Capítulo cuarto: El Sr. Perboyre desempeña en París el oficio de Director del Seminario Interno; su vocación a la China
1. Se ocupa en la dirección de los novicios. — 2. Frutos que produce en este empleo. — 3. Testimonio que da de él el Sr. Girard. — 4. Es arrebatado en éxtasis. — 5. Su deseo ardiente de ir a la China. — 6. Su falta de salud impide que se realice. — 7. Redobla sus oraciones. — 8. Suplica al Superior que le envíe. — 9. Acaba por obtenerlo contra toda esperanza. — 10. Despedida de los novicios y demás compañeros.
1. Las preciosas aptitudes de que el Sr. Perboyre había dado muestras para la formación de la juventud, igualmente que su ciencia y virtud nada ordinarias, inspiraron a los Superiores la idea de emplearle en la dirección del noviciado de la Casa-Madre.
Apenas llegó, pues, a París, cuando recibió el encargo de ayudar y aún de sustituir al que por su edad y achaques no podía ya desempeñar las funciones de director del Seminario interno (tal es el nombre que San Vicente ha dado al noviciado de su Congregación).
2. En este cargo tan importante y honroso no vio el humilde subdirector más que un nuevo motivo para rebajarse a sus propios ojos, para penetrarse de su nada, y para implorar con mayor fervor la ayuda de Dios. Por esto la bendición que lo había acompañado en los precedentes empleos fue también visible en éste; aplicóse a él con un celo tan ardiente como sabio é ilustrado, siendo coronados sus esfuerzos con los más halagüeños resultados. Bajo la influencia de sus ejemplos, más aún que de la de su palabra, y eso que era tan sólida y persuasiva, el Seminario interno llegó a ser como un nuevo cenáculo. Reinaba en él la regularidad y el fervor más ejemplares, y abundaban las virtudes que forman los apóstoles.
3. Nadie se admirará de esto cuando haya leído el testimonio de uno de sus antiguos novicios, el buen Sr. José Girard, que después llegó a ser como el Patriarca del clero de Argel, amado y venerado de todos y muerto piadosamente en el Señor el año 1879. Puede bien asegurarse que es un santo el que da testimonio de otro santo.
«Tenía, dice, yo muchos deseos de ver un santo antes de morir; esta idea me vino leyendo las vidas de los santos, y pensaba que sus historiadores no habían sido otra cosa que sus apologistas, que se habían esforzado en esconder sus defectos para hacer de ellos personajes sin tacha y sin imperfecciones. Había encontrado hombres estimados por su verdadero mérito; mas a todos faltaba alguna cosa para asemejarse a los santos canonizados por la Iglesia. Por fin, conocí al Sr. Perboyre en 1834, en el mes de Octubre. Desde el principio todo me llamaba en él la atención; estudiéle y pronto di gracias al Señor porque me había concedido el ver a un santo antes de morir. Esto mismo decía yo a mis amigos de París, los cuales, sin embargo, no le conocían; ahora ya conozco a un santo, y a un santo que vive aún. El Sr. Perboyre llevaba en el Seminario la vida de un verdadero santo; la primera vez que le vi me causó una impresión muy singular. Hallábase al lado del Sr. Etienne, pero con una sotana tan pobre, aunque limpia, con un continente tan modesto y humilde, que yo le tomé por el último individuo de la casa.
» Salido de la presencia del Sr. Etienne permitíme preguntar a éste quién era aquel sacerdote; y me respondió que era el director del noviciado. Me costó creerlo, porque no veía en su persona nada de imponente; pero hice particular estudio para conocer a un hombre tan pobre, el cual ocupaba tan importante empleo, y hallé que toda su hermosura era interior.
» Casi siempre vestía las más pobres ropas del Seminario; de modo que al verle tan olvidado de sí mismo no había seminarista que osase manifestar el menor descontento de su vestido.
» Tenía la costumbre de explicarnos los lunes las cartas de San Pablo con mucha profundidad, y cual si fuera el mismo San Pablo explicando el Evangelio de Jesucristo. Jesucristo era el objeto ordinario de sus discursos; mas tenía pensamientos tan profundos, que había de limitarse a explicar cada vez un solo versículo.
» Era en todas las cosas un hombre de Dios y hombre profundo, cuyo exterior no llamaba la atención. Ocultábase como naturalmente, y llevado del sentimiento profundamente íntimo de su incapacidad. Cuando se le proponía alguna cuestión sobre puntos delicados, no se precipitaba en responder, antes bien aparentaba no tener a mano respuestas proporcionadas a las preguntas: las elaboraba todas en su buen criterio y en la oración. De aquí es que sus palabras estaban llenas de sabiduría y libres de todo defecto. Dulce, firme y constante, caminaba a sus fines sin aparato, y era su paciencia invencible. Hablaba poco, casi nunca del prójimo, y cuando lo hacía, para bien de éste, y frecuentemente de Dios, y jamás de sí mismo.
» Lo que más admiraba en el siervo de Dios era el no tener defectos: pasó por muchas casas, vivió con muchos compañeros, y sin embargo, a cualquiera que se le pregunte sobre esto, responderá como todos los demás: que no tenía faltas. «
4. Otro novicio, M. A., superior hoy de un establecimiento, fue un día testigo de uno de los favores más excepcionales con que place a Dios honrar algunas veces a sus santos. Ayudábale a misa, cuando al tiempo de la consagración le vio elevarse sobre la tierra y ser arrebatado en éxtasis. Acabado el Santo Sacrificio, quedó el siervo de Dios muy alarmado en su humildad, temiendo que el joven clérigo revelase lo que había visto. Por lo cual, al volver a la sacristía hízole prometer el secreto más inviolable: «Os prohíbo, le dijo, que digáis a nadie mientras yo viva lo que acabáis de ver. »
Así lo cumplió el feliz testigo mientras vivió el señor Perboyre: etenim sacramentum regis abscondere bonun est: mas una vez muerto, exigía la gloria de Dios que se publicasen sus operaciones maravillosas: opera autem Dei revelare et confiten honorificum est (Tob., XII, 7) y así poseemos esta nueva prueba de la santidad ya eminente del humilde director del Seminario interno.
5. Un Maestro tan cumplido era muy propio para formar hombres apostólicos, y Dios en efecto le concedió ver un gran número de ellos, los cuales salidos de sus manos fueron a los últimos confines del mundo a predicar la buena nueva, y traer al camino de la salvación a las almas extraviadas. Mas resultados tan felices, que estaba muy lejos de atribuirse a sí mismo, no podían dejar satisfecha a su santa y generosa ambición; quería pagar un tributo más inmediato y más personal a las misiones lejanas y regar con su propio sudor y hasta con su sangre las tierras infieles. Este deseo había sido el primer móvil de su vocación al estado eclesiástico, y la razón determinante de su entrada en la Congregación de la Misión. El pensamiento del martirio, sobre todo, inflamaba su corazón generoso, y la esperanza de hallarle más fácilmente en la China le hacía desear vivamente ser enviado allá. Por esta razón se complacía mucho en hablar del Sr. Clet, otro hijo de San Vicente muerto por la fe en aquellas comarcas quince años antes, el 17 de Febrero de 1820. «Qué fin tan hermoso el del Sr. Clet, decía a uno de sus novicios; pedid mucho a Dios para que yo acabe como él.» Habiendo reunido un día a los seminaristas en la sala de las conferencias, mostróles una cuerda y un hábito ensangrentado, y les dijo, todo enardecido: «He aquí el hábito de un mártir, el hábito del Sr. Clet; he aquí la cuerda con que fue estrangulado; ¡qué dicha sería la nuestra si un día nos cupiera la misma suerte!». Después, tomando al salir de esta reunión a uno de sus novicios, le dijo: «Pedid, pues, a Dios que se fortalezca mi salud, y que pueda ir a la China, a fin de predicar allí a Jesucristo y morir por este Señor.»
6. Su salud; tal era el obstáculo que al parecer había de impedir para siempre la realización de sus santos deseos. Hacía ya muchos años que la tenía muy quebrantada, y todo inducía a temer que si partía para la China le sucedería lo que a su hermano Luis, esto es, que no podría soportar las fatigas del viaje, y que moriría antes de llegar al término.
Por esto los Superiores nunca creyeron conveniente acceder a sus instancias. El Sr. Perboyre se hallaba muy contrariado en esto; pero lejos de inculpar a nadie atribuíalo solamente a sus pecados, y continuaba alimentando la esperanza de ver un día despachada favorablemente su petición.
7. A principios de 1835, pareció a los ojos de sus novicios hallarse como absorto por alguna grave preocupación. Su frente, de ordinario tan serena, se dejaba ver obscurecida por alguna nube: sus oraciones eran más frecuentes y más prolongadas. Es que acababa de saber la próxima salida para la China de algunos misioneros, entre los cuales no se hallaba él. Él, que hacía ya muchos años pedía a Dios en la santa Misa, al tiempo mismo de la Consagración, la gracia de derramar su sangre por Jesucristo, no podía ver sin pena escapársele esta nueva ocasión, y se esforzaba en hacer violencia al cielo, para obtener la realización de sus fervorosos deseos.
8. Por fin, un día, interiormente impulsado por la gracia, va a echarse a los pies del Superior general, y le conjura con los ojos bañados en lágrimas que no le impida ir a la China, a donde Dios, al parecer, le llamaba. Profundamente conmovido el venerable Superior, levántale, le promete dejarle partir, si su consejo, con quien al efecto iba a consultar el asunto, se mostraba favorable a sus deseos. Pero la mayor parte de los consultores opinó que sería grande imprudencia dejar partir al Sr. Perboyre, atendido el estado de salud; que sería eso enviarle a una muerte segura, y que, al fin y al cabo, hacía en Francia tanto o más bien que podría hacer en China. Solamente el señor Etienne, Procurador general entonces de la Congregación, se inclinó a un parecer diferente, suplicando que respecto de la cuestión de salud, se estuviese al parecer del médico de la casa. Este consultado, declaró desde luego que si el Sr. Perboyre partía, corría mucho peligro de morir en el camino. Esta respuesta desvaneció toda duda y fue resuelto que permaneciese.
9. Era, sin embargo, la víspera de la Purificación de la Santísima Virgen, y nuestro futuro mártir conjuró a María, a la cual llamaba su buena Madre, que no le abandonase en circunstancias tan críticas, antes bien que intercediese con su divino Hijo, en cuyas manos están los corazones de los hombres, para obtener la revocación de lo dispuesto. Y ¡cosa notable! en aquel mismo día el médico, sin que nadie le hablase del asunto, se arrepintió del parecer que había dado; no pudo pegar los ojos en toda la noche, ni le fue posible hallar alguna tranquilidad hasta que determinó retractarse de lo que había dicho. En efecto, al día siguiente fue a San Lázaro a fin de manifestar que por su parte no se opondría ya a la partida del Sr. Perboyre, respecto del cual, no solamente no veía peligro de muerte en el viaje, sino que aún esperaba que éste influiría favorablemente para el recobro de su salud.
Los miembros del consejo cambiaron de parecer en vista de este dictamen, y finalmente, el Sr. Perboyre obtuvo el permiso tan deseado.
Su gozo fue grande, pero tranquilo y verdaderamente sobrenatural. Comenzó por manifestar su agradecimiento a Dios y a la Santísima Virgen, a cuya poderosa intercesión atribuía el feliz éxito del asunto. Después escribió a su tío y a sus padres, para exhortarles a que hiciesen gustosos este nuevo sacrificio, mucho más penoso, por cuanto había tomado la heroica resolución de no ir a despedirse de ellos antes de partir. Ocupóse, por fin, en hacer tranquilamente los preparativos de su viaje, el principal de los cuales fue hacer una confesión general practicada con el mayor cuidado.
10. Señalado ya el día de la partida, los novicios deseaban oír una vez más, que había de ser la última, a un director tan justamente venerado, tan tiernamente amado, y recibir la última bendición de aquél a quien todos seguirían con mucho gusto, y en el cual veían ya un apóstol y, quizás, a un mártir. Mas apenas había pronunciado algunas palabras, cuando una fuerte emoción, hija más bien de su humildad que del sentimiento por la separación, ahogó su voz. Descendió de su cátedra penetrado del profundo sentimiento de su nada y de sus miserias; después, postrado en medio de la sala delante de los seminaristas, les pidió perdón de los malos ejemplos que les había dado, y de todas las negligencias de que, según él, era culpable en el ejercicio de su cargo. Los espectadores de escena tan tierna sólo pudieron contestar con sus lágrimas, y cayendo de rodillas pidieron su bendición al humilde misionero. Cediendo éste a sus instancias, bendíjoles con paternal afecto, y después de algunas palabras tan sencillas como amistosas, se despidió encomendándose a sus oraciones y prometiéndoles que no les olvidaría delante de Dios.
No fueron menos tiernas sus despedidas de los demás miembros de la Casa-Madre. Todos bajaron hasta el patio de salida, a fin de recibir su bendición. El mismo Superior general, el venerable Sr. Salhorgne bajó también, a pesar de sus achaques, deseando apretar contra su corazón por última vez al generoso apóstol, y darle públicamente una prueba tan merecida de su estimación y paternal afecto. Todo el mundo lloraba y se encomendaba a las oraciones del santo misionero. Pero era preciso separarse, y el Sr. Perboyre se encaminó al Havre en compañía de otros dos misioneros jóvenes, con los cuales iba a embarcarse para la China.






