Compendio De La Vida Del V. J. Gabriel Perboyre. Capítulo 3

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1890.
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Capítulo tercero: Sus primeros empleos en Montdilier y en Saint-Flour (1823 a 1832)

1. Su primer año en Montdidier. — 2. Enseña la Filosofía — 3. Su amor a los pobres. — 4. Es llamado a París para recibir las Sagradas Órdenes. — 5. Va a enseñar Teología al Seminario mayor de Saint -Flour. — 6. Cualidades de su enseñanza. — 7. Cómo formaba en la virtud a sus discípulos. — 8. Admiración que inspiraba a sus comprofesores. — 9. Es nombrado Superior del Colegio eclesiástica de Saint-Flour. — 10. Dificultades que encuentra. — 11. Cómo las vence. — 12. Resultados obtenidos. — 13. Sus aptitudes para la educación de la juventud. — 14. Medios de que se sirve para salir bien de la empresa. — 15. Su llamamiento a París y vacío que deja en Saint -Flour. — 16. Muerte de su hermano Luis. Viaje a su familia.

1. Terminados sus estudios teológicos en 1823 el Sr. Perboyre, cuando apenas tenía veintiún años, recibió el Subdiaconado y fue enviado al colegio de Montdi­dier, donde permaneció dos años. En el primero se encargó de hacer la clase a los alumnos más jóvenes, cuyos corazones ganó bien pronto por su bondad, por su dulzura, por su piedad sencilla y por su inocente expansión. Aprovechó estas buenas disposiciones para establecer entre ellos una asociación piadosa, que pu­so bajo la invocación de los Santos Ángeles, y la cual produjo los más felices resultados.

2. En el año siguiente se le confiaron muy diferentes funciones, que desempeñó con igual fruto y edificación. Tuvo a su cargo la clase de Filosofía, la que supo hacer tan útil como interesante, sacando gran partido, así de los talentos que recibiera, como de la ciencia adquirida por medio de los estudios más sólidos.

3. El cuidado que ponía en la preparación de sus clases y en el cumplimiento exacto de las demás obligaciones de profesor no le impidieron encontrar el tiempo suficiente para ocuparse fuera de casa en favor de los pobres de la ciudad y de los prisioneros. Su amor a los miembros atribulados de Jesucristo le tornaba ingenioso para procurarles socorros, que por sí mismo les distribuía. En estas expediciones frecuentemente se hacía acompañar por alguno de sus discípulos, a quienes de este modo procuraba iniciar en la práctica de las obras de misericordia, y los cuales se disputaban el honor de hacer bajo maestro tan competente el aprendizaje de la caridad cristiana.

4. El Sr. Perboyre cumplía ya veinticuatro años, y los Superiores juzgaron conveniente llamarle a París para que recibiese el Presbiterado. Esta noticia le llenó al mismo tiempo de gozo y de temor. En efecto; por una parte se regocijaba con el pensamiento de subir cada día al altar para ofrecer en él la Víctima Santa, y alimentarse con el pan de los Ángeles; por otra, conociendo toda la santidad que exige tan augusto Ministerio y juzgándose completamente indigno de él, temía no llevar a la ordenación las disposiciones convenientes. Estos humildes sentimientos prepararon mejor su alma para las gracias del Sacerdocio, que recibió el 23 de Septiembre de 1825, en la Capilla de la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad. Y ¡coincidencia digna de notarse! en el mismo día de 1600 fue también San Vicente ordenado en Chateauleveque por el señor Obispo de Perigneux. Sólo Dios y los Santos Ángeles, que fueron testigos de este acontecimiento, podrían decirnos la perfección de las disposiciones interiores del joven ordenando, y el fervor con que el nuevo Presbítero celebró su primera Misa al día siguiente de su ordenación. Mas lo que sí podemos afirmar es que, a partir de este momento, se le vio trabajar con más ardor aún en su perfección, despojarse cada día más y más del hombre viejo para revestirse del nuevo y realizar en sí del modo que es posible a Jesucristo, ideal del Presbítero: Sacerdos alter Christus.

5. El Sr. Perboyre fue llamado desde entonces a comunicar a otros el espíritu sacerdotal de que procuraba llenarse, trabajando en la formación del Clero. Nombrado Director y Profesor de Teología dogmática en el Seminario mayor de Saint-Flour, desempeñó perfectamente su cargo, a pesar de sus pocos años.

6. Sus enseñanzas fueron tanto más agradables y fructuosas, cuanto que predicaba principalmente con el ejemplo, viéndose en él un modelo el más acabado de la ciencia y virtudes eclesiásticas. Complacíase su espíritu elevado en las alturas del dogma católico, y lo exponía con suma claridad y rara precisión. Sabía también derramar sobre las cuestiones más abstrusas un cierto encanto y un interés que lo despojaba a los ojos de sus oyentes de su ordinaria aridez y fastidio. Esmerábase, sobre todo, en hacer su enseñanza verdaderamente práctica, hallando siempre en las materias que explicaba un nuevo alimento para su piedad y para la de sus discípulos.

