Comunidad y autoridad religiosa en la sociedad tecnocrática

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Cristiana0 Comments

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Autor: Benjamín Forcano, C.M.F. · Año publicación original: 1975 · Fuente: 3ª Semana de Estudios Vicencianos.

BENJAMIN FORCANO, claretiano, nace en Anento (Zaragoza) el 9 de septiembre de 1935. Sacerdote en 1962. En Roma, cursó por un año estudios teológi­cos en el «Angelicum» y por dos años la espe­cialidad de estudios morales en la «Acade­mia Alfonsiana». Desde 1965 a 1967 fue profesor de Teología Moral en el ateneo cla­retiano de Roma. Desde 1967 ha sido profesor de teología mo­ral en Salamanca: en el Teologado claretia­no, en el Instituto de San Pío X, en la EU­PER y en la Universidad Pontificia. En la actualidad, sigue siendo profesor de Teología Moral, interviene en cursillos, da charlas, colabora en diversas revistas. Es autor de «Caminos Nuevos de la Moral», «¿Amor y Natalidad en Conflicto?», «Por qué y cómo regular la natalidad». En 1970-71, dictó un curso en La Javeriana y en otras universidades de Bogotá.


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El tema que vamos a desarrollar requiere que se lo sitúe, desde un principio, en su verdadero contexto.

Ningún tema —y acaso menos este de la “Comunidad-Autoridad”—, puede ser correctamente planteado si lo ais­lamos del campo real en que sucede.

Por supuesto, es este un problema complejo, que encu­bre dimensiones de tratamiento humano y, a la vez, de tratamiento específicamente cristiano Pero el problema no se vive en la realidad desde dimensiones humanas o cris­tianas netamente seperadas, sino en unión.

Lo cristiano supone lo humano, se edifica sobre él, lo clarifica y lo plenifica. Todo, pues, lo que se encierra en el tema “comunidad-autoridad” como fenómeno humano, in­teresa para nuestro estudio en cuanto que, de alguna ma­nera, tiene que ver con la comunidad-autoridad como fenó­meno cristiano.

Por otra parte, el encuentro o fusión de estas dimensio­nes humano-cristianas no se da en sujetos meramente in­dividuales, desarraigados de un determinado espacio cul­tural e histórico. Nadie debe a sí, en exclusividad, la gé­nesis y conformación actual de su personalidad.

Esto quiere decir que hemos de apuntar al ámbito real en que debe ser visto el problema de la comunidad-autori­dad: el del sujeto humano tal como únicamente es, es decir, al de una perspectiva antropológica integral.

Lo cual nos precave contra un enfoque dualista del pro­blema. Porque no creo que la mentalidad dualista haya de­saparecido, ni mucho menos, de la mente de muchos cris­tianos. Tal mentalidad impregnó nuestra vida de cristianos y se hizo patente sobre todo en las relaciones concretas de Iglesia-Sociedad.

La Iglesia era vista como una entidad “sobrenatural”, extraña y superior a la sociedad misma, con un contenido de sabiduría y vida propios. La Sociedad era vista como una entidad natural, profana e inferior, con un programa de sabiduría y de vida propios, pero en colisión con el de la Iglesia.

El resultado de todo esto fue que Iglesia y Sociedad vi­vieron distanciados, ignorándose y excluyéndose.

Esta situación acabó, por lo menos teóricamente, con el Concilio Vaticano II.

Ya el Papa Juan XXIII, en la inauguración misma del Concilio, decía: “En el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones humanas, es preciso reconocer los designios arcanos de la Providen­cia divina que, a través de los acontecimientos y de las mismas obras de los hombres, muchas veces sin que ellos lo esperen, se llevan a término, haciendo que todo, incluso las adversidades humanas, redunden en bien para la Iglesia”.1JUAN XXIII, en la Inauguración del Vaticano II, 11-10-62.

Y Pablo VI, en el inicio de la segunda sesión del Con­cilio, decía: “Tratará el Concilio de tender un puente con el mundo contemporáneo”.2PABLO VI, en la Segunda Sesión del Concilio, 29-9-63. Idea que vuelve a repetir en la sesión de clausura: “No podemos omitir la observación capital de que el Concilio ha tenido un vivo interés por el estudio del mundo moderno… El descubrimiento de las ne­cesidades humanas —y son tanto mayores cuanto más gran­de se hace el hijo de la tierra— ha absorbido la atención de nuestro Sínodo. Vosotros humanistas modernos, que renunciáis a la transcendencia de las cosas supremas, con­feridle siquiera este mérito y reconocer nuestro nuevo hu­manismo: también nosotros —y más que nadie— somos promotores del hombre”.3PABLO VI, en la Sesión de Clausura del Concilio, 7-12-65.

No en vano el Concilio mismo se propuso para su estu­dio, como uno de sus objetivos fundamentales, este reencuentro con el mundo. Tal reencuentro lo elaboró doctri­nalmente en varios de sus documentos pero, sobre todo, en su constitución “Gaudium et Spes”. Es aquí donde la Iglesia se confiesa a sí misma parte viva de la humanidad: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos, esperanzas y tris­tezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su co­razón… La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”.4GS, 1.

El Concilio, tras describir la situación del hombre mo­derno, baja a dialogar con él ofreciéndole, en sincero y humilde servicio, la luz del Evangelio y el poder salvador de Jesucristo. De esta manera, la respuesta que ofrece la Iglesia “hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la Humanidad, de la que aquel forma parte, se prestan mutuo servicio”.5GS, 11.

La olvidada dialéctica entre Evangelio y Cultura: una clave para entender el problema

Vamos a exponer enseguida la crisis por la que atraviesa actualmente el fenómeno comunidad-autoridad, tanto en la Sociedad como en la Iglesia.

Pero no creo que podamos dar con el verdadero sentido de esa crisis, ni rastrear sus verdaderas causas, ni acertar en las soluciones si, de alguna manera, no descubrimos el hontanar secreto de donde manan siempre esas crisis.

Ese hontanar es, para mí, el encuentro dialéctico entre el Evangelio y la cultura humana.

No hay duda que el Evangelio presenta unos rasgos precisos sobre el sentido que debe tener la comunidad y autoridad en la Iglesia. Es una imagen nítida que debiera ser mantenida siempre por todo cristiano.

Pero, por otra parte, esta imagen tiene que ser actuada por un cristiano, que es hombre y lo es en un determinado momento de la historia y de la cultura. Un hombre a quien le acecha el riesgo de interpretar el sentido de la comunidad y autoridad evangélicas, según el sentido que éstas han tomado en un determinado momento de la sociedad e his­toria humanas. Así, por ejemplo, las órdenes monásticas primero y las otras congregaciones religiosas después, vi­vieron el fenómeno comunidad-autoridad a modo de una comunidad escolar o docente con las relaciones típicas de maestro-discípulo o a modo de una comunidad imperial con las relaciones típicas de rey-vasallo. En la Edad Media la vida religiosa asimila notablemente el modelo feudal de suerte que no pocos superiores y superioras ejercen su auto­ridad como grandes señores seculares o grandes damas de este mundo.

A partir del Renacimiento adviene el absolutismo de los Estados y Reyes, y no pocos superiores se inspiran en el autoritarismo de estos estados y reyes para ejercer su autoridad. “En América Latina, escribe el P. Leclercq, las damas nobles que se hacen monjas, entran en el claustro acompañadas de su criada o conversa y esclava, negra o india. Como consecuencia de la obediencia que éstas deben a su señora, nace la idea de la obediencia ciega”.6J. LECLERCQ, Evangelio y Cultura en la historia de la autoridad monástica, en “Vida Religiosa”, enero 1973, p. 39.

Ya en el siglo pasado, la imagen de una sociedad bur­guesa, radicalmente desigual en posición, bienes y trato, influye notablemente en la imagen y autoridad de la vida religiosa.

Más en nuestro tiempo, ha prevalecido la imagen de la comunidad y autoridad familiar, pero desde un perfil obvia­mente impositivo y autoritario.

Esto nos muestra lo que veníamos diciendo: el Evange­lio nos ofrece una imagen peculiar de lo que es la comunidad y autoridad. Pero el hombre, a lo largo de la historia, cuan­do se acerca al Evangelio, se encuentra ya preformado desde otras categorías y valores, que considerará fácilmente legítimos y hasta concordes con los del Evangelio.

Esta tendencia, fuerte e inconsciente, es la que puede impedirnos a muchos la imagen auténtica de lo que es la comunidad y autoridad según el Evangelio y situarnos en una actitud de oposición al cambio y progreso.

No dudaría en afirmar que es ésta la clave que encierra el secreto de muchas tensiones actuales. Una mentalidad cómoda, casi petrificada, a-histórica pretendería quedarse en el pasado, sacando de él los modelos para guiar el pre­sente y el futuro.

Absolutizar el pasado, absolutizar un modelo cultural es un riesgo y está resultando para muchos una incons­ciente y perniciosa tentación.

El Evangelio es de ayer, de hoy y de mañana, tiene con­tenidos que no prescriben jamás. Pero, el hombre es un ser histórico, procedente del pasado pero no atado inexorable­mente a él, con posibilidades siempre nuevas, cuyas reali­zaciones histórico-culturales son, por lo tanto, relativas.

Es preciso verlo así. La persona humana es una realidad histórica, en constante creación y superación. Dios nos entrega la vida como un proyecto inacabado, como una meta jamás conquistada.

¿Sociedad y autoridad en crisis?

Sociedad y autoridad son dos términos correlativos. Con esto decimos simplemente que sociedad y autoridad no pue­den existir como realidades independientes Ambas se im­plican en su existir y se necesitan para su mutuo sentido.

