Cultura popular francesa en los siglos XVII y XVIII (06)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Robert de Mandrou · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1975 · Source: Edic. Stock, Troyes.
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B. Tratados científicos y técnicos

mendigos Algo que la composición de los calendarios revelaba ya, la ausencia de preocupaciones técnicas de estos almanaques, se halla ampliamente confirmado por el estudio de las obras propiamente científicas y técnicas. Tan sólo existe un escaso efectivo de libritos que traten de estas materias y es el signo mismo de la ausencia casi total de interés del público popular hacia este género de libros –cuya utilidad nos parecería hoy evidente. Y lo que es más, el análisis de este puñado de obras muestra un contenido de extrema pobreza –a través del cual por otro lado tradiciones astrológicas u ocultas se transparentan de nuevo con frecuencia.

  1. Los libritos «científicos». Escritos, compilados en la época de los grandes progresos de las matemáticas, de Fermat a Leibniz, y de la astronomía de Kepler y Galileo a Newton, los opúsculos que constituyen el fondo científico de la biblioteca azul no son de ninguna forma el reflejo –o ni siquiera el más lejano eco de los éxitos que agitan a la Europa sabia. Los editores troianos no se preocupan y colocan sencillamente tratados utilitarios de aritmética, de medicina o de viajes. Ya que todos estos libros tienen en común esta nota: sea cual sea la ambición revelada por sus títulos pomposos, apuntan únicamente a dar recetas, en fila india, susceptibles de ayudar al lector. Pequeños tratados de consulta, podríamos decir, y una de las colecciones de medicina no se oculta, declarando en el prólogo «sobre todo para el campo donde el mayor número de personas no disponen de medios para acudir a los médicos». Lo que implica una definición muy práctica de estos libritos: es la ciencia aplicada a la felicidad de los hombres.
  2. La Aritmética y tratados médicos constituyen la mayor parte de este pequeño grupo. Bajo títulos variados (Petite arithmétique, Arithmétique nouvelle dans sa véritable perfection, etc.), las colecciones están compuestas de cuadros que no enseñan a calcular, pero dispensan de contar, inspirados en cuentas ya efectuadas de Barrême y otras obras del mismo género para uso de los viajantes, estos libritos entregan a los lectores cuadros que permiten hallar lo antes posible el interés de las sumas prestadas al 2 o 5 por ciento, las tarifas exactas de las pensiones, rentas vitalicias, préstamos al año, al mes, al día, hasta el impuesto sobre el suelo por libra. «Aprender a calcular bien», según la fórmula de estos libros, significa pues no equivocarse gracias a las tablas bien preparadas que nutren estas colecciones. La Medicina constituye un grupo más denso, no el más variado: Boticario caritativo, Médico de los pobres, Operador de los pobres, es una sola cosa, con escasos matices; el boticario, en particular comienza su libro por consideraciones generales sobre el arte de hacer decocciones, infusiones y siropes, de sacar y clarificar los jugos (entre otros las confituras también). Pero más allá de este prólogo, volvemos a ver enseguida el mismo cortejo, sin orden, ni razón, de recetas enumeradas a lo largo de las enfermedades que deben curar. Tres matices caracterizan estas recetas: primeramente, el predominio de las preparaciones que utilizan el reino vegetal, en cantidades sabiamente dosificadas (mensuradas inclusive en el Operador de los pobres, en dracmas, escrúpulos y onzas): los simples o hierbas «que os costarán muy poco», comprados en el herbolario o recogidos en los prados y los bosques son en principio purgas innumerables que deben permitir purificar la sangre, corregir el hígado y el humor melancólico, etc. Con todo, al lado de estos compuestos, figuran a menudo aplicaciones, de las que los autores no dan otra justificación que la de una experiencia reconocida tiempos atrás: que se trata de curar las pérdidas de memoria, ningún recurso mejor que llevar encima un diente de tejón; que es la vista la que baja, un ojo de lobo encajado en una montura de oro. De esa forma, a fin de cuentas, el consejero médico lleva a la práctica del secreto, del remedio tanto más eficaz cuanto menos conocido es: así el operador de los pobres anuncia, desde su página titular (además «de la flor de operación necesaria a los pobres para conservar la salud y curarse sin grandes gastos», junto a «un discurso de las operaciones con los remedios de purgas, el precio que cuestan las medicinas y los medios para aplicarlas»): «el secreto del Baulme Policreston, su virtud y otros secretos admirables».

