Crisis, ¿Un final por escribir? Causas, consecuencias y salida a una crisis de sistema

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Benjamín Bastida · Year of first publication: 2011 · Source: Fundación Lluís Espinal - Cristianisme i Justícia.

Este cuaderno también es fruto de las reflexiones hechas en el marco del "Seminario social" de CiJ durante el curso 2009-2010, en el cual participa­ron: Josep Miralles, Salvador Busquets, Enric Barlett, Benjamín Bastida, Alfons Calderón, Carles Comas, Elvira Durán, José Ignacio González Faus, Llorenç Puig, Luis Sols, Oscar Mateos, Montserrat García, Ignacio Beltrán, Nani Vall-llosera, Josep F. Mària, Ramón Vallés, Teo Mellén, Eduardo Rojo, Santi Torres, Toni Comín y Joan Travé. El seminario también contó con las aportaciones puntuales de: Miren Etxezarreta, Gabriel Pérez-Alcalá y Alfredo Pastor. Las opiniones del autor de este cuaderno no reflejan nece­sariamente la de los participantes en el Seminario. Benjamín Bastida, catedrático de política económica en la Universidad de Barcelona. Miembro del GATE (Grupo de Análisis de la Transición Económica). Miembro del equipo de Cristianisme i Justícia.


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Introducción

Los que podríamos denominar aldeanos globales llevamos tres o cua­tro años instalados en la crisis más grave desde la recesión de 1929. Cuatro años si comenzamos a contar desde 2007, año de los primeros sobresaltos de las hipotecas basura, y tres desde el 2008, cuando aflo­raron las estafas financieras en Estados Unidos y la consecuente cade­na de quiebras y el desplome de las Bolsas.

A lo largo de este período hemos oído hablar de la necesidad de reanimar la demanda a la manera keynesiana con ayudas ingentes a las instituciones fi­nancieras, buscando que éstas reanuda­ran la concesión de créditos. Hubo tam­bién un cierto gasto del Estado en infraestructuras y se produjo un período de «brotes verdes», expresión ésta más propia de la poética y de la botánica que de la economía, (a la manera de Antonio Machado: «con la lluvia de abril y el sol de mayo…»). Sin embargo, en la casa común europea desde hace un año «se acabó la fiesta» y se cerró el paréntesis del gasto estatal. Ahora lo urgente es la corrección del déficit (sin preguntar quién lo causó) imponiendo para ello,

más que reducción, un recorte drástico del gasto que afecta directamente al es­tado de bienestar.

Mientras tanto, el empleo no se re­cupera. Y en la llamada casa común, unos se sientan a la mesa mientras otros han de fregar los platos… o pagar los platos rotos.

Este rápido relato –del derrumbe, de la tímida recuperación gracias a la in­tervención del gasto público, y de los re­cortes drásticos del mismo amenazando la recuperación–, merece una reflexión sobre la crisis que atraviesa nuestra al­dea global. ¿Cómo se ha originado? ¿Cómo afecta a los aldeanos? ¿Qué ocu­rre con estas salidas que parecen con­tradictorias? ¿Hay salida a la crisis?

Aclarando términos…

Comencemos por lo más elemental, ¿qué es una crisis?

Crisis, la palabra parece simple, pero se trata de un concepto lleno de matices. Por una parte, en una mezcla de realismo y optimismo, crisis remite a riesgo y oportunidad. El ideograma chino, por ejemplo, dibuja esta situación. Al revisar situaciones semejantes en el pasado, algunos autores consideran que esas crisis fueron producidas por factores de innovación, como un momento en que la sociedad es sacudida por un elemento exógeno (o, a veces, endógeno), y reacciona ante esa sacudida. Esta reacción puede manifestarse en el nacimiento de iniciativas empresariales, de productos nuevos, de organización diferente del proceso productivo…

Otra consideración bastante difundida a propósito de las crisis juega de algún modo con el concepto mismo de crisis como juicio crítico. Y consiste en pensar que, gracias al «cedazo» de la crisis, las empresas o actividades «sanas» superan el juicio, mientras que las «enfermas» no lo superan. De este modo, la sociedad en su conjunto queda saneada, se convierte en una sociedad más eficiente y capaz de progresar.

Ambas consideraciones son claramente parciales y posiblemente demasiado optimistas. ¿Cuántas personas se benefician? ¿Cuántas empeoran sus condiciones con la crisis? La perspectiva macroeconómica no debería hacer olvidar la cantidad de infortunios que las crisis pueden llegar a generar. En definitiva, hay que preguntarse para quién es una oportunidad.

Y estas reflexiones nos conducen a otra consideración que no conviene olvidar: los efectos de la crisis son asimétricos. No todos padecen de igual manera las consecuencias de la crisis, y esto resulta hoy tan obvio que parece innecesario subrayarlo. Sin embargo es un aspecto que se olvida fácilmente, incluso podría pensarse que se olvida intencionadamente a la hora de analizar los efectos de la crisis y proponer soluciones.

He subrayado la palabra «intencionadamente», para poner de relieve las intenciones. En efecto, si al proponer análisis y soluciones se piensa en general, sin señalar la diferencia de los efectos sobre los distintos grupos sociales, parece que simplemente, con abrir de nuevo el crédito, ya estamos ante los brotes verdes para todos. Sin embargo, otra vez la cuestión es a quién han aprovechado esas ayudas públicas que acabaremos pagando todos. Esa es la cuestión que intencionadamente se oculta casi siempre.

De las definiciones al análisis

Algo parecido ocurre a la hora, no de definir, sino de caracterizar la crisis actual. Los análisis de la situación de la economía mundial coinciden en señalar a la crisis financiera como elemento determinante. A finales de 2008 se hablaba de una triple crisis: alimentaria, energética y financiera. Pero esta última parece haber absorbido a las otras dos (al menos, en el discurso). Sea lo que sea de aquellas, habría que añadir además la crisis industrial: cierre en cadena de empresas, aumento del desempleo… No obstante, al menos en mi opinión, no se

trata de crisis diferentes que han coinci­dido por casualidad en el tiempo, sino de efectos de algún mecanismo econó­mico interno, consecuencias derivadas de alguna causa socioeconómica laten­te. A la hora de intentar identificar la causa latente de la crisis, no existe una­nimidad entre los analistas. Así pues, preguntamos ¿dónde situar la raíz de la actual crisis, financiera, industrial, ali­mentaria, energética…?

A todos estos aspectos intentaremos dar cabida en este cuaderno, articulán­dolo en tres capítulos:

1) Origen, causas y explicación de la crisis:S ¿Por qué y cómo ha estallado la crisis?

2) Efectos, consecuencias de la cri­sis: ¿Dónde estamos?

3) Estrategias para superar la crisis: ¿Hay salida o adaptación?

1. Origen, causas y explicaciones de la crisis

Es importante determinar con acierto cuál es esa causa latente a la que acabamos de referirnos. Equivale a buscar la explicación satisfactoria de la crisis y de su extensión. Es importante porque las estrategias y propuestas para superarla estarán naturalmente relacionadas con el diagnóstico y la etiología de la misma. Si no se acierta en el diagnósti­co, la salida de la crisis será sólo temporal o incluso puede convertirse en contraproducente.

Abordamos el tema en dos partes: 1) En la primera se trata de agrupar y clasificar las explicaciones que la literatura económica convencional ha ofrecido y sigue ofreciendo a propósito de la crisis. 2) En la segun­da, supuesta la insuficiencia de estas explicaciones, trataremos de poner de relieve los elementos estructurales, sistémicos, que conducen necesariamente a una crisis tras otra en las economías occidentales. Muchos autores se refieren al carácter cíclico de la economía (las sem­piternas vacas gordas y vacas flacas del sueño del Faraón). Sin embar­go, no puede uno quedar satisfecho con esta explicación (¡así es la economía!) que es pura tautología si no se busca la causa latente bajo el fenómeno del ciclo.

1. Explicaciones convencionales de la crisis

En un recorrido que tratará de avanzar en capacidad interpretativa –desde des­cripciones superficiales a análisis más sustantivos– intentaremos recoger las explicaciones más difundidas por los medios y también por publicaciones de carácter científico. Simplificando y aun corriendo el riesgo de pecar de arbitra­riedad, estas explicaciones pueden cla­sificarse en tres tipos.