El Concilio, al hablar de la situación actual del hombre, escribe: “Son cada día más profundos los cambios que expe­rimentan las comunidades locales, como la familia patriar­cal, el clan, la tribu, la aldea, otros diferentes grupos y las mismas relaciones de la convivencia social. El tipo de so­ciedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos países a una economía de opulencia y transformando profundamente concepciones y condiciones milena­rias de vida”.7GS, 6.

Estos cambios descritos por el Concilio no sobrevienen al azar, ni ocurren sin que al mismo tiempo vayan acompa­ñados de otros cambios: “Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una grave perturbación en el comportamiento y en las nor­mas reguladoras de éste”.8GS, 7.

Aparece aquí la constatación de que la sociedad prein­dustrial, que nosotros heredamos, está en fractura. Y, co­mo toda otra sociedad, también ella encubre una peculiar y vasta organización, unas estructuras, unas relaciones, unas ideas, es decir, un sistema coherente. Esta sociedad se ha apoyado —al igual que las otras anteriores—, sobre el elemento clave de la desigualdad. La desigualdad ha con­citado sobre sí el fenómeno de la autoridad como fenómeno encaminado a garantizar perennemente el estatuto de la inferioridad, de la dependencia, de la pasividad, de la su­misión, del temor, del menosprecio, de la dominación del hombre por el hombre.

Lógicamente, al entrar en crisis la estructura global de la sociedad, entra también el elemento particular de la autoridad. “Todas las sociedades, escribe G. Mendel, desde el comienzo de la humanidad, se apoyan sobre el fenómeno de la autoridad. En particular, todas las formas de explo­tación del hombre por el hombre, tanto religiosa como eco­nómica, del colonizado, de la mujer o del niño, utilizan a su favor el fenómeno autoridad, derivado de la dependen­cia biológica y psicoafectiva del niño en relación con los adultos… El aspecto másaparente de esta crisis es la desa­parición progresiva de todo un consenso social, es decir, de un acuerdo implícito sobre un determinado número de valores y de creencias, que hacía del cuerpo social un con­junto viviente y que regula las relaciones del individuo y de la sociedad. Por sociedad, entendemos lo que siempre ha existido: la dirección de una mayoría de pequeños por una minoría de Grandes”.9G. MENDEL, Pour décoloniser l’enfant (Sociopsychanayse de l’auto­rité), Payot, 1971, Paris, pp. 8-9.

La crisis, pues, de la autoridad es un hecho, pero no ais­lado. Se inserta en el conjunto de una determinada sociedad.

La sociedad actual, con ribetes nuevos de tecnología y ciencia, es todavía profundamente tradicional. Arrastra la estructura de una fundamental desigualdad, hábilmente le­gitimada por quienes la rigen. Y contra ella se alza un mo­vimiento universal de protesta, protagonizado por los jó­venes.

Causa de la crisis: una concepción arcaica de la autoridad

El Concilio señala claramente la raíz de donde proviene la crisis actual: “Se afianza la convicción de que al género humano le corresponde establecer un orden político, eco­nómico y social que esté más al servicio del hombre y per­mita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad”.10GS, 9.

Este y otros textos denuncian a la sociedad establecida, como contrapuesta a un desarrollo auténtico de la persona humana. Denuncia que alcanza, indirectamente, a la auto­ridad por ser ella la encargada de mantener esta sociedad establecida.

1. Componentes de la autoridad

Un ciudadano del siglo xv quedaría extrañado y escan­dalizado al contemplar hoy en la pantalla de la televisión el desembarco del hombre en la luna. Sin embargo, más escandalizados debiéramos quedar nosotros, hombres del siglo XX, al retener una concepción de la autoridad que se remonta no sólo al siglo xv sino más allá del siglo I.

a) La desigualdad: las relaciones de unos hombres con otros se han ejercido —en los diversos ámbitos de la rea­lidad humana— según un modelo jerárquico. El término “autoridad” se sitúa arriba, en el punto alto, y tiene como función presidir, mandar, ordenar, dirigir. El término “súb­dito” sobre el que se ejerce la autoridad, se sitúa abajo y tiene como función obedecer, ejecutar, acatar. Esta rela­ción mutua no se la discute, se la da como natural. Quien desempeña la autoridad —rey, jefe de estado, gobernador, director, patrono, maestro, padre, etc. — recurre para su legitimación a un origen transcendente. La investidura les viene no de los hombres, sino de los dioses o de una entidad abstracta: nación, ley, historia. De esta manera, la autori­dad queda a salvo contra toda veleidad, no puede ser per­turbada ni arrebatada por ningún empeño humano.

b) La sumisión: la autoridad es siempre, en un grado o en otro, arbitraria. Por eso, no puede mantenerse sin un recurso velado o explícito a la fuerza. La autoridad repre­senta y garantiza un orden, que es muchas veces desorden, al que exige someterse. La sumisión, pues, más que dictada por la verdad y la razón, lo está por la fuerza. Y es la fuerza la que aparece con toda su crudeza, si la sumisión viene denegada. La autoridad se reviste con el manto mítico del prestigio, del crédito, de la competencia, de la legalidad. Pero, si se la fuerza, ese manto descubre lo que oculta: la fuerza represiva. Es su primera y última instancia. Lo de­más es un disfraz. Ahora, la autoridad es suficientemente hábil para mantener la sumisión, ahorrando al máximo la fuerza. La fuerza será su instancia, pero solo en el caso extremo de que no pueda cubrir de otra manera su real e insoportable desnudez.

c) El misterio: si la autoridad es algo postizo, es obvio que necesita resguardarse. De ahí que la autoridad actúe a distancia, desde una encumbrada lejanía, entre halos de misterio. Una distancia que expande entre los súbditos una especie de hipnotismo, de veneración, casi de terror sagrado. La autoridad no resiste la cercanía. ni la claridad, ni la razón, ni la participación, ni la amistad. Se deterio­raría.

2. Autoridad absoluta y autoridad relativa

De un modo u otro, las características que hemos des­crito, han sido siempre componentes intrínsecos de la auto­ridad y lo han sido en los más diversos tipos de sociedad surgidos a lo largo de la historia.

Sin embargo, estas características se han dado, al pa­recer, en un grado doble: de autoridad absoluta y autoridad relativa.

a) Autoridad absoluta: este grado de autoridad ha exis­tido en los estadios primitivos de la evolución humana, que coinciden más o menos con el período paleolítico.

El hombre, en este período, es un ser muy poco autóno­mo e interiorizado, sin libertad para constituirse como un yo individualizado frente al mundo exterior. Su yo forma más bien parte de un todo —cosmos, sociedad, grupo— que le da sentido y dentro del cual se le da trazado el camino a seguir. Sus relaciones con la realidad exterior son de con­fusión, de oscura delimitación. No puede contraponerse a la realidad con una conciencia científica y, por ende, crítico-protestaria. Su ley es la confusión y dependencia y no la autonomía y libertad.

Los psicoanalistas nos dicen que esta relación primaria del hombre primitivo con la realidad, equivale y es expre­sión de esa otra relación que el bebé tiene, en los primeros meses, con la mamá. La mamá aparece al bebé como una entidad absolutamente poderosa, causadora de todo bienes­tar —o de perjuicio— con la cual el bebé forma una confusa y vital unidad.

Mientras el hombre ha persistido en esta especie de relación primaria maternal con la realidad exterior, ha vivido prácticamente despersonalizado, sometido a la auto­ridad como a un poder cerrado, con actitudes mágicas o muy próximas a ellas.

El hecho de consignar este tipo de autoridad como el correspondiente al peleolítico, no quita que pueda repetirse en períodos posteriores de la historia humana, individual o colectiva, como un regreso a una forma anterior de la evo­lución.

b) Autoridad relativa: la concepción mítica de la auto­ridad lleva al hombre primitivo a considerar la naturaleza y la sociedad como entidades omnipotentes y misteriosas ante las que él debe moverse con absoluta y reverente do­cilidad.

Pero el hombre comenzó poco a poco a distanciarse de la realidad exterior, a descubrir su propia realidad como dis­tinta y autónoma. Este autodescubrimiento lo fue haciendo a medida que se fue apoderando de la naturaleza, conocién­dola, transformándola, explotándola. La naturaleza fue per­diendo su carácter misterioso, como habitáculo de los dio­ses, desde donde ellos regían el universo. Esta modificación frente a la naturaleza, modificó también la posición frente a la sociedad y frente a sí mismo. El hombre prosiguió el desarrollo racional y científico y pudo situarse ante la rea­lidad exterior con más independencia. La autoridad —atri­buto omnipotente de esta realidad exterior— fue simultá­neamente rebajando su poder.

Los psicoanalistas nos dirán que esta relación secun­daria del hombre con la realidad exterior, es expresión de la relación que el niño tiene con su padre. El hijo, a partir de unos ciertos meses, abandóna su natural confusión con la omnipotente madre y se identifica con la figura del pa­dre, cuyos atributos naturales son la justicia, la razón, la fortaleza, la libertad. De esta manera, el hijo se distancia progresivamente de la madre —la madre naturaleza, la madre tierra, la madre sociedad— y puede substraerse a su dominio absoluto.

La autoridad relativa en las sociedaddes occidentales cristianas

El hombre llegó a la conquista de su propia autonomía y libertad a través del dominio de la naturaleza. Esta con­quista parece que hay que atribuirla en gran parte a las religiones monoteístas, de carácter “paternal”. La re­ligión judía, sobre todo, desdiviniza las realidades creadas, al no considerar más que a Yahvé como Dios único y abso­luto. Esta concepción religiosa, completada por la propia del cristianismo, ha sido sin duda alguna ,uno de los fer­mentos más poderosos en el desarrollo de los valores pro­pios del hombre, substrayéndolo a las fuerzas idolatradas y hechizadoras del cosmos.

