Vamos a reflexionar hoy sobre dos temas muy relacionados, pero no idénticos: la concepción virginal de Jesús y la perpetua virginidad de María.
El primer tema se refiere a Jesús, es una doctrina cristológica: Jesús apareció en el seno de María por obra del Espíritu Santo, no por concurso de varón.
El segundo tema se refiere a María, a su voluntad de permanecer siempre virgen, a su «no» al sexo como consecuencia de su «sí» a Dios.
También hoy van a ser los evangelistas Mateo y Lucas quienes nos van a dar los motivos para reflexionar.
1.1
«María –nos dice Mateo— estaba desposada con José».
Conocemos bastante bien las costumbres nupciales de los judíos. Comprendían dos etapas: la de los desposorios y la del matrimonio propiamente dicho.
El efecto legal de los desposorios era el de dar al varón el derecho de casarse con la mujer elegida y el de imponer a ésta el deber de casarse con el varón. Pero la mujer permanecía bajo la autoridad del padre durante todo el tiempo (más o menos un año) entre los desposorios y el día en que era conducida solemnemente a la casa del novio y pasaba a su autoridad. En ese tiempo intermedio los desposados vivían por separado y a la joven se le exigía virginidad hasta su matrimonio. Tanto el código moral judío como el contexto social en que vivía la joven María, en una pequeña aldea galilea, nos dan la seguridad de que ella permaneció virgen por todo el tiempo de los desposorios.
Pero ocurrió —sigue diciendo San Mateo— que «antes de empezar a estar juntos ellos, María se encontró encinta por obra del Espíritu Santo»; y entonces «su esposo José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto». Se han hecho muchos comentarios sobre este momento crucial de la vida de José y María.
— Si se supone que José no sabía nada sobre la causa verdadera de la gravidez de María, es lógico pensar que, al darse cuenta de su estado, sospechara que Maria le había sido infiel y, justo como era (es decir, observante de la ley por una parte, y bueno y compasivo por otra), pensara en el modo de cumplir su obligación legal de repudiarla, lo más discretamente que le fuera posible. Su discreción, de todos modos, de nada iba a servir, pues el suceso del embarazo de María durante los desposorios muy pronto se sabría y se comentaría en aquella pequeña aldea de Nazaret.
— Pero ¿por qué suponer que José no sabía nada, y no que lo sabía todo de labios de la misma María, su prometida? Es una opinión ya antigua que reviven hoy teólogos católicos muy importantes (León-Dufour, Karl Rahner, otros). Cuando José oyó de ella que había concebido de manera milagrosa a un niño que iba a ser el Hijo de Dios, pensó en un primer momento, por respeto para ella y para con Dios, en liberarla de la obligación de casarse con él. «Reconocía su propia insignificancia e indignidad, y las contraponía a la excelencia y eminencia de su esposa que iba a ser Madre del Mesías y de Dios. Y de esta manera, en su modestia y humildad, comenzó a pensar en repudiarla, ya que temía que el convivir en la misma casa y hogar con ella pudiera constituir una ofensa a Dios» (Alfonso Salmerón. «Comentarii in Evangelia, vol. 3, Colonia 1612, p. 237). Cuando San Mateo nos dice que José pensó en repudiar en secreto a María, pues «era justo y no quería ponerla en evidencia», no quiere expresar en modo alguno que «no quería exponerla a la desgracia pública» como si fuera una adúltera, cosa que él rechaza en todo momento, sino que «no quería divulgar el secreto de María», el secreto de aquella concepción evidentemente milagrosa y por tanto inefable.
El ángel se le aparece entonces a José. Y lo que le anuncia no es el hecho de la concepción virginal de María, que él ya conocía, sino la conducta que debe observar en contra de lo que estaba pensando hacer: «José, no temas tomar contigo a tu esposa… Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús». Es decir, el ángel le da el motivo por el que debe vivir junto a María y Jesús. El, José, «hijo de David», al poner el nombre al niño, le asegura legalmente la procedencia davídica y le confiere los derechos hereditarios, esto es, las promesas bíblicas hechas al linaje mesiánico.
José obedece a la palabra de Dios, lo mismo que María la había obedecido, y con ello demuestra efectivamente que era justo y que estaba dispuesto a desempeñar el papel que Dios le asignaba de ser el padre legal de Jesús y el custodio de la sagrada familia.
1.2
Lo que más nos importa es el significado religioso de la concepción virginal de Jesús. No escasean los cristianos que dicen que les da lo mismo si Jesús fue concebido virginalmente o no. Quieren decir seguramente que Dios pudo haber hecho que su Hijo naciera de padre y madre terrenos, concebido de la misma manera que todos nosotros, sin que por ello desmerecieran los padres ni el hijo.
Evidentemente que sí. Pero el hecho de que el Hijo de Dios eligiera, para hacerse hombre, la concepción virginal, tiene un mensaje religioso totalmente importante.
