Criterios para discernir el Espíritu

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Año publicación original: 1983 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1983.
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¿Cómo pueden las Hijas de la Caridad saber si viven verdaderamente del espíritu de su vocación? ¿Con qué medios pueden contar para intensificar y renovar constantemente en ellas ese espíritu?

San Vicente les da tres consignas fundamentales:

  • Vividlo.
  • Cobrad nuevas fuerzas…
  • Manteneos en estado de conversión permanente.

A.- Vivid

Sin duda,

«es de la mayor importancia que las Hijas de la Caridad sepan en qué consiste este espíritu, tanto como lo es para una persona que quiere hacer un viaje saber el camino por donde se va al lugar al que quiere dirigirse» (C. IX, 582).

Pero San Vicente sabe mejor que nadie que las cosas del espíritu se aprenden mucho más viviéndolas que haciendo disertaciones sobre ellas. El Amor no puede reducirse a una ecuación algebráica; se expresa, se prue­ba, se da, se entrega. La experiencia —en el sentido más rico de la pala­bra— es en este caso el criterio más seguro:

«El primer amor es afectivo y el segundo efectivo. Ahora bien, hijas mías, hay que tener esos dos amores.

El espíritu de la Compañía de las pobres Hijas de la Caridad consiste en esas dos clases de amor, hacia Dios v también hacia el prójimo, empezando por las propias Hermanas; consiste también en la humil­dad y en la sencillez, de tal suerte que una Hermana es verdadera Hija de la Caridad cuando posee esas virtudes.

Por el contrario, si veis una Hermana que no tiene caridad, una Her­mana vanidosa, astuta, cautelosa, esa no es Hija de la Caridad» (C. IX, 599).

San Vicente remite, pues, a las Hermanas a sus propias convicciones; convicciones que se traslucen de una manera concreta en su comporta­miento:

«Una Hija de la Caridad que no tiene espíritu de Caridad está muerta; vive, sí, con vida animal, pero su vida sobrenatural está muerta.

¡Ah! ¡cuánto agrada a Dios una Hermana que trabaja por adquirir esas virtudes! A esa Hermana, Él la ama, se complace en ella, es como un hermoso sol a sus ojos; se la muestra a los bienaventurados y a las Hermanas que están ya en el Cielo.

Ahora, pues, mis queridas Hermanas, tomemos la resolución de per­feccionarnos, cueste lo que cueste y digámonos cada día: quiero ser caritativa humilde y sencilla» (C. IX, 606).

B.- Cobrad nuevas fuerzas

Para ello, no hay mejor medio que acudir a la fuente, a la verdadera fuente. ¿Dónde está?

1) El Señor es esa fuente

Ya hemos visto la insistencia con que San Vicente nos dice que Dios es el único Autor de la Compañía, y por lo tanto, también la fuente de su espíritu:

«Si hay algo que tengamos que pedir a Dios, es nuestro espíritu; ya os lo decía últimamente, porque es la vida de nuestra alma. Pedídselo a Dios, Hermanas mías, en la oración, en todas vuestras plegarias, lo más a menudo que podáis» (Ibid.).

De hecho, el Fundador había dicho ya en la conferencia anterior:

«Podríais hacerme esta objeción: ‘Señor, está muy bien lo que dice usted, pero ¿qué medios tenemos para adquirir ese espíritu y con­servarlo’?

Hermanas, os recomiendo dos cosas: la primera, que lo pidáis todos los días a Dios en la oración de la mañana, en la Santa Misa, a me­diodía, a lo largo del día, sobre todo al empezar las acciones princi­pales, diciéndoos a vosotras mismas: ‘¿hago esta acción por caridad, por amor de Dios? o ¿la hago porque me place, por vana compla­cencia?'» (C. IX, 596).

Y nos encontramos en esta conferencia con una expresión semejante a la que San Vicente había ya empleado diez años antes cuando habló sobre las buenas aldeanas; lo que no deja de ser significativo:

«Ahora bien, Hermanas mías, os ruego que recordéis esto, porque si alguna vez se os ha hecho una conferencia provechosa, es ésta.

Si algo hay en el mundo que tengáis que pedir a Dios, es indudable­mente vuestro espíritu; y si tenéis que entregaros a Dios para algún fin, es para éste.

