3. «Conocimientos del Mundo»
Ciencias y falsas ciencias, diríamos nosotros hoy: distinción racional, justificada por tres siglos de progreso científico acelerado. Pero quien no tiene el valor de analizar este fondo en el que precisamente las ciencias ocultas tienen tanto prestigio y ocupan más lugar que las ciencias más apoyadas en razón. Los calendarios ilustran a maravilla esta confusión; la rareza de las obras estrictamente científicas y técnicas se opone a la abundancia de los tratados de magia blanca, ya que no negra.
A. Calendarios y almanaques
Del reino encantado de las hadas y de los gigantes, es volver a tierra si hojeamos los calendarios enumerando, un mes tras otro, las estaciones y los días. Menos de lo que parecería a primera vista a quien se contentara con las primeras páginas de estos almanaques mucho más ricos que un calendario de de las oficinas de correos de nuestro tiempo. Su éxito se comprende por otro lado por su propia riqueza: las ediciones de calendarios han sido uno de los sectores más surtidos de nuestra literatura de venta ambulante; en el fondo residual de que nos ocupamos, figuran por decenas durante algunos años. Ninguna duda de que los almanaques hayan sido uno de los artículos más solicitados a los pequeños vendedores, éxito tanto más comprensible cuanto que el almanaque se nutre de aportes de la mayor parte de los otros sectores de la literatura circulante (como G. Bollème lo ha hecho saber): la medicina de Alberti e Grand, la cocina del Jardinero francés, la Danza de los muertos, los Gritos y los alborotos de París. De suerte que con el tiempo el género se renovó y perfeccionó: es uno de los escasos sectores de esta literatura en que se puede observar una evolución gracias a los pacientes estudios de eruditos locales como Socard, y gracias a las huellas judiciales de los procesos que los editores ávidos de ganancias pudieron entablar unos y otros a propósito de falsificaciones particularmente escandalosas en estos libritos en los que la predicción astrológica ocupaba un lugar tan grande: Jacques Oudot, en 1701-1703, ¿no hace arrestar por este buen motivo todas las ediciones de almanaques difundidas por París por sus competidores Jean Adenet, Pierre Garnier, Pierre Bourgoing y Jacques Febvre?
l. La evolución del género. La multiplicación de las ediciones y la modificación del contenido de estos calendarios son por lo demás una buena demostración del interés que encontraban en ellos los compradores. Los Oudot, en los primeros decenios del siglo XVII, se sirvieron de un calendario universal de origen sabio –ya editado a principios del siglo precedente- y hoy célebre entre los bibliófilos: «El gran calendario y abono de los Pastores con su astrología y otras cosas más», conocido en su edición de Nicolás Le Rouge de 1510. La obra, compuesta por algún sabio astrólogo, lleva consigo un calendario de los días acompañados de las fiestas de los santos (y sin indicación de los días de entre semana), ilustrado cada mes con una lámina que recuerda los trabajos de la granja; después viene una información astrológica abundante sobre los signos de la semana, la «disposición del mundo», el Zodiaco; una tercera parte está dedicada a la fisionomía y a la complexión humanas, en particular al significado moral y «caracterial» de los rasgos de la cara; acompañan algunas páginas sobre el oficio de pastor, los hechos y dichos de los animales que componen un universo familiar, exaltando el estado de pastoreo; por fin, se da un lugar importante a la moral cristiana: descripción llena de imágenes y horripilante de los vicios y de sus castigos infernales, oraciones, «dichos de los Muertos», oración a Nuestra Señora. La obra se termina con algunas páginas en las que se codean con un cierto desorden, consejos para las enfermedades, recetas de cocia, algunos remedios en relación con los doce signos del zodiaco. Este abono de los pastores es el que se repite a lo largo del siglo XVII –no sin algunas modificaciones de representación al menos: la edición de 1633, por ejemplo, bajo un título renovado «El Gran Calendarios y Abono de los Pastores, compuesto por el Pastor de la Grand’Montagne, muy útil y provechoso para gente de todos los estados, reformado según el calendario de N. S. Padre el Papa Gregorio XIII, otra vez revisado y corregido y puesto en mejor orden que todas las precedentes impresiones», coloca las páginas de moral cristiana inmediatamente después del calendario, suprime un cierto número de consejos médicos y las recetas de cocina y desarrolla la parte propiamente astronómica.