7. Éstos, pues, al mismo tiempo que recabar el estu­dio de la Teología, podían también adelantar en la ciencia de los santos. Aquéllos empero que le habían elegido para guía de su conducta, que eran muchos, formaba particular objeto de su celo sacerdotal. El afecto cordialísimo y verdaderamente cristiano que les profesaba, la dulce firmeza con que los conducía por el camino de la virtud; en una palabra, la dirección prudente, ilustrada y paternal que encontraban en él, todas estas bellísimas cualidades producían en sus di­rigidos tan grande amor y veneración, que le miraban como a un ángel bajado del cielo. Es que efectiva­mente había en el fiel siervo del Señor algo de ange­lical, y como una aureola de santidad que aparecía especialmente cuando celebraba los santos misterios; al verle en el altar santo, sentíase uno interiormente movido a decir lo que se decía de San Vicente de Paúl: «He ahí un Presbítero que dice bien la Misa.»

8. De la admiración que inspiraba a sus discípulos participaban también sus comprofesores, testigos dia­rios de sus virtudes. Así exclamaba en cierto día uno de ellos: «¡Ah! El Sr. Perboyre es un santo, y un santo extraordinario que sin duda ha conservado siempre la ino­cencia bautismal.» Por esto todos sintieron mucho su partida, cuando la obediencia, al terminar el año es­colar, se lo arrancó a su estimación y afecto, para llamarle a ejercer su celo sobre un nuevo campo.

9. Había a la sazón en Saint-Flour un Colegio eclesiástico fundado hacía pocos años, que más tarde había de convertirse en el actual Seminario menor, y el cual hasta entonces no se había conservado sino con mucha dificultad. Su desarrollo encontraba grandes obstáculos y dificultades de todo género, y hasta su misma existencia estaba amenazada de ruina. Después de muchos ensayos infructuosos hechos sucesivamente para salvar su comprometida situación, pusieron los Superiores los ojos en el profesor del Seminario mayor, y resolvieron colocarle al frente del establecimiento, no obstante sus pocos años. Los resultados manifestaron claramente que la Providencia había presidido esta elección.

10. El Sr. Perboyre tomó posesión de ese nuevo cargo a fines del año 1827. Todo era capaz de producir desaliento en un hombre menos acostumbrado que él a contar con el auxilio de Dios: en el interior, juntamente con la falta de recursos, daba con alumnos bien poco acostumbrados a la disciplina; en el exterior, abundaban las enemistades o las prevenciones; aún entre las mismas personas simpáticas a la comunidad notábanse aprehensiones y recelos que parecían quedar justificados por la edad juvenil del nuevo Superior. Pero sabiendo, según la expresión de San Vicente, que «jamás nos abandona la Providencia en las empresas acometidas por disposición de su divino beneplácito», el Sr. Perboyre no desmayó entre tantas dificultades. Estas hicieron aumentar su confianza, porque cuanta mayor desproporción veía entre la grandeza de la empresa y los medios humanos de que disponía, más pensaba que podría contar con aquel Señor que se complace en aplicar los instrumentos más débiles para sus mejores obras.

11. Esta confianza, sin embargo, no era presuntuosa; y así el Sr. Perboyre, contando siempre para el resultado con el Divino auxilio, no se dispensaba de hacer cuanto estuviera de su parte por conseguirlo. Merced a una santa vigilancia, que cuidaba mucho no se tornase odiosa, estaba al tanto de todo cuanto su­cedía en su casa. Todo lo que marchaba al corriente era por él alentado y secundado; pero en cuanto al mal, combatido con tal sabiduría y prudencia, con tal dulzura y firmeza, que sin herir los corazones, nada, ni nadie resistía a sus santos deseos.

12. Su afecto paternal hacia todos, así maestros como discípulos, le ganó bien pronto sus corazones, haciéndole fácil el ejercicio de su autoridad, y se aprovechaba de este dulce ascendiente para reformar con suavidad los abusos y transformar poco a poco el establecimiento, que pronto llegó a estar desconocido. La oposición de fuera y de dentro fueron desarmadas por su mansedumbre y humildad. Los padres, olvi­dando la juventud del Superior, no vieron en él más que un santo sacerdote y un maestro hábil y digno de toda su confianza: y los discípulos, a quienes encon­tró bastante indisciplinados, pronto se tornaron ma­nejables y dóciles. Hasta su número se aumentó rá­pidamente, pues no pasando de treinta cuando él llegó, al principiar el siguiente curso subieron a más de ciento. Los recursos temporales también se aumenta­ron, gracias a su prudente y sabia administración. En fin, sus compañeros, colocados en tan buena escuela, se formaron bien pronto en el arte tan difícil de la educación.