Que este espíritu se trasluzca siempre en vosotras, cuando vais y venís; que se vea siempre en vosotras el espíritu de caridad, de humildad y de una gran sencillez; que no uses nunca de astucias. Si vivís en ese espíritu, queridas Hermanas ¡ah! ¡qué feliz será la Caridad, cómo la honraréis, cómo se multiplicará!» (C. IX, 607).

2) Hay que volver a las fuentes

Los Fundadores solían evocar con frecuencia el recuerdo de las pri­meras Hermanas, con el fin de que siguiera ‘manando’ el mismo espíritu:

«Una cosa que puede serviros de mucho es el recordar las virtudes —que fueron grandes— de las Hermanas difuntas; v no dudo de que entre ellas haya varias santas; en vuestras Hermanas difuntas en­contraréis las señales del verdadero espíritu de las Hijas de la Caridad. Imaginaos cómo eran, lo que hicieron, y excitaos a imitarlas» (C. II, 585).

Por eso, también solía San Vicente hacer con alguna frecuencia el relato de los orígenes de la Compañía.

«Porque no estabais todas (la última vez), volveré a repetirlo.»

Y siempre que esto hacía, ponía especial empeño en hacer resaltar la figura de Margarita Naseau. En este año del 350′ aniversario del naci­miento de la Compañía, es cierto que nada más sugestivo podremos en­contrar que esos breves relatos de los comienzos de nuestra familia espi­ritual y ese retrato de la pastora de Suresnes, así como las dos confe­rencias sobre las virtudes de Luisa de Marillac.

San Vicente no dejaba de hacer referencia a las jóvenes campesinas:

«Al haberse Dios dirigido a una pobre muchacha del campo, es que quiere que la Compañía esté formada por buenas jóvenes de aldea. Si las hay así en las ciudades, tanto mejor: debéis pensar que es Dios quien las atrae; pero si viniesen jóvenes de buena posición entre vosotras, sería de temer que fuera para perdición de la Compañía, a no ser que tuviesen el espíritu de las jóvenes aldeanas, porque podría ser que Dios se lo otorgara. Si acudieran entre vosotras señoritas o señoras, habría que temer y probarlas bien antes, para cerciorarse de que era el espíritu de Dios quien las traía» (C. IX, 602).

3) «Es importante que no toméis consejo sino de personas que pueden dároslo debidamente y a las que Dios haya comunicado vuestro espíritu»

Esta frase del 2 de febrero de 1653, expresa una de las convicciones más firmes de San Vicente. Ya sabemos a qué se debía: una vez más, a que Dios se había servido de él para instituir algo completamente nuevo y original en la Iglesia; si se llegara a perder de vista ese carácter especí­fico; si se llegara a perder el verdadero espíritu, sería no coincidir ya con designio de Dios y privar a la Iglesia y a los pobres del don que El les ha hecho.

Sobre todo, no vayamos a creer que palabras como éstas que estamos recordando, no son ya de actualidad, aun cuando requieran hay alguna explicación para ser debidamente comprendidas:

«Dejad de lado la grandeza de las estimadlas mucho, pero no busquéis su trato, no porque no sea bueno y aun excelente, sino porque su espíritu, que con el trato se os podía comunicar, no os conviene a vosotras. Esto es cierto tanto de los religiosos como de las religiosas. No debas dirigiros nunca ni a unos ni a otras en vuestras necesidades porque debéis temer esa participación en un espíritu que no sería el que Dios ha dado a vuestra Compañía. Y ¿cómo podríais recibir consejo de una persona religiosa cuya vida es del todo diferente a la vuestra y que, de ordinario, no podría aconsejaros sino dentro de la línea de su propio espíritu y de sus máximas?

Por eso, Hermanas mías, en nombre de Dios, no busquéis su trato, además de que no podéis hacerlo sin causar perjuicio al servicio a los pobres o a los niños, que os necesitan a todas las horas, ya sea porque vais a verlos a sus casas o porque preparáis en la vuestra lo que ellos necesitan» (C. IX, 584).

Y entonces cuenta San Vicente cómo llegó a inducir a dos Hermanas que se lo pedían a que renunciaran a asistir a una ceremonia de profesión en la Visitación. Lo hizo, por lo demás, con una gran delicadeza, de tal manera que Santa Luisa, en su manuscrito de esta conferencia, no puede por menos de añadir su propio comentario:

«Las Hijas de la Caridad deben advertir la humildad y deferencia de nuestro muy Honorable Padre al contestar a las Hermanas.»

