Sólo por acceder a la apremiante petición del P. Cid. me atrevo a dar mi opinión sobre «los grandes problemas de la C.M. en este momento».
A manera de breve «status quaestionis», debo. ante todo, delimitar el alcance de mis apreciaciones, al área de la C.M. sobre la que tengo algún conocimiento: la América Latina. Luego, creo que se impone precisar el sentido de la palabra «problema», que en el contexto de la pregunta susodicha, reviste un significado diverso de los que le da el diccionario. Entiendo por «problemas» las dificultades que tiene la Comunidad para su subsistencia, actuación, progreso y realización en el mundo actual. La amplitud de la enumeración de los problemas, está restringida a cinco, por el mismo P. Cid.
1. Crisis vocacional
A mi juicio, el primero de la lista, por ser el más protuberante y grave para la mayoría de nuestras Provincias, sería la falta de vocaciones nativas, total o en número suficiente para sostener y continuar, al menos, las obras existentes.
Personalmente, no atribuyo esa falta de vocaciones, a que en determinados lugares haya carencia o ausencia de candidatos; es decir, que no se encuentren jóvenes potencialmente aptos y hasta con cierta vaga inclinación o simpatía hacia el sacerdocio. Esta hipótesis, repugnaría a la providente economía de Dios, respecto de su Iglesia.
Sin desconocer factores que inciden en el problema a escala universal, como la crisis de la Iglesia y el ambiente deletéreo de materialismo hedonista, hay otros que son propios de nuestra Congregación: se echa de menos una adecuada pastoral juvenil y vocacional. Entre las Provincias en las que la falta de vocaciones se hace sentir más agudamente, hay varias que tienen a su disposición un campo abierto, quizás ubérrimo y sin embargo completamente desperdiciado, para el cultivo vocacional: los colegios. De los 29 planteles educativos de la Congregación que visité en Hispanoamérica, en 23 no se hacía ningún tipo de pastoral vocacional y muy poca labor de pastoral juvenil. Los Padres actúan en ellos, más en función de profesores que de sacerdotes…
De las 105 parroquias que encuesté, en 90 no se realiza ninguna promoción vocacional (distinta del «Día o semana anual de las vocaciones» prescrita en algunas diócesis), y en 68 ni siquiera existe tipo alguno de apostolado juvenil.
¡Estas cifras son, por sí solas, bastante ilustrativas y desconcertantes…!
¿A qué se debe esa pasmosa indiferencia por el reclutamiento vocacional, ostensible en la gran mayoría de nosotros? La respuesta, indica otro de nuestros grandes problemas.
2. Falta de mística vicentina
Entendida como amor a la propia Congregación, entusiasmo por sus obras, contento y sentimiento de plena realización en el ejercicio del ministerio encomendado a cada uno.
Hay desconocimiento de la doctrina de S. Vicente y desinterés por refrescar o perfeccionar lo que se aprendió en el noviciado. Hay apatía o indiferencia con respecto a la Compañía, sus hombres y sus actividades; inconformidad, sentido de frustración, insatisfacción, respecto del género de vida que se lleva…
Lejos de mí, insinuar siquiera, que esta sea la tónica de la mayoría de los cohermanos en Iberoamérica. Pero sí es una realidad en un número de ellos que yo no podría concretar, pero que es suficiente para afectar el ambiente del conjunto.
¿Es concebible que una persona insatisfecha, amargada, frustrada, haga algo por atraer a otros, a abrazar una profesión en la que no se siente realizada en manera alguna? El primer requisito para poder hacer campaña vocacional, es sentirse uno estimulado a emprenderla, por la persuasión vivida de que el sacerdocio vicentino es la mejor manera de realizarse en esta vida, puesto que le brinda a uno la oportunidad y los medios de emplearla en el servicio del prójimo necesitado y desvalido.
Un sondeo sobre las posibles causas de la falta de mística vicentina, me lleva a relievar otros dos males que nos aquejan: la carencia de identificación vicentina y de vivencia espiritual.
3) Carencia de identificación vicentina
Quizás una de las razones de la falta de mística vicentina, estribe en el abandono gradual de las obras que hasta hace pocos años se tenían como específicas de la C.M.: las misiones y los seminarios. Los Vicentinos que estamos en edad madura, fuimos atraídos y educados con miras a la consecución de esos ideales. No ha podido menos de causar desconcierto en muchos, el comprobar que el ideal que los cautivó, ha desaparecido casi por completo del horizonte de sus aspiraciones. En lustros anteriores, la regencia de los seminarios era la obra principal en casi todas las Provincias latinoamericanas. Hoy apenas subsisten cinco seminarios menores diocesanos y dos mayores, en dos Provincias. Si uno se ha formado y preparado para la docencia, es explicable que se sienta desadaptado e inepto para el ministerio parroquial, que hoy constituye el campo de trabajo más frecuentado por la gran mayoría de nuestras Provincias.
Las misiones entre los pobres del campo o entre los indios, únicamente existen en cuatro Provincias de la CLAPVI y ocupan solo a 39 de los 738 miembros de la Confederación.
Esta carencia de identificación externa, nos está llevando a otra más grave: la falta de identificación interna, e.d., esa fisonomía espiritual, configurada por la práctica preferencial de las virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo y por una mentalidad o manera característica de pensar y de juzgar, bajo una perspectiva de fe, para reconocer y amar a Dios y para verlo y servirlo en el prójimo, especialmente en los pobres. En esto consiste, a mi entender, el espíritu vicentino. Y ese espíritu, en quienes lo tienen, se manifiesta necesariamente, en una manera típica (vicentina) de actuar, dirigida por aquella mentalidad e impregnada de las virtudes mencionadas.
