El compromiso con la justicia, dimensión esencial del servicio vicenciano (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

III. EL COMPROMISO CON LA JUSTICIA EN EL SER­VICIO VICENCIANO A LOS POBRES

  1. El compromiso con la justicia en el servicio vicenciano: una realidad de la fe No se puede servir a los pobres, si al mismo tiempo no se lucha contra su pobreza y la causa profunda que la genera: la desigualdad injusta. Esta perogrullada ha sido y sigue siendo olvidada con demasiada frecuencia por los creyentes. Se­mejante olvido equivale para Vicente de Paúl a dejar de ser cristiano: «ver a alguien que sufre y no participar con él en su miseria, es ser cristiano en pintura, no tener humanidad, ser peor que las bestias».

Vicente de Paúl llega a hacer esta afirmación después de haber constatado la miseria del pueblo y haber interpretado esta miseria a la luz de Cristo evangelizador de los pobres. Puesto que Cristo ha sido enviado por el Padre para decir que «el Reino de Dios está cerca y es para los pobres»», ¿cómo es posible que el pueblo viva en esta terrible miseria? Este interrogante le lleva a exclamar:

Si existe una religión verdadera!». Que es tanto como hacer surgir la pregunta inquietante: ¿dónde está el Dios de Jesucristo? ¿Hl Dios que se ha constituido en defensor de los pobres y va a transformar su situación instaurando un Reino de justicia, de solidaridad, de amor? A una pregunta así no es cuestión de contestarla con teorías, con verdades abstractas. La única res­puesta posible es, y así lo entendió Vicente de Paúl, asumir y hacer asumir a otros, con su vida el compromiso con la justicia en favor de los pobres, la solidaridad con ellos, la protesta contra su pobreza. Este cristiano lúcido nos confesará al final de su vida, el 6 de diciembre de 1658, que la única respuesta posible es «hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el Evangelio»». Vicente de Paúl comenzó a rea­lizar el contenido de esta afirmación cuando empezó a poner en marcha, el año 1617, un completo sistema de acción social que todavía hoy a muchos les parece revolucionario.

El fundador de las «Caridades», de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad no intenta con ello proponer un proyecto político. Sin embargo, a través de su actuación y de su doctrina deja entrever que la caridad es la única ley para construir la vida de la sociedad en la solidaridad y en la equidad. Y ello por la incapacidad de la sociedad para realizar la justicia en la repartición de los bienes necesarios para vivir. Para él, y así lo proclama y enseña, la función de la caridad es compensar las deficiencias y los estragos de la práctica político-social de su tiempo. A través de la práctica de la caridad, trata de articular, tan rigurosamente como es posible, la relación a Dios y la cons­trucción de una sociedad más solidaria y más justa con los pobres. En definitiva, busca negociar con la sociedad, a través de la caridad, la redistribución de recursos que pueda hacer necesaria la coexistencia imposible de ricos y pobres.

  1. El compromiso con la justicia en el servicio vicenciano: una exigencia de la fe vivida en la responsabilidad social

La decisión inquebrantable de Vicente de Paúl de no aban­donar el mundo le lleva a no separar nunca el servicio a los pobres, la acción caritativo-social en su favor, del conjunto de la vivencia de la fe. Esto es posible para él, porque su experiencia de fe le ha llevado a liberarse de todo egoísmo e indivualismo. Por eso puede declarar a los sacerdotes de la Congregación de la Misión: «no me basta amar a Dios si mi prójimo no le ama»83, «no es suficiente ser salvados, es necesario ser salvadores con Cristo»». Estas declaraciones equivalen a lo que hoy se llama vivir la fe en la responsabilidad social, es decir, en el compromiso con la justicia dada nuestra situación actual de injusticia. En contraposición a quienes afirman que la vivencia de la fe, en una sociedad secularizada, se vería reducida a un asunto privado de la conciencia de cada creyente con Dios.

Vivir esta experiencia de fe en la responsabilidad social sig­nifica para él comprometerse a remediar las necesidades públicas: «En verdad, parece que las miserias particulares nos dispensan del cuidado de las públicas, y que tendríamos un buen pretexto delante de los hombres para retirarnos de este cuidado. Ahora bien, señoras, dice a las Damas de la Caridad, no sé cómo eso aparecerá a los ojos de Dios, quien nos podría decir lo que San Pablo decía a los Corintios, que se encontraban en las mismas circunstancias: ¿Habéis resistido hasta la sangre?». Para él, como para sus seguidores, la fe termina en compromiso social en favor de los desechados del mundo. Y ello porque la misión de Jesucristo es una misión «para servir a los pobres».

