Crónica de la Casa de Figueras (1936-1939)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Jaime Vanrell · Year of first publication: 1940 · Source: Anales Barcelona.
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msoD44B0Correspondiendo a la invitación para que escriba la crónica de esta Casa, intentaré consignar algunas notas solamente, porque los detalles son tan numerosos que, si se escribieran, resultaría interminable.

Mirada retrospectiva. — Esta Casa, en su pequeñez, estaba en estado floreciente dentro de los límites de su fundación y aun más allá de estos límites, cuando se desataron las furias de la revolución y de la guerra, que hemos sufrido. Los que recuerden siquiera en confuso, las descripciones de las crónicas anteriores, se darán perfecta cuenta de lo que acabo de afirmar. Gracias a Dios, se atendía con esmero a los ancianos del Asilo, a la Escuela nocturna y a la Capilla de Nuestra Señora de los Desamparados; y asimismo era abundante la predicación en los pueblos, y varias las tandas de ejercicios al clero que se daban cada año, además del retiro mensual, que se tenía regularmente.

Nuestro ministerio cerca del clero nos sirvió para darle a co­nocer ampliamente la obra de las Misiones, tal como la da la Congregación. Algunos la conocían ya; los más, no. Gustóles sobremanera, y eran varios los párrocos que ya la habían pedido, y otros estaban para hacerlo. La primera se había de predicar en La Junquera. Estaban ya impresos los carteles de propaganda y demás, y a punto de colocarse aquéllos, cuando el funesto resul­tado de las elecciones de febrero del 36 vino a tronchar nuestras esperanzas. Se creyó prudente suspenderlas. Después se vivió cons­tantemente en zozobra, por lo cual se fueron difiriendo hasta… que llegó lo que se preveía: la revolución y la guerra.

¿Qué pasó luego? Ahí van algunas noticias de lo que he recordado y de lo que he visto.

El Personal. — A principios de julio de 1936 constituíamos esta Comunidad los Sres. Juan Puig (e. p. d.), Mateo Coll, Pablo Cortés, el H. Jaime Vidal y el que suscribe.

Por secretos designios de la divina Providencia cuatro de los cinco individuos mencionados pasamos a Palma de Mallorca, en la primera quincena de julio, amablemente invitados para asistir a las fiestas del bicentenario de aquella Casa: los Sres. Coll, Cor­tés, el H. Vidal y el subscrito. De ello se valió Dios para salvar nuestras vidas. El Sr. Puig quedóse con el Sr. Vicente Queralt (e. p. d.), venido de Barcelona para predicar el panegírico de San Vicente y suplir a los ausentes; quienes con la ayuda de un sacerdote externo quedaron encargados de los ministerios de esta fundación.

Estallada la revolución, el Sr. Queralt pudo marchar a Barce­lona, donde en noviembre, si mal no recuerdo, fue preso por los esbirros de la F. A. I., no habiéndose sabido nada más de él. El Sr. Puig logró pasar desapercibido los primeros días de la revo­lución, mezclado con los ancianos del Asilo y vestido como uno de ellos. Pero el 5 de agosto fue detenido y conducido al castillo de San Fernando de ésta, donde permaneció, sufriendo toda suerte de vejámenes, hasta que el 13 de octubre del mismo año fue vilmente asesinado por los enemigos de Dios y de la Patria. El sa­cerdote externo, que les ayudaba, se salvó en ésta.

Arrancado el Principado de Cataluña de las garras de los rojo-separatistas por las invictas tropas nacionales, pudimos volver a nuestra amada Casa; pero la santa obediencia dispuso que sólo dos de los ausentes volviéramos destinados a ella: los Sres. Con y el que subscribe. Los otros dos, Sr. Pablo Cortés y el H. Vidal recibieron nuevo destino.

El Sr. Coll fue el primero en arribar a ésta el día 28 de obrero, después de atravesar con mil dificultades todo el territorio catalán desde Lérida, en donde se encontraba enviado por el señor Visitador, en espera de la liberación, hasta aquí. Siguióle el que subscribe, quien llegó el 5 de abril. Posteriormente, el día 19 de agosto agregóse a esta Comunidad el Sr. Vicente Enrich, que reci­bió este nuevo destino. A estos tres se reducen los componentes actuales de esta minúscula Comunidad. Quiera Dios aumentarla pronto, pues la mies es mucha y los operarios poquísimos.