Una de las obras en este aspecto presenta sin embargo una excepción a esta distribución compleja de recetas que van de lo sencillo a lo secreto más conocido; es un médico de los pobres quien recurre a la única virtud de la oración: «conjunto de plegarias y oraciones preciosas contra el mal de muelas, los cortes, los reumatismos, las fiebres, la tiña, el cólico, las quemaduras, los malos espíritus… «, parte sin duda de un concepto diferente, del que veremos ejemplos al tratar sobre los libros de piedad. Pero este médico de la plegaria es testigo , como los demás libros de medicina, de la solicitud angustiosa que justifican las miserias sicológicas de la época, que caracterizan sin duda alguna a los medios populares más todavía que a los otros.

Y finalmente, última categoría «científica», las guías de viaje, que apenas merecen el título de geografías: tres títulos tan sólo, una «Guía general de los caminos para ir y venir por todo el reino de Francia, aumentada con el viaje de Santiago, de Roma, de Venecia y de Jerusalén; y dos fieles conductores, uno «para viajar por Francia», el otro por España. La fuente común de estos itinerarios es sin duda alguna la Guía de los caminos de Francia (1557), que da igualmente las distancias en leguas y jornadas de marcha en algunos grandes recorridos a partir de París, señalando de paso los vados difíciles, las travesías de bosques que se han echo peligrosas debido al bandidaje, y algunos buenos albergues. Todos estos guías de la Biblioteca azul son todavía menos completos de lo que lo era la Guía de Carlos Estienne, y omiten grandes peregrinaciones como Le Puy y diversas ciudades más importantes todavía. Por fin los abalizamientos resumen de itinerarios se vuelven casi mudos sobre las regiones atravesadas: aparte de los accidentes de la ruta, las «rarezas y cosas notables que se encuentran en cada ciudad» son mencionadas con una sola palabra; Turena, jardín de Francia, Delfinado, país de altas montañas, algo que satisface las curiosidades bajo precio. En realidad, estas guías traicionan precisamente una curiosidad: son rutas de comerciantes y peregrinos, no otra cosa. Ni España ni Francia son presentadas a lector. Y esto, en un momento en que las bibliotecas sabias se enriquecen cada año con descripciones, relatos de viajes que ofrecen a la curiosidad de los lectores los mundos nuevos en curso de exploración, Canadá, Antillas, Américas, China, África. Enorme silencio, que significa necesariamente indiferencia para con estos continentes nuevos, para con una evocación, siquiera vaga, de los países extranjeros: todo lo que se extiende más allá de los horizontes familiares, más allá del bosque municipal, más allá de la región llana, instalada al pie de las murallas, interesa poco aún entre la gente del pueblo.

2. Obras técnicas. En esto también nuestro repertorio es de los más limitados; tres oficios, ni uno más: jardinero, cocinero, herrero. O sea ninguno de aquellos oficios de artesano, cuyo conocimiento sería provechoso a cualquiera: albañil, carrero, tejedor, molinero –en un tiempo en que tan extendidos se encuentran en el campo y en la ciudad. Nada tampoco de las profesiones ciudadanas: zapateros, orfebres, etc. Sin duda alguna que los oficios en la opinión común del tiempo –y hasta el esfuerzo sin precedentes de la Enciclopedia- no se aprenden, ni se enseñan de otra manera que no sea el establecimiento, por el aprendizaje directo de las habilidades, la utilización progresiva del utillaje, la fabricación misma de los objetos. Este saber, primero manual, se transmite de generación en generación por el gesto y la palabra, no por escrito.

