INTRODUCCION
Cuando se habla del compromiso con la justicia en favor de los pobres y de lo que implica en la vida, es necesario, antes, estar incluidos entre los hombres y las mujeres mejor informados y formados referente a los pobres, a la pobreza y a la marginación. La necesidad de adquirir esta información y formación no proviene de una curiosidad científica, deseosa de disponer de los últimos datos sociológicos, ni de justificar un ejercicio simplemente académico. Debajo de estos datos sociológicos, de estas cifras de pobres y de marginados, condenados a una pobreza sin retomo y excluidos de toda vida social, subyace una interpelación para la sociedad en la que vivimos, para la Iglesia de la que formamos parte, para la comunidad vicenciana a la que pertenecemos. Sólo así podremos escuchar el clamor y la llamada de los pobres y sentir en nosotros la acusación de sus carencias, de sus marginaciones. Sólo comprendiendo el alcance de tales datos y el sentido interpelante que ellos tienen para nuestra sociedad y para nuestra conciencia humana y cristiana, podremos comprometemos en su favor e intentar responder solidaria y eficazmente a esa lacerante realidad de ocho millones de pobres existentes en España.
Más que de «pobreza» y «marginación» en abstracto, deberíamos hablar de pobres y marginados en concreto. En el contexto actual, el reto nos viene no sólo del análisis sociológico de la pobreza y de la marginación sino de las actitudes concretas que, como personas y comunidades, adoptemos ante el pobre y el marginado individual y colectivamente entendidos. El problema, ciertamente, es estructural, pero es también cultural, teológico y cristológico.
Por eso, desde el principio, la realidad de los pobres, en este contexto, la hemos de abordar como llamada y acusación, como desafío y compromiso, como grito que llega hasta los oídos de Dios. Del Dios de Jesucristo que continúa decidido a liberar a los pobres y que no cesa de urgir a nuestra responsabilidad en las mediaciones de dicha liberación. Una liberación que nos compromete con la justicia de Dios en favor de los pobres. Y ello porque éstos están denunciando que la justicia de los hombres no coincide con la justicia de Dios y tendremos que actuar eficazmente para hacerla coincidir.
En esta perspectiva abordaré el tema que se me ha pedido tratar en esta semana: El compromiso con la justicia, dimensión esencial del servicio vicenciano. El enunciado del tema requiere: en primer lugar, hacer una referencia breve, pero precisa, al mundo de los pobres y a la significación de la pobreza, hoy, en nuestra sociedad española; en segundo lugar, determinar el sentido y el objeto del servicio vicenciano; finalmente, precisar por qué el compromiso con la justicia constituye una dimensión esencial de este servicio vicenciano.
- EL MUNDO DE LOS POBRES
Los datos sociológicos y analizados en el estudio de CÁRITAS I comprueban y verifican que los pobres son todos aquellos que sufren carencias de bienes materiales, culturales, sociales y espirituales. Estas carencias limitan su vida y la posibilidad de desarrollarse y realizarse como personas. Y ello porque sus recursos (materiales, culturales y sociales) son tan escasos que les excluyen de los modos de vida mínimos aceptados en el Estado español. Al mismo tiempo tales datos proporcionan las señas de identidad de los pobres (individuos, familias, grupos) conformadas por el complejo entramado de mínimos recurso económicos, de bajo nivel educativo, de baja cualificación laboral, de mala y deteriorada salud. La interrelación de esta serie de factores, es decir, los diversos aspectos que en la vida de los pobres constituyen una unidad, sitúa a ocho millones de españoles en un nivel de vida por debajo casi de la mitad de lo que es necesario para cubrir sus necesidades básicas’. De éstos, cuatro millones están en situación de pobreza severa.
Lo importante y alarmante, más que el dato global del número de pobres, son la composición y las características de los colectivos afectados por estas situaciones de pobreza y la falta de perspectivas de futuro para salir de ellas, ya que anímicamente nos encontramos ante unos colectivos en los que el 90% cree que su situación no mejorará.
- Pobreza y marginación hoy: un hecho sociológico
Desde que K. Marx enunciara la conocida «ley de la pauperización del proletariado» hasta nuestros días, el concepto y la realidad del mundo de los pobres ha cambiado mucho… De ahí que ya no se pueda seguir identificando a los pobres con los trabajadores, como lo hiciera el autor del Capital. El mundo de los pobres lo constituye hoy los colectivos que no son económicamente necesarios para que funcione el sistema: inactivos y parados. Y ello porque se trata de un sistema que se mantiene y se alimenta con la capacidad de la producción y con la voracidad del consumo. Quienes no llegan a adquirir esa capacidad ni a nutrir esa voracidad son irremediablemente lanzados a los márgenes de la sociedad. Unos márgenes, naturalmente, abruptos, caóticos, abigarrados y por ellos situados más allá del decorado cívico y social.