Sin embargo, esta decisiva emancipación del hombre, no resolvió por completo —ni mucho menos— la relación con la naturaleza y sociedad. La independencia de ellas ha tenido un largo y dificultoso camino y está muy lejos de haber llegado a su término.

a) Una teología sacralizadora de Dios y del cosmos: si bien es cierto que el hombre llegó a autocomprenderse a sí mismo como diferente e independiente de la realidad exterior, una particular teología retardó la justa compren­sión de las relaciones mutuas entre la creatura y el Creador.

Esta “teología” ensalzó tanto la realidad de Dios, que lo hizo no sólo el Todopoderoso, el Omnipresente, sino que lo hizo a un mismo tiempo autor inmediato de todas las cosas y protagonista directo del mundo y de la historia. Así todo lo que ocurría en el cosmos era visto como efecto inme­diato de la Divinidad.

El hombre, por el hecho de ser un ente creado, quedaba reducido a mero ejecutor de las órdenes divino-naturales. La divinidad dejaba casi sin sentido la autonomía propia del hombre. Este quedaba humillado y reemplazado en su dinamismo natural por la acción despótica y mitificada de la divinidad.

b) Una teología sacralizadora de Iglesia y Sociedad: desde esta perspectiva hay que entender, en gran parte, la concepción que de la autoridad —tanto eclesiástica como civil— hemos tenido en Occidente, —y no sólo en él—.

La autoridad de Dios y su orden eterno era el patrón para medir la autoridad y orden de este mundo. Concreta­mente, la autoridad y orden eclesiásticos eran como refle­jos de este orden divino.

El Papa, representante máximo de la autoridad divina, participaba en cierto modo los atributos sagrados de la autoridad divina.

Esta autoridad eclesiástica suprema, entendida como autoridad directamente recibida de Dios, se estructuró y participó de arriba a abajo, escalonadamente, hasta cons­tituir los diversos grados de la autoridad eclesial.

Pero, dicha autoridad hubo de convivir con la autoridad civil y ahí fue donde surgió cada vez más sólida una alianza mutua. Una alianza que fue seguramente beneficiosa en muchos aspectos, pero que contribuyó en gran parte a des­figurar el ejercicio y sentido evangélico de la autoridad eclesiástica.

Tal autoridad alcanzó máximos grados de preminencia, misterio y sumisión en los últimos siglos, como lo testi­monian el claro absolutismo a que llegó al Papado y las instituciones y órganos de su gobierno.11”Algunos protestan, en nombre de la experiencia, afirmando que todos los estados de cristiandad hasta ahora realizados derivan de la Iglesia Constantiniana, es decir, de una concepción hipertrofiada de la autoridad temporal de la Jerarquía romana”; B. PLONGERON, Conscience religieuse en Révolution, Ed. Picard, Paris, 1969, p. 13.

“Todos los estados mayores del mundo, económicos o militares, industriales o políticos, se arrogan espontáneamente las prerogativas de su jefe por una suerte de identificación con él. No lo hacen necesa­riamente por ambición, sino a veces también por devoción o por el sim­ple juego de las instituciones. Los estados mayores del Papa, oficinas, congregaciones, comisiones no han dejado de hacerlo. A su vez, ellos han pasado por omnipotentes y sin recurso ulterior posible. De hecho, lo eran”, J. ROCHE, Liberté chrétien, autorité de l’eglise, Fayard, Paris, 1973, p. 21.

Como hemos dicho más arriba, toda autoridad ha bus­cado siempre un origen transcendente para su legitimación.

Este origen adquirió un nombre preciso y tuvo un ca­mino fácil para la autoridad civil cristiana. La delegación de la absoluta autoridad divina pasaba a la Iglesia por el Papa y por el Papa también al Emperador, al Rey, al Jefe de Estado. Así, la sociedad y autoridad civiles quedaban supeditadas, de algún modo, a la sociedad y autoridad re­ligiosas. Los valores temporales quedaban en un segundo lugar, bajo la tutela religiosa.

Esto nos explicará el “derecho divino de los reyes” y el carácter sacro, profundamente inmóvil, de todas las ins­tituciones heredadas de sociedades del pasado.

Esta concepción piramidal de la Iglesia implicó serias consecuencias:

  • Se redujo a una autoridad meramente delegada, conferida directamente por el Papa, la autoridad de los Obispos, de suerte que ellos, de por sí y en su conjunto no significaban nada o casi nada.
  • La Iglesia “pueblo de Dios” había desaparecido para dar lugar a la Iglesia “Jerarquía”. Las propie­dades, derechos y obligaciones de la comunidad se habían perdido o habían pasado a ser monopolio de la jerarquía.
  • La Iglesia “pueblo de Dios” era un objeto mas que sujeto con la única misión de obedecer. El sentido de comunidad en relación profunda de fraternidad, co­rresponsabilidad, santidad y misión estaban ausentes.
  • La mentalidad, costumbres y estructuras de la Igle­sia “Jerarquía” —procedentes del pasado y cada vez más perfiladas— llegaron a considerarse como defini­tivas. El movimiento humanista moderno con sus justas reivindicaciones de valores personalistas y de­mocrácticos, de cambio y progreso no fueron enten­didos ni acogidos positivamente por la Iglesia. Esta se anquilosó peligrosamente en el mundo sacro y piramidal de la sociedad pasada.

c) El modelo de sociedad y autoridad familiar y civil traspuesto a la vida religiosa: la vida religiosa no podía escapar a estos condicionamientos sociológico-culturales y teológicos del tiempo en que vivía. La vida religiosa trans­curre dentro de la Sociedad de Iglesia.y es lógico que, en cierto modo, tienda a desarrollarse según el modelo de so­ciedad y autoridad que le circunda.

En concreto, la vida religiosa ha calcado, sobre todo en los últimos siglos, un modelo de sociedad y autoridad semejantes a los de la sociedad familiar y civil.

  • En el primer caso, se da por supuesto que la auto­ridad religiosa posee una natural eminencia que le permite ejercitarse a modo como el jefe y padre de familia la ejerce sobre su casa, mujer e hijos. Hoy, con el nuevo planteamiento personalista del matrimonio y de la familia nos damos cuenta que esta concepción autárquica no sirve para configurar la comunidad y gobierno religiosos ni siquiera para una recta comprensión de la comunidad familiar.
    La inspiración en este modelo hizo que las relaciones de la autoridad con los religiosos adquiriesen un tono paternomaterno-filiales.
  • En el segundo caso, la autoridad religiosa se atri­buye, a semejanza de la autoridad civil, un poder público en orden a regir todos los individuos del Instituto.
    Cada Instituto religioso equivale a una sociedad per­fecta, pequeña o grande, con unos fines precisos y unos medios para lograrlos.
    El superior tiene la misión de salvaguardar la congre­gación en su totalidad y finalidad suprema, disponien­do como crea de los individuos, puesto que éstos están, como elementos particulares, al servicio de esa to­talidad.12Cfr. L. GUTIÉRREZ, Misión fundamental del gobierno religioso, en “Vida Religiosa”, marzo 1973, pp. 97-107. Fácilmente, en este planteamiento se sobrepone —y es lo que ha ocurrido muchas veces — el todo congre­gacional a las personas concretas, sin respetar el caracter prioritario de éstas en cuanto a participación, corresponsabilidad, destino, relaciones intercomuni­tarjas, etc. Las decisiones unilaterales de la autoridad han sido tomadas en función de unos fines interpre­tados demasiado subjetiva o arbitrariamente.

e) La obediencia ciega: prototipo de una autoridad sa­cralizada: Para descubrir el sentido último de la autoridad en la vida religiosa y el carácter omnipotente, atribuido a ella en el pasado, podemos hacerlo mediante el análisis breve de lo que se ha convenido en llamar “obediencia cie­ga”. No es difícil tener a la vista escritos, más o menos recientes y de autores notables, que nos describan este tipo de autoridad.13Cfr., por ejemplo, G. ESCUDERO, El don perfecto de sí consiste en una obediencia de juicio que se salva en un ejercicio eminente de fe, “Undécima Semana de oración y estudio para superioras religiosas de Madrid-Alcalá”, 1961, Madrid, pp. 95-117. 1. Este tipo de escritos comienzan por afirmar que es conforme a la “economía divina” que existan seres superio­res e inferiores y que los seres inferiores sean regidos por los superiores. Tal economía rige también en el mundo de los seres humanos.
2. Dios nos revela por Jesucristo el plan divino de la salvación. Sólo cumpliéndolo perfectamente obtiene el hom­bre su salvación.
Pero, para que el hombre pueda llegar con facilidad al conocimiento de ese plan divino, tiene que hacerlo a través de la Jerarquía eclesiástica, pues en ella se ha quedado presente —y actúa—, aunque de un modo invisible, Jesu­cristo. La Jerarquía es el vehículo por donde se nos trans­mite el conocimiento e indicación de lo que tenemos que hacer: “Quien a vosotros oye, a Mí me oye, quien a voso­tros desprecia, a Mí desprecia”.

Concretamente, los superiores religiosos son represen­tantes de Jesucristo, intérpretes auténticos del plan divino, poseedores decisivos de la voluntad divina.

3. El superior —no se sabe por qué lógica— viene con­siderado como un ser más dotado y eminente, —el cargo supone en sí mismo esta eminencia— y posee además la cualidad de ser transmisor de la voluntad divina.

Queda el dato vulgar —e incontrovertible— de que la mayor dotación del superior no tiene, muchas veces, funda­mento o es imaginaria. ¿Entonces? Entonces se echa mano de otros argumentos para volver al súbdito a su posición “natural” de obediencia.

Así:

  • La mayor juventud de los que obedecen es razón suficiente para confiar más en el superior que en uno mismo (Más juventud equivale a menos experiencia).
  • La autosuficiencia y soberbia personales nos hacen creer que nuestros juicios son más exactos u objetivos que los del superior.
  • Las protestas contra el superior son, muchas veces, arbitrarias y provienen del hecho inicial de que no­sotros no simpatizamos con él.

4. La obediencia exige el holocausto perfecto de nues­tra adhesión. Pero tal adhesión no es realizada completa­mente si no va penetrada de entendimiento y voluntad. La adhesión, por otra parte, tiene que pasar a través de los superiores para lo cual “hay que hacer nuestro su modo de ver”. El que obedece así, no por ello abdica de la racio­nalidad, sustituye su propia racionalidad —más falible e insegura— por la racionalidad del superior.

5. La obediencia religiosa no hay que olvidar que se desarrolla en un plano propiamente sobrenatural, de fe.

Sólo dentro de ese plano es auténtica y meritoria. Esto quiere decir que la verdadera obediencia religiosa se realiza siempre, o casi siempre, en la obscuridad y dificultad de la fe. Obscuridad que ocurre cuando, real o aparentemente, los puntos de vista del súbdito no coinciden con los del superior. Esta inadecuación se resuelve convenciéndose por la fe de que, aún en los hechos de mayor evidencia, el súbdito debe desconfiar de sí sacrificando su juicio. El juicio y los otros valores naturales de la persona humana pertenecen a otro plano inferior. Por principio, esos valores pueden ser preferidos o anulados por el plano superior de la fe.

Como es obvio, esta presentación de la autoridad y obe­diencia asume con irreverente naturalidad el orden de de­sigualdad entre unos hombres y otros; asigna, por princi­pio, una eminencia y competencia poco menos que univer­sales al superior; hace de éste el auténtico y decisivo cono­cedor de la voluntad divina; establece el fundamento de la autoridad, sin prueba alguna racional ni bíblica, en el mejor conocimiento que de la voluntad divina tiene el superior; recurre a la fe como instancia suprema de suje­ción cuando las razones para no obedecer existen y chocan con la autoridad; la fe aparece, en tal caso, como negación irracional de los valores naturales, como justificación del dominio arbitrario del superior y ensalzamiento de una obe­diencia, por una parte despersonalizada y, por otra, col­mada de mérito y heroísmo —”sobrenaturalizada”—.

Este tipo de autoridad, en definitiva, se ha erigido sobre el dato apriorístico de la desigualdad, que conlleva la su­misión, posteriormente justificada y sacralizada con pseu­doargumentos racionales y bíblicos.

Núcleo fundamental de la crisis

Sociedad y autoridad son miembros correlativos, como lo son los de autoridad y obediencia. No hay más que des­velar la concepción ideológica y estructural de una determinada sociedad para poder precisar la concepción relativa de la autoridad.

En lo más íntimo de la crisis actual de la autoridad, des­cubrimos un concepto de sociedad que, no por artificial e injusto, hay que darlo por superado. La superación de ese concepto es lo que devolverá el sentido auténtico a la auto­ridad y lo que acabará, seguramente, con el momento ac­tual de crisis.

a) La necesaria y obligada transición a una nueva concepción en la Iglesia.

El camino para enfocar correctamente el valor de la Iglesia como comunidad creo que está abierto y suficiente­mente trazado por el Vaticano II.

1. Desde siglos pervivió en la Iglesia una concepción jerarcológica, desde la que todo, o casi todo, tenía en ella origen y explicación.

El Concilio modificó esta perspectiva.14”Deliberadamente el Concilio ha querido liberar a la Iglesia de un autoritarismo que la sofocaba, de una hipercentralización romana, en fin, de la uniformidad. Todos estos fallos paralizan a la Iglesia y no la sitúan en su más auténtica tradición”, J. ROCHE, Idem, p. 4.

La Iglesia se origina como comunidad convocada y con­gregada por el Espíritu, para aceptar en fe el plan salvador revelado por el Padre en Jesucristo y hecho ahora realidad viva en la Iglesia entera. La Iglesia poseída por un mismo Espíritu vive de la vida misma de Jesús expresada y se­llada en la variedad de los sacramentos. El ministerio de la Jerarquía surge y está orientado como un servicio a esta vida primordial y común de toda la Iglesia.

2, Es cierto que en la Iglesia arraigó un concepto de autoridad profano, que evocaba los atributos de los empera­dores de los estados absolutistas, de los monarcas encum­brados, como consecuencia de haber arraigado en ella un concepto de sociedad profano.

La Iglesia, nos ha dicho el Concilio, es sí sociedad visi­ble, pero en relación con algo que ha partido de la voluntad divina del Padre —su plan de salvación— y que se ha rea­lizado históricamente en la humanidad de Jesús. La Iglesia prolonga en el mundo y hacia el mundo, de una manera sensible y visible —sacramental— el plan salvador del Pa­dre, como un día lo encarnó y lo proclamó Cristo Jesús.

Esto quiere decir que toda la estructura jerárquica de la Iglesia, con sus correspondientes poderes y funciones, queda subordinada a hacer visible y efectivo este plan sal­vador de Dios. Su finalidad es ofrecer al mundo la gracia salvadora del Padre como lo hiciera Jesús mismo.

3. Esta Iglesia, que es “Pueblo de Dios, unido y comu­nicado en una misma vida, en un mismo Espíritu, en una misma fe y en un mismo sacramento, es anterior a la auto­ridad y la que determina el sentido propio y hasta el origen de la autoridad. La autoridad es servicio a esta comunidad, para que se mantenga en unidad y comunión, y elegida por ella misma como necesaria garantía de esta unidad y co­munión.

Si la autoridad es servicio a la comunidad, función que surge posteriormente a ella y en subordinación a la misma, es claro que lo principal es crear verdadera comunidad para que luego exista verdadera autoridad, y exista de verdad en cuanto a su modo de ejercerse y elegirse.

4. Esta Iglesia, “Pueblo de Dios”, es, por fin, toda ella misional y misionera. Toda ella —como el Hijo enviado por el Padre y el Espíritu por el Hijo— es enviada para anunciar el plan divino de salvación. Toda ella nace en actitud de obediencia a este plan. En este sentido, no hay en la Iglesia personas constituidas en Jerarquía —destinadas para man­dar—, y personas constituidas en súbditos —exclusivas para obedecer—. La Jerarquía, como el Laicado, como la Vida Religiosa, son todas “servicios” —de obediencia—con su respectiva peculiaridad para llevar a cabo el plan divino de salvación.

La autoridad es también misional y misionera, esta obli­gada y subordinada a cumplir un particular servicio en el conjunto de la comunidad, para la comunidad y en depen­dencia de la comunidad. No es su cometido el mandar uni­lateralmente con arreglo a unos fines y poderes inadecua­dos, sino el obedecer, como lo es para todo el pueblo de Dios, al plan divino de Salvación.15Cfr. L. GUTIÉRREZ, Renovación doctrinal y práctica de la obe­diencia religiosa, en “Claretianum”, Roma, 1971, pp. 146-159.

b) La transición a una nueva concepción en la sociedad civil.

“Nuestra sociedad está en trance de desintegración. Es necesaria en ella una transformación fundamental, la cual no puede llevarse a cabo según métodos tradicionales. Es tal la amplitud de la crisis, que su resolución exige algo más que una revolución: un cambio radical no solamente del sistema de propiedad y de las estructuras del poder, sino de la cultura y de la escuela, de la religión y de la fe, de la vida y de su sentido.16P. GABAUDY, La alternativa, Edicusa, Madrid, 1973, p. 21.

Con estas palabras comienza Garaudy su último libro “La Alternativa”.

A la cultura moderna hay que reconocerle el mérito de haber reivindicado para el hombre el derecho a proceder con autonomía en su vida, en su historia, en el mundo y en las ciencias. Fue una lucha larga contra una concepción sacra que pretendía mantener al hombre bajo el despotismo de un orden cósmico y socio-natural pseudodivinizado.

Fue en los albores de este humanismo moderno, cuando brilló sobre todo un horizonte esperanzado para la humani­dad. El progreso, con sus nuevos descubrimientos técnico-científicos se alzó, como la bandera mágica que iba a re­solver los grandes problemas de la humanidad.

Pero al avance técnico-científico no acompañó el desa­rrollo ético de la humanidad. Viejas y falsas ideas hicieron de soporte a los nuevos y magníficos cielos de la era tecno­lógica moderna.

Es preciso descubrir, aunque sólo sea en sus rasgos fun­damentales, el tipo de sociedad que hemos ido creando y heredando bajo los auspicios modernos de la secularización, de la técnica y de la ciencia. Ahí se nos mostrará la raíz profunda de la crisis actual.

1. La nueva sacralización de la moderna sociedad

Es lo primero que hay que constatar: la falsa desacra­lización de la moderna sociedad. En esta sociedad no exis­ten unos fines propiamente humanos. Existen unos fines abstractos, deshumanizados, impuestos casi mecánicamente a todos y cada uno de los individuos: el desarrollo por el desarrollo, la producción por la producción, la técnica por la técnica.

Ha sido el primer desencanto y la más burda regresión a un orden de nuevo mitificado: la sacralización del creci­miento económico en cuanto tal y de las nuevas condicio­nes técnico-científicas que hacen posible su expansión.

El hombre no entra como valor absolutamente priori­tario, en el ordenamiento del desarrollo económico. El desarrollo económico se ha puesto a funcionar según un sistema coherente, pero inexorablemente a-humano y anti­humano, al que todos los hombres, y cada uno de ellos, tienen que supeditarse como elementos funcionales.

En ese sistema el fin es producir y producir todo aquello que técnica y científicamente sea posible, pero sin tener en cuenta los valores específicos del hombre y de la humanidad.