Sin embargo jardinería, cocina, arte veterinaria se salen de la regla. En el primer caso, quizás porque el jardín es otra cosa que el campo en la vida campesina; terreno de experiencia, si se a el caso (como bien lo mostró antes Daniel Faucher), en todo caso dominio cerrado reservado a a iniciativa de cada uno, ya fuera de las obligaciones colectivas. En cuanto al veterinario, sin embargo, los libreros se aprovecharon de la existencia de abundantes obras redactadas por señores de caballería para las grandes cuadras de la nobleza y de la Realeza. Explicaciones bien frágiles; entre tanto las obras no son de particular riqueza.

Jardín y cocina van además juntas: si uno de nuestros libros trata solamente de «la manera de de injertar, plantar y sembrar, con los remedios contra los mosquitos, limacos y demás animalejos que estropean las hierbas y jardines», el otro más generoso (El jardinero francés) «enseña a cultivar los árboles y las hortalizas»; y añade: «con el modo de conservar los frutos, y confeccionar toda clase de dulces, conservas y mazapanes. Edición aumentada del catálogo de las flores que se cultivan durante los doce meses del año». Nos encontramos allí con el estilo de los trabajos bautizados científicos, una enumeración de procedimientos de jardinería y recetas de cocina sencilla donde se distinguen con todo cuidado los panes del vulgo, de burgués, de cabildo, de gonesse, las carnes y el pescado…

El Mariscal perfecto (y el Nuevo y perfecto Mariscal real) «que trata del natural y de las marcas de los hermosos y buenos caballos, de sus enfermedades y remedios de las mismas» –presenta una exposición preliminar que ensalza la excelencia del caballo, sus cualidades y defectos, «perfecciones, vicios, imperfecciones», y una definición del arte del mariscal, que otorga mucho espacio a la práctica manual:

«¿Qué es el arte del Mariscal?

-Ciencia, experiencia, conocimiento y trabajo de mano.

¿Qué es trabajos de mano?

-Es calentar bien la herradura, soldarla bien, tener buen cuidado, ser diestro y atrevido en almohazar bien al caballo de los accidentes que le puedan sobrevenir».

Sigue un catálogo de recetas veterinarias que recuerdan mucho a los tratados de medicina: la misma terapéutica natural a base de hierbas y plantas secas, cauterios, etc.: contra la peste amenazadora, preparar una mixtura con dos nueces, dos higos y veinte hijitas de ruda, y por la mañana dársela en dosis como una avellana. La misma intervención de prácticas sacadas de un fondo insondable de prácticas empíricas, piadosamente transmitidas en el correr de los tiempos: sin duda este animal frágil al que amenazan cantidades de males terribles desde la agalla y la peste hasta los raspados, grietas y chancros, no está mejor protegido con estos remedios que los propios humanos con la medicina de los pobres.

Así estas obras técnicas o científicas no han constituido los best-sellers del fondo de las ventas: el público popular no espera que salga del cajón del corredor un librito azul que le enseñe cómo practicar mejor su propio oficio, cómo descubrir algún paso desconocido aún. Las escasas obras que acabamos de ver se refieren en su mayor parte a campos de orden muy general: el cálculo, los viajes, la salud de los hombres y de los animales; no conocieron hasta la fecha grandes éxitos; por otra parte (no adelantaremos que esto explica lo otro), estas escasas obritas tienen por fuente común una «ciencia» muy empírica, nutrida de prácticas para-religiosas, ya que no ocultistas. Nueva prueba de una confusión de géneros, hoy distinguidos (que nada tiene de particular en esta clase de literatura), que volveremos a ver: es de honda significación.