Pero en esta fecha de 1633, ya se han puesto en circulación por los editores otros tipos de calendarios, según toda apariencia ampliamente surtidos por maestros en ciencias astrológicas y matemáticas. Al lado de este calendario estándar tenemos la colección de predicciones válidas para 19 años, con el nombre, y a veces el el retrato, del sabio autor (así Jean Petit, Parisino, en 1623), cosa harto extraña en el fondo de la venta ambulante: vemos, por ejemplo, los «Pronósticos generales para diecinueve años, comenzando a partir del año 1651 y terminando en el año 1669. Conteniendo cuanto se nos anuncia que ha de llegar durante los años susodichos, tanto en cuanto a la temperatura del aire y otros varios accidentes como pérdida de bienes terrenos, enfermedades, afluencia y asuntos de mundo según el conocimiento de los Egipcios y de los Árabes, por el S. François Commelet, nativo de Bassigny». Pero los editores pueden también lanzar al mercado calendarios anuales, fórmula que en adelante no se desmentirá y que se incrementa con consideraciones de inmediata práctica. El mismo François Commelet de Bassigny entregó a Oudot, todavía en 1648, sus «Observaciones astrológicas o almanaque para el año 1649, por el que se conocerán los cambios del aire, asuntos del mundo y revoluciones más destacadas en Europa. calculado con toda diligencia siguiendo el cálculo de Thicho y Képler y de los mejores autores que han escrito sobre esta ciencia, por François Commelet, profesor de matemáticas, nativo de Bassigny. Con el almanaque del palacio para saber los días que la corte cesa de pleitear, cuándo entra… además de los domingos y fiestas de la Diócesis». Poco importa si estas predicciones presagien su fácil prudencia: Jean Petit, para 1642, se limita a declarar: «Ante el transcurso de este agradable año, no se hablará de guerra, ciudades tomadas por el enemigo, castillos y fortalezas arrasadas, falsos ruidos de paz, sinsabores amplificados por las partes contrarias…» Esta imprecisión no daña al éxito del género. A mediados de este siglo XVII, los almanaques constituyen uno de los mejores títulos de los vendedores: el catálogo de Nicolas Oudot no contiene menos de 13 títulos diferentes para el año 1672-1673.
La guerra entre editores y astrólogos es señal también de este éxito: los falsificadores son denunciados con aspereza, en nombre mismo de la reputación científica de la astrología. En 1665, Jean Blanchard hace preceder a su edición del consejo severo siguiente: «Te prevengo que desde tres años para acá un tal Landereau de la ciudad de Troyes, y Simmonot d’Autun, impresores, han sacado a luz una perdición general para 18 años bajo el nombre de Calendario que yo había mandado imprimir por la de. Simmonot el año 1643 y terminaba en el 1661. No obstante estos impresores no han cesado de hacerle circular otra vez a partir del año 1661, lo que es engañar a los que compran, no resultando verdaderas tales predicciones en manera alguna… Encima yo no te puedo asegurar la mayor parte de los almanaques que circulan en la actualidad bajo los nombres de Retondeur, de la Rivière, de Jean Petit e infinidades más son nombres supuestos de personas totalmente ignorantes en la ciencia de los Cielos, lo que conduce a despreciar a la gente de honor y a hacer pasar a la astrología por una ciencia enteramente ridícula».
