1. Corazón inmaculado de María
Jesús es el verdadero centro del mundo. Jesús es el sol de nuestras almas del que reciben todas las gracias y luces. Desde la Creación del mundo, todo lo que pasa en la tierra entre Dios y los hombres tiende hacia Él, sólo habla de Él y es la figura de EL.
No se puede separar a Jesús de su santa Madre. María es el objeto más grande de su gracia y el mas extraño efecto de su poder: primera rescatada, salvada, desde su concepción inmaculada, como prevención, por la plenitud de gracia que le venía ya de la muerte de su Hijo.
Íntimamente unida al misterio de la Encarnación, la que ha engendrado, ¡oh maravilla! A su creador, con miras a su divina misión, ha sido preservada del pecado original.
María es la más pura de todas la criaturas.
Era libre como nosotros, y sin embargo no cometió el más mínimo pecado. Su primera misión, la maternidad física del Hijo de Dios, fue posible por su concepción inmaculada que le dio la dignidad necesaria y la capacidad de este sí total pronunciado en la Anunciación.
La invocación de su Medalla nos recuerda su único privilegio y su poder total sobre el Corazón de Jesús.
María es toda de Dios. No es ella la que vive, sino Jesucristo es quien vive en ella.
2. Corazón doloroso de María
La misión divina de Madre de Dios, no ha sido tanto la gloria, como la parte que tuvo en los sufrimientos de Jesús: María aceptó ser la madre humillada del Hijo humillado.
María es la Virgen con el Corazón atravesado, la única cooperadora del Redentor por su asociación al acto mismo del sacrificio redentor de Cristo. La espada que le atravesó su corazón nos dice bastante del dolor que le hemos costado nosotros, sus otros hijos. Qué pena para María sentir la maldad de los hombres hacia aquel que vino a salvarlos.
En el calvario, vio crucificar a su hijo y le vio morir. Al pie de la cruz, ella ofrece Jesús a Dios Padre, y los sufrimientos de su corazón, para la salvación del mundo. Y es, en este momento, cuando Jesús nos la da y se convierte en nuestra Madre.
Mirar la cruz es unir su Corazón al Corazón de Jesús, es el secreto de María. Solamente Ella ha tenido sobre el misterio de la Redención una mirada tan profunda como para comprender el sentido.
Sólo María, la Madre de Dolores, puede ayudarnos a mirar la cruz sin desfallecer, ella que ha sufrido tanto por nosotros, con tanta paciencia y dulzura, ella que a lo largo de toda su vida, ha aceptado todo por amor.
3. María medianera de gracia
La gracia de Jesucristo reside en plenitud en María, para ser comunicada en plenitud a sus hijos. Dios ha escogido como tesorera de sus gracias a la que ha llevado en su seno al Autor de toda gracia, de manera que sus gracias y dones pasen por las manos de María.
Dios que ha llegado a nosotros por María, quiere que vayamos a Jesús por María. Así en las bodas de Caná, bastó que María interviniera discretamente ante su Hijo diciendo: «No tienen vino», para que Jesús realizase su primer milagro. Jesús que ama infinitamente a su Madre, quiere concedernos sus gracias por su intercesión. María sólo espera de nosotros un gesto de abandono verdaderamente filial, un signo de nuestra confianza en su todopoderosa intercesión, como el venir al pie del altar o llevar su medalla.
Cuando no obtengamos lo que pedimos no debemos extrañarnos: porque María quiere lo que quiere Jesús, el bien de nuestra alma, nuestra santificación. Siempre nos hace comprender mejor el amor de Dios y nos enseña a vivir como ella, aceptando el sufrimiento como medio de tomar parte en la Pasión de Cristo para la salvación del mundo.
Pongámonos en las manos maternales de María para que nos presente a Dios como sus hijos. Así tendremos a Dios por Padre y a María como Madre.
4. María nuestra esperanza
Radiante de la luz de Dios, María Inmaculada está ahora en la gloria de su Hijo en cuerpo y alma. «Tenía un vestido de seda blanco aurora…»
La Virgen María, aurora que precede, que lleva y da el sol al mundo, ha sido elevada a la dignidad de Reina del cielo y de la tierra.