C. Ciencias ocultas y brujería

Las obras ocultas propiamente dichas (expresión necesaria, ya que las contaminaciones no faltan en los libros de ciencias «positivas») no son legión en este fondo de ventas. En suma, magia natural y magia negra unidas no constituyen más de una docena de títulos. Con todo, rareza aquí no significa necesariamente ausencia de prestigio. El atractivo de estos secretos de la naturaleza fue ciertamente mayor que el de las guías de viaje: su lugar mismo en los calendarios es prueba de ello. Por otra parte, interviene en esta ámbito reservado la creencia difundida por estas obritas mismas, en la necesidad de un logro personal del operador: sea la que fuere la minucia de las descripciones con la que las recetas operatorias se presentan – trátese de detener la sangre en una herida o de invocar a los muertos- conviene que intervenga siempre una parte de preparación personal del instrumentador. De esta forma se expresa uno de ellos: «nos creemos en el deber de prevenirlos [a los lectores] que sería una desgracia que contaran con el éxito de los secretos que encierra [el libro], si se limitaran a seguir todo cuanto se les prescribe para artículo, antes de hacerse dignos de las ventajas incomparables que se les promete…» Y la frecuencia de los fracasos sufridos por los experimentadores «ávidos» podía convencer sin mucho trabajo a la mayor parte de los amantes de la inutilidad de poseer semejantes obras, sin el «don» que hace al verdadero mago; sin hablar de la intervención satánica, en el el caso de la magia negra (que legitima la distinción de los dos grupos de obras).

1. La magia natural. Una media docena de «Secretos de los secretos de la naturaleza», de «Construcciones» o «Jardines» de los secretos de naturaleza, inspirados todos en los mejores autores medievales –Alberto el Grande, Arnaud de Villeneuve- o recientes –Cornelius Agripa, Cardan, J.B. Porta- representan elocuentemente la magia natural. Los «autores» se contentaron con colocar hilvanadas un cierto número de recetas sacadas de las obras de estos maestros, sin que aparezca regla alguna de selección. En los centenares de páginas de los tratados sabios ocultistas impresos en el siglo XVI, corresponden pues aquí de medio a un centenar de páginas de recetas alineadas sin orden, ni explicaciones cosmogónicas de ninguna clase: la receta del Gran Albert para hacer oro –el gran sueño de todos los alquimistas- se codea así con el agua celeste, remedio «cefálico» contra la lepra, la peste y las heridas de armas blancas.

Estos secretos de los secretos ofrecen todos el mismo rasgo distintivo: encadenan casi siempre el poder que entienden procurar sobre los seres y las cosas con la intervención astral. Es la astrología de los calendarios de los pastores que se vuelve a ver pues, enriquecida con una farmacopea más compleja que la de los libros de medicina. De esta forma «el pequeño Espejo de Astrología que trata de la inclinación del hombre y de su natividad, según todos los meses del año», sin hacer referencia precisa a los signos del Zodiaco, presenta en páginas detalladas una caracterología muy matizada de los doce meses del año, para los hombres y las mujeres. A lo cual se añade un esbozo de quiromancia, tan preciso como la descripción de los caracteres zodiacales. En plano operatorio, la descripción de los talismanes, de los procedimientos y preparaciones que deben permitir el éxito manifiesta la misma preocupación de precisión en el menor detalle, que es el hecho de todas las «astrologías». El secreto mágico de Alberto Magno para hablar a los muertos por ejemplo, impone al postulante un ritual de una complejidad que hace la realización pasablemente aleatoria. «en la misa de medianoche de Navidad, en el momento de la Elevación, decir mirando a la bóveda Exurgant mortui et ad me veniant, luego ir al cementerio inmediatamente…». buen comienzo, pero siguen invocaciones múltiples, gestos (dispersar tierra «como se esparce el grano», «arrojar huesos al suelo»), un paseo nocturno «hacia el oeste», de cuatro mil novecientos pasos, etc. Ninguna duda sobre este punto: la ciencia oculta debe a parecer al no iniciado de una espantosa complejidad en la evocación de sus múltiples secretos.