Durante el siglo XVIII, la buena marcha de la fórmula no se desmiente: el almanaque anual se va imponiendo poco a poco sobre los otros dos tipos de calendarios, y su composición se modifica. La parte astrológica sigue imponiéndose, pero los consejos prácticos ganan terreno, recetas de señoras y remedios universales, mezclados con indicaciones sobre las ferias regionales. Lo mismo sucede con el Mathieu Laensberg, «El Doble almanaque de cada día», que prodigue su carrera durante el siglo XIX, a pesar de las protestas y lamentos de los hombres de ciencia: así Tissot, el célebre autor del Médico de los Pobres, que deploraba ya en 1740, «en los Almanaques esos cuentos ridículos, esas aventuras extraordinarias, esos consejos perniciosos de astrología que…no sirven para otra cosa que mantener la ignorancia, la credulidad, la superstición y los prejuicios más falsos sobre la salud, las enfermedades y los remedios». Con todo, Geneniève Bollème lo ha demostrado bien en su estudio sobre los Almanaques, el contenido de estos libritos se vuelve más histórico en el correr del siglo, evocando la actualidad política reciente o trayendo a colación «grandes fechas», de la historia nacional. Este movimiento que había comenzado a finales del reinado de Luis XIV y para la mayor gloria del Rey-Sol[1] se acentuó en el siglo siguiente llegando a adquirir el tinte de un relato anual durante la guerra de los Siete Años.
2. El fondo común: la astrología. Todas estas fórmulas de almanaques descansan en la explotación de las virtudes inagotables de la ciencia astrológica. Y sabemos con certeza hace largo tiempo que la astrología –mezclada con frecuencia con otras ciencias ocultas- causó furor en el mundo sabio del siglo XVI, y llegó a alcanzar medios más amplios cuando Enrique III, en 1579, debe prohibir la predicción política, y cuando María de Médicis instala en la Corte a todo un personal de astrólogos. Pero los calendarios del fondo de venta ambulante nos revelan que este gusto ha penetrado ampliamente en los medios populares: en efecto, la casi totalidad de estos libritos se nutre de esta ciencia.
Sirva la edición de 1633 del Abono de los pastores a título de ejemplo: desde las páginas del calendario , un cuarteto comenta de forma a veces sibilina los signos del cielo que dominan el mes: Acuario, Géminis, Cáncer, Piscis desfilan tanto en la imagen como en el texto; además, otro cuarteto, construido sobre las virtudes de los números, trata de las épocas de la vida. Más adelante, se presenta la anatomía del cuerpo humano por entero en función de los signos que dominan tales o cuales partes del cuerpo; las enfermedades relacionadas con las estaciones, las sangrías que varían según el signo de nacimiento y el momento del año, todo ello depende del mismo «conocimiento». A fortiori, las páginas dedicadas al los movimientos de los planetas y de los cielos, a las divisiones de la tierra. Hasta el aprisco propiamente dicho, canciones de los pastores, «dichos de los pájaros» no ofrecen rasgos astrológicos. Aquí y allá, estas consideraciones astrológicas van acompañadas de cálculos matemáticos que no se presentan con un gran lujo de detalles. Por lo menos su presencia, la referencia a las virtudes de los números pueden contribuir a reforzar el aspecto científico de estas explicaciones por la astrología. De hecho, en esta colección tan apreciada, apenas unas páginas escapan a esta influencia: la parte que se ocupa de la moral cristiana, jardín de las virtudes y árbol de los vicios, mandamientos, plegarias, oraciones. Y sin duda alguna esta sencilla yuxtaposición plantea un problema bastante difícil: toda la parte astrológica postula, al menos implícitamente, un verdadero determinismo astral, que no deja de comprometer, dado el caso, a los redactores; ya el gran abono del siglo XVI había tenido sus inconvenientes: cuando la descripción de los rasgos de fisonomía se vuelve contradictoria –la nariz chata indica bondad, y el mentón prominente maldad, por ejemplo- recomienda fiarse de los ojos. Pero ahí se detienen los escrúpulos: lo que el horóscopo deduce de la fecha de nacimiento, y lo que los rasgos demostrados a partir de las complexiones humanas conducen a afirmar una determinación sin remedio, eso no molesta a los redactores que fustigan algunas páginas después, sin vergüenza, avariciosos y lujuriosos. Claro está que un calendario no estaba hecho para leerlo en su totalidad, de un tirón…