- Los colectivos pobres
Los estudios de la pobreza en España’ nos hablan de los pobres clásicos-persistentes y de los nuevos pobres. La experiencia comienza a demostrarnos que la distinción entre unos y otros es cada vez menos clara y precisa’. La razón estriba en que ambos se encuentran en una situación de pobreza no sólo por el hecho de no tener el mínimo necesario para cubrir sus necesidades básicas sino también por el hecho de ser excluidos de y por la sociedad.
- a) Los pobres clásicos persistentes
El amplio y trágico abanico de la pobreza clásica, persistente, que se reproduce a sí misma y se transmite de generación en generación, produce sus grupos de pobres. Los integrantes de estos grupos, atrapados en el círculo vicioso de la pobreza y de la exclusión social, constituyen los colectivos pobres permanentes. Pocos de éstos escaparán a ese cerco de la pobreza al que están sometidos.
Dentro de este cerco se encuentran 600.000 personas aproximadamente que viven en las zonas rurales más deprimidas (Andalucía, Extremadura, Meseta, Galicia y zonas de la alta montaña de Aragón y Cataluña). Un mundo donde las condiciones de habitabilidad son lamentables y los servicios sociales muy deficientes. Este colectivo vive no sólo envuelto en la pobreza sino en el abandono y en el desamparo.
De los 4.200.000 ancianos que hay en España, 3.336.000 viven de las pensiones mínimas. Se han censado cerca de 800.000 ancianos que no tienen ningún derecho a pensión. De éstos, cerca de medio millón sólo perciben 15.000 pesetas mensuales del FAS. Está claro que cuando nuestra sociedad retira a las personas la posibilidad de trabajar, condena a la mayor parte a la pobreza. A la pobreza económica de la Tercera Edad se une la mayoría de las veces la soledad, la enfermedad y la necesidad de asistencia permanente. Se trata de un colectivo de siempre, pero que aumenta sin cesar.
Del medio millón de la población gitana, 300.000 forman el colectivo pobre de esa minoría étnica en España. Transeúntes, mendigos y vagabundos forman también parte de esta pobreza persistente. Son colectivos al margen de toda referencia social, junto al mundo de la prostitución marginal de algunos barrios urbanos y periféricos de las grandes ciudades.
- b) Los nuevos pobres
Cada época, en razón de sus estructuras sociales, económicas y políticas, tiene su máquina de fabricación de pobres. De ahí que cada una produzca y posea los suyos propios. Por eso entre esos ocho millones de pobres se encuentran, además de los ya citados, otros colectivos cuya situación de pobreza y marginación emerge y se consolida en un contexto social precedido por el desarrollismo de la década de los sesenta y comienzos de los setenta. Son los llamados nuevos pobres.
La causa más influyente en este efecto marginador de la pobreza es la crisis del empleo. El trabajo, al proporcionar el acceso «normalizado» a lo que la sociedad ofrece, sigue siendo el elemento vertebrador de la misma sociedad. Cortada esa fuente, no sólo se margina del acceso «normalizado» a todo lo que la sociedad ofrece a través de los ingresos económicos, sino que se margina del «sentido» de «utilidad social». Es decir, el «no trabajo» incorpora a la «sociedad del malestar».
¿Quiénes son esos nuevos pobres? Entre otros, los aproximadamente 3.000.000 de parados de larga duración: los obreros o empleados que han perdido su puesto de trabajo; los jóvenes de 16 a 25 años que no han encontrado un empleo estable, si es que alguna vez han podido trabajar; los desarraigados a quienes el paro ha dejado sin ninguna seguridad y los ha hecho olvidar su propia profesión y sus actitudes; las jóvenes madres que tienen un hijo pero carecen de vivienda, de empleo, de recursos y sin saber cómo enfrentarse a su nueva realidad; los trabajadores sumergidos, sobreviviendo a una total indefensión social; los inmigrantes extranjeros que, trabajando más horas y siendo muy bajamente retribuidos, viven en las peores casas o pensiones y en los barrios más marginados. En la estructura actual de la economía social del trabajo la gran mayoría de los parados de larga duración deja de formar parte del «ejército de reserva» de futuros trabajadores, para entrar en el mundo de los pobres y marginados. El paro hoy ya no tiene carácter coyuntural sino estructural en la división internacional del trabajo.
Las consecuencias marginadoras para estos nuevos pobres son la lucha por sobrevivir, la conflictividad y agresividad familiar, los efectos de enfermedades psicológicas asociadas a la pobreza. Por todo ello, la pobreza va configurando nuevas formas de vida deterioradas y rechazadas por la sociedad. Va creando la marginación ciudadana y suburbial. Un «submundo» que se ve envuelto en conductas asociales, delincuencia, violencia, degradación, alcoholismo, enfermedad, abandono y suicidio… Es ahí «donde la ciudad cambia de nombre», donde la «luz kafkiana de ciudad» se pierde, donde se almacenan las frustraciones, donde se cosecha el fruto fecundo del terrible árbol de la desdicha, de la no-vida y donde el «círculo vicioso de la pobreza», es decir, la naturaleza multidimensional de la pobreza, se suelda y se perpetúa.
Más allá de las valoraciones estadísticas
Para conocer este submundo y penetrar en él no es suficiente referirse a los índices numéricos y a las valoraciones estadísticas. Ambos suministran tan sólo el perfil endurecido de un inevitable contenido humano de marginación cuyo alivio y contención parecen imposibles. Es producto de un permanente y durísimo cultivo social en el que colaboran, colaboramos casi todos nosotros, los marginadores, al hacernos solidarios de un sistema que hace a los ricos cada vez más ricos, y a los miserables cada vez más miserables. En un grado o en otro, estamos implicados en el sistema y nos beneficiamos de él.
El cultivo marginador de este submundo son pobreza, insolidaridad, injusticia, especulación, falta de oportunidades, arbitrariedad, autoritarismo, indefensa, violencia y tantas e incontables causas más. Causas que actúan siempre contra los más débiles e indefensos.
Pobreza y marginación, pobres y marginados, reclaman respuestas colectivas. Respuestas que tienen que encontrarse, antes que en ningún otro lado, en las instituciones públicas, dotadas de una finalidad social. Frente a esa masa de pobres con nuevos problemas de precariedad e incluso de hambre, con enfermedades y desequilibrios psíquicos, los remedios caritativos y los servicios sociales clásicos, aunque necesarios, resultan no sólo insuficientes sino con frecuencia inadecuados. Pobres y marginados requieren, desde una decidida conciencia de compromiso social, el estudio de sus causas, la constatación de sus efectos y la necesidad de emplear una política económica para eliminarlas. El objetivo de cualquier política social es erradicar las injusticias y conseguir una sociedad integrada, lo más igualitaria posible, en la que sean inadmisibles e inviables los fenómenos hirientes de la pobreza y de la marginación en sus diversas manifestaciones.
La causa fundamental de la pobreza: la desigualdad
La desigualdad es el elemento fundamental para la comprensión de la pobreza; nos hace falta entenderla no en un sentido estático (las carencias que acumulan los pobres), sino en un sentido dinámico (las carencias de unos provocadas por las super-posibilidades de los otros).
Los datos que avalan esta desigualdad son nítidos e irrefutables: el 10% de las familias que tienen el nivel económico más alto disfrutan del 40% del total de la renta familiar, mientras que el 21,6% de las que se encuentran en el límite de la pobreza obtienen apenas el 6,9% de la misma.
Sin duda, las carencias acumuladas de los pobres, que hemos enumerado anteriormente, son causas de su pobreza y de su exclusión social. Sin embargo la causa profunda y última de la pobreza está en la entraña misma del sistema social, basado en el concepto utilitarista de la persona y en la filosofía de la desigualdad. «El actual modelo de desarrollo económico ha provocado profundos cambios sociales que se han materializado en una división de la sociedad en estratos»’, la llamada «sociedad de los tres tercios». Otros la califican de «sociedad dual».
Este modelo permite que quienes se encuentran en peores condiciones para competir, acaben en los estratos más bajos de la estructura social. De ahí que la verdadera explicación de la pobreza se encuentre en la explotación de los más débiles, en la marginación de los menos útiles y en la justificación ideológica de las posiciones sociales dominantes, o sea, en la desigualdad.
Estos son los pobres —como individuos y como fenómeno colectivo y conflictivo— a quienes los vicencianos tienen que servir. Pero sin olvidar que este servicio implica hacer coincidir la justicia de los hombres con la justicia de Dios en favor de los empobrecidos. Sólo así comprenderán cómo y por qué el compromiso con la justicia es una dimensión esencial del servicio vicenciano a los pobres. Y las cosas son así porque su fe y su experiencia han conducido a Vicente de Paúl a articular, tan rigurosamente como es posible, la relación a Dios y la construcción de una sociedad más solidaria y más justa con los pobres. Dios, en la fe de Vicente de Paúl, no quiere un mundo que sus adoradores dejarían construirse en detrimento de los pobres. Para él, y para sus continuadores, los adoradores de Dios tienen que vivir la fe en la caridad creadora de justicia en favor de los necesitados.
J.M. Ibáñez CEME