Hecho más notable sin embargo el de que la filiación entre astrología y ocultismo, es la confusión del cultismo y de lo sagrado –o por mejor decirlo la amalgama de la receta ocultista y de la oración, que llevan consigo estos libritos, sobre todo el «Galimatías del papa Honorius» y «El Equiridion del papa León»: `confusión para la que los redactores utilizan la fórmula original de «Secretos místicos». Es una mezcla inesperada de oraciones, de plegarias que utilizan los textos sagrados más auténticos y de prácticas estrictamente ocultistas o para-medicales. «Oraciones contra sus enemigos», «pequeño Paternoster blanco para ir infaliblemente al paraíso», recetas y recitados a menudo abracadabrantes contra los males de muelas, el mal caduco, los flujos de sangre: «para una úlcera, aplique hollín desleído en un amarillo de huevo, y cuando se vende la herida recite tres veces: Dios nació a noche de Navidad, Dios murió, Dios resucitó, Dios mandó que las heridas se cierren, que los dolores pasen, que la sangre cese…In nomine Patris et Filii...», o también «los nombres de Jesucristo, que se escogen y toman de la sagrada Escritura, y si alguno los invoca, tendrá toda clase de éxitos y no perderá nada en ello; asimismo llevándolos al cuello, hacen que le quieran todos: Authos, a nostro, noxio, Bay, Gloy, Apen, Agia, Agios, Ischiros».

De esta manera la magia natural no presenta –en este nivel de difusión- un sistema del mundo, sino todo lo más una teoría indefinida de «conocimientos inasibles» presentados bajo la forma de esos procedimientos complejos en los que ingredientes, palabras clave y plegarias componen una mezcla que no parece chocar a lectores y oyentes –y no más a los propios redactores: ya que éstos no temen, al término de la enumeración de sus secretos místicos, recomendar a los futuros usuarios «todos los actos religiosos que deben elevarlos al estado de pureza conveniente».

2. Magia negra o satánica. De una a la otra, el paso se da insensiblemente: en el galimatías del papa Honorius, entre dos invocaciones dirigidas al Hijo de Dios, se destina una plegaria para liberar a la gente caballar de algunos males recurriendo sucesivamente a la sal y a Satán: «yo te conjuro sal hecha de la espuma del mar… en el nombre de Crouay; Satán, te conjuro en el nombre de Crouay». Pero es una excepción, por supuesto. De hecho algunas obras son exclusivamente satánicas; que por otra parte no son –y el punto merece atención- tratados «clásicos» de demonología. Nada que copie de cerca ni de lejos al viejo Malleus Maleficarum (por el momento sin traducir al francés por entonces), a Jean Bodin, o los grandes jueces de principios del siglo XVII, a los Remy, Boguet, de Lancre, o ni siquiera al R.P. Michaelis. Este silencio impresiona más porque la Biblioteca azul constituye su fondo en el mismo instante en que los grandes procesos de Aix, de Loudun, de Louviers producen tanto ruido en torno a estos problemas. Los Oudot y sus émulos parecen haber reculado un tanto ante la evocación demasiado precisa y comprometedora de casos históricos o de prácticas «codificadas» por una represión multisecular , y todavía aterradora. Las escasas obras dedicadas a Satán son pues, bien pequeños tratados que añaden con discreción a la magia natural una fuente suplementaria, el recurso a los poderes infernales, bien historietas que cuentan la derrota de Satán: dos ópticas totalmente diferentes, y que no encubren por completo la presencia satánica que manifiestan las vidas de los santos, y múltiples alusiones de aquí y de allí por todo el fondo.

