el Evangelista.

Segundo tema no menos inesperado, pero por supuesto menos escabroso, el de la visita de las comadres de los pastores. Antes de que entren en el establo los pastores de los alrededores, los Reyes y los burgueses de Belén (estos los buenos), son las mujeres quienes asisten a la Virgen, asean al recién nacido, ayudan a la madre a preparar la cuna en el establo –y sobre todo escuchan toda la historia: la visita del arcángel Gabriel, el viaje y las posadas llenas de viajeros gozosos, el establo acogedor y el nacimiento mismo. Una y otra vez se repite el cuento y las pastorcillas reprenden a José, «indigno esposo por haberlo puesto en duda». Acabado el trabajo de matronas

charlatanas, llegan los pastores mismos, luego los Reyes.

Por fin esos cánticos de Navidad exaltan hasta la saciedad la vida sencilla y pobre de los padres de Jesús: la de los propios pastores que los rodean y los protegen; pues aquí hallamos la dignidad eminente de los pastores del Calendario, que han sabido saludar los primeros al salvador, y honrarle mejor que ninguno; sus regalos son modestos, según el deseo de la Virgen: pañales, tarros de miel; su compañía es la de las gentes humildes, que protegen a la Sagrada Familia mejor que los recién legados, Reyes y burgueses. Y, en medio de los cantos, la vida del recién nacido y de sus padres sigue siendo muy pobre y desprovista como la de los pastores: saliendo para Egipto, llegan a conocer la condición de los vagabundos reducidos a la mendicidad para asegurarse el pan.

La posada las matronas, los pastores, la pobreza: es una representación totalmente «normal», podemos decir, de la Navidad. Puesto el acento exclusivamente en estos tres temas da sin embargo a estos cantos un giro peculiar.

2. Los cánticos de los santos. El repertorio aquí es muy variado: los cánticos refieren en algunas decenas de versos las vidas y milagros de santos muy distintos, Julián el Hospitalario, Alejo, Eustaquio, Genoveva de París, Susana, Margarita y la Magdalena; y también santos de menor renombre o de canonización dudosa como Genoveva de Brabante, víctima del desaprensivo intendente Golo (historia de las Ardenas que inspiró también una novela histórica); o también aquella Fenicia, llamada aquí «la Vananée», que dialoga con Jesús, a pesar de los apóstoles importunados por sus quejas, y que acaba por convertirse. Fragmentos de Leyenda dorada, puestos en versos fáciles, completados por conclusiones morales más que espirituales, estos cantos se asemejan mucho a través de la variedad de las peripecias.

El resorte dramático es siempre, en efecto, la conversión, acto misionero por excelencia. Lentos en conmoverse, en decidirse a abandonar las creencias paganas o los errores de una vida pecadora, todos estos santos giran en redondo después de alguna dura prueba y alcanzan luego las cimas de la santidad en un segundo período de su vida: incluso la Vananée pasa por este trance común; los apóstoles escépticos la rechazan: «Dejadnos en paz, buena mujer»; y Jesús le dice por fin:

«Yo te hablaba con aire severo,
para probarte mejor,
pues como un padre verdadero,
sólo pensaba en tu perdón».

Una historia pagana «santificada» como Genoveva de Brabante no se presenta de otra forma, si bien la prueba impuesta dura unos siete años…

Por otro lado, todas estas moralidades son de un utilitarismo muy directo: el niño pródigo que renuncia al libertinaje se vuelve a encontrar con todos los beneficios debidos a las dulzuras del amor divino. En amar a Dios con fidelidad, encuentra cada uno muchas ventajas, o más todavía. Así una estrofa describe sin rodeos el intercambio de buenos modos que representa una conversión indiscutible:

«Entregarse por siempre a Dios,
¡Qué maravilla!
Ya que así se le obliga,
A que os proteja con amor».

Con toda seguridad que estos cantos no expresan una visión completa de la piedad, de la sensibilidad religiosa de los redactores y de los lectores de nuestra biblioteca: el género mismo –y las predilecciones manifestadas en uno y otro grupo- excluyen ciertos aspectos que catecismos y devociones van a hacer aparecer. Conviene sin embargo concederles un lugar privilegiado: repertorio de las ceremonias o cantos ensayados en la velada y en otros lugares, ocupan un gran lugar en la información de los fieles, y cuentan quizás más que los otros libritos, sin contar las vidas de santos: sin embargo éstas nos llevan a la vida de jesús, a las conversiones y a los milagros.