La Virgen glorificada, promesa de victoria absoluta sobre el Maligno, nos sostiene en el combate espiritual si nos confiamos a ella, porque es el socorro de los cristianos. Y nos consuela cuando estamos apenados, porque es la consoladora de los afligidos.
María, perfecta imagen de la Iglesia futura, guía y sostiene a sus hijos que están en camino. María es la Madre de la Iglesia.
María es el lazo de unión entre todos sus hijos, entre todos los hijos de Dios, hermanos y hermanas de Jesús.
Su Medalla ayuda a vivir el misterio cristiano por la vía maternal, familiar, eclesial, vía de dulzura, de paz, de humildad. Ella invita también a una vida más generosa, a ver en el pobre y en el que sufre, el rostro de Cristo.
María, en medio de todos los hombres, sus hijos, nos ayuda a soportar los sufrimientos del tiempo presente que no son nada en comparación de la gloria ya manifestada en ella que será también la nuestra.
Démonos a Ella y vivamos como Ella si queremos ver a Dios, y ver un día a María, nuestra alegría y nuestro amor.
5. Unirnos a Jesús por María
Llenos de agradecimiento a nuestra Madre del Cielo, dejémosle que haga en nosotros lo que quiere: unirnos a Jesús.
El bautismo nos da esta gracia nueva que Cristo ha conquistado para nosotros ofreciéndose en sacrificio para librarnos del poder del demonio. Pero nosotros, pobres pecadores, todos los días, debemos renunciar a la esclavitud del pecado.
María, esta Madre de misericordia, que está unida por compasión a la Pasíón de Cristo, está dispuesta a venir en socorro del que cae y quiere levantarse. Puerta del cielo, siempre abierta, María puede obtenernos la gracia de un corazón sencillo ante Dios, que reconoce sus faltas y pide perdón en el sacramento de la reconciliación en el que nuestra alma es misteriosamente purificada por las palabras de la Absolución pronunciadas por el sacerdote.
Jesús quiere vivir con nosotros, en nosotros, por la comunión. Como en María, primer tabernáculo de la historia. Ella se sentía tan feliz cuando llevaba a Jesús en su seno. Después ella le amamantó, cuidó, como todas las mamás del mundo, ¡pero su hijo era Dios! Adornándola con todas sus gracias, Dios ha preparado en María un paraíso para Jesús. La Santísima Virgen, causa de nuestra alegría, puede preparar nuestros corazones para la comunión. ¡Su medalla, también nos hace pensar que llevamos en nosotros al Dios vivo!
6. Tras los pasos de María
Buscando hacernos dignos de tanto amor y dulzura, decidámonos a vivir con María para imitarla, porque la santidad de María, más alta que todas las demás, está, sin embargo, muy cercana a nosotros.
Mirémosla para aprender a decir sí a Dios, como ella lo hizo a los largo de su vida: al ángel Gabriel y hasta al pie de la Cruz. Esto está a nuestro alcance, allá donde nos encontremos ahora.
María es también un gran ejemplo para nosotros de un apostolado humilde y escondido. El día de su visita a Isabel, llevaba en silencio a Cristo. Dio al mundo el Redentor en el secreto de un pobre establo. Vivió oculta con Jesús en una casita de Nazaret y le siguió en su vida pública, pero siempre en la sombra.
El apostolado de María fue interior, hecho de oración y de sacrificio. Mientras que su vida era totalmente ordinaria, siempre estaba interiormente unida a su Hijo.
En cuanto a nosotros, si queremos expresar nuestro agradecimiento a esta tierna madre, propaguemos su Medalla, repitamos con frecuencia su oración.
Y para vivir con María recitemos el rosario: nada iguala a la fuerza de esta plegaria para convertir nuestros corazones que Ella riega con un rocío celestial.
Entonces, unidos a los Corazones de Jesús y de María elevemos a Dios un canto de agradecimiento, a Él que quiere compartir con nosotros su vida para nuestra dicha.