13. Tenía en efecto el venerable Perboyre aptitudes muy especiales para educar a la juventud. De tal manera trataba a cada uno de sus alumnos, que tenía muy en cuenta las diferencias de edad, carácter y temperamento. Conocía bien los corazones, y así tocaba sus fibras más sensibles, para obtener los efectos que pretendía. Bastábale frecuentemente un movimiento, un gesto, una mirada, para ser comprendido, para humillar el orgullo indomable, o para excitar saludables remordimientos en una conciencia culpable. Para no citar más que un ejemplo, sucedió que cierto escolar de la casa llegó a hacerse tan díscolo, que sus profesores, después de haber agotado todos los medios para reducirle a buen camino, resolvieron solicitar su expulsión; mas el Sr. Perboyre quiso por sí mismo procurar su enmienda antes de realizar tales deseos; y lo consiguió con tal eficacia, que en poco tiempo fue aquel joven el modelo del establecimiento.

14. Verdad es que para obtener resultados semejantes empleaba medios, cuyo secreto solamente poseen los santos. Hizo un día llamar a su cuarto a un joven culpable; y después de haber usado con él bien inútilmente el lenguaje de la dulzura, y de una justa severidad, tomó repentinamente el crucifijo, y con el acento de indecible pena exclama: amigo mío, ¡qué de penas me haces pasar a los pies de Jesús en la Cruz! Todo quedó concluido, pues el joven no pudo resistir a semejante lenguaje, y así pidió perdón y cambió de conducta. Otras veces se ponía de rodillas ante el crucifijo, y se ofrecía a sí mismo en nombre del culpable a quien quería ganar, y entrando éste en aquellos sentimientos manifestados con tanta persuasión salía de su presencia con las lágrimas en los ojos y con el arrepentimiento en el corazón. En fin, el primero y último de sus medios, y el que a todos los otros acompañaba era la oración. Dando cuenta un día del modo con que hacía la oración: «Comienzo, dijo, por humillarme delante de Dios; después reflexiono sobre mis propias necesidades y sobre las de los profesores y discípulos, y de todos los que componen la casa; y luego suplico al Señor que conceda a cada uno lo que más falta le hace.» Estas súplicas no podían menos de atraer sobre el establecimiento las más abundantes gracias, y durante el tiempo que el siervo de Dios permaneció en él, Dios le bendijo de una manera visible.

15. Mas este tiempo fue demasiado corto, atendi­dos los deseos de aquellos que vivían en su santa y amable compañía. Cuando pasados cinco años le lla­maron sus Superiores a París, hubo en Saint-Flour un duelo universal: padres y jóvenes, sacerdotes de la casa y de fuera, todo el mundo le lloraba como a un padre y a un amigo y hermano, y su elogio salía de los labios de todos: «Si tuviera yo que notar los defectos que en él he observado, decía uno de sus compañeros, me hallaría muy embarazado, porque jamás descubrí en él ni sombra de imperfección.» Y el Superior del Seminario mayor, a quien él tomó por guía de su conciencia, hombre asaz hábil para dis­cernir el mérito, decía de él: «El Sr. Perboyre es el hombre más cumplido que yo conozco.» Así es que el Sr. Obispo de Saint-Flour, el cual atendía mucho sus consejos, no consintió que partiera sino con mucha repugnancia. En cuanto al venerable sacerdote, como no tenía otra aspiración que la de conformarse con la divina voluntad, cuya fiel expresión veía en la de sus Superiores, recibió la nueva de su cambio con perfec­ta igualdad de ánimo. Estaba, por otra parte, bien persuadido de que cualquiera que le sustituyese llena­ría más útilmente aquel puesto, que consideraba como muy superior a sus fuerzas. En ese mismo sentido había escrito ya él a los Superiores, insistiendo parti­cularmente en el mal estado de su salud, y esto fue únicamente lo que les hizo tomar en consideración las humildes instancias del joven Superior.

16. Eran entonces las vacaciones de 1832, y el siervo de Dios creyó necesario pasar algunos días en el seno de la familia para consolar a sus padres en una gran pena que sufrían. Su hermano Luis, a quien mucho amaba, y que como él había entrado en la Con­gregación de la Misión, acababa de morir en camino para la China, a donde se dirigía con el fin de predi­car allí el Santo Evangelio a los infieles, pérdida bien dolorosa que partió su corazón amante, pero no logró abatirle. Supo disimular tan bien a los ojos de los suyos la honda pena que él sentía, que les persuadió a regocijarse por este acontecimiento, como por un gran favor del cielo, puesto que el joven apóstol, les decía, había tenido la dicha de morir con la muerte de los santos, que es preciosa delante del Señor.

Al volver de este viaje, inspirado y santificado por la caridad, fue cuando recibió el aviso de pasar a la Casa-Madre, y tan pronto como sencillo en la obe­diencia, tomó inmediatamente el camino de París.

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