1.1. Crisis de confianza

Según estas explicaciones la crisis se origina por la falta de confianza en la marcha futura de la economía. Por una parte se presentan hechos que manifiestan esta desconfianza, por otra tratan de encontrarse las razones que la justifican. Este tipo de argumentario tuvo un gran predicamento en la primera fase de la crisis, pero hoy ya no se recurre a ella con la misma frecuencia si no es para explicar la lentitud de la recuperación: se dice que los agentes sociales, cada uno en su papel (como empresarios o consumidores) no atisban horizontes claros y prefieren esperar para tomar decisiones de inversión o consumo. Por otra parte esta explicación se adecua a los hechos que se producían en octubre de 2008.

1. 1. 1. Datos

La evolución de la Bolsa de valores era por entonces el hecho más analizado: derrumbe general, todos venden, nadie compra, nadie cree en esos activos financieros. Comparando con anteriores fases de caídas en la Bolsa pueden observarse dos rasgos específicos de esta caída de octubre de 2008: 1) fue más rápida y más profunda: en una semana el desplome reduce a menos de la mitad el valor de los activos financieros; 2) y mucho más general en términos de valores y plazas financieras afectadas, ocurre simultáneamente en todas las plazas: Londres, Tokio, Nueva York… (ver gráfico 1).

A esta caída de la Bolsa, considerada como una confirmación de la crisis global, se le unieron en seguida otras malas noticias: graves dificultades en la mayoría de las instituciones financieras en todos los países, con situaciones próximas a la quiebra en bastantes casos; descalabros de algunas grandes aseguradoras y grupos financieros (AIG, Lehman Brothers, Merrill Lynch, etc.) en el corazón del sistema; elevación de los tipos del interés interbancario (si es que puede encontrarse algún banco que se atreva a prestar a un colega); recurso perentorio a las autoridades monetarias para que acudiesen en auxilio del sistema financiero y aseguramiento de los depositantes a fin de que no retirasen de inmediato los depósitos, etc.

1.1.2. Explicación

La razón que se aduce para explicar es­ta situación es el descenso agudo, pro­fundo, pero sobre todo, brusco, de la li­quidez de la economía, es decir, de la cantidad de recursos utilizables como medios de pago a nivel nacional y mun­dial. Se produce entonces una serie de efectos encadenados, una especie de efecto dominó o espiral (unos arrastran a otros, pero al mismo tiempo se causan retroalimentaciones). Las malas noticias generan desconfianza en los agentes económicos y esta desconfianza agrava la situación y genera, como bola de nie­ve, nuevas y peores noticias: quiebras en el sector inmobiliario, reducción drástica de los préstamos bancarios, di­ficultades y cierres de pequeñas y me­dianas empresas, aumento acelerado del desempleo, caída de la demanda sol­vente y cierre de más empresas.

¿Qué fue primero el huevo o la ga­llina? ¿Fue la mala noticia de la falta de crédito, de las debacles financieras, la que generó desconfianza, o fue precisa­mente la extensión –casi pandemia– de la falta de confianza la que restó liqui­dez (restó valor a los activos financie­ros) y causó la debacle?

1.2. Gasto excesivo

Otro grupo de explicaciones podría sin­tetizarse en la frase «todo exceso con­lleva una resaca». En la etapa inmedia­tamente anterior al estallido de la crisis se había producido un alegre descontrol del gasto, la sociedad había vivido por encima de sus posibilidades («hemos vivido por encima de nuestras posibili­dades», se decía). Este descontrol comporta la necesidad de un ajuste, doloro­so pero absolutamente necesario e im­prorrogable.

1.2.1. Datos

Como datos constatables, ahí están las cifras de consumo, de ventas de auto­móviles y viviendas. Basta recordar que, en ese período de pretendida bo­nanza, la economía española crece a un ritmo superior al de la mayoría del los países de la Unión Europea. Este ritmo de crecimiento se debe al comporta­miento de la demanda interna, sobre to­do demanda de consumo de bienes du­raderos –las ventas de automóviles conocen récords– y lo mismo podría de­cirse de la adquisición de viviendas. A los que advertían del peligro de la bur­buja inmobiliaria (ritmos de construc­ción y precios al alza) se les contestaba desde la otra parte: «si se pagan estos precios, si todas se venden, es que exis­te una demanda solvente … «. ¿Respon­día a una necesidad o era especulación? ¿Todos los casos eran iguales? ¿Cómo se financiaba este ritmo de consumo?

Aquellas cifras de consumo, el cre­cimiento de los precios de la vivienda y sobre todo la magnitud del endeuda­miento de los hogares en España, en re­lación con la renta disponible debían ha­ber hecho saltar las señales de alarma. En 1998 el endeudamiento de los hoga­res en España representaba poco más del 60% de la renta disponible. En el 2005 pasa del 100%, en el 2006 llega al 120% y en el 2007 casi alcanza el 140%. No sólo la magnitud de estas cifras es relevante, sino también el ritmo de au­mento del endeudamiento respecto a la renta disponible.

1.2.2. Explicación

Lo datos son claros pero, ¿corroboran la explicación de la crisis como «crisis de ajuste» después del descontrol? Más que de una explicación estamos ante una descripción que no va a las raíces o al núcleo del problema. Describe, en efecto, lo que pasaba pero no aclara por qué estaba pasando. Dos comentarios pueden ayudar a profundizar en las cau­sas de la crisis.

Por encima de nuestras posibilidades

¿Qué significa vivir por encima de nuestras posibilidades? ¿Todos hemos vivido por encima de nuestras posibili­dades? Esta interpretación de la crisis sugiere una acusación y genera un sen­timiento de culpabilidad general. Pero también da pie a la sospecha de que pre­cisamente se intenta explicar la crisis de esta manera para justificar el duro ajus­te actual.

En efecto, la afirmación «hemos vivido por encima de nuestras posibili­dades» es ambigua. El concepto de «po­sibilidad» es difuso. Si alguien, una per­sona, una familia, tiene posibilidades de obtener un crédito en condiciones favo­rables ¿gasta por encima de sus posibi­lidades? Podría entenderse que la frase se refiere a «posibilidades razonables». Entonces la ambigüedad se traslada al criterio de «razonabilidad». La posibi­lidad razonable se mide de acuerdo a determinados parámetros: coste de los recursos, estabilidad de los flujos de renta, mantenimiento o revalorización del stock de riqueza establecida como garantía del préstamo; previsiones de futuro –incertidumbre y riesgos– que establecen o deberían establecer profe­sionalmente los especialistas en estas materias.

A posteriori resulta fácil señalar los errores de apreciación y cargarlos a la sociedad en su conjunto («hemos vivi­do…», etc.). Pero ello no debería ser ex­cusa para no señalar a los responsables más directos, los profesionales del sec­tor, y analizar los incentivos de su com­portamiento (por ejemplo, presiones pa­ra realizar más operaciones en vez de mejores operaciones).

Además convendría analizar si el desajuste ha sido igual para todos. Su­pongamos que nos ponemos de acuerdo en la idea de que ha existido un desa­juste social en el gasto. Pero no todos se han desajustado en las mismas canti­dades ni por los mismos motivos. La observación de los distintos comporta­mientos individuales, o de grupos socia­les diversos, da lugar a la constatación de contrastes y paradojas.

En efecto, si nos colocamos en una perspectiva sociológica, se han desa­justado más los que han vivido dentro de sus posibilidades, pues su renta dis­ponible, procedente de sus elevados sueldos y de sus negocios o su especu­lación, equivale a 500 o 700 veces la media social. Han gastado socialmente mucho, pero como particulares podían hacerlo.

En cambio, existe una mayoría so­cial –la que se ha visto más afectada por la crisis– cuyo comportamiento indivi­dual corrobora aquella explicación: han vivido por encima de sus posibilidades, y ahora no pueden pagar las cuotas de devolución de los préstamos hipotecarios y están estrangulados por las deu­das.

Pero, desde una perspectiva social ¿puede decirse que se habían desajusta­do? La verdad es que buena parte de sus aspiraciones eran «socialmente justas», no «desajustadas»: se han endeudado a veinte o treinta años para conseguir una vivienda, aunque individualmente han errado sus previsiones de futuro.

Es cierto que eso que los economis­tas llaman «efecto demostración» tam­bién ha jugado un papel empujando a muchos a vivir por encima de sus posi­bilidades individuales. El efecto demos­tración consiste, en pocas palabras, en el deseo de «vivir como el vecino». Y si el vecino es el que se mete en casa a tra­vés de la noticia y el anuncio de la tele, es posible que el resultado pueda juz­garse como «optimismo inconsciente». Está claro que cada uno es responsable de sus decisiones, pero estas decisiones muchas veces son favorecidas por un determinado tipo de sociedad, de incen­tivos y de propaganda.