No se trata en absoluto de detalles biológicos, ni siquiera de doctrina sobre la Virgen María, sino ante todo de una afirmación que se refiere a Cristo Salvador.
Cuando nosotros profesamos en el Credo que «fue concebido por obra del Espíritu Santo» o que «se encarnó por obra del Espíritu Santo», no hablamos de la Virgen ni del valor de su virginidad; nos referimos a que Cristo vino al mundo debido exclusivamente a la intervención directa de Dios.
Jesús es Dios hecho hombre para salvar al mundo y sólo puede provenir del mismo Dios. Todos los hombres del mundo serían incapaces de engendrarlo. La humanidad no puede salvarse a sí misma lo mismo que un muerto no puede sacarse a sí mismo de la tumba. Se precisa la intervención directa de Dios. La venida de Cristo al mundo es «un suceso tal que a todas nuestras preguntas sobre su origen, su valor, su razón de ser, su modo y su sentido, no se puede dar más que una respuesta: ¡Dios, sólo Dios, Dios en persona!» (Karl Barth, Dogmatique, vol. 1, tomo II).
Cuando se nos pregunta en el bautismo: «¿Creéis en Jesucristo, Hijo único de Dios, que nació de santa María Virgen?», y contestamos que sí, se trata de nuestra fe en la concepción virginal de Jesús, se trata de nuestro reconocimiento de la trascendencia y generosidad de Dios que viene en ayuda de nuestra esterilidad, que cuando le presentamos nuestra pobreza, nos dice que «lo que para los hombres es imposible, es muy posible para Dios» (Mc 10, 27; Lc 1, 27).
Como siempre, Dios pedirá la colaboración del hombre para esa salvación del mundo. María colaboró con su «fiat» y todos debemos colaborar. También los políticos, los técnicos, los economistas, los sociólogos… Pero no son éstos, precisamente solos, los que salvan al mundo, al menos no han dado trazas de poder hacerlo. Sólo Dios en definitiva puede salvarlo. Y la sociedad que no lo entienda así, la sociedad que no diga «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra», camina muy equivocadamente.
2.1
No son lo mismo la concepción virginal de Jesús que la virginidad perpetua de María.
La concepción virginal de Jesús implica que su madre no tuvo contacto sexual al concebirlo. La virginidad perpetua de María implica que no lo tuvo nunca.
También de esto se ha hablado mucho, unas veces por carta de menos (como muchos protestantes), otras veces por carta de más (como muchos católicos). Muchos católicos han defendido, por ejemplo, que la Virgen María habría hecho voto de virginidad ya antes de la Anunciación. Pero hacer voto de virginidad y a la vez desposarse con José en orden a un verdadero matrimonio es demasiado contradictorio. Aparte de que, históricamente, resulta muy improbable que una joven judía hiciera ese voto, pues toda la tradición de su pueblo consideraba a los hijos como la suprema bendición y la esterilidad como una desgracia.
De todos modos parece que San Lucas quiere decir algo especial cuando pone en labios de María la expresión «pues no conozco varón». Si se tratara sólo de saber cómo sería la concepción virginal del hijo anunciado, a María le bastaba con preguntar «como será eso», no tenía necesidad de añadir «pues no conozco varón». «Cuando redactó Lucas el diálogo de la Virgen con el ángel, unos setenta años después del nacimiento de Jesús, hubo de escribir estas palabras porque juzgaba que María había sido destinada a permanecer virgen por siempre, es decir, porque estaba firmemente convencido de que María había permanecido de hecho virgen toda su vida, antes y después del nacimiento de Jesús. En una palabra, las expresiones que pone Lucas en labios de María son una afirmación formal y deliberada por parte del evangelista, después del suceso, de la virginidad perpetua de María» (McHugh, o. c., p. 261).
La Virgen María se desposó con José lo mismo que sus compañeras israelitas se desposaban con sus prometidos: con el pensamiento y la ilusión de un matrimonio que habría de ser consumado. La decisión de la virginidad la tomaron, ella y también San José, después del anuncio del ángel a María, según lo cuenta Lucas, y después del anuncio del ángel a José, según lo cuenta Mateo. Esta decisión no fue anterior a la maternidad divina de María, sino consecuencia de ella y en perfecta sintonía con ella. María fue virgen no a pesar de su maternidad, sino precisamente por causa de ella. El misterio de la concepción virginal los orientó a ella y a José al hecho de una vida virginal.
Y este modo de entender las cosas está lleno de consecuencias significativas para todos los cristianos:
En primer lugar, queda valorada la santidad de la unión física de esposo y esposa, pues la Palabra de Dios quiso nacer de una mujer que aspiraba a servir a Dios a través del matrimonio y que, aún habiendo sido concebida sin pecado original, se desposó con José en orden a una vida marital normal.