Además la producción va encaminada, por fuerza misma del sistema, al máximo provecho individual posible, sin que medie valoración ética en los medios utilizados.

2. Algunos presupuestos de esta moderna sociedad

Son los siguientes:

  • La sociedad debe construirse sobre la base del individuo. Un individuo humano egoísta, en mera yuxtaposición con los demás, que se relaciona con ellos egoísticamente, tratando siempre de guiarse por el interés propio. Este egoísmo individual, con el ob­jetivo del lucro al frente, es el que mueve y dinamiza a todos los individuos de la sociedad.
  • El ordenamiento de la sociedad se asienta en este fundamental principio de los egoísmos enfrentados. Cada uno busca su provecho contra los demás y por encima de los demás. No hay más que dejar a esta ley que se desarrolle espontáneamente. Ella regula auto­máticamente las relaciones de la sociedad. Es decir, dejando al individuo en libertad absoluta e ilimitada, se tiene la ley que preside el desarrollo de la sociedad y lo guía certeramente.
    Lógicamente, en esta concurrencia de egoísmos in­controlados, no cabe esperar el triunfo de la razón, de la verdad y de la justicia. Se impone selectiva­mente la ley del más fuerte, del más astuto, del domi­nador y ambicioso.
  • Este ordenamiento responde a una estructura pre­via de toda la sociedad —sea capitalista, sea socialista despótica— en el que una minoría se ha hecho con el dominio de los medios de producción y, consiguien­temente, con las riendas del poder, de la publicidad, del consumo, de la distribución, de la planificación económica, de la manipulación.
    En esta “gran estructura” se busca producir siempre más, de la manera más amplia, más barata y más eficaz posible, con la vista fija en los objetivos por esta pequeña minoría.
    Esta es la aberración: se sacraliza una estructura que produce inmensamente con participación de la gran mayoría, pero que luego; en su propiedad, di­rección, administración, distribución, inversión, pla­nificación, publicidad queda desterrada por una mi­noría.
  • Esta estructura disfraza sus contradicciones bajo la máscara de orden, de ley, de bien común, de ele­vación de vida y mayor bienestar del pueblo. Pero la verdad es que, cada vez mejor articulada y más sa­gazmente equipada, va multiplicando su presencia do­minadora en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la fábrica, en la Universidad, en la educación, en las ciencias humanas, en la planificación de la exis­tencia de la mayoría por las leyes arbitrarias y mer­cantilistas de una minoría.

3. Los resultados de esta sociedad

Parece ser que están bien a la vista:

  • La política, tarea por antonomasia si las hay del bien común, se ha convertido en instrumento directivo y opresivo, y que está en manos de una minoría. La política sigue apareciendo como el menester de una élite segregada y encumbrada, con ausencia total del pueblo, burlado y engañado periódicamente por la pantomina demagógica del “voto” o de las “eleccio­nes populares”.
  • La minoría no puede encubrir para siempre los grandes fallos del sistema. Surgen inevitablemente las críticas, las protestas, las luchas organizadas. Para entonces, la respuesta es clara: represión, re­primir y dominar por la fuerza.
    Esta sociedad ofrece bienes, crea expectativas, esti­mula necesidades, pero no altera ninguna ley funda­mental suya. Ley suya fundamental es que los indi­viduos entran en ella según una posición y papel concreto para asegurar el gran objetivo central: producir. Así el hombre queda definido como herramienta y pura mercancía. Cuanto él es y hace se ordena, como medio, al gran fin del desarrollo por el desa­rrollo.
  • Dentro de esta sociedad, ocupa un puesto parti­cular la juventud. Esta debe asegurar la continuidad del sistema, pero para integrarla en él, se necesita tiempo, preparación y adaptación.
    Sin embargo, hoy la juventud se levanta contra esta sociedad: no quiere heredarla, rechaza sus institu­ciones, sus leyes, sus valores. Ha descubierto, de una manera u otra, su carácter autoritario, manipulador, destructor de la personalidad.
    Por eso, la postura lógica y honesta de un gran sector juvenil que huye de la familia, que rechaza los siste­mas educativos tradicionales, que presenta una nueva forma de vivir la sexualidad, que rechaza la investi­gación universitaria abstracta, el saber inadaptado a las verdaderas necesidades y problemas de la sociedad, que se niega a entrar en una política falsa de una minoría degradada, que condena la guerra, la desi­gualdad injusta, la ley irracional del desarrollo por el desarrollo.
    La juventud descubre en la actual sociedad tecno­crática un vacío inmenso de humanidad, de ética, cubierto cada vez más con las leyes feroces y autori­tarias de un desarrollo exclusivamente económico, manipulado por minorías interesadas.

Sentido último de la crisis

“Bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspi­ración más profunda y más universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el mundo actual”.17GS, 9.

“La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del mundo, surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona”.18GS. 73.

Lo dicho hasta aquí, nos muestra a qué obedece la diso­lución de la sociedad en que vivimos. Una conciencia cada vez más pura y más aguda se levanta contra toda clase de explotación, venga de donde viniere. Una explotación que, siempre, en grandes absolutos o relativos, se erige sobre el prejuicio fundamental de que el hombre es y nace con una congénita inferioridad. Esa inferioridad se la justifica de mil maneras y se la organiza luego, según las diversas co­yunturas históricas, en potentes estructuras sociales.

Sobre ese prejuicio se legitima la autoridad como fenó­meno de exención, de fuerza, de dominio, de protección, de arbitrariedad produciendo simultáneamente el bloqueo de un normal desarrollo de la persona humana.

El fenómeno autoridad se inscribe sobre todo en los pri­meros pasos de la vida, como un proceso de frustración in­consciente pero real y que tiende a crear los primeros e irremediables reflejos de una sumisión anormal. El ser humano se presenta como el material humano más apto para la manipulación en las primigenias relaciones materno y paterno-filiales. Posteriormente esos reflejos se transpo­nen operativamente a las nuevas relaciones de niño-adulto, joven-viejo, alumno-profesor, dirigido-director, obrero-pa­trono, soldado-jefe, etc.

Una sociedad, como se ve, dualista, irracionalmente desigual, irreconciliable, que sólo puede subsistir mientras subsista la alienación de la persona explotada y la de aque­llos que, sabiéndolo o no, alimentan esa alienación desde estructuras e ideologías obviamente autoritarias y desper­sonalizadoras.

La persona humana, sujeto de comunidad

1. La persona humana sujeto de comunidad

“La persona humana tiene, por su misma naturaleza, absoluta necesidad de la vida social”.19GS, 25.

“El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí a los demás”.20GS, 24.

La persona humana es, por constitución, comunitaria. Su mismo ser de persona implica, aparte su individualidad con una estructura propia, única e irrepetible, una trans­cendencia sobre sí hacia lo otro y, en especial, hacia los otros que comparten idéntica realidad a la suya. Su desa­rrollo y misión de persona dejarían de cumplirse sin esta referencia radical al mundo de los otros. Una referencia que la cumple en conocimiento y amor, al descubrirlos como otros y afirmarlos desinteresadamente en la objetividad de su dignidad y derechos personales.

Sería, pues, equivocada otra concepción que pretendiera reducir la persona humana a simple ser individualizado, cerrado en sí mismo, sin exigencia de relación con los demás.

Pero, esta exigencia de relación no se convierte automá­ticamente en acción. Es una capacidad que, por ser sólo capacidad, puede ser estimulada o bloqueada, actualizada o frustrada.

2. La comunitariedad de la persona sujeta a condicionamientos sociales

Esta ambigüedad o indeterminación de la dimensión comunitaria de la persona humana —de su ser para convivir con seres idénticos a sí misma— va a depender mucho en su desarrollo de las condiciones que encuentre en la comunidad:

“La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados”.21GS, 25.

Y es que la persona humana, precisamente porque es comunitaria, no puede autoprogramarse al margen de la comunidad. No sólo porque está hecha para vivir en comu­nidad en actitud de activo conocimiento y amor, sino por­que tiene que vivir de la comunidad en actitud de pasivo acogimiento. Y esto, sobre todo, en los primeros años de su vida, dada la inconsistencia de su yo. Un condiciona-miento, pues, que resulta dominante por parte de la socie­dad en las primeras fases de la vida y, no raramente, en las otras posteriores.

3. La persona humana fundamento, centro y fin de todo orden comunitario.

Por otra parte, la configuración que la sociedad presta a la sociedad o que determinadas personas prestan a la so­ciedad, es lo que posibilita y explica la lucha incesante por cambiar y mejorar determinadas formas de estructuras la comunidad humana. Tal como hemos visto, han prevale­cido a lo largo de la historia estructuras e ideas que tien­den a explotar, rebajar y dominar la persona humana y, por consiguiente, a consolidar formas comunitarias privi­legiadas, discriminatorias, injustas.

Modernamente, nuevos sistemas totalitarios o autori­tarios recaen en el vicio de siempre: no considerar la per­sona humana como un ser original, dotado con dignidad y valores específicos, anterior a toda forma social existente y en contra de cuantas formas no respetan esa dignidad.

Se parte del supuesto —explícito o implícito— de que el hombre no tiene realidad propia, sino que la debe exclusi­vamente a la sociedad —única realidad verdadera, por encima de la persona— y que es ésta, a través de una mi­noría de grandes, de un partido único o de partidos aparen­temente representativos, quien fija de verdad sus valores y las normas que debe seguir si quiere subsistir en esta sociedad. Es ésta una autoridad pervertida que “se sirve” de las personas pero no las sirve:

“Las instituciones humanas, privadas o públicas, es­fuércense por ponerse al servicio de la dignidad hu­mana y del fin del hombre.22GS, 29.

“El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden per­sonal, y no al contrario”.23GS, 26.

“Se reprueban todas las formas políticas que… des­vían el ejercicio de la autoridad de la prosecución del bien común, para ponerlo al servicio de un grupo o de los propios gobernantes”.24GS, 73.

Aquí radica la fuerza, el secreto y la novedad de toda convivencia humana que quiera de verdad estructurarse con arreglo a lo que es el ser humano.

Hay que partir de este supuesto para todo tipo de comu­nidad humana auténtica: la persona.

El principio fundamental de toda convivencia humana y de todo orden económico-social-político es la dignidad de la persona. La ordenación de la comunidad no puede tener como soporte las viejas de las castas, o las más moder­nas del superhombre, del racismo, de los nacionalismos a ultranza, de los imperios, económicos, de las clases.

La persona humana excluye todo enfoque autoritario que ensalza la ley del más egoísta, del más fuerte, del más avispado, del más afortunado; todo enfoque legalista que sanciona como natural y justo todo orden social existente y que lo impone ciegamente contra toda legítima exigencia de cambio; todo enfoque que propugna la sujeción pasiva e irracional de la persona y la mantiene perpetuamente infantil:

“Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas re­formas de la sociedad”.25GS, 26.

Lógicamente, para este nuestro estudio resulta decisivo el concepto que se tenga de la persona humana. Digamos, sin más, que la persona humana es un organismo vi­vo, que procede según un plan unitario, pero que al mis­mo tiempo muestra una capacidad supramaterial auto-consciente y autodeterminante. Tal capacidad le permite proyectarse históricamente en formas culturales diversas, sin que jamás pueda llegar a un conocimiento exhaustivo de la realidad o a unas formas de cultura perfectas. Es un espíritu limitado.

Esta misma capacidad le permite enfrentarse consigo misma, para realizarse conforme a sus posibilidades o en contra de ellas. Es ella la que conoce, delibera y decide. Nunca, por muy inserta que se encuentre en los estratos biológicos y culturales, puede considerársela inexorable­mente ligada a ellos. Puede conocerlos, ordenarlos y diri­girlos.

La persona, finalmente, por estar abierta a sí y al mundo, por ser realidad autónoma y transcendente, puede rela­cionarse con el mundo de otras personas como ella, cono­cerlas, respetarlas, promoverlas en sus valores. Reconocer libremente estos valores es lo que le hace crecer y madurar como persona.

Este modo de ser personal —propio del hombre— en­traña una fundamental a la idoneidad para el bien, la verdad, la responsabilidad, la libertad, la sinceridad, la justi­cia, la misericordia, el amor y, en general, para todo aque­llo que significa obrar el bien, conociéndolo y practicándolo libremente.

Estos son los poderes radicales de toda persona humana que hay que admitir, respetar, educar y promover en todo tipo de relaciones y estructuras de vida comunitaria.

4. Las relaciones propias para un orden de comunidad de personas.

Las relaciones que deben establecerse consiguientemen­te en todo tipo de comunidad humana son relaciones de fraternidad.

Estas relaciones de fraternidad son las básicas y las que corresponden a todo ser humano, en cuanto sujeto activo o pasivo de las mismas, ya que por ellas yo considero a to­dos los hombres miembros de la gran familia humana, me considero idéntico con cada uno de ellos y comparto soli­dariamente su condición y destino. Unas relaciones que, por tratarse de hombre a hombre y de persona a persona, son de igualdad y, por ende, universales.

Quien no desarrolla en sí esta relación de fraternidad es infiel a su condición de persona, se inhabilita para una auténtica convivencia humana y fácilmente se convierte en un egoísta frustrado y opresor que busca sólo, y bajo diversas formas, compensar su vacío de ser que no ama —que no ha aprendido y ejercitado su poder de amor fra­terno— y que busca ansiosamente —desde su soledad inse­gura — ser amado— .

Estas relaciones son inter-personales y anteceden y en­tran como fundamento en todas las otras relaciones matri­moniales, familiares, amicales, raciales, nacionales, in­ternacionales. Olvidar este orden fundamental de la frater­nidad y de sus relaciones correspondientes equivale a en­trar de una manera u otra en un orden de inhumanidad y egoísmo en toda suerte de relaciones concretas, bien sea en el matrimonio, en la familia, en la educación, en el trabajo, en el amor y no digamos en las otras relaciones de tipo económico-social.

5. Sentido y finalidad de la autoridad en un orden de comunidad de personas.

Desde cuanto llevamos dicho, resulta inconcebible un concepto de autoridad que no esté al servicio de la persona y de la comunidad de personas:

“La comunidad política nace para buscar el bien co­mún, en el que encuentran justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con ma­yor plenitud y facilidad su propia perfección”.26GS, 74.

Queda, por tanto, claro que la autoridad en un régimen comunitario de personas no es algo que procede arbitra­riamente de la voluntad del que manda, de la ley o de las instituciones vigentes en la sociedad.

La autoridad tiene un ámbito objetivo de realidad que la delimita: la persona, y un objetivo que la especifica: el bien común, que no es sino la prosecución y la resultante del bien de las personas en comunidad.

Esta legitimación de la autoridad es fundamental y aca­ba con todos los abusos a que nos tiene habituada. Abusos que revisten mil formas, pero que tienen siempre una misma víctima: la persona.

El Concilio subraya diversos aspectos que se refieren a la autoridad y que, por su origen o modo de realizarse, acaban por pervertir su verdadero significado y finalidad:

Una autoridad que persigue fines que no son los es­pecíficos de la dignidad humana, (GS, 64.[/note] que confiere el poder o lo consolida irracionalmente en minorías po­poderosas nacionales o internacionales,27GS, 65. que se des­vía en su ejercicio poniéndose al servicio de un grupo o de los propios gobernantes,28GS, 73. que se ejerce mecá­nica o despóticamente,29GS, 74. que funciona sin apenas participación del pueblo y sin libertad de los ciuda­danos,30GS, 73. que mantiene estructuras que cierran el paso a la participación en sus más diversas formas y nive­les,31GS, 73-75. que no hace concretamente eficaz la procla­mación teórica de los derechos de la persona humana.32”No basta que los Estados proclamen en sus leyes fundamen­tales ciertos derechos del hombre o del ciudadano o que se comprometan internacionalmente a reconocerlos en sus respectivas legislaciones in­ternas… Un tal sistema es y será constitucionalmente injusto hasta tanto aquellos derechos no sean concretamente exigibles para cada uno de los individuos, o sea, que estén garantizados con un eficaz poder de acción. Parece por tanto necesario determinar, ante todo, el preciso contenido de cada uno de aquellos y las condiciones concretas en que son exigibles para cada uno será necesario después reformar las es­tructuras existentes, de modo que quede designado claramente el sujeto de la correspondiente obligación e instituir otras estructuras nuevas para que los poderes públicos den garantía sin las cuales los derechos sociales no serán nunca derechos subjetivos verdaderos y propios” (Car­ta del Cardenal Secretario de Estado a la 39 Semana Social Italiana, 5-11-1968).

Tal tipo de autoridad es natural que se gane el repudio y aún la enérgica oposición, y la lucha de quienes opten por defender la dignidad y derechos de la persona humana y entiendan que esa es la misión de la autoridad.

Sólo una autoridad que tiene como base y objetivo el bien de la persona y de la comunidad de personas puede ejercitarse con la responsabilidad de cada uno y el libre asentimiento de todos.

El cristiano, sujeto y miembro de la comunidad eclesial

El cristiano, por ser cristiano, no deja de ser persona humana ni pierde ninguna de las cualidades que a ésta le son propias. Ni reniega del carácter inter-personal y fra­terno con que debe estructurar su vida comunitaria.

Sin embargo, su vida, sus actitudes, sus relaciones y su estructura de comunidad entran en un nuevo plan “para conseguir la unidad completa en Cristo”.33LG, 1.

1. La Iglesia comunidad sacramental de salvación.

El plan de salvación arranca de la voluntad divina del Padre que libérrima y amorosamente quiso que todos los hombres participasen de la vida divina y se congregasen en una única y gran familia.

Este plan divino de salvación ha venido a nosotros en la historia y en formas concretas, bien visibles.

Salvación que, desde el principio, el mundo en un diá­logo interior consigo mismo descubre, aunque de una mane­ra vaga y deficiente. La gracia salvadora tiene sus primeras y débiles manifestaciones en la realidad viva del mundo creado.

Esta salvación se hace más concreta y más visible en la historia del pueblo de Israel.

Finalmente, el proyecto divino de salvación alcanza su grado máximo de visibilidad y eficacia en Cristo Jesús. Jesús es la encarnación humana del amor salvador del Pa­dre en una forma plena y definitiva. Amor salvador que, por pertenecer a una persona divina, es divino y causador de gracia para todos los hombres y que, por ser humano y pertenecer a la humanidad terrestre y visible de Jesús, es sacramental. La salvación que Dios Padre determina comu­nicar a los hombres tiene asiento, manifestación y visibi­lidad en Cristo Jesús. Cristo es signo sensible y eficaz de esta gracia salvadora del Padre: es el sacramento de la sal­vación:

“El hombre Jesús, manifestación terrestre personal de la gracia divina redentora, es el sacramento, el sacramento primordial, porque este hombre, Hijo de Dios, es querido por el Padre como la única vía de acceso a la realidad de la salvación”.34LG, 2. E. SCHILLEBEECKX Cristo Sacramento del encuentro con Dios, Dinor, Pamplona, 1971, p. 31.

Este plan divino de salvación es realizado por Cristo en todo el trayecto de su vida, desde el momento primero de su Encarnación hasta el último y supremo de su glori­ficación. Cristo salvador —el único que ahora existe— es el Cristo ascendido y glorificado, el Cristo celeste.