Añado un detalle: los últimos años han sido como una borrachera de gasto y consumo. Después de la borrachera viene la resaca. Es éste un comentario muy generalizado al respecto, que pue­de resumir la precedente argumenta­ción. Pero apostillo: lo que está pasan­do es que unos se han ido de copas y otros son los que padecen la resaca.

Un desenfreno inducido

Un segundo comentario se refiere al ori­gen del gasto descontrolado. La falta de control ¿se ha debido a un desenfreno espontáneo, o más bien ha sido un desenfreno inducido, o incluso correspon­de a la lógica del funcionamiento eco­nómico en nuestras sociedades? Lo cierto es que el descontrol ha sido indu­cido de múltiples formas, aunque, repe­timos, no se trata de restar importancia a la responsabilidad personal. Al efecto demostración, ya citado, hay que añadir la publicidad, las ofertas de financiación o los bajos tipos de interés. Y no podía ser de otra forma. La lógica de la eco­nomía de mercado demanda la produc­ción simultánea de bienes y servicios y de consumidores o compradores com­pulsivos para esos bienes y servicios que de otra manera se convertirían en mercancías para el almacén. El período previo al estallido de la crisis es buena muestra de esta dinámica.

1.3. Falta de regulación

Un tercer grupo de explicaciones de la crisis hace referencia a la falta o a la in­suficiencia de regulación financiera. Los últimos treinta años se caracterizan por la puesta en marcha de políticas de liberalización y desregulación y donde ha habido más presiones para desregu­lar es en el ámbito financiero. Las crisis recurrentes en el período –la crisis de la deuda en Latinoamérica, la crisis del Sudeste asiático, la de Rusia, la burbuja tecnológica– no han aportado prudencia financiera y mejora en las instituciones reguladoras sino todo lo contrario. Pa­rece que el remedio frente a la crisis sea avanzar en los procesos de liberaliza­ción y desregulación acompañados de suaves medidas de supervisión enco­mendadas a auditorías poco indepen­dientes de sus auditadas, como se ha venido demostrando en casos bien so­nados.

1.3.1. Consecuencias de la falta de regulación

La desregulación ha impulsado proce­sos de creación de activos financieros y de entidades que escapan al control de las autoridades monetarias. Cuando és­tas intentan establecer alguna regla­mentación, la postura de los grandes grupos financieros es doble, por una parte, la protesta justificada teórica­mente contra la excesiva regulación que incrementa los costes y resta flexibili­dad y eficiencia en el proceso de fi­nanciación de la economía real. Por otra, la creación de nuevos instrumen­tos financieros que escapan de aquella supervisión.

Se crean oportunidades para enor­mes ganancias pero, al mismo tiempo, los riesgos de inestabilidad crecen de forma exponencial. Llega el caso que incluso el presidente de uno de esos grandes grupos financieros, George Soros, después de haberse aprovechado durante años de una libertad irrestricta en el movimiento de capitales, expresa­ba hace ya diez años, la preocupación por la inestabilidad financiera mundial (a la que él mismo había contribuido) al aparecer cada vez más agentes y más instrumentos desregulados.

El origen de la crisis, según este gru­po de explicaciones, ha residido en esa insuficiencia de control o en los fallos de supervisión. Aquí cabría referirse a fenómenos con supuesta capacidad ex­plicativa de la crisis, como los paraísos fiscales, el comportamiento oportunista
de determinados dirigentes o de deter­minadas instituciones, los gastos y re­muneraciones millonarias de directivos y consejeros o los resultados de la inge­niería financiera. Un hecho significati­vo es que el mérito o demérito de una empresa –sobre todo en los casos en que suministra energía o servicios públi­cos– se mida preferentemente por su valor en bolsa frente a la calidad del ser­vicio o la contribución social (por ejem­plo, la creación de puestos de trabajo). Valor en bolsa que puede ir ligado a la capacidad para repartir dividendos o a otras habilidades financieras: fusio­nes, adquisiciones, OPA’s, etc. que ha­gan aumentar los movimientos de ad­quisición y por tanto, el precio de las acciones de la compañía en cuestión.

1.3.2. Remedios

La estrategia lógica para superar la cri­sis derivada de esta explicación consis­tiría en la intervención del Estado en un triple aspecto. Primero, para aplicar las correcciones adecuadas –hasta el juicio y la penalización– a las entidades o agentes responsables de los desfalcos fi­nancieros. Segundo, para rescatar o re­mediar la situación de entidades o fa­milias afectadas por aquellos desfalcos (adquisición de «activos tóxicos», ase­guramiento de depósitos, aplazamiento de los pagos por hipotecas…). Tercero y principal, intervención Estatal para res­tablecer y mejorar la regulación finan­ciera.

En este punto se puede comprobar la existencia de dos posturas enfrentadas:

a) Quienes proponen que esta inter­vención estatal sea un paréntesis en la historia de la economía de cada país pa­ra devolver lo antes posible al mercado las funciones de asignación y distribu­ción de recursos financieros.

b) Los que señalan la necesidad de una supervisión y regulación perma­nente por parte del Estado o de alguna autoridad supranacional. 1.4. Conclusión

Las explicaciones de la crisis recogidas hasta aquí tienen un carácter más des­criptivo que interpretativo. Ciertamente son descripciones de lo ocurrido y, en este sentido, no son explicaciones fal­sas, pero son incompletas en cuanto no van a la raíz originaria de la crisis.

2. Explicación de la crtisis en versión completa

Conviene, por tanto, dar paso a una ex­plicación que vaya más a fondo en la de­terminación de las causas de la situación de crisis. Con esta finalidad se proponen dos argumentaciones que van a referir­se a las características definitorias del sistema de economía de mercado (o sis­tema económico capitalista si no utiliza­mos eufemismos).

La primera destaca que los desequi­librios se generan casi necesariamente a partir del proceso de creación y dis­tribución de la producción y la renta en las economías capitalistas. La segunda subraya cómo la lógica y el motor del sistema capitalista comporta una evolu­ción hacia el dominio del capital finan­ciero, hacia la burbuja y hacia la crisis global.

2.1. Los desequilibrios estructurales del proceso

Esta primera explicación estructural de las causas de la crisis se inscribe en la línea de pensamiento de Kalecki. Veá­mosla.

En forma simplificada puede repre­sentarse el proceso de producción con un esquema según el cual, en el conjun­to de empresas, entre capital (K) y tra­bajo (L) dan lugar a la producción (P) de muy diversos bienes y servicios: bienes de consumo necesario, bienes de consumo de lujo y bienes de inversión (es decir, máquinas, instalaciones, etc.). Esta producción (P) en forma de renta (Y) (o mediante la renta de los factores si se prefiere) se distribuye después en­tre los citados factores de producción.

Una parte de esta renta (Y) la cons­tituyen los salarios (W) que los traba­jadores destinan a la adquisición de bienes de consumo necesario para su subsistencia. La otra parte la constituyen los beneficios capitalistas (B) que se des­tinan a la adquisición de bienes de con­sumo necesario para la subsistencia, pe­ro también de bienes de consumo de lujo y de bienes de inversión (o de equipo).

Pues bien, el sistema estará en equilibrio solamente si se cumple la condición de que la distribución de la renta permita adquirir la producción de cada uno de los diferentes tipos de bienes. El equilibrio se romperá fácilmente si, por ejemplo, se procede a una disminución de costes de producción vía congelación o reducción salarial, pues entonces los bienes de consumo necesario (normal) no podrán ser adquiridos en su totalidad. En caso contrario, si los salarios crecen «en demasía» (por presiones sindicales o por otra causa) con disminución de los beneficios empresariales podrá haber bienes de equipo, (máquinas, naves industriales, medios de transporte…) que, en esa circunstancia, no podrán ser adquiridos por los empresarios y se convertirán en inventario, en stocks invendibles de las empresas que los han producido.

2. 1. 1. Descripción

Esta presentación es muy esquemática. Un economista convencional diría que los desequilibrios citados se superarán vía precios. Eso es muy fácil diseñarlo y establecerlo en un texto académico pero es mucho más difícil trasladarlo al mundo real. ¿Por qué? Pues porque los procesos de producción en términos reales están lejos de ser flexibles (al menos en el sentido expuesto): el factor tiempo y el factor especificidad de la producción juegan en contra.

