Cristo nos enseña a orar

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1983 · Fuente: CEME.
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jesus-orandoUna vez estaba él orando en cierto lugar; al terminar, uno de sus discípulos le pidió: Señor, enséñanos una oración, como Juan les enseñó a sus discípulos». (Lc. 11,1).

«Cristo el Señor permanecía en íntima unión con el Pa­dre, cuya voluntad buscaba en la oración. Esa voluntad fue la razón suprema de su vida, de su misión y de su oblación por la salvación del mundo. Enseñó igualmente a sus discípulos a orar con ese mismo espíritu siempre y sin desfallecer». (C 40,1).

A Jesús en el Evangelio casi siempre le encontra­mos en oración, en diálogo con el Padre, cuya voluntad prefería por encima de todas las cosas. La oración es parte sustancial de la vida de Jesús. Todo orante encuentra en este divino modelo el ejemplo supremo de entrega amorosa al Padre, que nos descubre su ternura. y amor precisamente en la oración.

1. «Su continuo y principal ejercicio era la oración».

Los maestros más experimentados en la práctica de la oración aprendieron a orar, al lado de Jesús, con la ayuda del Espíritu. Entre estos hombres privilegiados, con experiencia alta de oración, se encuentra San Vicente, que dice de Jesús:

«Nuestro Señor era un hombre de grandísima ora-ión; desde sus primeros años se apartaba de la Santí­sima Virgen y de San José para hacer oración a Dios, tu Padre. Durante toda su vida de trabajo era siempre puntual y fiel en hacerla. Se le veía ir expresamente a Jerusalén, se aislaba de sus discípulos para orar, y no se retiraba al desierto nada más que para eso. ¡Cuántas reces se echaba al suelo con la faz en la tierra. ¡Con cuánta humildad se presentaba a Dios, su Padre, car­gado con los pecados de los hombres! Finalmente, hizo oración hasta verse agotado por el ayuno al que quiso sujetarse. Su continuo y principal ejercicio era la ora­ción. La noche de su pasión, se separó una vez más de sus discípulos para orar, y se dice que se retiró al huer­to, a donde iba con frecuencia a hacer oración y allí la hizo con tanto fervor, con tanta devoción, que su cuer­po, por los esfuerzos que hacía, sudó sangre y agua». (IX 380).

2. «La voluntad del eterno Padre».

Jesús no tenía otro alimento que hacer la voluntad del Padre, con quien permanecía en íntima unión. Cuan­to procedía de Jesús, eran actos de amor al Padre. Así, la oración continua expresa de los Misioneros no ha de buscar otro objetivo que la voluntad de Dios:

«El amor al Padre conducía a Jesús al cumplimiento de su voluntad: Salvador mío, estabas animado de ese deseo inmenso e incomparable de que todas las criatu­ras hiciesen la voluntad de Dios; por eso pusiste en la oración dominical: Fiat voluntas tua, hágase tu volun­tad. Esa fue la oración que enseñaste a tus discípulos; es lo que quisiste que todos los hombres pidieran e hi­ciesen. ¿Qué? La voluntad del Padre Eterno. ¿Dónde? En la tierra como en el cielo. ¿Cómo? Como la hacen los ángeles y santos: con prontitud, en todo, de forma constante, amorosamente». (XI 449).

3. «La gran lección del Hijo de Dios».

El descubrimiento de la voluntad de Dios ha de tra­ducirse, según San Vicente, en una actitud disponible e indiferente para hacer lo que Dios quiere de nosotros:

«Santificados en Cristo y enviados al mundo, inten­taremos buscar en la oración los signos de la voluntad divina e imitar su disponibilidad, juzgando en todo con­forme a su sentir. Así el Espíritu Santo convierte nuestra vida en oblación espiritual y nos hacemos más aptos para participar en la misión de Cristo». (C 40, 2).

«Porque esta es la gran lección del Hijo de Dios; v los que se muestran dóciles a ella y la afianzan en su corazón, son los primeros de la clase de este divino maestro. Yo no sé que haya nada más santo ni de ma­yor perfección que esta resignación, cuando llega uno a un total desprendimiento de sí mismo y a una verdadera indiferencia ante toda clase de estados, de cualquier for­ma que se nos haya puesto en ellos, excepto el pecado. Insistamos, pues, en esto y pidámosle a Dios que nos conceda la gracia de permanecer constantemente en esta indiferencia». (XI 738).

  • ¿El ejemplo de Jesús, en oración, buscando la voluntad del Padre, sostiene mi oración personal?
  • ¿Busco, ante todo, en la oración saber y enten­der el amor que Dios me tiene?
  • ¿Salgo de la oración más decidido a hacer la voluntad de Dios?

Oración:

«¡Oh Salvador Jesucristo! Yo te suplico que repartas cn abundancia el don de la oración, para que por su cono­cimiento, puedan todos adquirir tu amor. Dánoslo, Dios mío, Tú que has sido durante toda tu vida un hombre de oración, que la hiciste desde tus primeros años, que continuaste siempre y que, finalmente, te preparaste por la oración a enfrentarte con la muerte. Danos este don sa­grado, para que por él podamos defendernos de las tentaciones y permanecer fieles en el servicio que esperas de nosotros». (IX 391).

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