Con todo ello esta pesada presencia de la astrología implica también otras significaciones: el calendario facilita a sus lectores una respuesta –ambigua, dudosa, a veces- a la pregunta, insistentemente planteada, del destino individual. Pero estos signos de los astros y de los rasgos de fisonomía no dejan lugar ni a las informaciones prácticas –durante largo tiempo- ni a la evocación del mundo o de los hombres. Los primeros calendarios, ni siquiera en las páginas del redil, apenas presentan otra cosa que la enumeración de los útiles del pastor: su hopalanda, su cayado, su navaja, y su dócil perro. Las coplillas que describen, al principio, los trabajos de cada mes son de una rara pobreza, la misma sobre los refranes que se conservan todavía hoy: en marzo, poda la viña; en noviembre ara tu campo. Nada que pueda ayudar a pastor o labrador a mejorar sus técnicas. Con mayor razón no se trata de describir los trabajos, ni siquiera los paisajes: los campos son hermosos, las praderas florecidas. Y no hay más. El silencio es mayor todavía con respecto a la sociedad: los pastores son los más felices de los mortales, dice su canción; más felices que los nobles en sus castillos, y los vendedores tras sus mostradores:
Se habla de grandes señoríos
De tener torres, palacios poderosos;
¿Hay alborozo mayor
que contemplar estos bellos campos?
….
¡Al cuerno la riqueza y la preocupación!
No existe vida tan plena
Que valga el estado de pastoreo.
No es gran cosa. En las páginas de la moral cristiana, la muerte que siega por todas partes asegura, en el «Refrán de los Fallecidos», que el Infierno recogerá de esta triste humanidad al menos las nueve décimas partes. Estos pastores, que son los más sabios del mundo, conceden pues al lector una representación del mundo bastante corta.
Ahora bien, el calendario tan estimado es un guía, nos dicen los sabios astrólogos: otorga un cuadro temporal preciso al año y prodiga consejos explotando la curiosidad de los hombres inquietos por su destino. A pesar de las contradicciones señaladas ya, el calendario de los vendedores ambulantes trasmite, por sí solo, toda una visión del mundo; de lectura difícil –ya que no incoherente a nuestros ojos- puede sin embargo parecer simple a quien no le exige la precisión y la lógica a las que estamos acostumbrados hoy. Ya que el determinante esencial sigue siendo la mecánica natural, celeste y terrestre a la vez, cuyos secretos son mal conocidos de los hombres –pero no imposibles de alcanzar. Todos estos repertorios, todas estas recetas de que están sembrados los almanaques no tienen otra finalidad que dar al lector curioso los elementos de esta ciencia del mundo en la que se contienen los secretos de todas las cosas y de todos los seres. Reconocerlos, revelarlos a fuerza de observación (o de cálculo), identificarlos, es siempre admitir que esta astrología es toda la ciencia, y que sus reglas determinan, y los movimientos de las cosas, y los destinos de los hombres; signos del Zodiaco, planetas de los días de la semana, signos anatómicos, es todo uno; por lo manos, un solo «conocimiento» en el sentido más amplio de la palabra.
Tal y como se perpetuaron y transformaron, loa almanaques de venta no dejaron de tener un gran éxito –mucho más allá del periodo a que nos circunscribimos. Michelet, al pensar en la educación popular en 1869, ni soñó siquiera en usarlo a este propósito: «En cuanto a los libritos, el Almanaque, incluido, sería un excelente medio de educación».