En efecto, según estos economistas convencionales, ¿cuál sería el camino para recuperar el equilibrio? Simplemente, aquellos bienes y servicios que no encontrasen comprador bajarían de precio, y dejaría de ser rentable producirlos. En cambio, aquellos que se echasen de menos aumentarían sus precios y el esfuerzo productivo se dirigiría hacia ellos. Otra forma de reequilibrio sería la modificación de las retribuciones –de la participación en el pastel de la producción– con posibles efectos sobre la inflación.

Las dificultades para llevar a la realidad los procesos descritos en teoría son claras. Por una parte, cambiar los procesos productivos requiere tiempo; y por otra parte, no es fácil transformar un proceso de producción de un producto específico en otro capaz de producir otro producto distinto. El capital físico específico es bastante rígido en la mayor parte de los casos. Ahí tenemos, como un ejemplo, la incapacidad para definir el nuevo modelo productivo español para salir de la crisis.

Además, en el mundo real de los últimos treinta años lo único que se ha generado simultáneamente han sido tendencias a la baja de los salarios y aumentos de la producción de determinados productos manufacturados, es decir, la dinámica ha acentuado una contradicción estructural: reducción salarial y necesidad de consumo de masas. Si la contradicción no se ha manifestado antes ha sido por estas dos razones:

a) Primero por la exportación, la búsqueda y penetración de nuevos mercados. Pero ésta es una solución temporal, incluso desde la pura teoría. Pues su duración se ve limitada por el agotamiento de las áreas a las que exportar (en el supuesto de que en ellas la demanda sea solvente); y ese agotamiento se acelera con la globalización, cuando todos pretenden lo mismo.

b) La segunda y principal razón que ha retrasado la explosión de la contra­dicción ha sido el desarrollo masivo del crédito al consumo. Para ello, ha sido necesario un enorme desarrollo de mé­todos e instituciones financieras que permitieran –e incluso incentivaran– el endeudamiento individual y familiar, tratando de afrontar así la contradicción entre la reducción salarial y la produc­ción-consumo masiva.

La dimensión global del desarrollo del sistema financiero internacional ha permitido la transferencia de fondos desde países con excedentes financie­ros hacia países con altos niveles de en­deudamiento. Este hecho posibilita en­deudamientos mayores y retrasa la emergencia de las contradicciones. Pero conduce a que los riesgos sean ahora globales y los contagios mucho más probables.

2.1.2. Análisis

Hasta aquí una aproximación al proce­so de producción-distribución en térmi­nos muy agregados. Si, trascendiendo esta aproximación general «salarios versus producción total», vamos ahora a un análisis más desagregado de los conjuntos de bienes proyectados o pro­ducidos, hallamos nuevas fuentes es­tructurales de desequilibrios, tanto de­sequilibrios globales como sectoriales. Por ejemplo, al deslindar dentro de los bienes de consumo, los de consumo du­radero como el automóvil o la especifi­cidad de la vivienda. O dentro de los de inversión, los componentes tecnológi­cos: en innovación continua y rápida, en construcción de infraestructuras, etc.

Por eso no funciona en la práctica la ase­veración teórica de que la oscilación de los precios compensa los desequilibrios citados del sistema.

En resumen pues, en un contexto de multiplicidad de decisiones de consu­mo, de inversión y de procesos produc­tivos independientes, la coordinación dentro del sistema capitalista no está ga­rantizada. Y este intento de interpreta­ción no se detiene en los fenómenos aparentes sino que los relaciona con ras­gos permanentes del sistema económi­co que se encuentran en el origen de la crisis global.

2.2. Los rasgos definitorios y el motor del sistema

La segunda aproximación se funda­menta en el análisis del conjunto de ca­racterísticas definitorias del sistema económico capitalista. Tratemos de acercarnos a ella analizando los rasgos que contribuyen a explicar el desarrollo de la actual –y futura– crisis global, en paralelo con los contenidos del último apartado, o tal vez con mayor radicali­dad.

2.2.1. Rasgos constantes del sistema

Esos rasgos fundamentales, junto con los comportamientos de la burguesía en los orígenes del capitalismo, habían comportado resistencias y revoluciones de la clase obrera y conducido a las eco­nomías centrales a la crisis del 1929. Tras dicha crisis de 1929 y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, los rasgos del sistema económico capi­talista se habían modificado sustancialmente, y es así es como «se resolvió» la gran crisis capitalista del siglo XX.

Pero luego, los años setenta presen­ciaron el inicio de recuperación de aque­llos rasgos definitorios en un contexto globalizado. ¿Cuáles son estos rasgos? Cambios en el papel atribuido al Estado y a los organismos internacionales; me­nos intervención «en favor de intereses comunes»; intervención, en cambio, pa­ra imponer las nuevas reglas de juego; libertad individual de acción econó­mica; flexibilización (o sea, desregula­ción) de las condiciones económicas orientándolas hacia contratos individua­les; apertura total para todo tipo de in­tercambios internacionales; y, en defi­nitiva, intervención de un Estado fuerte a favor de los nuevos y poderosos agen­tes económicos: los grupos financieros.

Y así, la lógica del sistema recupera en la denominada etapa neoliberal (de los setenta para acá) los elementos defi­nitorios del sistema. A saber:

a) La importancia de los derechos de propiedad, especialmente la propiedad privada de los medios de producción. La consecuencia que brota lógicamente de ahí es la gestión privada de dichos me­dios, es decir, una gestión acorde a los intereses de los propietarios o de los nú­cleos duros de poseedores del capital.

b)Un segundo elemento es en el me­canismo de asignación de recursos y de distribución de los productos obtenidos: es a través del mercado libre, sin trabas, como tiene lugar la actividad económi­ca.

c) La racionalidad del sistema se manifiesta en procesos de elección in­dividual. De algún modo todo el fun­ cionamiento económico podría redu­cirse a una red de contratos de compra­venta explícitos o implícitos.

d) La realización de estos contratos de modo fluido requiere o se ve facili­tada por la existencia de unidades de cuenta, medios de intercambio y de de­pósito de valor. Como es sabido, el di­nero y las instituciones financieras exis­ten en principio para cumplir estas funciones.

e) El motor del sistema es la maxi­mización del beneficio privado.

De estos rasgos definitorios se sigue unas características necesarias como: la inmediatez, la visión a corto plazo, la necesidad de acumulación y la tenden­cia a la concentración.

La dinámica del capitalismo condu­ce, por tanto, a que el desarrollo del sec­tor financiero, –de la economía finan­ciera– sea mucho más rápido que el del sector productivo (¡que constituye la economía real!). La observación del desarrollo del sistema lo confirma; y es fácil comprender que se produzca esta dinámica a partir de los fundamentos ci­tados. Es más fácil, más rápido, más re­petible, más acumulable obtener bene­ficios máximos en el sector financiero pero para eso hay que «dominar» al sec­tor productivo (para sacar provecho, pa­ra obtener beneficios tangibles en el sec­tor productivo, es preciso dominar sobre ese sector). El capital financiero pasa entonces de ser «facilitador» a ser «do­minante». Las decisiones sobre la orien­tación de la economía van quedando en manos y en provecho de lo financiero.

Y el punto culminante de esa diná­mica es el predominio de la economía especulativa sobre la economía productiva. Son fenómenos como los que he­mos analizado en la primera parte (des­cripciones de los procesos conducentes a la crisis) que ahora encuentran su in­terpretación estructural.

Y un paso más, la competencia, la necesidad de acumulación para sobrevi­vir y eliminar competidores, empuja a la concentración de capital a través de fu­siones, adquisiciones, etc. No se consti­tuyen simplemente grandes empresas industriales o de servicios sino grupos financieros, holdings que van transfor­mando sus estrategias productivas en ingeniería financiera. Con los instru­mentos financieros que los agentes im­plicados crean de modo continuo, esca­pan a cualquier control o regulación (¡para eso los crean!). Y esa ingeniería financiera acaba convirtiendo la «gran economía» en una especie de casino universal, beneficio fácil, a corto plazo y arriesgado.

Es importante señalar que esta diná­mica no procede fundamentalmente de comportamientos perversos, de psicolo­gías desequilibradas, del afán de poder y riqueza de algunos individuos insoli­darios o estafadores (también los hay, pero en una perspectiva «estructural» di­ríamos que son los menos, y ellos solos no explicarían la extensión y la genera­lidad del fenómeno especulativo). La dinámica citada es consecuencia de la aplicación de los principios estructura­les que hemos citado.

2.2.2. Economía de casino

Sigamos ahora con la metáfora del casino. Está claro que los jugadores del casino, por más que se «fíen» unos de otros, necesitan en algún momento sa­ber qué sustento real tienen las fichas que el otro vende u ofrece para más ade­lante; y cuanto más han arriesgado, más lo necesitan. Para comprar fichas, para seguir jugando, necesitan encontrar fun­damentos, aunque sean remotos, para la «mutua confianza»: más vale no pre­guntar, pero por si acaso…

Esta «compra de fichas» (o compro­bación de su valor, lo que equivale a fundamentar la liquidez del sistema) sólo puede hacerse desde la economía productiva, desde la economía real, de la que se extraen recursos mediante procesos ilegales o legales, o mejor aun, legalizados. Ilegales son los negocios de venta de armas, prostitución, narcotráfi­co… Legalizados son la explotación de la fuerza de trabajo y los procesos de privatización.

Expliquemos un poco más este pun­to. A medida que se ocasiona una cierta reducción o destrucción de la industria (de la economía productiva) a manos del sector financiero, el funcionamiento del sistema económico en su conjunto se ve abocado a una situación llena de contradicciones. Las ganancias deriva­das hasta entonces de la actividad pro­ductiva dejan de ser suficientes para la insaciable voracidad de los agentes que juegan en el casino de las finanzas y ne­cesitan comprar fichas. Es el agotamien­to del manantial, la muerte de la gallina de los huevos de oro. Es preciso enton­ces fundamentar la pretendida liquidez de los activos financieros creados, y pa­ra ello se recurre a una doble vía. Por una parte, apoderarse del ahorro social en sus diversas formas. Por otra parte, recuperar la tasa de ganancia en actividades productivas de bienes y servicios aumentando la explotación. Veámoslo.

a) La privatización de las pensiones, del sistema público de pensiones, de la educación, de la sanidad, de los servicios públicos, de la vivienda… es decir, de todo aquello que la población había ido conquistando y financiando como bien público equivale a ser arrebatado para que pueda ser jugado en el gran casino. Y en tiempo de globalización y de mundialización, los jugadores del casino global, los grandes grupos financieros, tratan de conseguir de los gobiernos patentes de corso para esquilmar un país tras otro.

b) El intento de recuperación de la tasa de ganancia en los procesos de producción conduce a un aumento de la explotación de la fuerza de trabajo, es decir, a una precarización de las condiciones de trabajo en términos de salario, de estabilidad, etc. No es fácil que los trabajadores acepten la degradación de sus condiciones de vida y trabajo. Y entonces, la utilización de la situación de crisis (o desempleo masivo) para estos fines, se convierte en la «mala salida» social. Volveremos al final sobre este asunto.

Ambas estrategias –privatización y precarización– generan en determinados lugares y momentos, una importante resistencia social por lo cual, aunque se vaya aplicando, la obtención de fondos procede a un ritmo más lento que el deseable por los jugadores del casino global. Entonces el proceso imparable conduce a la formación de una inmensa burbuja especulativa. De hecho algunos agentes, tal vez muchos, no tienen ya nada que soporte su apuesta (en parte porque otros les han segado la hierba bajo los pies). Pero los insolventes lo son frente a otros agentes que, a su vez, se quedan sin base, sin apalancamiento. Los agentes especuladores empiezan a desconfiar unos de otros, se transmite el proceso de desconfianza, viene el crash.

Esta explicación puede ser enriquecida con los datos técnicos y la descripción de los diversos instrumentos financieros –derivados, futuros, colaterales, etc.– que se han ido creando. Pero lo realmente importante es el carácter estructural de estos comportamientos. No se trata de que existen unos desaprensivos o de una disfunción de un sistema en sí correcto. Los rasgos definitorios del sistema capitalista y su dinámica conducen estructuralmente a la burbuja, al bubble, al boom y al crash que toca pagar entre todos.

2. Consecuencias económicas y sociales de la crisis

Hasta aquí hemos intentado explicar la crisis yendo más allá de las explicaciones aparentes, descriptivas, y tratando de interpretar y poner de manifiesto las raíces más profundas de la misma. En este segundo capítulo el propósito es repasar los efectos derivados de la crisis en nuestras sociedades, especialmente en España. Todos conocemos multitud de casos. No vamos a construir un anecdotario aunque hay que reconocer que ese recuento y, sobre todo, la aproximación respe­tuosa a cada uno de ellos, podría decirnos más sobre la realidad de la crisis que cualquier reflexión al respecto.

1. Una crisis no sólo financiera

¿Cómo es la crisis ahora, después de es­tos tres años? Se viene diciendo que la crisis es fundamentalmente una crisis fi­nanciera, afirmación que, como dijimos antes, constituye una media verdad. Una media verdad, además, interesada. Lo que es verdad de la afirmación es que en la raíz de la crisis se encuentra el pre­dominio de lo financiero, la deriva hacia la actividad especulativa como deri­va estructural del sistema capitalista. Lo que es mentira interesada de la afirma­ción es que puede dar a entender que la crisis está perjudicando al sector finan­ciero en su conjunto. Viene a decir «arreglemos la crisis financiera, ayude­mos a este sector y lo demás se arregla­rá como consecuencia lógica».

Claro que para arreglar al sector fi­nanciero es preciso poner coto al déficit público, reducir el gasto social, abaratar costes de producción, etc. Los sectores financieros tienen medios poderosos, desde diarios, televisiones y otros me­dios de difusión, hasta «intelectuales orgánicos», para propagar a su media verdad y tratar de que los ciudadanos y los gobiernos se sometan a ella.

Pero millones de desempleados en la Unión Europea, millones de emple­os destruidos en los Estados Unidos, más de cuatro millones de desemplea­dos en España desde 2008-2009, y sin horizonte de recuperación, señalan que los efectos de la crisis afectan sobre todo al sector productivo, es decir, a los trabajadores de la industria, de la construcción y de los servicios, en de­finitiva, a la sociedad en general. Por tanto, desde la perspectiva de los efec­tos mejor sería hablar de crisis de la industria y de la sociedad. Cada uno puede recordar aquí los ejemplos mi­croeconómicos que conoce: cómo se han multiplicado las demandas en los centros de asistencia social, cómo se han agotado los bancos de alimentos, cómo las redes familiares no dan abas­to… ¡Casi un millón y medio de hoga­res en España no tienen ningún miem­bro que pueda hacer aportación económica!

2. Reacción de la sociedad

¿Cómo ha reaccionado la sociedad en su conjunto ante esta situación de crisis? Cabría esperar actitudes sociales de re­pulsa, de malestar, de protesta, de exi­gencia de los derechos sociales y ciuda­danos. Sobre todo, cuando las políticas gubernamentales desde hace un año no promueven el empleo sino que reducen o atacan directamente los beneficios o conquistas sociales que en nuestro país constituían un magro estado de bienes­tar. Por no hablar de la reforma laboral que precariza las condiciones de traba­jo o de las pensiones, en un intento de reducción de lo que son los salarios di­feridos de los trabajadores.

Sin embargo, la crisis no ha produ­cido los efectos que cabría esperar. Como mucho se puede detectar una sen­sación de malestar y disgusto, pero sin traducción colectiva. Por alguna razón –habrá que analizarla– predomina la re­signación, el desánimo y una supuesta aceptación de la imposibilidad de cam­biar las cosas y, por tanto, la búsqueda de soluciones individualistas del tipo «sálvese quien pueda».

Los factores sociales que generan estas actitudes son varios. El primero es que la crisis «va por barrios», es decir: aunque tiene un cierto carácter general no afecta a todos los grupos sociales por igual o al menos, no al mismo ritmo. En este sentido un efecto indeseable de la crisis es la creciente polarización social: hay quienes padecen la crisis pero hay quienes se ven poco o nada afectados y hay quienes se aprovechan de la situa­ción. Esta polarización, naturalmente, dificulta la reacción colectiva. Por el contrario, fuera de casos particulares, lo que fomenta es la insolidaridad.

Otro factor que actúa en la misma di­rección es la falta de organización so­cial, de organizaciones sociales capaces de aunar las actitudes y aspiraciones in­dividuales y ofrecer alternativas. Parti­dos y sindicatos deberían cumplir estas funciones y, como es manifiesto, no las están cumpliendo. Su maquinaria buro­cratizada o su falta de independencia de los poderes públicos y fácticos están en la raíz de su incapacidad.

Además, en la misma definición de la esencia del sistema capitalista se en­cuentra el individualismo. Tanto en el autorretrato que la sociedad capitalista se hace como en la práctica social capi­talista, el individuo es el centro. Desde los medios de comunicación, desde los modelos educativos, desde las conduc­tas empresariales (intentos de suprimir la negociación colectiva) se fomenta el individualismo: el homo oeconomicus y la elección individual como bases teóricas y políticas del sistema.

3. Individualismo irresponsable

La paradoja (y éste es el otro factor de­sestimulante) es que este «individuo ra­cional» ve satisfechas sus necesidades de «solidaridad» gracias al espectáculo masivo de «pan y circo» que ya habían inventado los poderes fácticos en Roma (panem et circenses). Juntos, formando parte de un equipo sin responsabilida­des colectivas: «somos campeones, so­mos la roja, somos … «.

En los inicios de la crisis, ante la gra­vedad presentida y ya padecida por una mayoría social, algunos decían: «si aho­ra no nos rebelamos e imponemos re­formas a fondo, ya no podremos espe­rar nada nunca jamás». Pero la crisis, en vez de levantarnos contra la situación y sus causantes, resulta que acentúa los rasgos sociales del sistema, es decir, de la sociedad de consumo. Dicho de mo­do menos abstracto, fomenta esa socie­dad de consumidores que buscan el bienestar en el consumo y que se resig­nan a la situación, se autoinculpan y se esfuerzan individualmente para salir adelante y poder consumir de nuevo.

A finales de 2008, cuando, ante la debacle de las Bolsas y del modelo pro­ductivo, todos, incluso los poderes ins­titucionales, hablaban de reestructura­ción a fondo, de necesidad de reformas radicales, y hasta de la necesidad de refundar el capitalismo, algunas voces ad­virtieron que no estaba garantizado que la salida de la crisis fuera a ser beneficiosa para la mayoría de la población. Por ahora estos malos augurios parecen confirmarse. La crisis, hoy por hoy, está teniendo una salida sumamente perjudicial para las clases populares y amenaza igualmente con la destrucción de la clase media. Pero esta afirmación abre paso a la tercera parte de la reflexión propuesta.

3. ¿La salida de la crisis?

Un diagnóstico correcto acerca del carácter de la crisis actual es impor­tante tanto para diseñar estrategias de defensa y salida de la crisis co­mo para emitir un juicio sobre las que se están proponiendo. Si nuestra versión completa se considera aceptable, la consecuencia lógica con­siste en preparar estrategias de transformación profunda del sistema.

Posiblemente estamos hablando de estrategias a medio plazo, pues una perspectiva realista no permite hacerse ilusiones acerca de que vayan a llevarse a cabo transformaciones inmediatas. Efectivamente el cambio, lógicamente necesario, del sistema abarca múltiples aspectos, desde comportamientos y normas hasta instituciones formales econó­micas, sociales, políticas. Cambios, en definitiva, en las relaciones de producción y en las instituciones condicionantes y derivadas de estas relaciones. Pero todo esto requiere y conduce también a cambios en los valores socialmente aceptables. Se hace difícil pensar por ahora en algo distinto a cambios graduales hacia un objetivo definido en su glo­balidad y que, simultáneamente, se va definiendo en sus detalles a lo largo del esfuerzo transformador.

1. Tres estrategias

Con el fin de evitar confusiones con­viene distinguir desde el inicio tres dis­cursos de salida de la crisis. Una cosa es, en efecto, lo que acabamos de citar como la estrategia de solución lógica y que es difícil que se produzca de inme­diato. Otra cosa distinta son las estrate­gias propuestas por grupos diferentes a partir de las respectivas ideologías o intereses, aquí estamos todavía en el terreno de las hipótesis, de los futuribles, de lo que podría ser… Finalmente, otro tema es el análisis y la interpretación del conjunto de recortes y reformas que los gobiernos están imponiendo para seguir el dictado de los mercados. Vamos a fijarnos en este tercer punto.

¿Qué estrategias se andaban proponiendo a principios de 2009 para salir de la crisis? Un intento de clasificación de las estrategias propuestas para superar la crisis puede hacerse desde la perspectiva de los objetivos perseguidos por aquellas estrategias, es decir preguntando ¿qué se quiere para después de la crisis? Simplificando nos vamos a referir a tres grupos.

1.1. Recuperar la situación anterior

Aquí, de verdad, no se cuestiona nada. Se trata sólo de salir a flote después de una perturbación ciertamente grave, pero cuyo origen se cree que es ajeno, externo al sistema. Por una disfunción del mismo, y por la actuación imprudente de algún agente oportunista, el sistema financiero y, como consecuencia, la economía en su conjunto, se ha quedado sin liquidez. Para remediarlo el primer paso es que el Estado, la autoridad monetaria, recomponga la liquidez de las entidades financieras, adquiera sus activos tóxicos, etc.

Y luego ¿cómo salir a flote? Se trata de evitar la recesión, volver a la senda de crecimiento, y para ello es necesario reanimar la demanda. Con una orientación keynesiana, se propone al Estado que realice inversiones en infraestructuras, que genere empleo. Y el mensaje a la población es que confíe, que compre y consuma, sus depósitos en la Banca quedan garantizados, recibirá subvenciones para la adquisición de bienes duraderos (automóvil, electrodomésticos … ).

Alguna de estas propuestas se llevó a la práctica hasta finales de 2009. Con una particularidad, la parte más importante del esfuerzo monetario público –de cada uno de los Estados europeos y de la misma Unión Europea– se destinó al rescate de las instituciones financieras y la parte más pequeña, a reanimar la demanda real. Pero, naturalmente se generaron déficits públicos superiores al establecido en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, déficits que de un modo u otro habrán de ser satisfechos por los ciudadanos de cada uno de los Estados de la Unión Europea. Ésta es la situación que ha caracterizado el año 2010, y que ha conllevado como analizaremos en seguida a drásticas reducciones del estado de bienestar.

Al menos convendría destacar que tanto las propuestas como las políticas económicas desarrolladas en esa primera fase contradicen los dogmas neoliberales dominantes en la teoría y en las prácticas de la mayoría de los gobiernos occidentales. Se llegó a hablar de una resurrección del keynesianismo, tan denostado antes.

1.2. Profundizar en la desregulación financiera

Este tipo de discurso se encuentra en una serie de afirmaciones como éstas (que proceden principalmente de los especuladores): «la salida correcta de la crisis requiere un paréntesis en la liber­tad total del mercado, en la no inter­vención estatal, con el objetivo de que el Estado reponga los fundamentos para restablecer una mayor y más pro­funda libertad de mercado y desregula­ción».

Las demandas estratégicas que se hacen al Estado son el restablecimiento de la liquidez financiera, la liquidación de especuladores rivales incómodos y la adopción de medidas para completar la desreglamentación de los mercados fi­nancieros.

Por tanto, no se trata de cuestionar el predominio de la actividad especula­tiva sobre la productiva ni se plantea tampoco la forma en que los sectores fi­nancieros retornarán los préstamos in­mediatos y a bajo tipo de interés que han recibido. Se trata más bien, de im­pedir comportamientos oportunistas (oportunistas, naturalmente, desde el punto de vista de los agentes más im­portantes del sector) y eliminar o ab­sorber intrusos. ¿Cómo? Exigiendo mayor solvencia a los entrantes. Todas esas medidas del capital propio de los agentes financieros (las llamadas reglas prudenciales de Basilea III), pueden in­terpretarse como límites a la libre en­trada al mercado de derivados y otros activos financieros negociables con riesgo.

Con todos los respetos, uno piensa que pueden acabar siendo como exigir americana y corbata para entrar a las sa­las internas del casino. Pues según el discurso de referencia, cuando los agen­tes son «respetables» lo más adecuado es dejarles actuar sin regulaciones.

1.3. Seguir jugando al casino global

A raíz de la situación de crisis y como salida de ella, se propone una reflexión «en provecho propio» sobre el funcio­namiento y las instituciones del conjun­to del sistema. Así lo que podría haber sido una reflexión crítica, una inflexión positiva incluso para el mismo sistema capitalista –o al menos, una oportunidad para recuperar en parte la economía productiva– se convierte, a partir de es­te discurso, en una verdadera involu­ción.

Parece intolerable que las mismas instituciones que provocaron la crisis hayan traspasado el coste de la recupe­ración a toda la sociedad: a las ciudada­nas y ciudadanos de a pie, a las clases populares que son las que más la pade­cen. Las ayudas que han recibido del erario público para salir de «su» crisis (ayudas que devolverán cuando les con­venga a un tipo de interés del 1 %), pro­vienen de la sociedad en su conjunto y generan déficits públicos que hay que fi­nanciar emitiendo deuda a un tipo de in­terés más elevado (4%). Y encima, al­gunos grupos financieros desvían las ayudas que recibieron con el fin de que pudieran abrir líneas de crédito a las PYMES, y se sirven de ella para adqui­rir esos títulos de deuda y obtener unos beneficios basados en el diferencial de intereses.

Y aún, este comportamiento de opor­tunismo financiero resulta una insignifi­cancia comparado con las amenazas y agresiones socioeconómicas que inva­den el horizonte social desde comienzos de 2010. Con el pretexto de la posible insolvencia del estado en Grecia, el contagio a Portugal, Irlanda y España (los PIGS), se ha producido un giro de 180 grados en las políticas de aire keynesia­no que se aplicaban para salir de la cri­sis. La prioridad ya no parece ser la recuperación de la economía en su con­junto, sino la supresión de los déficits públicos con el fin de asegurar al siste­ma financiero el cobro de los préstamos hechos a las empresas y a los estados de cada uno de los países de la Unión Europea, unos préstamos que fueron he­chos para afrontar la crisis que el mis­mo sistema financiero había provocado. Todo en nombre de los mercados y an­te la amenaza de los mercados.

El dictado de los mercados es, por tanto, un autentico Diktat, una dictadu­ra que obliga a reducir drásticamente los costes «excesivos» del Estado de Bie­nestar, y que obliga a acometer durísi­mas reformas estructurales en el mer­ cado de trabajo: la flexibilización de los códigos de comportamiento en cuanto a horarios y jornadas, formas de empleo, negociación colectiva, contratación y despidos, etc.

La reforma estructural del mercado de trabajo no es un añadido cualquiera a la exigencia de recorte del Estado de Bienestar. Esa reforma estructural pre­tende liquidar las formas de defensa de los trabajadores –la negociación colec­tiva, las asociaciones obreras, los sindi­catos– para abaratar drásticamente los costes laborales y así recuperar las tasas de ganancia y alimentar por este medio lo que hemos denominado fundamentos de la liquidez en el casino financiero global. Así se cierra el círculo de los mercados, comenzaron provocando una crisis global del sistema y tratan de re­solverla garantizando e incrementando su tasa de beneficios.

2. Y sin embargo…

¡Atención! Referirse a las imposiciones anteriores como el «dictado de los mer­cados» es una fórmula de enmascarar la realidad. Pues los mercados no repre­sentan unas leyes de funcionamiento ineludibles, una especie de ley de gravi­tación universal de la economía. Los mercados tienen nombres y apellidos, denominación social, en todo caso. Se les pudo ver, por ejemplo a finales de septiembre de 2010 en la primera pági­na de la mayoría de los diarios na­cionales que hacían referencia a la reunión en Nueva York, en Wall Street, a la que acudió el presidente Rodríguez Zapatero para asegurar a los mercados que el Estado español aceptaba e iba a cumplir sus imposiciones.

Por tanto, en el horizonte se nubla incluso la democracia. Y, como puede apreciarse, no existen garantías de que estas propuestas comporten avances para la mayoría de la población a pesar de lo que se viene anunciando por los medios de comunicación oficiales o ex­traoficiales.

4. Conclusión: ¿Hacia una transformación de sistema?

Frente a estas propuestas y en contraposición a las mismas está la ne­cesaria transformación global del sistema en sus elementos esencia­les. No es fácil diseñar los componentes de una estrategia adecuada y menos aún establecer las etapas hacia la transformación. Se trataría de analizar teorías del cambio social, recoger lo positivo de experien­cias históricas, señalando los puntos débiles de inflexión de los proce­sos que los llevaron a la discontinuidad y a la involución, examinar crí­ticamente los denominados movimientos sociales y un largo etcétera.

1. Algunos criterios

Pese a estas dificultades, es posible y conveniente formular algunos criterios que permitan emitir un juicio sometido a debate sobre las estrategias graduales iniciadas aquí y allá por grupos y orien­taciones diversas, con la pretensión transformadora global.

Estos criterios pueden agruparse en tres apartados.

1.1. Carácter de oposición al sistema

Las estrategias puntuales deberían tener el carácter de oposición al sistema, es decir, deberían ser inaceptables, en prin­cipio, para el mismo. «En principio» sig­nifica que no toda «inaceptabilidad» su­pone dinámica transformadora. Por ejemplo, la ruptura de mobiliario urbano es inaceptable tanto para el sistema como para los que proponemos dinámicas transformadoras. Así se podría seguir con el terrorismo o las acciones aisladas de atentados individuales, etc.

Desde una perspectiva complementaria u opuesta es posible que, en algunos casos, puede parecer que el sistema es capaz de asimilar determinadas estrategias como «modificadoras» pero beneficiosas para su funcionamiento. Pensemos en la autogestión, la banca ética (si la hubiere), la denominada economía social, etc. Podrían decir los defensores del sistema, modifican, pero va bien, mejoran el funcionamiento. Sin embargo, si estas formas de comportamiento social se llevan a fondo, se convierten en inaceptables. Es decir, si resisten los intentos de los agentes del sistema para domesticarlas, intentos poderosos, como por ejemplo, el ofrecimiento de financiación o la concesión de un «asiento» en mecanismos de concertación social. Esta resistencia a la asimilación es un criterio clave para enjuiciar la dinámica transformadora.

1.2. Elementos de transformación radical

Un segundo criterio es consecuencia del anterior y puede formularse así: las estrategias propuestas o aplicadas no deberían consistir en refuerzos o paliativos para el funcionamiento del sistema de mercado capitalista sino que habrían de aportar elementos de transformación radical.

Con este segundo criterio se pretende salir al paso de actitudes que parecen renunciar a la transformación sistémica, tal vez por creerla imposible o demasiado lejana y que se dirigen fundamentalmente a hacer que el sistema sea menos dañino para grupos sociales excluidos. No se está significando que estas acciones paliativas sean perjudiciales o inútiles sino simplemente que generalmente no contienen una dinámica transformadora radical y clara.

1.3. Dimensión colectiva y participada

Al tiempo habrían de caracterizarse, en mi opinión, por su dimensión colectiva y participada, trascendiendo de inmediato los liderazgos personales o de pretendidas vanguardias.

Existe una concepción muy difundida acerca de los cambios revolucionarios que se expresa en sentencias como las siguientes: «todas las revoluciones acaban devorando a sus hijos» o también «toda revolución acaba en dictadura» o lo del Príncipe de Lampedusa «cambiarlo todo para que nada cambie».

Conviene resistirse a creer en esos tópicos, con algún fundamento en experiencias históricas –Revolución francesa, Revolución de octubre, Cuba, Vietnam, Camboya–, experiencias insuficientemente analizadas. En efecto, en los casos citados puede encontrarse dos tipos de factores conducentes al estancamiento o a la involución del proceso transformador. Un factor externo que puede ir desde el aislamiento, el bloqueo o la agresión económica, política, cultural o militar contra los protagonistas del proceso. Un factor interno, más determinante que el externo, que consiste precisamente en la ausencia de dimensiones colectiva y de participa­ción o en el secuestro de la dinámica transformadora para provecho de los lí­deres (personas o partidos), la aniquila­ción del debate, etc.

Para impedir la consolidación de es­tas circunstancias de involución o se­cuestro personalista parece un buen cri­terio a la hora de juzgar una estrategia pretendidamente transformadora, la existencia o no de dinámicas cada vez más participativas y abiertas.

1.4. Las condiciones de vida

Deberían abordar aspectos referentes a las condiciones de vida de la población y asimismo, aspectos políticos y cultu­rales (si es que éstos pueden diferen­ciarse de las condiciones de vida).

Un elemento esencial para la trans­formación es, en efecto, la cultura en el sentido más amplio del concepto: desde la literatura y el arte, los caminos del avance científico, hasta la forma de con­cebir la vida. En este sentido la gente de izquierda, los que están por los avan­ces sociales, han de entonar un mea cul­pa sin nostalgias y recuperar un territo­rio del que el mercado, los mercaderes, se han apoderado sin reservas. De­beríamos repensar y negarnos a admitir, como afirmaba el profesor Sanpedro, que «el tiempo (es decir, la vida) es oro (es decir, dinero)» o sea consumismo. Recuperar la cultura de la solidaridad, la creatividad o la gratuidad, trasladados como valores no crematísticos a la po­lítica y a las condiciones de vida de la población.

La dinámica del cambio a partir de estos elementos y criterios es gradual y aparentemente va a ser lenta. Pero es el caldo de cultivo necesario para el pro­greso de estrategias transformadoras.

2. Algunas lineas estratégicas

Como final sin pretensiones, apunto al­gunas líneas estratégicas, recogidas de diversas fuentes, que desde mi punto de vista cumplen esos criterios.

2.1. «Diguem no« (como cantaba Raimon)

Someter a crítica todos los mensajes de los medios de difusión y propaganda. Normalmente las propuestas contenidas en estos mensajes parecen aceptables, ya que formulan medias verdades o se presentan como de aplicación ineludi­ble, o prometen soluciones próximas. Incluso apelan a la solidaridad o al es­fuerzo colectivo.

Por ejemplo:

  • «Es necesario aumentar la liqui­dez, ayudar a los bancos… para la re­composición del sistema». Pero ad­viértase que el riesgo es que se va a recapitalizar a los especuladores con recursos públicos, de todos.
  • «Es preciso aumentar el gasto, re­animar el consumo». Mensaje este que en los últimos meses ha cam­biado de forma radical. ¿Quién de­cide el contenido de los mensajes?
  • «Sanear la economía». Sí, pero ¿en qué consiste? ¿qué es eso? En ese saneamiento ¿se crean o se destru­yen empleos?
  • «Es necesario contener el déficit público y por ello es necesario efec­tuar recortes drásticos en las partidas de bienestar social: pensiones, sani­dad, educación … «. En este mensaje ¿no habrá escondido una intención de abaratar costes para los grupos fi­nancieros internacionales, abrirles nuevas áreas de negocio, privatizar servicios públicos?
  • «Los mercados desconfían de la solvencia de países enteros, España, Grecia, Irlanda, Portugal … «. Con lo cual intervienen en el país, imponen políticas económicas perjudiciales para la población y beneficiosas pa­ra los mercados, para los mercade­res que son los que provocaron la crisis y los déficits…

En resumen, «diguem no» y anali­cemos estas propuestas desde criterios transformadores en beneficio de la ma­yoría.

2.2. Defensa acérrima de los derechos conquistados

  • Mientras la crisis sea asimétrica no es aceptable la revisión del Estado de Bienestar. Pues, en realidad no se trata de un problema exclusivamen­te técnico financiero, es una decisión política fruto de un conflicto de in­tereses. Existen, en efecto, recursos suficientes para mantener e incluso mejorar el Estado de bienestar. La cuestión a resolver es la distribución de esos recursos.
  • Defensa «a muerte» (mejor diría­mos «a vida») de los puestos de tra­bajo. Asimismo de las condiciones de trabajo: salarios, estabilidad. De­fensa de la negociación colectiva so­metida a un ataque continuado por parte de las grandes corporaciones a través de las directivas de la Unión Europea.
  • Las pensiones como forma de sa­larios diferidos deberían ser intoca­bles a la baja.

2.3. Reconquista del Estado y de la soberanía popular

  • No es aceptable que el estado se someta al dictado de los mercados o de los organismos internacionales (FMI). Tampoco a las instituciones poco democráticas de Bruselas.
  • Democracia participativa, no sólo representativa, como forma de sobe­ranía popular.
  • En este contexto el tema de la República no debería ser un tabú in­tocable.

2.4. Propuestas que contradigan la lógica del sistema

  • No a la flexibilización precariza­dora del empleo.
  • No a la privatización de servicios públicos. Recuperación de los priva­tizados.
  • Transparencia y publicidad de cuentas financieras, sueldos de di­rectivos, etc.
  • Reforma fiscal decididamente pro­gresiva, con impuestos especiales sobre las grandes fortunas.
  • Por supuesto, no a mecanismos de evasión de impuestos: Paraísos fis­cales, SICAV1.

2.5. Nacionalización de la Banca

Porque no ha cumplido, y se resiste a cumplir con su función de financiar la economía productiva. En cualquier ca­so, creación, al menos de una banca pú­blica.

En estas y otras propuestas seme­jantes hay que tener en cuenta que se­ guimos en una situación de emergen­cia… asimétricamente. Las medidas han de proteger a la población, a los traba­jadores y trabajadoras contra los efectos de la crisis que no han desencadenado ellos ni ellas.

En cualquier caso la transformación, cuando llegue (y si llega), se habrá rea­lizado poco a poco. Entretanto será pre­ciso estar muy atento a las voces que ha­blan de la necesidad de refundar el capitalismo.

¿Cómo podría ser ese nuevo capi­talismo? Con seguridad cambiará en términos globales, porqué habrá de asu­mir la realidad de los denominados países emergentes. Pero si esta refunda­ción mantiene los rasgos esenciales que potencian lo financiero (supervisado, claro está) por encima de lo productivo, habrá que prepararse para la próxima crisis.

Notas

1. Las SICAV son Sociedades de Inversión Colectiva de Capital Variable. Su constitución está sometida a algunos requisitos, como el número mínimo de socios, importes máximos o mínimos de capital de la sociedad, etc. Depende de la legislación de cada país.

Invierten en activos financieros de todo tipo: en depósitos, en renta fija, en acciones/participaciones de empresas y sociedades que actúan en sectores económicos diversos (inmobiliario, construcción, industrial, de servicios…). En principio estas empresas en las que invierten las SICAV están sometidas a imposición sobre los beneficios declarados. Para evitar la doble imposición sobre estos beneficios que perciben las SICAV, la imposición sobre éstas se reduce al 1%. Lo cual parece corresponder a la «lógica» del sistema.

De todos modos, incluso dentro de esa «lógica», muchos autores (entre ellos, inspectores de Hacienda) consideran que las SICAV constituyen estrategias de evasión impositiva. Efectivamente, no están sometidas a control por parte de la Agencia Tributaria sino por la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Una cierta sospecha sobre la «realidad» de los socios (testaferros o mariachis, en lenguaje popular). Otra, la ocultación de percepciones y disposiciones personales de dinero bajo la figura de «reducciones de capital», no de percepción de beneficios… etc. Gastos personales que se «computan» como gastos de la sociedad, etc… El yate no es mío, es de la SICA V… En la lógica del sistema se utiliza el «chantaje» de que el capital se irá a otros países si no se les trata favorablemente en términos impositivos. Lo cierto es que las SICAV, aunque su sede social esté en un Estado, invierten tanto en el país de origen como en empresas extranjeras. Es ilustrativo conocer en España quiénes son los «accionistas» de referencia de las mayores SICAV: Amancio Ortega (Inditex), Rosalía Mera, Alicia Koplowicz, Polanco, Núñez, etc. Entrar en un buscador como por ejemplo Google, en el vocablo «SICAV» o «SICAV españolas» da vértigo y acentúa las asimetrías.

Cuestiones para la reflexión

Los que podríamos denominar «aldeanos globales» llevamos tres o cuatro años instalados en la crisis más grave desde la recesión de 1929.

En la casa común europea desde hace un año «se acabó la fiesta» y se ce­rró el paréntesis del gasto estatal. Ahora lo urgente es la corrección del dé­ficit (sin preguntar quién lo causó) imponiendo para ello, más que reduc­ción, un recorte drástico del gasto que afecta directamente al estado de bienestar. Mientras tanto, el empleo no se recupera. Y en la llamada «casa común», unos se sientan a la mesa mientras otros han de fregar los platos… o pagar los platos rotos.

¿Para quién es la crisis una oportunidad? ¿Quiénes se benefician de ella? ¿Quiénes la padecen?

1. Al leer el origen, causas y explicaciones de la crisis se pone de manifiesto las explicaciones más difundidas por los medios, que simplifican intencionadamente las causas y ponen el acento en la marcha de la economía, en el gasto excesivo (no igual para todos) y en la falta de regulación fincanciera.

Bastida da una argumentación que aclara y apunta hacia otras explicaciones que él llama de versión completa. ¿Cómo resumirías esa argumentación?

2. Consecuencias económicas y sociales de esta crisis

Se viene diciendo que la crisis es fundamentalmente una crisis financiera, afirmación que constituye una media verdad interesada. Lo que es verdad de la afirmación es que en la raíz de la crisis se encuentra el predominio de lo financiero, la deriva hacia la actividad especulativa como deriva estruc­tural del sistema capitalista. Lo que es mentira interesada de la afirmación es que puede dar a entender que la crisis está perjudicando al sector fi­nanciero en su conjunto.

¿A quién perjudica más? ¿Crees la crisis no ha producido los efectos que cabría esperar?

Se puede detectar una sensación de malestar y disgusto, pero sin traduc­ción colectiva. Predomina la resignación, el desánimo y una supuesta acep­tación de la imposibilidad de cambiar las cosas y, por tanto, la búsqueda de soluciones individualistas del tipo «sálvese quien pueda».

¿Te sientes reflejado en esta actitud?

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