B. Las instrucciones cristianas

Este segundo grupo de obras de piedad no es el más importante: apenas más de una veintena de títulos que ofrecen a sus lectores definiciones de fe, elementos de doctrina cristiana que vienen a sustituir y completar por decirlo así la instrucción oral recibida por los fieles a lo largo de su práctica dominical. En el plan de información, los libritos son importantes ya que proporcionan a los fieles una representación de su creencia, independientemente del control de los clérigos; y ponen a su disposición, al margen de todo ejercicio de culto textos, sagrados o no, que contribuyen a enriquecer, sino a precisar la representación que pueden hacerse de las realidades religiosas.

Ninguna de estas obras se presenta como una canon definitivo de los artículos de la fe, tal como lo habría podido realizar un editor audaz, con más o menos habilidad, insistiendo los textos Trento, contra las innovaciones de los Reformados, en los elementos esenciales de la Tradición. Todas tratan sin duda alguna de instrucción cristiana establecida a partir de las verdades evangélicas, pero de forma no sistemática, renovándose además el catálogo del siglo XVII al XVIII. Lo que merece una explicación preliminar.

1. Del siglo XVII al XVIII. En el primer libro de la Biblioteca azul, las primeras obras de este estilo son casi sabias: publicadas a menudo con dedicatorias y aprobación eclesiástica, están firmemente inspiradas en tratados abstrusos de teología; sin preparación para los «consumidores» eventuales, prueba de ello es que una Instructio Christiana de 1652 llega a estar escrita enteramente en latín. Pero los otros títulos, como el «Espejo del predicador compuesto por los RR. PP. Capuchinos, Misioneros, muy útil para toda clase de personas», o El Libro de los cuatro fines últimos del hombre, son bastante pesados. Este último lleva cerca de noventa páginas dedicadas a la muerte y a las tentaciones diabólicas que podrían extraviar al desdichado pecador a la hora del tránsito: falta de fe, desesperación, avaricia, impaciencia, vanagloria. Las descripciones «del desgraciado estado de un alma cuando tiene la desdicha de caer en el pecado mortal «, o, por otra parte, «el estado dichoso de un alma cuando tiene la suerte de estar en gracia de Dios», son de lengua pesada y laboriosa.

En el siglo siguiente aparecen sin embargo pequeños manuales de catecismo –para la primera comunión generalmente- que traen una explicación más sencilla, más cercana a las verdades evangélicas: así «Figuras de la Sagrada Biblia», o la «Exposición de los Evangelios para los cincuenta y dos domingos». El Diálogo por preguntas y respuestas presenta la forma más frecuente, que ilustra el famoso Niño sabio a los tres años, ese librito en 32º en el que se ofrece al niño inocente con toda generosidad toda la sabiduría del mundo y que manifiesta un nuevo sentimiento de la infancia. El género se renueva pues, se hace más accesible, entrando en el mismo fondo en el momento preciso en que algunos predicadores como el padre Huby o Griñón de Montfoert manifestaron la misma preocupación de una predicación accesible a todos.

2. Máximas sacadas de la sagrada Escritura. Por didáctico que sea el estilo de estos libritos, no se encuentra en ellos nunca exposición en tres puntos de las verdades eternas de la religión cristiana. La instrucción de la juventud y de los adultos se realiza a fuerza de sentencias extraídas del Nuevo Testamento –adaptadas a a forma de proverbios- que debían figurar ya en la lengua común: «El hombre no vive sólo de pan», «La semilla es la palabra de Dios», y muchas más del mismo cariz, una tras otra sin preocuparse lo más mínimo por la coherencia del discurso. A veces son episodios de la vida de Jesús los que se recuerdan, dando en unas líneas la historia y la sentencia final: así el encuentro de Jesús y de Magdalena: «Os declaro que le serán perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho».

En suma, estos pequeños tratados parecen un tanto indigestos: «Los cuatro fines últimos» o «La Práctica del Amor de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo para toda clase de personas según los tres estados de la vida espiritual» del padre Huby son libros de cien a doscientas páginas, demasiado para una vez. Más que los otros, estaban destinados a ser leídos en pequeñas dosis, noche tras noche, dejados y vueltos a abrir según el humor y el deseo del auditorio. Incluso mezcladas con ejercicios de devoción, las consideraciones devotas y las meditaciones del padre Huby, escritas para los retiros femeninos de los que fue fundador en Vannes, requieren un comentario –y al menos unas pausas en la lectura. Se sabe por otra parte que el padre Huby y sus amigos de los retiros para adultos practicaban una predicación diferenciada según los auditorios empleando ya el discurso en forma, ya el comentarios de imágenes piadosas presentadas ante una fuente de luz. Pero los impresores de Troyes no han hallado en sus cartones imágenes de esta clase. Han reproducido por consiguiente estos tratados sabios de una lectura difícil, que no son los títulos más pedidos. Únicamente el niño sabio, en su fingida ingenuidad, constituye excepción en este apartado del catálogo.