El «Gran Galimatías de Agripa» [o el arte de comandar a los espíritus celestes, aéreos, terrestres, infernales con el verdadero secreto de hacer hablar a los muertos, de ganar cada vez que se juega a la lotería, de descubrir los tesoros ocultos] y «El Verdadero Dragón Rojo» presentan el recurso al Diablo como el supremo recurso de los ocultistas. Son colecciones de conjuros para conciliarse diversos espíritus infernales, de poder temible y de eficacia reconocida, acompañados de los más raros secretos del verdadero arte mágico: «crema de las ciencias ocultas», se dice todavía; estas invocaciones expresan a su modo la verdad de la conducta del doctor Fausto, quien, después de agotar toda la ciencia contenida en los tratados sabios, recurre finalmente al ángel caído. Las insuficiencias de las ciencias ocultas desembocan de algún modo en el recurso a Satán.

Por el contrario, la historia del caballero que quería entregar a su mujer al diablo, la historia del aguador español o la del empleado de granja que había tomado la forma de un diablo para mejor embaucar a su concubina son relatos amables que se dirigen a la confusión del Demonio: unas veces, es la Virgen, quien viene en auxilio de la dama y pone en fuga al diablo; otras, es una campesina que no se deja embaucar. Igualmente «las muletas del diablo cojo» rebajan a la bruja al rango de una vulgar explotadora de la credulidad común: » No debemos agradecer a nuestro Diablo cuando le atiza un golpe con la muleta a esta bruja, que las mujeres descontentas van encontrar, que los espíritus débiles van a consultar a n oráculo para saber lo que no sabe ella misma; a esta descarada echadora de buenaventura, a esta atrevida echadora de Horóscopo que carece de otro secreto que no sea el de poder persuadir que vive de ello cómodamente a expensas de los incautos». Estos relatos (que por otra parte entran tarde en el fondo, a mediados del siglo XVIII) participan de otra vena, la del Diablo cojuelo y manifiestan a su modo el atraso de la creencia en la intervención satánica en los asuntos humanos.

Pero, es menester repetirlo, estas raras menciones de los demonios y de los espíritus maléficos son con toda seguridad en nada comparables con el lugar que ocupan los relatos de este género en la tradición oral de las veladas: la «presencia» del duende hasta el siglo XIX es una buena señal de este desfase, tal y como George Sand lo da a entender en las Leyendas rústicas: «En Berry donde ahora los cuentos para nuestros nietos no son ya tan maravillosos ni tan terribles como los que nos cantaban nuestras abuelas, no me acuerdo de que me hayan hablado nunca de los hombres lobos de la Antigüedad y de la Edad Media. Sin embargo nos servimos todavía de la palabra coco, que significa de por sí hombre lobo. Pero se ha perdido su sentido verdadero. El coco es un lobo embrujado».

Grupo reducido de libritos de venta, estos tratados de ocultismo y de «magia verdadera» no son por ello despreciables. Expresan demasiado bien el sentimiento de impotencia que sentían la mayor parte de los hombres frente al mundo que los rodeaba, y hasta los oprimía; esta inquietud justifica su búsqueda incesante de los secretos que encierra una naturaleza celosa, de las recetas y medios susceptibles de ayudar a sobrellevar la ignorancia y a dominar a los hombres y las cosas.

Estos libros manifiestan igualmente con evidencia la ausencia de definición de los límites a los que nos han habituado tres siglos de progresos científicos: natural y sobrenatural se confunden, por decirlo así, cuando el vocabulario parecería ayudar a las distinciones necesarias: magia natural y magia satánica. Pero la magia natural incluye todo conocimiento oculto; y la mano de Dios, de su Hijo y de los Santos igualmente; las intervenciones solicitadas del Maligno o de Dios expresan a su modo esta total confusión que la menor «receta» permite reconocer.

Difíciles de dominar, las artes mágicas han logrado llevar mucha desilusiones a aquellos que probaron las fórmulas ambiciosas y perentorias de los copistas de Agripa; no son pocos los prestigios de este corpus secretum, que los hombres desean dominar, ocultamente si es preciso, para asegurarse un bienestar difícil de conseguir.

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