Vivir la fe con este sentido agudo de la responsabilidad social, equivale a encontrarse con la necesidad y la injusticia que padecen los pobres y explotados. Pero ayer, como hoy, pobreza e injusticia son subproductos fabricados por las grandes decisiones de quienes detentan el poder político y el poder económico. Poner remedio a la pobreza, a la injusticia, implica, vicencianamente hablando, comprometerse a vivir la fe en la dimensión política y social en favor de quienes sufren marginación y explotación.

  1. La llamada a la fraternidad: una modalidad del compromiso con la justicia en el servicio vicenciano a los pobres

Vicente de Paúl, abierto a las dimensiones sociales, atento a las realidades económicas y políticas, descubre que la «estrati­ficación social» es el «lugar» en el que el Evagelio de Jesús encuentra su realización inteligible y creíble. Para que los cris­tianos tengan conciencia de la caridad «socializada» y la ejerzan, es menester recordarles que el dinamismo objetivo de los bienes económicos implica, con relación a la conciencia del individuo y de la sociedad, una referencia explícita al designio de Dios: hacerlos fructificar para todos.

Este compromiso de los cristianos en favor de los pobres, vicencianamente entendido, es parte integrante de su fe que es adhesión a un Dios que en Jesucristo se ha revelado a sí mismo como amor incondicional a los pobres, haciéndoles justicia y reivindicando su causa.

¿Cómo Vicente de Paúl va a lograr, de acuerdo con el Evan­gelio, hacer vivir la vida cristiana entre los pobres? ¿Cómo va a hacer pasar en moneda corriente las exigencias evangélicas en medio de la sociedad individualista, corporativista, a veces cruel que le tocó vivir?

Si hay algún criterio para suprimir la pobreza, es el amor solidario a los pobres, vivido en la verdadera fraternidad. Por eso Vicente lanza un llamamiento a todos los que enfrentan la diversidad de opiniones, de intereses y de situación social: Je-suítas y Port-royalistas, Compañía del Santísimo Sacramento y órdenes religiosas, hombres de gobierno y gobernados, ricos y pobres, a fin de impedir sepultar vivos a los seres que todavía respiran», es decir, a fin de hacer coincidir la justicia de Dios con la justicia de los hombres. Sólo la prodigiosa actividad de Vicente de Paúl explica la gracia de su arte de persuadir y el carácter único de su caridad. En ella se comprueba el genio de su caridad y se descubre su mística de la caridad en el servicio a los pobres. Este místico de la caridad habla a otro, habla de otro y en su nombre, de Cristo, a quien suplica: «¡Ah, Señor!, atráenos hacia Ti, concédenos la gracia de entrar en la práctica de tu ejemplo y de tu regla que nos lleva a buscar el Reino de Dios y su justicia… Mi buen Jesús, enséñame a hacerlo y haz que lo haga». Este Cristo es a quien presenta a sus interlocu­tores. De ahí su persuasión y su eficacia. La continuación del «amor compasivo» del Hijo de Dios» da sentido y unidad a la fraternidad vicenciana. Una fraternidad que reclama la justicia y la solidaridad, a las que a su vez vivifica la caridad.

Se olvida con frecuencia la acción social «revolucionaria» de Vicente de Paúl desde la llamada a todos a vivir en fraternidad. Lo que él pretende con esta llamada es que todos los grupos cristianos, que componen la Iglesia, hagan presente su fe activa en la solidaridad y en la justicia en favor de los pobres.

  1. Organización de la caridad, creadora de justicia, en el servicio vicenciano a los pobres

Si desde el comienzo de la obra caritativa de Vicente de Paúl aparece el sentido de la organización, durante los períodos de mayor turbulencia social y de calamidades públicas, esta orga­nización se hace socialmente ingeniosa e inventiva. Semejante socialización de la caridad es, en definitiva, la expresión de la responsabilidad social del hombre evangélico ante la miseria que invade a la sociedad y a los hombres.

