¿Cuáles son los grandes problemas de la Congregación de la Misión en este momento?

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

CREDITS
Author: Luis Jenaro Rojas Chaux, C.M. · Year of first publication: 1973 · Source: Boletín de la CLAPVI, Año 1, nº 1, septiembre de 1973.

El P. Emilio Cid hizo esta incómoda pregunta a cada uno de los miembros de la Comisión Pre­paratoria de la Asamblea General del 74.


Estimated Reading Time:

Sólo por acceder a la apremiante petición del P. Cid. me atrevo a dar mi opinión so­bre «los grandes problemas de la C.M. en este momento».

A manera de breve «status quaestionis», debo. ante todo, delimitar el alcance de  mis apreciaciones, al área de la C.M. sobre la que tengo algún conocimiento: la Amé­rica Latina. Luego, creo que se impone precisar el sentido de la palabra «proble­ma», que en el contexto de la pregunta susodicha, reviste un significado diverso de los que le da el diccionario. Entiendo por «problemas» las dificultades que tiene la Comunidad para su subsistencia, actuación, progreso y realización en el mundo actual. La amplitud de la enumera­ción de los problemas, está restringida a cinco, por el mismo P. Cid.

1. Crisis vocacional

A mi juicio, el primero de la lista, por ser el más protuberante y grave para la mayoría de nuestras Provincias, sería la falta de vocaciones nativas, total o en nú­mero suficiente para sostener y continuar, al menos, las obras existentes.

Personalmente, no atribuyo esa falta de vocaciones, a que en determinados lugares haya carencia o ausencia de candidatos; es decir, que no se encuentren jóvenes potencialmente aptos y hasta con cierta vaga inclinación o simpatía hacia el sacerdocio. Esta hipótesis, repugnaría a la providente economía de Dios, respecto de su Iglesia.

Sin desconocer factores que inciden en el problema a escala universal, como la cri­sis de la Iglesia y el ambiente deletéreo de materialismo hedonista, hay otros que son propios de nuestra Congregación: se echa de menos una adecuada pastoral ju­venil y vocacional. Entre las Provincias en las que la falta de vocaciones se hace sentir más agudamente, hay varias que tienen a su disposición un campo abierto, quizás ubérrimo y sin embargo completa­mente desperdiciado, para el cultivo voca­cional: los colegios. De los 29 planteles educativos de la Congregación que visité en Hispanoamérica, en 23 no se hacía nin­gún tipo de pastoral vocacional y muy po­ca labor de pastoral juvenil. Los Padres actúan en ellos, más en función de profe­sores que de sacerdotes…

De las 105 parroquias que encuesté, en 90 no se realiza ninguna promoción vocacio­nal (distinta del «Día o semana anual de las vocaciones» prescrita en algunas dió­cesis), y en 68 ni siquiera existe tipo algu­no de apostolado juvenil.

¡Estas cifras son, por sí solas, bastante ilustrativas y desconcertantes…!

¿A qué se debe esa pasmosa indiferen­cia por el reclutamiento vocacional, osten­sible en la gran mayoría de nosotros? La respuesta, indica otro de nuestros grandes problemas.

2. Falta de mística vicentina

Entendida como amor a la propia Con­gregación, entusiasmo por sus obras, con­tento y sentimiento de plena realización en el ejercicio del ministerio encomendado a cada uno.

Hay desconocimiento de la doctrina de S. Vicente y desinterés por refrescar o perfeccionar lo que se aprendió en el novicia­do. Hay apatía o indiferencia con respecto a la Compañía, sus hombres y sus activi­dades; inconformidad, sentido de frustra­ción, insatisfacción, respecto del género de vida que se lleva…

Lejos de mí, insinuar siquiera, que esta sea la tónica de la mayoría de los coher­manos en Iberoamérica. Pero sí es una realidad en un número de ellos que yo no podría concretar, pero que es suficiente para afectar el ambiente del conjunto.

¿Es concebible que una persona insatis­fecha, amargada, frustrada, haga algo por atraer a otros, a abrazar una profesión en la que no se siente realizada en mane­ra alguna? El primer requisito para poder hacer campaña vocacional, es sentirse uno estimulado a emprenderla, por la per­suasión vivida de que el sacerdocio vicen­tino es la mejor manera de realizarse en esta vida, puesto que le brinda a uno la oportunidad y los medios de emplearla en el servicio del prójimo necesitado y desvalido.

Un sondeo sobre las posibles causas de la falta de mística vicentina, me lleva a relievar otros dos males que nos aquejan: la carencia de identificación vicentina y de vivencia espiritual.

3) Carencia de identificación vicentina

Quizás una de las razones de la falta de mística vicentina, estribe en el abandono gradual de las obras que hasta hace pocos años se tenían como específicas de la C.M.: las misiones y los seminarios. Los Vicentinos que estamos en edad madura, fuimos atraídos y educados con miras a la consecución de esos ideales. No ha po­dido menos de causar desconcierto en mu­chos, el comprobar que el ideal que los cautivó, ha desaparecido casi por comple­to del horizonte de sus aspiraciones. En lustros anteriores, la regencia de los se­minarios era la obra principal en casi to­das las Provincias latinoamericanas. Hoy apenas subsisten cinco seminarios meno­res diocesanos y dos mayores, en dos Pro­vincias. Si uno se ha formado y preparado para la docencia, es explicable que se sien­ta desadaptado e inepto para el ministerio parroquial, que hoy constituye el campo de trabajo más frecuentado por la gran ma­yoría de nuestras Provincias.

Las misiones entre los pobres del campo o entre los indios, únicamente existen en cuatro Provincias de la CLAPVI y ocupan solo a 39 de los 738 miembros de la Confederación.

Esta carencia de identificación externa, nos está llevando a otra más grave: la falta de identificación interna, e.d., esa fi­sonomía espiritual, configurada por la práctica preferencial de las virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, mor­tificación y celo y por una mentalidad o manera característica de pensar y de juz­gar, bajo una perspectiva de fe, para re­conocer y amar a Dios y para verlo y servirlo en el prójimo, especialmente en los pobres. En esto consiste, a mi enten­der, el espíritu vicentino. Y ese espíritu, en quienes lo tienen, se manifiesta necesa­riamente, en una manera típica (vicenti­na) de actuar, dirigida por aquella men­talidad e impregnada de las virtudes men­cionadas.

Semejante tipo de identificación se pue­de lograr, gracias a la vigencia del espí­ritu vicentino, aún en ministerios (como las parroquias) comunes con otros obre­ros evangélicos. Pero desafortunadamen­te, hay cohermanos que no admiten esta posibilidad y rechazan todo conato de ca­racterización como Vicentinos. En Cen­troamérica, Puerto Rico y Colombia, al­gunos de los Padres con quienes tuve el gusto de dialogar, se lamentaron de que «el afán exagerado de relievar solamente lo eclesial y cristiano en sentido universal y la tendencia a asemejarnos en todo a los demás curas párrocos, nos ha hecho perder mucho de nuestro propio espíritu y desinteresamos de lo que es peculiarmente nuestro» (Circular nº 10, p.6). Pa­ra corroborar esta observación, aduje, en la misma circular, el testimonio de un grupo —muy minoritario, a Dios gracias—de cohermanos de seis Provincias, quienes manifestaron francamente su indiferencia o su repudio por lo tipicamente vicentino y concluyeron que el pertenecer a la C.M. no implica para ellos, nada más que un nexo jurídico, social y económico respecto de ella.

Ante esta realidad, aparece muy puesta en razón la queja que recogí en otras cua­tro Provincias: «No tenemos o no mani­festamos nada que nos identifique ante los externos como Vicentinos, ni nada que pre­sentar a los jóvenes como para entusias­marles a entrar en nuestra Compañía» (Circular N9 10, p.11). Esta aseveración nos descubre la relación que existe entre el primer problema v el que estoy comen­tando.

Y me amparo, una vez más, en la opi­nión de mis cohermanos, para señalar otra posible causa de la falta de mística vi­centina.

4. La crisis de fe y de espíritu sobrenatural

«Nos falta coraje y compromiso para se­guir el evangelio hasta sus últimas conse­cuencias… Nos hemos dejado contaminar del materialismo reinante en donde quiera y así, nos hemos aburguesado y buscamos las comodidades, el propio bienestar y el dinero que lo procura» (Circular nº 10, p. 10 y 13).

Siendo nuestra vocación a la C.M. «par­tícipe de la misión de Cristo» (Constitu­ciones nº 6) y siendo el espíritu de nues­tra Compañía «una participación en el es­píritu del mismo Cristo» (Ib., nº 8), es evidente la relación que hay entre práctica evangélica y mística vicentina: toda mer­ma o menoscabo en la primera, repercute y se manifiesta en la segunda; y redunda también en factor agravante de la escasez vocacional, puesto que si no proyectamos una imagen atrayente de auténticos segui­dores de Cristo, no podremos interesar a la juventud de hoy, tan ansiosa de auten­ticidad, en ingresar a nuestras filas.

Una de las manifestaciones más paten­tes de la crisis de espíritu evangélico en nuestras Provincias, es la irrupción que en ellas ha hecho el individualismo disfra­zado con la piadosa careta de «pluralismo posconciliar». La esencia del evangelio es la caridad, que impele a la unión, a la co­munidad y es incompatible con el egoís­mo, fuente del individualismo, que no va­cilo en apuntar como el quinto gran pro­blema de nuestra Congregación en Amé­rica Latina.

5. Individualismo

Me apoyo para ello en la denuncia for­mulada por cohermanos de nueve Provin­cias, que confesaron «la entronización en ellas del individualismo, no sólo respecto de la vida espiritual (ha acabado con la piedad comunitaria o la ha reducido al mí­nimo) sino en los demás campos, impi­diendo la mutua consulta, la comunicación de experiencias, el trabajo en equipo y la vida de familia«. (Circular nº 10, p.10).

A este propósito es sorprendente pero cierto, verificar cómo no sólo falta comu­nicación, ayuda recíproca y pastoral de conjunto, entre parroquias limítrofes, re­gentadas todas por hijos de S. Vicente, sino que, a veces, ni siquiera hay labor de equipo, entre quienes integran una mis­ma comunidad local.

Uno de los efectos del individualismo disgregante, es la división que se nota en algunas Provincias, pocas ciertamente (3 la delataron), en bloques o «roscas» que agrupan a los de una misma nacio­nalidad, o a los que trabajan en el mismo ministerio, o han vivido en determinado país, o tienen alguna otra clase de afini­dad, y los enfrentan abierta o soterradamente, a los demás, que, a su vez, buscan defensa en otra u otras coaliciones. Así se fomentan tensiones exasperantes y de­sastrosas, que llevan al desencanto de la vida de comunidad, a la esterilización de los esfuerzos apostólicos y a la agudización de la crisis vocacional, ya que es casi im­posible que no trasciendan a los laicos las disensiones internas. Y de esta manera, se prueba una vez más, que existe una innegable interacción entre los diversos problemas enunciados.

Repito que sólo por tener que dar res­puesta al P. Cid, he osado escribir sobre este tema. No ha sido mi intención hacer acusaciones; sería yo el menos autorizado moralmente para lanzar la primera pie­dra; y de hacerlo, me golpearía a mí más fuertemente que a ningún otro, por ser yo la primera víctima de los males que he diagnosticado… Solo he querido contri­buir con el conocimiento, superficial sí, pero bastante comprensivo, que tengo de nuestras Provincias latinoamericanas, al fin que se propone el P. Cid: «Descubrir una problemática más realista y estimular una reflexión saludable en toda la Con­gregación» (Carta del 26-VIII-73).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *