Compendio De La Vida Del V. J. Gabriel Perboyre. Capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1890.
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Capítulo segundo: su noviciado, sus votos y sus estudios teológicos (1818 a 1823)

1. Primeros indicios de su vocación a la Congregación de la Misión. — 2. Consulta a Dios en la oración. — 3. Es admitido en la Congregación. — 4. Sus virtudes durante el Noviciado. — 5. Sus santos votos. — 6. Su ida a París: Acto admirable de desprendimiento. — 7. Sentimiento que deja en Montaubán. — 8. Feliz impresión que produce en la Casa-Madre. — 9. Su aplicación a los estudios teológicos. — 10. Sus progresos en la virtud.

1. Hemos ya manifestado en la infancia de Juan Gabriel su intenso amor a los pobres y el consuelo que experimentaba cuando podía socorrerlos. Este sentimiento creció mucho en él durante su permanencia en el Seminario menor, y con frecuencia se le veía privarse del desayuno o de la merienda para llevársela a los mendigos que se hallaban a la puerta de la casa.

Hemos visto también que entre las vidas de los Santos, de las cuales hacía su lectura habitual, concedía especial preferencia a la de San Vicente de Paúl.

En fin, a pesar del velo de la humildad bajo el cual se esforzaba en permanecer escondido, pudo con frecuencia adivinarse el celo ardiente de que estaba abrasado su corazón por la salvación de las almas, especialmente de aquellas que están aún sepultadas en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Sucedió una vez al terminar su retórica, que en una composición lite­raria, leída con ocasión de la distribución de premios, se notó esta frase, en la cual se traslucían muy a pe­sar suyo los secretos deseos de su corazón: «Ah, qué bella es esta cruz plantada en medio de tierras infie­les, y regada frecuentemente con la sangre de los Apóstoles de Jesucristo! »

Así es que a nadie le cogió de sorpresa, cuando manifestó su deseo de entrar en la Congregación de la Misión, fundada por San Vicente de Paúl, consa­grada especialmente a la salvación de los pobres, y que cuenta un gran número de sus miembros ocupa­dos en evangelizar a las naciones infieles.

Ya años antes, a consecuencia de un sermón de mi­sión que había oído en 1817, había exclamado: «Yo quiero ser misionero.» Pero no se dio importancia alguna a esta declaración, en la cual se veía tan sólo la emoción pasajera de juvenil fantasía, bajo la im­presión de una palabra ardiente y persuasiva. El resultado hizo ver que era la expresión de un rasgo se­rio y reflexivo, cuyo autor era el mismo Dios.

2. Sintiéndose, en efecto, interiormente cada día más impulsado por el deseo de entrar en la Congregación de la Misión y de ir a predicar la fe a los infieles del Imperio chino, quiso Juan Gabriel consultar con Dios este asunto en la oración. Al efecto, comenzó una novena en honor de San Francisco Javier, el grande Apóstol de los indios, la cual le confirmó en su piadoso designio. Entonces abrió su corazón a su tío el Sr. Jaime Perboyre, quien al principio no dio grande importancia a esta petición, mas bien pronto, convencido a su vez de que Dios le llamaba realmente a la familia de San Vicente de Paúl, solicitó de los Superiores y obtuvo su admisión en la Congregación.

3. En el mes de Diciembre de 1818 fue cuando Juan Gabriel vistió las pobres y santas libreas del misionero. La Congregación de la Misión, tan terriblemente atribulada en Francia por la tempestad revolucionaria, no había podido aún reconstituir en París su casa principal de una manera regular, ni restablecer su noviciado. Fue, pues, necesario autorizar a Juan Gabriel para que pasase en Montaubán al lado de su tío los dos años que preceden a los santos votos, a fin de entregarse allí del mejor modo posible a los ejercicios de piedad que la Congregación usa durante este tiempo de prueba.

No teniendo más que un solo compañero de noviciado, y obligado al mismo tiempo a terminar sus estudios de filosofía y a llenar los oficios de profesor que le estaban confiados en la casa, el joven novicio se hallaba en condiciones bien poco favorables para la formación religiosa de su espíritu. Mas Dios, que había puesto a su siervo en situación tan difícil, se encargó de formarle por sí mismo, y la acción de la gracia produjo tan felices resultados en esta alma dócil, que Juan Gabriel puede servir de modelo a los novicios más piadosos y fervientes.

4. Las virtudes que él practicó entonces en nada ceden a las de los bienaventurados Berchmans, Luis Gonzaga y Estanislao Kostka y de tantos otros santos a quienes la Iglesia honra y propone a la imitación de la juventud religiosa. No permitiendo los estrechos límites de este compendio hacer conocer los detalles edificantes, será preciso limitarnos a citar el testimonio de su compañero de noviciado, espíritu observador y sagaz, al cual jamás se escapaba nada que fuese irregular o ridículo: «Mientras que yo viví con él, dice, fue constantemente el objeto de mi asom­bro y de mi admiración. Me complacía en considerar­le y aún le espiaba muchas veces, y nunca pude en­contrar en él cosa que fuese reprensible. Estaba yo de algún modo despechado al verle tan perfecto. Aún diré más, traté yo muchas veces de probarle, pero siempre le encontré invulnerable; y no creo que sea posible a un novicio elevarse a mayor altura de per­fección. »

5. Así es que llegado el momento tan deseado de pronunciar los santos votos, pudo exclamar con el salmista: Paratum cor Deus, paratztin cor mezan; mi corazón está preparado: Señor, preparado está mi cora­zón (Salmo 107, v. 2.). Sí; su corazón, tan perfecta­mente desprendido ya de las criaturas y de sí mismo, estaba dispuesto para este holocausto que consuma los votos de Pobreza, de Castidad y de Obediencia, y ardía en el deseo de consagrar su vida entera a la sal­vación de los pobres por medio del cuarto voto con que San Vicente de Paúl ha querido ligar a sus hijos.

El día 28 de Diciembre de 1820 tuvo la felicidad de ofrecer a Dios este sacrificio y de contraer con Jesús, Esposo de su alma, esta divina alianza, que más tarde había de sellar con su propia sangre como los Santos Inocentes, cuya fiesta se celebraba en ese día. Desde entonces esta fecha ocupó un lugar privilegiado entre las que le fueron más caras, pues le traía a la memoria los más hermosos recuerdos.

6. Así unido definitivamente a la Congregación de la Misión, el Sr. Perboyre fue llamado a París para comenzar allí sus estudios teológicos, y su partida se señaló por un acto de desprendimiento, del cual rara vez es capaz un joven de diez y nueve años. Conociendo su tío todo el afecto que profesaba a sus padres, le invitó a que fuera a visitarlos antes de partir; la cosa es tanto más fácil, cuanto que para ir a París tenía que pasar por Cahors, distante tan sólo tres horas de Puech. Mas este digno hijo de San Vicente respondió: «Nuestro bienaventurado Padre no fue más que una vez a ver a sus parientes y se arrepintió de ello; si vos me lo permitís, ofreceré a Dios este sacrificio. »

No tuvo el tío resolución para negarle este permiso. Pero sus padres, que no le habían visto hacía ya mucho tiempo, y que no sentían en sí generosidad tan heroica, fueron a verle a Cahors y pudieron estrecharle una vez más entre sus brazos. Como le instasen vivamente para obtener de él que pasara algunos días en el seno de la familia, y para resolverle más fácilmente a ello le mostrasen la vía que conduce a Puech: «no es ese el camino del cielo —respondió—; para ir al cielo es preciso hacer grandes sacrificios.» Y sustrayéndose a sus besos y a sus lágrimas, partió. ¡Qué bello espectáculo presentaba este joven al dejar tan generosamente lo que tenía más amado en la tierra, para ir a donde le llamaba Dios!

7. Quedaba en Montaubán inmenso vacío: profesores y discípulos, todos le echaban de menos como a un hermano, a un padre, a un amigo, y lloraban su partida como la de un ángel o la de un santo, cuya vista edificaba a todo el mundo, y cuya presencia atraía sobre la casa toda suerte de bendiciones.

8. El tesoro que perdía Montaubán fue bien pronto apreciado por los que le recibieron en París; apenas habitó el Sr. Perboyre algunos días en la Casa-Madre, cuando ésta se vio llena del perfume de sus virtudes; todos estaban admirados de su piedad y de su angelical modestia.

9. No sorprendieron menos el ardor y aprovechamiento, con los cuales se aplicó al estudio de las ciencias eclesiásticas. Incapaz de contentarse con nociones superficiales, profundizaba las materias que estudiaba y se penetraba de ellas, de suerte que podía explicarlas y darse cuenta de ellas con claridad y precisión verdaderamente admirables. La fuente en donde con más placer bebía la ciencia sagrada eran los escritos de Santo Tomás de Aquino: estimaba la Summa Theologica como su libro favorito, y la doctrina de que ella está henchida no tardó en serle familiar.

El Doctor Angélico, no sólo era su maestro, sino también su modelo; a ejemplo suyo tenía grande horror a la vanagloria y al espíritu de disputa. El fin único de su estudio era agradar a Dios, procurar su gloria, y más tarde ser útil al prójimo. A imitación del Santo, sabía unir la oración con el estudio y buscar al pie de su crucifijo aquella luz divina y celestial unción que no se encuentran en los libros.

Por este medio evitaba un escollo, en el cual dan frecuentemente los jóvenes estudiosos que, por desgracia, pierden durante el curso de sus estudios parte del fervor que habían adquirido en el noviciado. Una aplicación demasiado asidua y no bien regulada disipa el espíritu, seca el corazón y debilita la piedad.

10. El Sr. Perboyre supo, por el contrario, aprove­char bien este tiempo para hacer nuevos progresos en la virtud; y un piadoso misionero, condiscípulo suyo, ha podido dar de él el siguiente testimonio: «yo en­contré siempre en él durante ese tiempo un modelo perfecto de todas las virtudes. Percibíase a su alrede­dor un perfume de santidad que edificaba y excitaba a ser uno mejor. Nunca observé en él la menor imper­fección; verdad es que algunas veces se acusaba de faltar a la mansedumbre, pero jamás pude conocer cuál era esa falta. Podrá decirse de él todo lo bueno que se quiera, mas no creo que sea posible exagerar. Nada había en él de extraordinario, pero tampoco había cosa alguna de defectuoso, y cuanto más se le consideraba y estudiaba, tanto más se admiraba uno de hallarle perfecto en todo y por todo».

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