Es que, en verdad, San Vicente encarnaba el espíritu de que con tanto fervor hablaba, y esto nos ayuda a comprender la perseverancia que puso Santa Luisa en pedir lo que al fin obtuvo: que la Compañía permaneciese siempre bajo su dirección y la de sus sucesores, los Superiores generales de la Congregación de la Misión.

4) La «Regla de Vida»

San Vicente gustaba de establecer reglamentos para sus diversas funda­ciones. Atento a la experiencia, empezaba por reglamentos muy sucintos en los que ya revelaba, de hecho, intuiciones que el tiempo no haría sino confirmar. Poco a poco los iba concretando y perfeccionando a la luz de esa misma experiencia. Las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad y sus Reglas Particulares fueron el fruto de una admirable colaboración entre él y Santa Luisa.

Parten de la vida y se orientan completamente hacia la vida; no tenían más que una finalidad: mantener a las Hermanas en una estricta fidelidad al designio de Dios sobre ellas y al espíritu que debía animarlas, dándoles para ello los medios más adecuados.

No es, pues, sorprendente que los Fundadores hayan insistido tanto en este punto. Poseemos numerosas conferencias dedicadas a la explica­ción de los reglamentos o de las reglas, que constituyen una de las can­teras más ricas a las que podemos y debemos ir a extraer su pensamiento. Y con el mismo espíritu estamos obligados a recurrir de continuo a nues­tra «Regla de vida» para impregnarnos de ella.

C. Manteneos en estado de conversión permanente

Lo que acabamos de decir acerca de «la Regla de vida» vale exactamente también para los «exámenes de conciencia», a los que ella nos invita todos los días y aun varias veces al día, ya sea sobre un punto particular sobre el que nos damos cuenta de que Dios nos interpela, ya sobre el con­junto de nuestra conducta interior y exterior. Hemos de permanecer siem­pre alerta, hemos de saber cuestionarnos y dejar que otros nos cuestionen, con el solo deseo de responder con fidelidad creciente a las llamadas del Señor.

Una dimensión tan importante y tan fundamental de nuestra vocación como es la de su espíritu, no puede dejar de ser el objeto constante de ese cuestionarnos. San Vicente insiste en ello varias veces en las tres Conferencias que dio sobre «el espíritu de la Compañía», en febrero de 1653:

«El segundo medio es vivir debidamente dentro del espíritu de una verdadera Hija de la Caridad y que, por la noche, al hacer el exa­men de conciencia, veáis si habéis obrado de conformidad con vues­tro espíritu: ‘¿He hecho hoy mis acciones en espíritu de caridad?’ ¿No las he hecho por orgullo? ¿No he usado de doblez'», dice el 9 de febrero.

El 24 vuelve a insistir, puntualizando que el examen de conciencia debe abarcar tanto lo positivo como lo negativo:

«Examinaos todos los días para ver si habéis tenido cuidado en prac­ticar esas virtudes. Preguntaos con frecuencia vosotras mismas: ‘¿he hecho actos de caridad, de humildad y de sencillez?’ Y si advertir que habéis hecho alguno, dad gracias a Dios, Hermanas, porque El quiere que se lo agradezcamos. Pero si os dais cuenta de que habéis faltado, ¡ah! Hermanas, entonces haced penitencia para, así, ayudaros a levantaros con más facilidad de esas faltas, gracias al castigo que vosotras mismas os impongáis.»

Se trata, pues, como vemos, de un estado o de una actitud de con­versión permanente. Hoy se habla mucho de ello. Y a ello nos invitan de manera más apremiante el Año Santo y el Sínodo sobre la Reconcilia­ción; tanto a nivel individual, como a nivel comunitario y de revisión de vida.

En seguimiento de Jesucristo, tenemos que pasar, continuamente y cada vez más, a una vida nueva y pertenecerle siempre más y mejor para poder entregarnos a lo que quiere de nosotros. A una Hermana que, tras oír las palabras de San Vicente, se había acusado con mucha sencillez de una falta, él le respondió:

«¡Ah Dios mío! ¡bendito seáis, Vos que permitís que nuestras faltas nos proporcionen ocasión para practicar la virtud de la santa humildad! ¡Oh falta feliz!, queridas Hermanas. ¡Oh qué felices seremos si nues­tras faltas nos hacen encontrar a Dios!» (C. IX, 608).

 

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