No obstante sus nuevos destinos, tanto el Sr. Cortés, como el H. Vidal, tuvieron la fineza de volver a esta Casa en septiembre pasado para contemplar el estado lamentable en que quedó después de la guerra y despedirse personal y cariñosamente de los que, hasta principios de julio de 1936, habíamos sido sus compa­ñeros de trabajo y de perlas y alegrías. Permanecieron con nosotros algunos días.

Debo hacer especial mención de la visita que el Sr. Visitador nos hizo a primeros de septiembre para arreglar algunas dificulta­des surgidas con el cambio de casas. Que Dios se lo pague.

La Casa. — Indudablemente, Figueras fue una de las ciuda­des que más sufrieron los efectos desastrosos del vendaval de la revolución y de la guerra, sobre todo de ésta. Muchos edificios, particularmente de nuestro barrio, quedaron convertidos en infor­mes montones de ruinas, con todo o en parte. Entre los últimos hay que contar desgraciadamente este Asilo Vilallonga, así el departa­mento de las Hermanas y ancianos, como nuestra residencia. Una bomba hundió toda la parte central de aquél, y otra derribó una parte notable de la fachada principal y del edificio de ésta, desde el terrado hasta el suelo. Y no fue esto todo, sino que en la parte que quedó en pie, echó una serie de tabiques, resquebrajó otros, astilló puertas y ventanas, hundió parte del tejado, y, en fin, lo dejó en tal estado que, a nuestra llegada, tanto el Sr. Coll como yo, tuvimos que alojarnos en casas particulares, caritativamente ofrecidas, por no haber ni un solo aposento habitable. Además de esto, faltaban todos los muebles, ropa de cama, etc.; pues los rojos cargaron con todo, sin dejar ni un libro para muestra.

El Sr. Coll, poco después de llegado, empezó la tarea del desescombro, la cual continué yo por espacio de muchas semanas. Terminado el de nuestra residencia, se dió principio al del depar­tamento de los ancianos; pues éstos y las Hermanas que habían permanecido aquí en calidad de empleadas, en total cinco, habían sido trasladados por los rojos a una hacienda llamada Palol, situada a 15 kilómetros, en donde estuvieron hasta fines de junio, y, claro, nada podían hacer por el Asilo a tal distancia y dadas las dificultades de comunicación, que eran grandes. Efectuaron el desescombro prisioneros llegados de Francia.

Mientras tanto, con obreros de la ciudad, se fueron preparando algunos aposentos, en nuestra residencia, de los que habían sufrido menos, se amueblaron con muebles de recuperación, y en ellos nos trasladamos, el Sr. Coll y yo, el día 27 de marzo.

Terminado el desescombro general, empezóse la reconstrucción del departamento de las Hermanas y ancianos, con la venia de la Junta del Asilo, y amable y desinteresadamente secundados por el entonces Comandante Militar de ésta, Coronel don José M. del Campo y Tabernilla, a quien el Asilo debe eterna gratitud.

Para ello, el mencionado Sr. Coronel puso a nuestra disposi­ción algunos materiales de construcción y diez prisioneros de un batallón de trabajadores, cuyo número aumentó poco después a veinte, substituyéndolos más tarde, sucesivamente por prisioneros llegados de la vecina República. Con su ayuda las obras fueron adelantando con bastante rapidez, de modo que el 24 de junio las Hermanas y ancianos que habían quedado con vida, pues muchos a causa de las dificultades de alimentación y demás sufrimientos habían pagado tributo a la muerte, pudieron trasladarse a su antigua Casa.

Bastante adelantada ya la reconstrucción susodicha, pudo darse comienzo a la de nuestra residencia, el 11 de septiembre, con igual clase de obreros y con la ayuda del mencionado Comandante Mi­litar. Esta va bastante adelantada. Están levantadas la pared de la fachada y los pisos hasta el terrado, cuyas obras han tenido que suspenderse a causa de las heladas y por falta de material en tiempo oportuno. También se han reconstruido ya varios tabi­ques, la parte del tejado que se había caído, la balaustrada del terrado, etc. Pero es mucho todavía lo que queda por hacer, sobre todo en el interior del edificio. Quiera el Sagrado Corazón de Jesús concedernos que todo pueda llevarse a feliz término.

La iglesia. — Esta es la que menos sufrió los efectos de la guerra, aunque sí soportó notablemente los de la devastación van­dálica de los rojos, quienes no dejaron ni imagen, ni altar, ni ningún símbolo religioso visible, convirtiéndola en depósito de víveres. Por lo mismo que no había sufrido los desastres de la guerra y estaba en buen estado de conservación fue la primera que se rehabilitó y reconcilió para el culto. En ella se estableció, la Parroquia, cuyo templo había sido derruido en gran parte, desde los últimos días de febrero, y permaneció hasta el día de Cristo Rey, 29 de octubre.

En defecto de nuestra iglesia, se ha atendido y se atiende aún a la capellanía de San Baudilio, antigua ermita situada en las afueras de la población, cuando Figueras era mucho más pequeña; posteriormente capilla del hospital, que se construyó a su lado, hoy en ruinas por efecto de la guerra; y actualmente enclavada en el casco de la ciudad, aproximadamente en su centro. El Pa­dre Coll es el que está encargado de ella, supliéndole los otros Padres cuando su deber lo llama a otras- partes.

Mientras tanto, valiéndonos de obreros de la clase susodicha, dedicamos nuestra atención y cuidado a nuestra iglesia a medida de lo posible. Se construyó un sencillo altar de madera, en substi­tución del mayor que había antes, que era de mármol; el antiguo comulgatorio, encontrado entre un montón de hierros acumulados por los rojos en el patio del hospital, volvió a ocupar su lugar, aunque algo mutilado; se rehizo la pintura de los muros en el presbiterio y en el resto de la capilla, y, en fin, prescindiendo de una serie de cosas de menos importancia, se instaló un nuevo Viacrucis, obsequio de la Sra. Rosa, viuda de Garriga, el día 22 de octubre. Actualmente tenemos encargada una imagen de la Milagrosa, de tamaño natural, y a punto de encargarse otra de Jesús Crucificado y también otra de Nuestra Señora de los Des­amparados, titular de la iglesia. Quiera la Reina de los cielos dis­pensarnos su omnipotente protección.

De nuevo en posesión de nuestra iglesia desde el 29 de octu­bre, se ha continuado su culto con más extensión e intensidad que antes, cual lo requieren las actuales circunstancias, sin olvidar ni omitir los otros fines de esta Casa, si se exceptúan la Escuela nocturna y el ministerio cerca del clero; pues, como se deduce de lo expuesto, el edificio no está aún en condiciones para estas obras, viéndonos precisados a dar una dolorosa negativa a los muchos sacerdotes que nos piden los demás ejercicios.

Se han celebrado con la solemnidad que permitían las circuns­tancias las fiestas de la Milagrosa y de Navidad. Para ésta el Pa­dre Coll preparó para cantar a un conjunto de pueblo, llamémoslo así, compuesto de señoritas, niños y los prisioneros que trabajan en esta Casa, (a quienes en días anteriores dio un curso de confe­rencias sobre asuntos religiosos), el cual llamó poderosamente la atención del numeroso público que llenaba la iglesia, por la ple­nitud y justeza con que cantaban.. Las señoritas y los niños can­taron la Misa, y los prisioneros, variados y populares villancicos. Los últimos no acertaban a salir de su asombro al verse rodeados de gente piadosa y cantando en una iglesia. ¡Ellos! ¡Los que fue­ron rojos y que continúan con un color bastante subido! Sin embargo, se sentían bien impresionados y contentos, así por el buen resultado de sus cantos, como por el turrón, copas y puros con que se les obsequió después de la Misa del Gallo. Quiera Dios que este grato recuerdo perdure en sus corazones y que sea semilla de conversiones sinceras.

La predicación ha sido abundante. Además de las explicacio­nes que se hacen en todas las Misas los domingos, el P. Coll, des­tinado especialmente a la predicación foránea, ha salido a bastan­tes pueblos y ha tomado parte en algunas misiones.

Mirada adelante. — Esta fundación, por su situación y otras circunstancias, es prometedora. El campo, extenso, y las necesida­des, muchas. Podrían darse ejercicios espirituales, no sólo a los sacerdotes, sino también a los seglares. Las misiones llenarían un vacío desolador. Quizá de pocas regiones pueda decirse tanto como de ésta, que los pueblos están hambrientos y que no hay quien les suministre el pan de la verdad. Solamente faltan operarios y un local más amplio para ejercicios. ¿No podrán conseguirse? A no dudarlo, esta fundación sería entonces una de las mejores de nuestra provincia, Dígnese la divina Providencia guiamos con sus luces y su gracia, a fin de que se logre lo uno y lo otro, si ha de ser para mayor gloria suya y provecho de las almas.

Jaime Vanrell, C. M.

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