Cuarto domingo de Adviento (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

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Author: Mario Yépez, C.M. .
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La pequeñez de Belén, la grandeza de Dios

Miqueas, profeta de Judá, denuncia las injusticias que vive el reino del Sur y propone la vuelta a los orígenes, aferrado al proyecto inicial de salvación de parte de Dios para Israel. Para ello, deja de lado la gloria de Jerusalén, e invita la mirada hacia la pequeña Belén de Efrata, allí donde luego de la desgracia de Noemí y la línea de descendencia truncada de Elimelec (libro de Rut), es cambiada por la providencia divina, en la continuación del linaje por Booz hacia la esperanza del «renuevo» del brote de Jesé: David el rey. Se vincula así, la esperanza mesiánica real, para los tiempos del profeta. Israel tiene que volver a ser un solo pueblo. Hay hermanos dispersos que necesitan ser reunidos bajo un solo cayado, el belemnita pastor acreditado por Dios. El evangelio de Mateo leyó este pasaje desde la clave del cumplimiento de la Escrituras en Jesús, el Hijo de Dios. Es la invitación para hacer realidad un «cambio de época», donde dejemos de insistir en nuestro proyecto de gobernar a nuestra manera nuestro mundo, con las decisiones incoherentes y perjudiciales para los hermanos, que solo sirven para separarnos más unos de otros. Hay que mirar con ojos de fe el proyecto de Dios, aquel inicial proyecto en donde podamos resaltar que no es por la gloria de nuestros intereses particulares por donde se nos puede asegurar la felicidad sino en la grandeza de un punto de inicio humilde y sencillo, desde la pequeñez del amor de Dios que es capaz de cambiar una realidad de tristeza y muerte en un signo de esperanza y alegría para todos.

La carta a los Hebreos, desde el paralelo de la liturgia sacrificial del Antiguo Testamento, ofrece una reflexión profunda y desafiante sobre el acontecimiento redentor de Cristo en favor de la humanidad. El poder de convencimiento en esta exhortación gira sobre el peso del ofrecimiento del propio cuerpo de Jesucristo que está por encima de todos los holocaustos y ofrendas juntas que podamos realizar para Dios. Para el autor de la carta a los Hebreos, no se busca contradecir la necesidad del creyente de expresar su culto religioso a Dios sino es invitado a descubrir la validez de una acción litúrgica plena y auténtica en el sacrificio redentor de Cristo y oriente así su propia vida como creyente como el mejor culto agradable a Dios. Cercanos a la manifestación del Dios hecho hombre, aquel misterio maravilloso de amor escondido en el rostro frágil de un niño, reflexionemos sobre nuestra valoración en torno a la liturgia de nuestra vida, la motivación por la que celebramos nuestra fe, el sentido de nuestras ofrendas y oblaciones. Cristo es la ofrenda de Dios para nosotros, ¿cómo lo entendemos? ¿cómo lo apreciamos? ¿qué ofrenda me exige entonces dar sino es mi propia vida?

Lucas en sus relato de la infancia, nos trae a la mente este encuentro maravilloso de dos mujeres que como en antiguo, han recibido el favor de Dios, han sido visitadas y en ellas se han confirmado la esperanza de que para Dios nada hay imposible. María ha recibido una revelación donde no solo se le ha anunciado que sería la madre de Jesús, el Hijo del Altísimo, sino que tiene un signo de confirmación en Elizabet, aquella mujer avanzada en sus días que cargaba con el estigma de no poder tener hijos, pero que ahora estaba esperando un hijo por el favor de Dios. La acción del Espíritu Santo entra a tallar en este encuentro suscitado por el saludo de María y el salto del niño en el vientre de Elizabet. La exclamación viva de Elizabet revela el misterio del amor de Dios en la pequeñez de su persona y la de su hijo en relación a María y en grado mayor a quien espera en su santo seno, Jesús. Por eso María es dichosa, porque ha creído todo lo revelado. Su sola presencia en aquella casa habla de la disponibilidad de una mujer que supo leer lo que le estaba ocurriendo. Este cuadro lucano es el encuentro de dos mujeres favorecidas y agradecidas por ello a Dios. Brota de una experiencia profunda de vida pero que se abre en una experiencia salvífica para toda la humanidad. ¿Cuántas veces hemos reflexionado sobre los éxitos en nuestra vida y los logros obtenidos desde un proyecto más grande que viene de parte de Dios? ¿En cuántas ocasiones hemos caído en la cuenta de que nuestras decisiones tienen repercusiones hondas en la vida de los demás y por ello podemos ser maravillosos puentes de la gracia de Dios para nuestros hermanos?

Próximos a prorrumpir cantos de alabanza a nuestro Dios por el nacimiento de Jesús, hagamos propósitos firmes de ser rostros encarnados de la gracia para nuestros hermanos. Compartamos júbilo, esperanza, fortaleza y hagamos que este mundo pueda poco a poco convencerse de que hay un plan mucho más grande y maravilloso que pude realmente hacernos felices a todos. «Despierta tu poder y ven a salvarnos», sí eso es lo que anhelamos y queremos. Vayamos preparando ese camino para que venga el poder de Dios, en el rostro de un pequeño niño, fuerza de Dios para todos.

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