Por lo cual, este Cristo ha dejado de ser para nosotros el signo sensible y visible de la gracia salvadora. Al some­ter su humanidad a la muerte, la expulsamos de este mundo y se ha convertido ahora en gloriosa.

Por esto mismo, la Iglesia, continuadora de Cristo, ha asumido esta función de expresar sensible y visiblemente, sacramentalmente, el proyecto divino de salvación. Ella ha sido constituida en instrumento eficaz de salvación:

“Dios formó una congregación… y la constituyó Igle­sia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacra­mento visible de esta unidad salutífera”.35LG, 2.

“La Iglesia es sacramento universal de salvación”.36LG, 7.

La Iglesia, pues, es el cuerpo sustitutivo del cuerpo glo­rioso de Cristo.

Pero esta salvación, al haber sido realizada para todos en Cristo mediante la reconciliación de todos los hombres con Dios y de todos los hombres entre sí, debe ser ahora presentada, anunciada y testimoniada idénticamente por la Iglesia. La Iglesia, sacramento de Cristo, tiene que anun­ciar la unidad de los hombres con Dios y de los hombres entre sí, tal como se ha cumplido definitivamente en Cristo Jesús.

Esta constitución y misión de la Iglesia condiciona y determina el carácter que en ella deben tener todos los ele­mentos visibles de su organización y administración: servir sensible y eficazmente —sacramentalmente— la salvación de Cristo al mundo.

2. La Iglesia Pueblo de Dios

Después de no pocas dificultades, el Concilio Vaticano II logró elaborar un documento sobre la Iglesia en que la con­sideración de ella como Pueblo de Dios precediera a la con­sideración de las distintas funciones que hay en ella, des­tacando así, como conviene, lo que es realmente común a cuantos pertenecemos a ella.

Todos los cristianos formamos parte viva de este único Pueblo de Dios, al poseer la dignidad fundamental de hijos de Dios y hermanos en Cristo. Todos nos sentimos en única comunión al profesar la misma fe, la misma esperanza, el mismo amor, la misma santidad, el mismo sacerdocio, tes­timoniando así la salvación de Cristo Jesús. Es éste un pue­blo universal que abarca, de alguna manera, a todos los hombres y pueblos.

3. Sentido y misión de la autoridad en esta nueva comunidad.

Desde una concepción auténtica de lo que es la comuni­dad eclesial, es claro que la autoridad no puede concebirse ni primaria ni remotamente como un poder de mando ni como un poder de hacer cumplir unas leyes. Ni puede tampoco la autoridad desconocer que el Fundador de la Igle­sia es Cristo, que en ella habita su Espíritu guiándola, que su razón de ser es vivir conforme a la imagen del Hijo mismo del Padre por la gracia de la filiación adoptiva, que todos, desde los presupuestos elementales de personas, tenemos que vivir activamente en esta comunidad, creciendo cons­tantemente en la fe, en el amor y en la esperanza.

En este sentido la autoridad eclesial, si se trata de la jerárquica, es como un medio para agregar a todos los hom­bres por los sacramentos a esta nueva comunidad y un me­dio también para expresar y asegurar la unidad y comunión de todo ese pueblo en las relaciones nuevas de la filiación divina y de la fraternidad.

No sólo, pues, deja de ser dominante y opresora, imposi­tiva y despersonalizante sino que se centra toda ella en cul­tivar y promover al máximo las relaciones inter-personales de todo ese pueblo desde las nuevas perspectivas de la filia­ción y fraternidad evangélicas en marcha ascendente hacia la plenitud de vida en Cristo Jesús.

El religioso sujeto de comunidad en la Iglesia

La vida comunitaria religiosa no puede partir de otros presupuestos, para ser correctamente entendida, que de los personalistas y cristianos.

El plan divino de salvación va dirigido a todos los hom­bres. Aceptar ese plan es, ni más ni menos, que compro­meterse a seguir a Jesús, haciendo nuestro su modo de vivir. Es un nacer a un nuevo modo de vivir que comporta, como consecuencia, la muerte a otros posibles modos.

En este proyecto la novedad radical proviene del hecho de que Dios nos ama y nos ama salvándonos y nos salva haciéndonos hijos suyos, participando de la filiación misma de su Hijo Unigénito. Por esta filiación entramos a formar parte de la familia divina, y poseemos la vida, los bienes y hasta los derechos del hijo legítimo, quedándonos como deu­da la conciencia de esta radical gracia y la gratitud per­manente.

Al ser hijos de un mismo Padre, todos somos hermanos. No por naturaleza, sino por gracia.

Este plan divino de salvación determina el sentido y orientación total de nuestra vida, en el sentido de vivir como Jesús, el Hijo natural y nuestro hermano mayor. Nuestra tarea no es otra que imitarle, reproduciendo su actitud —hasta la muerte— de fidelidad absoluta al Pa­dre y de amor entrañable a los hermanos.

Es nuestro plan y nuestra norma, sin que de él debamos prescindir para nada en nuestro modo de ser individual y comunitario.

1. Lo específico de la comunidad religiosa.

La comunidad religiosa se inscribe, por necesidad, den­tro de este plan único de salvación que se realiza en la Iglesia.

Los religiosos se proponen, como todo cristiano, seguir a Jesús, imitando su modo de vivir. Un vivir que arranca del hecho radical de la filiación divina y de la fraternidad en Cristo.

Pero, hay algo más.

Los cristianos, siguiendo a Cristo, lo hacen desde la encarnación, gerencia y programación directa de las di­mensiones y valores de este mundo. Todo esto es de Dios y entra en su plan salvador y se convierte en camino y ma­teria idónea para el seguimiento de Jesús.

Pero, el seguimiento de Jesús, sin excluir nada de lo que es esencial para todo cristiano, toma una forma y dimensión peculiar en el religioso.

El religioso se compromete a vivir como Jesús, en fide­lidad al Padre y entrega a los hermanos, pobre y virginal­mente. Y es esto precisamente lo que caracteriza su segui­miento.

El cristiano, más aún que todo hombre, tiene que amar a todos los hombres con un amor básico de fraternidad —que es universal— pero, al mismo tiempo, este amor lo hace real e inmediato en la forma del matrimonio según exigencias concretas y peculiares. No deja a un lado su actitud de amor fraterno universal, pero lo recorta y aplica inmediatamente al ámbito peculiar de la realidad conyugal-familiar.

Igualmente, sin negar sus relaciones de fraternidad con todos los hombres, éstas las vive de hecho en el plano in­mediato de las relaciones típicas marido-mujer y padres-hijos.

El religioso, por vocación, se consagra al seguimiento de Jesús en su amor pobre y virginal, como razón directa y típica del propio vivir. No sólo en la raíz y en su alcance generales, sino en el ejercicio y forma concretos elige como norma y manera propia de amar, el amor pobre y virginal de Jesús.

En consecuencia, esta forma de amar le constituye en una directa, inmediata y permanente cercanía con todos los hombres. Lo que en el cristiano es actitud implícita y acaso remota de amor universal, por estar ceñido a un ob­jeto concreto de amor y a unas exigencias peculiares, en el religioso se convierte en actitud explícita e inmediata, por no estar ceñido a un objeto concreto y unas expresiones peculiares. Lo explícito, lo concreto y lo peculiar en él es poner de relieve su forma evangélica de amar, de ser her­mano para todos los hombres, en la más radical disponi­bilidad de pobreza .y virginidad, exactamente como Cristo mismo.

Esta forma de imitar a Jesús en su amor, es precisamente lo que fundamenta y especifica la vida de los religiosos.

Por donde se ve claro que la vida religiosa no se funda propiamente en presupuestos naturales, en el sentido de que los que se juntan en ella lo hagan para desarrollar cier­tos aspectos de su personalidad natural o para lograr ciertos objetivos que,por sí solos, no lograrían.

La vida religiosa nace desde la base primordial de la filiación divina adoptiva y de la nueva fraternidad en Cristo. Cuantos abrazan este género de vida, lo hacen movidos por la razón específica de vivir corno Cristo en amor filial al Padre y en amor de fraternidad virginal y pobre a los her­manos.

No quiere decir esto que las relaciones inter-personales queden anuladas o desaparezcan en los miembros de esta nueva comunidad.

Los religiosos son, como todos los demás hombres, per­sonas y tienen que vivir respetando íntegramente su con­dición de personas y las relaciones propias que entre éstas nacen.

Pero, sobre esto o, junto a esto, los religiosos establecen entre sí y con los demás hermanos una forma específica de amor fraterno virginal y pobre.

Este origen y fundamento de la vida y comunidad reli­giosa es tarea para toda la vida, ya que el crecimiento de nosotros —hijos adoptivos— en la imagen y semejanza de Jesús es proyecto a realizar permanentemente.

Dentro de la comunidad religiosa, cada religioso:

  • Se personaliza comprometiéndose libremente a vi­vir de acuerdo con el proyecto de vida propio de todos los religiosos. Un proyecto que lo vive día a día, en permanente empeño de fidelidad, con audacia renova­dora frente a las exigencias nuevas de la sociedad.
  • Se personaliza conviviendo con otros religiosos, aceptándolos en el mismo proyecto de vida —vivido por cada uno de ellos desde la singular riqueza de su personalidad— y dispuesto a ayudar y a ser ayudado, a enriquecer y a ser enriquecido, a dar y recibir y, sobre todo, a amar y a ser amado desde la dimensión típica de un amor fraterno virginal y pobre. Un per­sonalizarse, pues, desde compartir un mismo pro­yecto de vida que crea espontáneamente el encuentro y el diálogo, en orden a una mutua maduración y fidelidad.
  • Se personaliza conviviendo en esta comunidad, la cual se estructura desde el funcionamiento activo de lo que en realidad son sus miembros: personas hu­manas, hijos de Dios, hermanos en Cristo, consa­grados a vivir el amor en su más definitivo significado. Donde, por consiguiente, la programación concreta de la comunidad en sus más variados aspectos, es cues­tión y competencia de la iniciativa, responsabilidad, y empeño de cuantos en ella viven.