La organización vicenciana de la caridad surge de la pregunta que Dios y los pobres lanzan a Vicente de Paúl ante la consta­tación de la miseria espiritual y de la miseria física, explotación e injusticia en la que vive el pueblo. ¿Cómo remediarlo? ¿Qué hacer para ser eficaz en todos los frentes donde aparece la miseria? Si la pregunta viene de Dios y de los pobres, Vicente sabe que sólo desde ese mismo Dios y desde esos mismos pobres se puede dar respuesta a semejante pregunta. Lo que él pretende con este proyecto, surgido a partir de la constatación de una «caridad mal organizada», es concienciar a la sociedad entera para que se organice en favor de los pobres y se movilice para liberarles de su pobreza.

Para hacer operativo este proyecto en la lucha contra la de­sigualdad injusta, Vicente de Paúl afronta todas las exigencias del compromiso social en cuanto tarea permanente en la cons­trucción del Reino de Dios y su justicia. Al mismo tiempo realiza un denodado esfuerzo por remediar las necesidades de los pobres y por actuar contra las causas que producen la pobreza.

1.° En absoluto prescinde de la acción asistencial. Es el nivel elemental ante la urgencia de la enfermedad, el hambre, el paro, la guerra, el abandono pertinaz. Una acción que nunca desparecerá de su vida, de su mensaje ni tampoco de las insti­tuciones que funda. Con su sentido agudo de las cooperaciones y de la coordinación en el plano caritativo-asistencial organiza durante la guerra de los Treinta Años y de las dos Frondas una inmensa red de recogida, almacenamiento y distribución de ayu­das que llegan a la mayor parte de Francia.

Para Vicente de Paúl la acción asistencial equivale a hacer justicia en nombre de Dios a quienes no se la hacen los hombres. Así, pues, la acción caritativo-asistencial, lejos de sustituir las reformas estructurales, las exige a gritos, y en nombre de Dios, porque está denunciando que la justicia de Dios no coincide con la justicia de los hombres y hay que hacerla coincidir. La caridad suple de momento la falta de justicia, pero sin renunciar a ella.

Si desde la justicia de los hombres la acción caritativo-asis­tencial es un acto voluntario, desde la justicia de Dios se torna obligatorio. Por eso Vicente de Paúl, ansioso de hacer cobrar conciencia a los hombres y de agudizar su responsabilidad social ante la miseria de los pobres, proclama: «Dios nos conceda la gracia de conmover nuestros corazones para con los pobres y de pensar que ayudándoles ¡practicamos la justicia y no la misericordia!».

2.° No se detiene en este primer nivel. Como una evolución natural e inevitable lo completa con un segundo nivel: la acción promocional. Con ello intenta proporcionar los medios para que el pobre, personal y colectivamente, sea agente de su propio desarrollo humano. Y ello porque sabe que la pobreza generalizada tiene causas sociales. Esta organización promocional de la caridad se hace en él ingeniosamente inventiva». Como escribe en su corres­pondencia: «No hay que asistir más que a aquellos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga alguno fuerzas para trabajar, habrá que comprarle algunos utensilios con­formes con su profesión, pero sin darles nada más. Las limosnas no son para los que puedan trabajar… sino para los enfermos pobres, los huérfanos o los ancianos»».

Esta acción promocional actúa sobre las causas de la pobreza generalizada de diferentes sectores de la sociedad: campesinos, niños abandonados… Y se prolonga hasta que éstos sean capaces de poder salir por sí mismos de su situación.

3.° La realización de su vasto plan social incluye un tercer nivel: la denuncia profética de las injusticias. Comprende que el cristiano, urgido por el amor de Cristo y de sus hermanos, no sólo debe ser justo. Debe, además, lanzarse a las exigencias del compromiso con la justicia, como expresión viva de la caridad.

Cualquiera que se acerque sin prejuicios a la vida de Vicente de Paúl encontrará palabras, actitudes y opciones por las que intenta impedir a la sociedad continuar siendo una máquina de fabricación de pobres. Por eso se complace en presentar como modelo, «a las que vengan después», a sor Juana Dalmagne, quien, «al saber que algunas personas ricas se habían eximido de los impuestos, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios les juzgaría por esos abusos».