En segundo lugar, se proclama el valor de un amor y de una relación más allá de la relación sexual, aún dentro del matrimonio. El supremo valor del matrimonio no es la unión sexual sino un amor mucho más profundo y abarcador, libre de egoismos. María y José, por el hecho de decidirse a vivir virginalmente, llaman la atención sobre la primacía de este amor superior, tantas veces relegado en la vida de muchos matrimonios.
En tercer lugar, por su entrega total a Jesús «su» hijo, María y José nos enseñan cómo el amor de los esposos puede ser expresado y profundizado mediante el amor a Dios y a los propios hijos, y de esta manera se convierten en ejemplo para todos los padres cristianos, cuyo amor a los hijos les exige no pocas veces un inmenso sacrificio y la muerte del propio egoismo.
Finalmente, se constituyen María y José en el modelo de quienes abrazan una vida célibe por amor al Reino (Mt 19, 12).
2.2
Y aquí es preciso que nos detengamos un poco a pensar en el significado cristiano de la virginidad perpetua de María y de todos los que viven una vida semejante.
El valor de la virginidad cristiana no estriba ni en la abstención del ejercicio sexual ni en el dominio de sí mismo que la virginidad puede implicar. Quizá sean éstas cosas valiosas, pero no se trata de ellas. Lo que importa es el motivo por el que uno elige la virginidad y el uso que de ella hace; lo que importa es el por qué y el para qué.
El solo hecho de no casarse no tiene más valor espiritual que el solo hecho de casarse. El mero hecho de dominarse a sí mismo no diferencia a un cristiano que se domine de un no cristiano que también se domine. La verdadera razón de la excelencia de la virginidad no radica en la virginidad misma, sino en el plus de capacidad que ésta parece entrañar para relacionarse con Cristo haciéndose disponibles para el Reino que él proclamó y para el Mandato nuevo que él nos dejó. En una palabra, la virginidad, para un cristiano, o sirve para amar más o no sirve para nada.
Por eso se trata mucho más de la virginidad interior que de la virginidad biológica, se trata mucho más de un «sí» a Dios que de un «no» al sexo. La Iglesia primitiva y la Iglesia católica de todos los tiempos afirma de María la virginidad total, pero subraya sobre todo su virginidad interior. Ya San Agustín escribía: «De nada hubiera servido a María su virginidad material si no hubiera dado a luz con alegría en su corazón a Jesús». La alegría es precisamente un buen signo de virginidad.
Y por este camino también las personas casadas «pueden ser cristianamente vírgenes si su relación sexual contribuye a una vivificación de Cristo, fruto de una mutua entrega al Dios que actúa» (Antonio Salas, «María la Virgen», en «Biblia y Fe», mayo-agosto 1980, p. 8 7).
Si María y José eligieron la vida virginal no fue porque menospreciaran la vida matrimonial, sino por su deseo de servir con todo al hijo que el Espíritu Santo les había dado y a aquellos a quienes él venía a salvar. Su virginidad material era un signo precioso de su amor y de su entrega, pero este amor y esta entrega eran lo definitivo.
3
¿Cómo expresa la Medalla Milagrosa estas verdades católicas de la concepción virginal de Jesús y de la virginidad perpetua de María?
Las expresa sobre todo con el signo más importante de la medalla: el conjunto formado en el reverso por la Cruz que nace de la letra M. La Cruz representa la persona de Jesús y la letra M la persona de María. Jesús nace de María.
— Expresa la concepción virginal de Jesús al presentar solos a María y Jesús de manera sobria y sin añadiduras. El Poder del Altísimo no es un elemento fácilmente expresable con signos, pero está necesariamente en el origen del nacimiento de Jesús, de la encarnación de Dios en el dolor de la Cruz para fecundar la esterilidad humana.
— Y expresa la virginidad de María porque esta virginidad es signo y consecuencia de su maternidad divina. La letra M da a luz a la Cruz y luego se sitúa debajo, pobre y servidora con toda su virginidad.
Otro signo de la Medalla lo hallamos en el reverso: La mujer aplasta con su pie la cabeza de la serpiente. Es la expresión plástica del protoevangelio (Gn 3, 14-15) y de algún modo manifiesta la Inmaculada Concepción de María pues indica que el Mal nunca tuvo poder sobre ella. Y la Inmaculada Concepción tiene relación con la concepción virginal de Jesús y con la perpetua virginidad de María:
— ¿Por qué la Virgen María fue preservada inmune del pecado original? Solamente en razón de su futura maternidad divina, en razón de la concepción virginal de Jesús.
— ¿Y por qué la Virgen María eligió una vida de perpetua virginidad? Solamente porque esa maternidad divina se lo pidió. Si la Inmaculada Concepción prepara la maternidad divina de María, su virginidad perpetua la continúa, la perpetúa en la historia de los cristianos.
La Medalla Milagrosa es un «símbolo de todo lo mariano».