3. El niño sabio a los tres años. A juzgar por las reediciones que se suceden hasta el siglo XIS, ha sido un gran éxito. Este catecismo falsamente infantil, prestado a un contemporáneo de no se sabe qué emperador Adriano [«El niño sabio a los tres años, conteniendo las peticiones que le hizo el emperador Adriano y las respuestas del niño»] es más que un catecismo: responde ciertamente a las preguntas habituales sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; apela a nociones tradicionales sacadas del Antiguo Testamento: ¿en cuántos días de Creación? Pero se entremezclan ya allí respuestas inesperadas, llenas de fantasía: la creación del hombre fue el tiempo de un abrir y cerrar de ojos. El fruto prohibido se comió a la hora de Tercia, Adán y Eva fueron expulsados a Nona. La Santísima Trinidad se define en su misterio por la imagen de del sol, «en el que hallarás todas las cosas, sustancia, esplendor y calor que son inseparables». Y sobre todo el niño sabio se permite, de vez en cuando, consideraciones sociales; a veces prudentes: de los caballeros, no habla ni bien ni mal; a veces duras: la esperanza de los mercaderes es corta, «pues adquieren por fraude y engaño»; los compradores de beneficios perecerán con Simón el encantador; mas para los labradores, «la mayor parte se salvarán, porque viven de su simple ganancia y el pueblo de Dios vive de su trabajo». Hasta el antisemitismo (Hebreos «malos») y el antifeminismo (el hombre imagen de Nuestro Señor, la mujer imagen de la muerte) encuentran lugar en las respuestas de este niño cuya sabiduría se nutre a la vez de textos de la Escritura y de algunas ideas recibidas de su tiempo.

El niño sabio de tres años representa sin embargo más que eso, en la medida en que constituye una de las figuras más destacadas de la literatura de espiritualidad del tiempo: el maravilloso saber del ignorante iluminado por Dios sin intermedio de ninguna criatura; Miguel de Certeau, editor de la correspondencia de J. J. Surin, se encontró por el camino al joven en la diligencia de París Rouen, descrito por el jesuita en términos exaltados: «Me habló de la vida espiritual en tono tan sublime y sólido que todo lo que he leído o escuchado no es nada en comparación con lo que me dijo… Me contó que la luz sobrenatural que Dios derrama en un alma le hace ver todo cuanto debe hacer con mayor claridad que la luz del sol muestra los objetos sensibles…» El caso no es único en el siglo XVIII y M. De Certeau evoca en particular a esta campesina de Die (Drôme) en los años 50 de «discurso a la verdad muy grosero y rústico, pero sazonado de una maravillosa sapiencia», y un viñador de Montmorency, «pobre villano sin otra ciencia ni estudios que la de Jesucristo crucificado». Pero este «joven muchacho de dieciocho a diecinueve años de edad, simple y extremadamente rudo en su hablar, sin ningunas letras» es sin duda ejemplar; aunque no fuera mas que por los cambios que le impusieron los editores sucesivos de la carta, «pobre muchacho, hijo de un panadero de El Havre en Normandía», convertido bien pronto en «pastor iluminado»1. Lo cual nos remite al pastor de los almanaques, sabio sin letras, el «pastor de ovejas en los campos…sin iluminación alguna, [sin) ningún conocimiento de las Escrituras, sino solamente… su gran sentido natural y su buen entender …» Un simbolismo está en todo ello presente, que se enriqueció durante tiempo en lo sucesivo.

Todos estos libros presentan pues una parte de creencias comunes extraídas por decirlo así de las Sagradas Escrituras, en forma de sentencias, sin ninguna de esas referencias a los Padres de la Iglesia, de los que no podían prescindir por entonces las obras de teología que trataban de las mismas cuestiones; sin referencia tampoco a los decretos del Concilio de Trento que precisaban tal o tal definición, contestada en el siglo precedente. Con todo ninguno de estos libros cae en los errores reformados: la instrucción cristiana reducida a un corpus de sentencias neo-testamentarias delimita una creencia simple en la que el Infierno y el Paraíso, el Juicio final y la Pasión de Cristo constituyen los elementos esenciales. En una palabra, una clase de corpus del catolicismo popular -que encontramos bajo otras formas en las Vidas de nuestro Señor Jesucristo y en los cánticos. De este lado de las sabias exégesis elaboradas por los teólogos, la fe vivida y entendida por los lectores del «niño sabio» se debe concebir en el interior de estos horizontes limitados.

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