El mismo Vicente no duda en lanzarse a la arena de la política en situaciones en las que los primeros ministros, Richelieu y Mazarino, son la causa de la miseria del pueblo. Por eso se entrevista con Richelieu para pedirle abiertamente el cese de la guerra, se opone públicamente, casi agresivamente, a Mazarino en 1649, permanece exiliado de París durante cinco meses, apela al Papa Inocencio X, el 16 de agosto de 165,2, para que intervenga en favor de la paz durante la «Fronda de los Príncipes» y escribe a Mazarino, el 11 de septiembre de 1652, para pedirle que salga del Reino’, sencillamente porque le juzga el principal causante del sufrimiento del pueblo.

Hay que preguntarse a qué niveles esta dimensión socio-política de la caridad está influyendo en el planteamiento y de­sarrollo del servicio vicenciano a los pobres en la lucha contra la pobreza y la solidaridad con los necesitados. Es una dimensión que va unida al tema de la denuncia de las injusticias. Se puede perder fuerza para denunciar cuando a las instituciones vicencianas les falta un bagage socio-religioso serio para hacer un análisis de la realidad de la pobreza y de la marginación y extraer las necesarias consecuencias.

En este sentido, los vicencianos que están implicados en la asistencia, tendrían que estar haciendo constantemente el paso, desde la denuncia, desde la protesta, al compromiso con la justicia

en el servicio a los pobres. Para ello hay que evitar tanto los bloqueos de carácter ideológico quienes piensan que esto es política y pretenden permanecer al margen— como los bloqueos de carácter religioso —quienes piensan que no existe ninguna relación entre caridad y justicia.

4.° Hay otro aspecto en el compromiso por la justicia no suficientemente resaltado en la organización de esta caridad vi-cenciana. Y sin embargo es el más eficaz en el vasto plan de Vicente de Paúl: clarificar y convertir las conciencias de los poderes políticos, sociales, económicos. El les propone, hasta urgírselo, que utilicen esos poderes para proteger a los colectivos sociales más débiles. Que su obligación social y moral, les dice, es encargarse de los que nada tienen para ayudarles a vivir en la dignidad humana, que la miseria se lo impide. En definitiva, les pide que se conviertan a lo que él se convirtió, cuando era joven: «los pobres son los predilectos de Dios», «nuestros amos y maes­tros». Dicha conversión implica que los pobres sean la conciencia crítica de la vida de los ricos y de sus riquezas y cuestionen, evangélicamente hablando, si pueden seguir siendo ricos cuando existe tan gran número de pobres.

Este cuarto aspecto o nivel del servicio vicenciano a los pobres tiene dos características: la capacidad crítica para descubrir y hacer descubrir las injusticias, explotaciones y marginaciones que generan los problemas de pobreza y marginación y la capacidad de concienciar y de animar a personas, grupos e instituciones sociales, económicas y políticas para que hagan lo posible por favorecer a los pobres.

Todo este plan organizado de la caridad vicenciana en el servicio a los pobres es la expresión de la dimensión política y social de la fe de Vicente de Paúl. Sus actuaciones no siempre fueron comprendidas por algunos de sus contemporáneos. Sin duda a él le habría gustado en su vida haber podido citar uñas palabras que sólo se pronunciaron más de trescientos años des­pués, cuando Pío XI dijo a la Federación Universitaria Católica Italiana: «El campo político abarca los intereses de la sociedad entera; y en este sentido, es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la caridad de la sociedad»

  1. El compromiso con la justicia: una actualización histórica del servicio vicenciano a los pobres

La conexión entre la opción de Dios y de Jesús de Nazaret por los pobres y el compromiso con la justicia en favor de éstos constituye uno de los rasgos característicos de la conciencia his­tórica de la Iglesia. Esta conciencia, agudizada sobre todo en estos dos últimos decenios, ha intentado poner en fecundo diálogo las exigencias sociales del Evangelio con la pobreza masiva que tiene sus causas en unas estructuras injustas»’.

La prueba de esta conexión, más allá de los peligros y de las resistencias que ha podido originar en algunos círculos de la Iglesia, es que aparece en todos los Sínodos celebrados después del Concilio Vaticano II. Así puede leerse en la relación final del Sínodo extraordinario de 1985: «Después del Concilio Va­ticano II, la Iglesia se ha hecho más consciente de su misión para el servicio de los pobres, los oprimidos y los marginados»’. Y el mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios del Sínodo de 1987 dice textualmente: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos»

En esta misma línea de pensamiento la Conferencia Episcopal Española, al fijar los objetivos de su programa pastoral para el trienio 1987-1990, declara expresamente: «A pesar de los múl­tiples servicios de la comunidad eclesial en favor de los pobres

y de la creciente toma de conciencia de que la Iglesia, como Jesús, es enviada para evangelizar a los pobres, todavía es mucho lo que queda por hacer en la misión al servicio de la justicia y de la caridad… Lo requiere la misma naturaleza de la evange­lización. Lo requiere también el sufrimiento de tantos hermanos nuestros, pues la sociedad moderna segrega marginación y su­frimiento que luego con frecuencia ignora y olvida. Lo requieren los «nuevos pobres» de la sociedad moderna…».