2. Sentido y finalidad de la autoridad en la comunidad religiosa.

Si nos atenemos fielmente a cuanto llevamos dicho, es fácil deducir que la autoridad no está ni sirve, en la comu­nidad religiosa, para reemplazar la responsabilidad de las personas que en ella viven, ni está ni sirve para erigirse en custodio de un orden o de unas reglas, ni para hacerse valer como un poder de dignidad.

El mal llamado “superior” es un hermano y un miembro más de la comunidad, en situación idéntica a los otros por lo que respecta al proyecto y compromisos de vida.

Si la autoridad era vista en el pasado como un poder máximo de intervención en la comunidad, de intervención unilateral y de intervención arbitraria, hoy es vista más bien en el extremo opuesto de una mínima intervención o mejor de una intervención respetuosa, absolutamente res­ponsable, surgida y determinada en el seno vivo de la comunidad.

Y es que la autoridad se encuentra con algo tan real y serio como una comunidad de personas —y entre ellas, ella misma— consagradas de por vida a un proyecto de vida evangélico —el mismo de Jesús—, que no lo inventa la auto­ridad, ni lo define, ni lo impone, sino simplemente lo res­peta, lo promueve, lo sirve.

¿De qué manera?

El “superior” debe sentirse profundamente hermano, en igualdad absoluta con los otros hermanos, sin eximirse de nada por nada, sin atribuirse privilegios, con la misión de asegurar y potenciar la fraternidad. No es ésta misión nin­gún honor ni da lugar a ningún orgullo. Es una carga, eso sí, que requiere tacto, delicadeza, respeto, absoluta humil­dad, estima desinteresada de todos, confianza en la res­ponsabilidad y creatividad de cada uno.

Así vista la autoridad, queda dentro de la comunidad, como un miembro más en esa rueda circular, y no fuera de ella, por encima de ella o en contra de ella. La comunidad vive en fraternidad, como en un círculo vivo, cuya unidad y comunión trata de estrechar y consolidar el “superior”.

Este es el servicio de la autoridad.

3. Sentido y lugar de la obediencia religiosa.

No es difícil entrever que, desde esta perspectiva, la obediencia religiosa pierde mucha de la importancia que ha tenido en el pasado y adquiere nuevo significado.

Hoy no faltan autores que reconocen la necesidad de replantear y centrar el sentido de la obediencia de una ma­nera muy diferente a como se ha hecho en el pasado. Co­mienzan por afirmar que la obediencia religiosa, sin dejar de ser evangélica, no puede equipararse en importancia a la pobreza y virginidad, no sólo porque ella no aparece mencionada explícitamente en el Evangelio como “conse­jo”, sino porque no contiene ni expresa tan claramente como la pobreza y virginidad el seguimiento de Cristo y las realidades del Reino y del Evangelio.37Cfr., por ejemplo, L. GUTIÉRREZ, Renovación doctrinal y práctica de la obediencia religiosa, en “Claretianum”, 1971, Roma, pp. 161-169.

La obediencia religiosa tiene un contenido propio que la justifica. Pero este contenido no puede definirse ni por referencia directa al superior —a sus mandatos— ni a las mismas Reglas, ni al superior como guardián e intérprete de las Reglas.

El “superior” es, como todos los demás, falible, limitado pecador y puede abusar por prepotencia, autosuficiencia, arbitrariedad, voluntarismo, despersonalización. Y las Re­glas pueden incluir elementos evangélicos auténticos y fir­mes y elementos extraevangélicos, espúreos e inservibles. Una obediencia ciega a los mandatos del superior o un culto exaltado de la “observancia regular” pueden privarle al religioso muchas veces del contenido auténtico de su obediencia.

El contenido último de la obediencia religiosa es la fide­lidad al proyecto de vida evangélica, asumido por todos y cada uno de los religiosos.

La actuación diaria de este proyecto exige la obediencia de cada miembro de la comunidad —que le interpela cons­tantemente— y de la autoridad —a quien le pide su modesto, generoso y comunitario servicio—.

La obediencia es, pues, esta actitud de fidelidad perma­nente —por parte de todos y de la misma autoridad— al proyecto de vida evangélica pues a eso se han comprome­tido unos y otros.

A esto se han consagrado todos los religiosos y a esto, lógicamente. se han vinculado.

Escribe el P. Lucas Gutiérrez: “Más bien que de una con­traposición entre superior y súbditos, entre autoridad y obediencia, se trata de dos obediencias convergentes: la de los religiosos que han entregado en totalidad sus proyectos de vida evangélica para vivirlos en fraternidad, y la obe­diencia del superior a la comunitariedad de todos los pro­yectos de vida evangélica, para que sean vividos y convi­vidos. Obediencia del Superior a cada uno de los proyectos de vida evangélica, nacidos de la llamada y don peculiar del Espiritu a cada religioso; y obediencia plena del supe­rior a la comunitariedad de los proyectos que brotaron del mismo Espíritu”.38L. GUTIÉRREZ, Idem, p. 192.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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Notas   [ + ]

1. JUAN XXIII, en la Inauguración del Vaticano II, 11-10-62.
2. PABLO VI, en la Segunda Sesión del Concilio, 29-9-63.
3. PABLO VI, en la Sesión de Clausura del Concilio, 7-12-65.
4. GS, 1.
5. GS, 11.
6. J. LECLERCQ, Evangelio y Cultura en la historia de la autoridad monástica, en “Vida Religiosa”, enero 1973, p. 39.
7. GS, 6.
8. GS, 7.
9. G. MENDEL, Pour décoloniser l’enfant (Sociopsychanayse de l’auto­rité), Payot, 1971, Paris, pp. 8-9.
10. GS, 9.
11. ”Algunos protestan, en nombre de la experiencia, afirmando que todos los estados de cristiandad hasta ahora realizados derivan de la Iglesia Constantiniana, es decir, de una concepción hipertrofiada de la autoridad temporal de la Jerarquía romana”; B. PLONGERON, Conscience religieuse en Révolution, Ed. Picard, Paris, 1969, p. 13.

“Todos los estados mayores del mundo, económicos o militares, industriales o políticos, se arrogan espontáneamente las prerogativas de su jefe por una suerte de identificación con él. No lo hacen necesa­riamente por ambición, sino a veces también por devoción o por el sim­ple juego de las instituciones. Los estados mayores del Papa, oficinas, congregaciones, comisiones no han dejado de hacerlo. A su vez, ellos han pasado por omnipotentes y sin recurso ulterior posible. De hecho, lo eran”, J. ROCHE, Liberté chrétien, autorité de l’eglise, Fayard, Paris, 1973, p. 21.

12. Cfr. L. GUTIÉRREZ, Misión fundamental del gobierno religioso, en “Vida Religiosa”, marzo 1973, pp. 97-107.
13. Cfr., por ejemplo, G. ESCUDERO, El don perfecto de sí consiste en una obediencia de juicio que se salva en un ejercicio eminente de fe, “Undécima Semana de oración y estudio para superioras religiosas de Madrid-Alcalá”, 1961, Madrid, pp. 95-117.
14. ”Deliberadamente el Concilio ha querido liberar a la Iglesia de un autoritarismo que la sofocaba, de una hipercentralización romana, en fin, de la uniformidad. Todos estos fallos paralizan a la Iglesia y no la sitúan en su más auténtica tradición”, J. ROCHE, Idem, p. 4.
15. Cfr. L. GUTIÉRREZ, Renovación doctrinal y práctica de la obe­diencia religiosa, en “Claretianum”, Roma, 1971, pp. 146-159.
16. P. GABAUDY, La alternativa, Edicusa, Madrid, 1973, p. 21.
17. GS, 9.
18. GS. 73.
19. GS, 25.
20. GS, 24.
21. GS, 25.
22. GS, 29.
23. GS, 26.
24. GS, 73.
25. GS, 26.
26. GS, 74.
27. GS, 65.
28. GS, 73.
29. GS, 74.
30. GS, 73.
31. GS, 73-75.
32. ”No basta que los Estados proclamen en sus leyes fundamen­tales ciertos derechos del hombre o del ciudadano o que se comprometan internacionalmente a reconocerlos en sus respectivas legislaciones in­ternas… Un tal sistema es y será constitucionalmente injusto hasta tanto aquellos derechos no sean concretamente exigibles para cada uno de los individuos, o sea, que estén garantizados con un eficaz poder de acción. Parece por tanto necesario determinar, ante todo, el preciso contenido de cada uno de aquellos y las condiciones concretas en que son exigibles para cada uno será necesario después reformar las es­tructuras existentes, de modo que quede designado claramente el sujeto de la correspondiente obligación e instituir otras estructuras nuevas para que los poderes públicos den garantía sin las cuales los derechos sociales no serán nunca derechos subjetivos verdaderos y propios” (Car­ta del Cardenal Secretario de Estado a la 39 Semana Social Italiana, 5-11-1968).
33. LG, 1.
34. LG, 2. E. SCHILLEBEECKX Cristo Sacramento del encuentro con Dios, Dinor, Pamplona, 1971, p. 31.
35. LG, 2.
36. LG, 7.
37. Cfr., por ejemplo, L. GUTIÉRREZ, Renovación doctrinal y práctica de la obediencia religiosa, en “Claretianum”, 1971, Roma, pp. 161-169.
38. L. GUTIÉRREZ, Idem, p. 192.

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