«No descuides el don que posees… Cuida de esas cosas y dedícate a ellas, para que todos vean cómo adelantas. Preocúpate de ti y de la enseñanza; si lo haces te salvarás a ti y a los que te escuchan». (I Tim 4,14-16).
«La inserción apostólica en el mundo, la vida comunitaria y la experiencia de Dios por medio de la oración se complementan mutuamente en la vida del misionero y se funden en un todo. En la oración, la fe, el amor fraterno y el celo apostólico se renuevan de continuo, mientras que en la acción se manifiesta de un modo práctico el amor a Dios y al prójimo. Por la íntima unión de la oración y el apostolado el misionero se hace contemplativo en la acción y apóstol en la oración». (C 42).
El Misionero no es un contemplativo, en el sentido jurírico y riguroso de la palabra, como un monje que invierte las horas principalmente en la oración callada v escondida de un monasterio; pero tampoco es un hombre que se pierde en la actividad apostólica. Contemplación y apostolado van unidos en la vida del Misionero, se nutren entre sí y se exigen y se influyen mutuamente.
- «Escogidos por Dios como instrumentos de su caridad».
La caridad lo abarca todo: apostolado y oración, contemplación y acción. Todo, además, ha de vivirse como caridad. Pero cada Instituto expresa el amor a Dios y al prójimo según el fin que se ha propuesto en la Iglesia. La Congregación ha sido escogida por Dios como instrumento de su caridad para hacerle amar entre los hombres:
«Dios ha suscitado esta Compañía como a todas las demás, por su amor y beneplácito. Todas tienden a amarle, pero cada una lo ama de manera distinta: los cartujos por la soledad, los capuchinos por la pobreza, otros por el canto de sus alabanzas; y nosotros, si tenemos amor, hemos de demostrarlo llevando al pueblo a que ame a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo. Hemos sido escogidos como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas. ¡Si supiéramos lo que es esta entrega tan santa! ¡Jamás lo comprenderemos bien en esta vida, pues si lo comprendiéramos, obraríamos de manera muy distinta». (XI 553).
- «Ordenados a la perfección de la vida por las mismas acciones sagradas de cada día».
Entre el apostolado y la oración no cabe separación, de otra manera se destruiría la unidad de vida del misionero, cuya santidad está vinculada al cumplimiento de los ministerios propios. En esta misma línea comenta el Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros:
«Ejerciendo el ministerio del Espíritu y de la justicia, los presbíteros se fortalecen en la vida del Espíritu, con tal de que sean dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y conduce. Pues ellos se ordenan a la perfección de la vida por las mismas acciones sagradas que realizan cada día, como por todo su ministerio. Mas la santidad de los presbíteros contribuye poderosamente al cumplimiento fructuoso del propio ministerio, porque, aunque la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación también por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, pueden decir con el Apóstol: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20)». (PO 12).
- «La adhesión al Señor hace fecundas las funciones apostólicas».
En la famosa Exhortación Apostólica sobre la renovación de la vida religiosa, Pablo VI nos descubre una vez más los secretos que hacen fructíferos los trabajos apostólicos:
«Cuando vuestra vocación os destina a otras funciones al servicio de los hombres —vida pastoral, misiones, enseñanza, obras de caridad, etc.— ¿no será ante todo la intensidad de vuestra adhesión al Señor, lo que las hará fecundas, justamente según la medida de esta anión en el secreto? Si queremos seguir siendo fieles a las enseñanzas del Concilio, los miembros de todo Instituto, buscando a Dios ante todo ¿no deben unir la contemplación, mediante la cual se adhieren a El con el corazón y el espíritu, y el amor apostólico, que se esfuerza por asociarse a la obra de la Redención y por extender el Reino de Dios?». (ET 10).
- ¿Me dejo animar y conducir por la caridad de Cristo que vivifica y unifica todas las acciones de mi vida?
- ¿Trasmito fielmente al Pueblo de Dios la palabra meditada y contemplada a la luz del Evangelio?
- ¿Puedo decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí»?
ORACIÓN:
«Oh Dios, que enseñaste a tus ministros a servir a los hermanos y no a ser servidos, te rogamos nos concedas disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración. Por Jesucristo nuestro Señor». (Mro, Votiva por los Ministros de la Iglesia).