Es en este contexto eclesial, económico y social donde los vicencianos tienen que situar el compromiso con la justicia en favor de los pobres, como una actualización histórica del servicio a los necesitados. Un compromiso que surge por un lado de la realidad urgente y provocativa de la pobreza progresiva y por otro de las inspiraciones evangélicas, vicencianamente compren­didas.

Toda la cuestión está en mostrar cómo el servicio a los pobres expresa y realiza mejor hoy que ayer la perenne caridad del Evangelio, comprendida para los vicencianos desde su espíritu. Es decir, cómo expresar con convicción y eficacia que Dios y su Hijo Jesús de Nazaret han tomado siempre el partido de los pobres. Hoy sabemos que, en nuestra actual situación de injus­ticia, el servicio a los pobres pasa por el compromiso con la justicia. De ahí que fieles a esta inspiración vicenciana e inte­rrogadas profundamente, durante la Asamblea General de 1985, por la constatación de que «por todas partes en el mundo hay hombres humillados, oprimidos, víctimas de injusticia», las Hijas de la Caridad han decidido vivir el servicio a los pobres en el«compromiso en favor de la justicia y de la defensa de los derechos de los ‘sin voz’ como una de las urgencias de nuestro tiempo»106, «y a vivir la justicia entre los pobres»’. Esta decisión expresa claramente que el servicio vicenciano a los pobres, dada la situación de injusticia en la que están sumergidos, reclama que se realice en el compromiso con la justicia en favor de esos desechados del mundo.

CONCLUSIÓN

En el análisis del sentido y del objeto del servicio vicenciano a los pobres nos hemos encontrado con el Dios de Jesucristo. Un Dios que se caracteriza por su predilección para con los más pobres y los más débiles, con los más explotados y desvalidos. Un Dios que hace justicia a los pobres.

Si es ese precisamente el Dios, vicencianamente entendido, si el Cristo vicenciano es el enviado por el Padre para evangelizar y servir a los pobres, eso quiere decir que los vicencianos no podrán estar de parte de Dios y de Cristo sin encontrarse al mismo tiempo del lado de los desheredados y empobrecidos de este mundo. En palabras de Vicente de Paúl esto significa «entrar en los sentimientos más íntimos de Dios» que «han sido preocuparse de los pobres… El mismo quiso… servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres lo toma como hecho a su divina persona. ¿Podría acaso demostrar un amor más tierno a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerle a El si no amamos lo que El amó? No hay ninguna diferencia entre amarle a El y amar a los pobres de ese modo. Servir bien a los pobres es servirle a El, es honrarle como es debido, e imitarle en nuestra conducta. Si esto es así, ¡cuántos motivos tenemos para decidirnos a proseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora, desde lo más profundo de nuestros corazones: me entrego a Dios para cuidar a los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad…!».

Porque «esto es así», los vicencianos saben que el amor de Dios y de Jesucristo a los pobres implica y se da en el amor de los hombres a los pobres. Pero este amor, expresado en el servicio, requiere hoy el compromiso con la justicia en favor de los desventurados del mundo, a fin de hacer en su favor la justicia de Dios con la justicia de los hombres.

Los vicencianos tendrán que lograr descubrir, y hacer des­cubrir en la Iglesia, que el compromiso con la justicia en favor de los pobres, surgido de la fe que actúa en la caridad, actualiza y realiza la fe y la relación personal con Dios y con Jesucristo, revelador del Reino y entregado para su realización en favor de los desechados del mundo. A esto lleva hoy el compromiso por la justicia en el servicio vicenciano a los necesitados. Así, pues, este servicio supone, en definitiva, crear un mundo de fraterni­dad, de justicia, de solidaridad donde tengan sitio aquellos a quienes la sociedad se lo niega.

 J.M. Ibáñez CEME

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *