Constructores de la Paz (Capítulo I)

Francisco Javier Fernández ChentoConferencia Episcopal EspañolaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Comisión permanente del Episcopado español · Año publicación original: 1986.
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CAPÍTULO I
LA PAZ, CLAMOR Y EXIGENCIA DE NUESTRO TIEMPO

1. SITUACIÓN CONFLICTIVA DEL MUNDO

8. Quien examine con ojos limpios y espíritu desinteresado el panorama general de las relaciones internacionales tendrá que reconocer la existencia de situaciones anormales y alarmantes.

1.1. División en bloques contrapuestos

9. La sociedad mundial está dividida por la hegemonía de dos ideologías difícilmente conciliables que dan lugar a sistemas enfrentados como dos bloques cerrados y opuestos que «dividen y contraponen entre sí a los pueblos».1 El dinamismo de estos bloques está determinado por el antagonismo de las dos superpotencias que presiden cada uno de ellos. Cada uno de estos bloques mira al otro con desconfianza, ve en él una amenaza para su prosperidad y hasta un rival en su voluntad de expansión y hegemonía. Las posiciones se endurecen y el afán por mantener las propias ventajas tiende a ser la razón primordial de las actitudes y de las acciones. Se sigue de ello una política de competencia y rivalidad que mata la necesaria confianza entre los pueblos, favorece la existencia de tensiones entre el Este y el Oeste y provoca la carrera de armamentos.

1.2. Carrera de armamentos y guerras localizadas

10. La permanente tensión entre los dos bloques provoca el recurso a la fabricación y posesión de armas cada vez más perfeccionadas y de mayor poder de destrucción. Este objetivo destructor tiende a independizarse de cualquier otra consideración y lleva a planteamientos verdaderamente irracionales y crueles: un arma es tanto mejor cuanto más poder destructor tenga y más capaz sea de amedrentar al posible adversario.

11. Las grandes potencias ponen a prueba sus fuerzas en guerras localizadas en las que, sin necesidad de enfrentarse directamente, dirimen sus diferencias tratando de ampliar o conservar su hegemonía en territorios de terceros países. De esta manera se acrecienta la producción de nuevas armas y la venta de las ya superadas a otros países que se endeudan cada vez más hundiéndose en el subdesarrollo y en la miseria. Con razón el Papa Juan Pablo II ha denunciado la «ideologización de conflictos locales por parte de otras potencias que buscan ventajas en una determinada región abusando de los pueblos pobres e indefensos».2

1.3. Creciente fosa entre Norte y Sur

12. La rivalidad que divide y enfrenta a los países desarrollados entre sí les mueve a centrarse en sus propios objetivos de desarrollo y armamento, desentendiéndose de las necesidades primarias de los pueblos menos desarrollados. Más aún las enormes exigencias del armamentismo inducen a los países más fuertes a aprovecharse de las riquezas existentes en los países pobres sin compensarles adecuadamente ni colaborar seriamente en su desarrollo. De esta manera se hace cada vez más profundo «el abismo social y económico que separa a los ricos de los pobres».3

13. Los pueblos del hemisferio Norte aumentan progresivamente las distancias con los países pobres del hemisferio Sur. El desarrollo insolidario de los primeros mantiene a los más pobres en el subdesarrollo mediante «manipulaciones inteligentes al servicio de ideologías y sistemas políticos que tienen como objetivo último la dominación».4 Así, mientras las tres cuartas partes de los recursos mundiales son consumidas por las naciones más adelantadas, que sólo representan una cuarta parte de la población, centenares de millones de personas pasan hambre; y mientras las grandes potencias del mundo acaparan los recursos de la humanidad para defender sus privilegiadas posiciones, los países mas pobres se ven privados de lo más indispensable para sobrevivir.

1.4. Peligro de una catástrofe nuclear

14. En esta situación la paz no tiene garantías suficientes. El acumulamiento de armas que algunos consideran como el mejor modo de evitar la guerra, no es capaz de construir la paz ni de eliminar las raíces profundas de los conflictos. En cualquier momento las tensiones y las rivalidades pueden ser tan graves que hagan estallar el conflicto sin que sea posible controlar sus dimensiones ni mitigar su inmenso poder destructor.

15. Aun antes de llegar a este momento crítico, la paz está ya herida en sus fundamentos por la injusticia existente, las múltiples agresiones localizadas y la estrategia de subversión y terrorismo extendida por diferentes puntos del mundo. La guerra no es más que la explosión brutal de la injusticia y de las ideologías expansionistas y dominadoras.

2. PRECARIA PAZ EN EUROPA

16. Al examinar nuestras responsabilidades en relación con la paz no podemos dejar de tener en cuenta la situación de Europa de la que los españoles formamos parte. Al hablar de Europa no pensamos sólo en la Comunidad Europea, sino en Europa entera, desde el Atlántico a los Urales. Estamos y queremos estar unidos a esta Europa dividida y amenazada que busca ansiosamente la seguridad y la paz al saberse la primera víctima en el caso de que se rompiera el difícil y frágil equilibrio existente entre los bloques.

2.1. Una guerra todavía no cerrada

17. A pesar de los importantes logros alcanzados durante los últimos años en las relaciones entre los pueblos europeos, no se ha llegado todavía a un tratado de paz que cancele del todo la segunda guerra mundial concluida militarmente hace ya más de cuarenta años. Desde entonces pueblos enteros se ven privados de su autonomía cultural y política; las libertades de expresión, de conciencia y de libre circulación no están reconocidas en gran parte de Europa; diversas naciones se ven divididas por fronteras artificiales que se mantienen por la fuerza y el temor de las armas. La incompatibilidad entre los bloques y las áreas de influencia dividen violentamente a Europa en zonas incomunicadas que se miran con desconfianza y están sometidas a las exigencias de la rivalidad entre las superpotencias y a los vaivenes de sus relaciones.

2.2. Una búsqueda larga y laboriosa

18. Los países europeos sienten la necesidad de superar esta situación o de mitigar, al menos, sus consecuencias más irritantes y dolorosas. Cuando el mundo entero se siente llamado a vivir como una única familia, resulta menos tolerable la división y el enfrentamiento dentro de la familia europea, en la que no es posible el mutuo enriquecimiento al faltar la libertad de comunicación; las mismas familias se ven obligadas a vivir divididas y los problemas comunes no pueden ser abordados en sus dimensiones naturales porque no es posible la colaboración directa entre los trabajadores, los empresarios, los intelectuales, los políticos y los gobernantes.

El Acta de Helsinki, así como la Conferencia de Seguridad y Cooperación de Europa (1975) son expresión de un anhelo común. A pesar de los escasos frutos obtenidos en la práctica, continuó el diálogo en las sesiones de Belgrado, Madrid y Estocolmo. El proceso, iniciado hace diez años, será revisado, una vez más, en Viena. Ojalá estos esfuerzos logren pasos efectivos en el reconocimiento de la libertad y de la justicia, fundamentos indispensables de la paz verdadera.

3. DIFICULTADES PARA LA PAZ EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA

19. Si bien en relación con la paz exterior nuestra situación es muy similar a la del resto de los países de Europa Occidental, nos encontramos, sin embargo, en unas circunstancias peculiares en relación con la paz interna de nuestra sociedad.

Entre nosotros la injusticia, las tensiones, las ideologías intolerantes, la presencia misma de la violencia, tienen caracteres singulares y específicos. Enumeramos únicamente los que constituyen las mayores dificultades para construir sólidamente una convivencia pacífica y estable: la injusticia social que mantiene en la pobreza a varios millones de españoles; el paro que en vez de disminuir alcanza cifras intolerables; las ideologías totalitarias y agresivas sostenidas por grupos minoritarios; la dificultad de armonizar los derechos e intereses de las diversas nacionalidades y autonomías con las justas exigencias del bien común; la pérdida de ideales y valores éticos socialmente compartidos, la persistencia del terrorismo inhumano y cruel.

Sin caer en actitudes catastrofistas, es innegable que los españoles debemos enfrentarnos con estos problemas de manera seria y enérgica para llegar a una convivencia verdaderamente reconciliada, enriquecida con el bien de la paz, que nos permita superar definitivamente los enfrentamientos de nuestra historia y contribuir a la paz mundial con arreglo a nuestras posibilidades históricas, culturales y religiosas.