Semejante tipo de identificación se puede lograr, gracias a la vigencia del espíritu vicentino, aún en ministerios (como las parroquias) comunes con otros obreros evangélicos. Pero desafortunadamente, hay cohermanos que no admiten esta posibilidad y rechazan todo conato de caracterización como Vicentinos. En Centroamérica, Puerto Rico y Colombia, algunos de los Padres con quienes tuve el gusto de dialogar, se lamentaron de que «el afán exagerado de relievar solamente lo eclesial y cristiano en sentido universal y la tendencia a asemejarnos en todo a los demás curas párrocos, nos ha hecho perder mucho de nuestro propio espíritu y desinteresamos de lo que es peculiarmente nuestro» (Circular nº 10, p.6). Para corroborar esta observación, aduje, en la misma circular, el testimonio de un grupo —muy minoritario, a Dios gracias—de cohermanos de seis Provincias, quienes manifestaron francamente su indiferencia o su repudio por lo tipicamente vicentino y concluyeron que el pertenecer a la C.M. no implica para ellos, nada más que un nexo jurídico, social y económico respecto de ella.
Ante esta realidad, aparece muy puesta en razón la queja que recogí en otras cuatro Provincias: «No tenemos o no manifestamos nada que nos identifique ante los externos como Vicentinos, ni nada que presentar a los jóvenes como para entusiasmarles a entrar en nuestra Compañía» (Circular N9 10, p.11). Esta aseveración nos descubre la relación que existe entre el primer problema v el que estoy comentando.
Y me amparo, una vez más, en la opinión de mis cohermanos, para señalar otra posible causa de la falta de mística vicentina.
4. La crisis de fe y de espíritu sobrenatural
«Nos falta coraje y compromiso para seguir el evangelio hasta sus últimas consecuencias… Nos hemos dejado contaminar del materialismo reinante en donde quiera y así, nos hemos aburguesado y buscamos las comodidades, el propio bienestar y el dinero que lo procura» (Circular nº 10, p. 10 y 13).
Siendo nuestra vocación a la C.M. «partícipe de la misión de Cristo» (Constituciones nº 6) y siendo el espíritu de nuestra Compañía «una participación en el espíritu del mismo Cristo» (Ib., nº 8), es evidente la relación que hay entre práctica evangélica y mística vicentina: toda merma o menoscabo en la primera, repercute y se manifiesta en la segunda; y redunda también en factor agravante de la escasez vocacional, puesto que si no proyectamos una imagen atrayente de auténticos seguidores de Cristo, no podremos interesar a la juventud de hoy, tan ansiosa de autenticidad, en ingresar a nuestras filas.
Una de las manifestaciones más patentes de la crisis de espíritu evangélico en nuestras Provincias, es la irrupción que en ellas ha hecho el individualismo disfrazado con la piadosa careta de «pluralismo posconciliar». La esencia del evangelio es la caridad, que impele a la unión, a la comunidad y es incompatible con el egoísmo, fuente del individualismo, que no vacilo en apuntar como el quinto gran problema de nuestra Congregación en América Latina.
5. Individualismo
Me apoyo para ello en la denuncia formulada por cohermanos de nueve Provincias, que confesaron «la entronización en ellas del individualismo, no sólo respecto de la vida espiritual (ha acabado con la piedad comunitaria o la ha reducido al mínimo) sino en los demás campos, impidiendo la mutua consulta, la comunicación de experiencias, el trabajo en equipo y la vida de familia«. (Circular nº 10, p.10).
A este propósito es sorprendente pero cierto, verificar cómo no sólo falta comunicación, ayuda recíproca y pastoral de conjunto, entre parroquias limítrofes, regentadas todas por hijos de S. Vicente, sino que, a veces, ni siquiera hay labor de equipo, entre quienes integran una misma comunidad local.
Uno de los efectos del individualismo disgregante, es la división que se nota en algunas Provincias, pocas ciertamente (3 la delataron), en bloques o «roscas» que agrupan a los de una misma nacionalidad, o a los que trabajan en el mismo ministerio, o han vivido en determinado país, o tienen alguna otra clase de afinidad, y los enfrentan abierta o soterradamente, a los demás, que, a su vez, buscan defensa en otra u otras coaliciones. Así se fomentan tensiones exasperantes y desastrosas, que llevan al desencanto de la vida de comunidad, a la esterilización de los esfuerzos apostólicos y a la agudización de la crisis vocacional, ya que es casi imposible que no trasciendan a los laicos las disensiones internas. Y de esta manera, se prueba una vez más, que existe una innegable interacción entre los diversos problemas enunciados.
Repito que sólo por tener que dar respuesta al P. Cid, he osado escribir sobre este tema. No ha sido mi intención hacer acusaciones; sería yo el menos autorizado moralmente para lanzar la primera piedra; y de hacerlo, me golpearía a mí más fuertemente que a ningún otro, por ser yo la primera víctima de los males que he diagnosticado… Solo he querido contribuir con el conocimiento, superficial sí, pero bastante comprensivo, que tengo de nuestras Provincias latinoamericanas, al fin que se propone el P. Cid: «Descubrir una problemática más realista y estimular una reflexión saludable en toda la Congregación» (Carta del 26-VIII-73).