4. ACTITUDES SOCIALES DE FONDO

4.1. Crisis de verdad y de sentido

20. La amenaza de una guerra nuclear, las injustas diferencias entre los pueblos del mundo, la precaria paz de Europa y los conflictos de la sociedad española obedecen en el fondo a actitudes de prepotencia y de dominio que impiden la implantación de un orden verdaderamente justo y solidario entre los hombres.

Acostumbrados a vivir en un clima de injusticia y de violencia, las grandes palabras como paz, justicia, solidaridad, quedan adulteradas y vacías de sentido. Perdidos en una sociedad donde se infringen habitualmente los criterios morales del respeto a la vida y de la convivencia, los hombres y las naciones sufren una crisis de verdad, de confianza y de sentido.

4.2. Resignación y desencanto

21. Esta situación provoca en muchos la sensación de que no hay posibilidad de rectificar la situación actual, caminando hacia una sociedad nueva, más justa y solidaria, en la que las relaciones entre los pueblos estén dirigidas por un sentimiento de solidaridad universal en vez de inspirarse en la rivalidad y la competencia.

La progresiva concentración de poderes hace cada vez más difícil la participación responsable de los ciudadanos en las grandes decisiones sociales y políticas. Por eso no tiene nada de extraño que muchos hombres y mujeres se dejen llevar por el desencanto y lleguen a la conclusión de que la situación actual del mundo, dividido en bloques y atravesado por tensiones y conflictos es algo inevitable. Especialmente los jóvenes de uno y otro sexo se ven angustiados por un futuro cargado de dificultades y amenazas ante el cual no saben qué pueden o qué deben hacer. Este estado de ánimo provoca en unos reacciones agresivas y a otros les lleva a actitudes pasivas fácilmente aprovechadas por grupos minoritarios que aspiran a manipular y dominar la vida de los pueblos. «Todo esto puede y debe ser cambiado».5

4.3. Hacia una «mentalidad totalmente nueva»

22. La paz no es un ideal utópico que pueda ser dejado al entusiasmo de ciertos grupos soñadores. La paz universal se ha convertido en una condición indispensable para la subsistencia de la humanidad, en un punto de partida necesario para poder superar los graves problemas del hambre y de la pobreza en el mundo y avanzar en el establecimiento de una vida libre, pacífica y digna para todos los hombres de la tierra.

23. Nosotros queremos afirmar solemnemente que la paz es necesaria, que la paz es posible, que es obligatorio para todos hacer cuanto dependa de nosotros para que sea pronto una realidad. Hay que resaltar que está ganando terreno la conciencia de que la reconciliación, la justicia y la paz entre los individuos y entre las naciones no son simplemente una llamada dirigida a unos cuantos idealistas, sino una verdadera condición para la supervivencia de la misma vida.6

24. Esta conciencia está suscitando el nacimiento de grupos y movimientos que buscan nuevos caminos para construir la paz. Se extiende la convicción de que vivimos un «tiempo de adviento, de espera»,7 y se despierta el sentimiento de que se abre una nueva época de la historia humana cuyo rumbo está aún en nuestras manos.

25. Los cristianos no podemos asistir con indiferencia a estos acontecimientos. En el Evangelio y en la vida de la Iglesia encontramos «nobles razones, más aún, motivos de inspiración para realizar cualquier esfuerzo que pueda dar paz verdadera al mundo de hoy».8

El Concilio Vaticano II nos invitó hace ya más de veinte años a examinar los problemas de la guerra con «mentalidad totalmente nueva».9 A partir de la iluminación que nos viene de la revelación de Dios, de la tradición de la Iglesia y de las insistentes enseñanzas de los últimos Papas, debemos examinar las graves amenazas que se alzan hoy contra la paz del mundo, asumir con simpatía y discernimiento las aspiraciones de paz que surgen en los diversos grupos humanos, denunciar las raíces de la violencia e impulsar todo aquello que acelere el establecimiento de la paz universal entre los hombres y las naciones de la tierra.

  1. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 2.
  2. Cf. Ibidem.
  3. Ibídem.
  4. Ibídem.
  5. Ibídem, 4.
  6. Cf. Ibídem.
  7. JUAN PABLO II, Encíclica Redemptor Hominis, 1.
  8. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 6.
  9. Constitución pastoral, 80.

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