Colegio de San Vicente de Paúl, 18 años en un piso de alquiler (1944-1962)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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mso96FB9El P. Maestu, primer superior de la residencia de PP. Paúles en Baracaldo, escribió unas «anotaciones» sobre el origen y marcha de la Casa de la Misión en este pueblo. Seguimos sus datos, completa­dos por una breve página del P. Marcos Rafael.

Fue el jesuita P. Obeso quien propuso a la sociedad de Altos Hornos de Vizcaya la conveniencia de encargar a los PP. Paúles los cultos de la Capilla del Carmen.

La fundación se llevó a cabo en 1925, previa la autorización papal dada por el nuncio Excmo. señor don F. Tedeschini el 2 de julio de dicho año. Era Visitador de la provincia de Madrid el P. J. Atienza y Obispo de Vitoria, Diócesis a la que pertenecía Vizcaya, el P. Za­carías Martínez. La primera Comunidad la formaron los PP. Maez­tu y Marín con el Hermano Tomás Vicente.

Las dificultades puestas al funcionamiento de los cultos se debían a las condiciones previas a la construcción de la Capilla, proyecta­da por varios organismos, pero de hecho levantada por A. H. V., a su utilización como ayuda de parroquia, y a la difícil aclaración de los deseos de A. H. V., clero local, curia diocesana, etc. Apoyó la funda­ción el arcipreste local D. Santos Ipiña, capellán del Asilo Miranda. Resolvió los problemas en litigio y fijó los ministerios de la Comu­nidad el Obispo de Vitoria, D. Mateo Mújica, gracias, en buena par­te, a la intervención del P. de las Heras, Visitador de Méjico en 1928.

Esta Comunidad atendía los cultos de la Capilla del Carmen, ser­vía a la capellanía del Colegio de los Hermanos Lasalle, dirigía múltiples asociaciones, ayudaba a la Parroquia en la administración de los últimos sacramentos en casos urgentes y servía a las numerosas Casas de Hijas de la Caridad, tanto en las confesiones extraordina­rias como en la dirección ordinaria.

Los años de la Guerra Civil los sorteó sin víctimas esta Comu­nidad; a partir de 1939 la fundación siguió su ritmo anterior, sin las actividades sociales características de los años anteriores a la Cruzada.

Gobernaron la comunidad desde 1925 a 1942 los PP. Maestu, Mar­cos R. y T. López. En 1942 es nombrado el P. Mariano Calzada, quien daría los primeros pasos para ampliar los ministerios de la Comu­nidad.

EL COLEGIO SAN VICENTE DEL PAÚL

Baracaldo es uno de los pueblos de más rápido desarrollo demo­gráfico a partir de la liberación. En 1924 tenía 35.000 habitantes, y, tanto Desierto como Luchana y Burceña, se estiraban y enriquecían en una vida industrial compleja.

Las autoridades se plantearon el problema de la enseñanza. La enseñanza Primaria estaba relativamente bien atendida por las es­cuelas Nacionales y por los colegios de religiosos; para la profesional se estableció la Escuela de Maestría, una de las mejores de España. La enseñanza Media General no existía: D. José María Llaneza ofre­ció los locales de la escuela de Artes y Oficios para un colegio de Media; sus gestiones y presiones sobre el P. Visitador, Adolfo Tobar, tuvieron éxito, y a ello contribuyó el cierre del Colegio de Limpias en la primera etapa de su funcionamiento después de la Guerra de los tres años.

Los Padres Mariano Calzada y Urbano Moral estudiaron las posi­bilidades y presentaron a Madrid un programa a base de las pro­mesas del Ayuntamiento; algunas son interesantes, como éstas:

a)       Cesión a la Congregación del segundo piso de la Escuela de Artes y Oficios, mediante alquiler compensable por la subvención de 5 000 pesetas anuales.

b)       Otorgamiento de 20 medias becas de 250 pesetas anuales, por parte del Ayuntamiento, y gestión por él mismo ante las empre­sas para que éstas creasen un número igual o superior.

c)      Dotación de menaje escolar y pago de gastos de luz, calefac­ción, etc.

Aceptada la fundación del Colegio y obtenido el permiso eclesiás­tico que dio con alborozo el P. Carmelo Ballester, Obispo de Vitoria, va llegando el equipo de profesores. El primero fue el P. Higinio Ma­drazo, en julio de 1944, al que siguen los PP. Benjamín Huerga, Mi­guel Pérez de Gracia y Fidel Martínez.

Una comisión para la puesta en marcha del Colegio atrajo la atención de los grupos sociales más característicos del pueblo y alrededo­res. La formaban los siguientes miembros:

Padre Superior de la Congregación, de la Misión; don Ireneo Díez, presidente de Instrucción Pública; don Francisco Ruiz, delegado lo­cal sindical, y el señor Presidente de la Cámara de Propiedad.

Por Altos Hornos de Vizcaya: Don Eloy Sagastagoitia y don Sebastián Santamaría.

Por los astilleros: Don Rodrigo Alvarez y don Agustín Pérez.

Por la «Babkoc Wilcox»: Don Honorio Rodríguez y don Felipe Palazuelos.

Y. por último, en representación de la «Eléctrica General»: Don A. Gago Sánchez y don J. Pontiaga.

En septiembre, el pleno del Ayuntamiento acordaba conceder 20 becas de 250 pesetas anuales para el Bachillerato y dos para Comer­cio. El anuncio en la prensa provincial sirve de propaganda al Co­legio, que iniciará en seguida el primer curso. El 29 del mismo mes autoriza la Alcaldía a colocar un letrero en el frontis del edificio, añadiendo: «que esté seguro y conforme a la estética».

Empiezan las clases con un profesorado que el expediente del 12 de marzo de 1945 presenta así:

Padre Mariano Calzada, al que sustituirá el Padre B. Huerga; Hi­ginio Madrazo, Carlos de la Calle, Fidel Martínez y Miguel Pérez de García. Profesores seglares: Don Joaquín Dorado, don J. M. García Arana, don Crispiano Merchán, don José María Hidalgo y don Vi­cente Gómez. Colaboraban también la señorita María Belén y el Instructor don H. Salinas,

El expediente mencionado pretendía el reconocimiento del Cole­gió. Protegían el intento personalidades importantes en la vida po­lítica de España, entre ellas el doctor Iturmendi, don Esteban Bilbao y el Padre Ballester. El 23 de diciembre comunicaba el Padre Ballester cómo sus esfuerzos ante los ministros encontraban dificultades, la mayor era el no funcionamiento de todos los cursos del Bachille­rato. El reconocimiento fue denegado; en mayo de 1945, el Padre B. Huerga intentaba obtener la autorización, también sin éxito.

El segundo expediente para el reconocimiento es cursado por el Padre Gumersindo Manzanedo, el 29 de octubre de 1946. Interesa en el asunto el P. Manzanedo a todas las fuerzas vivas, especialmente al Pudre Ballester. La Inspección informa negativamente; el Padre Manzanedo amenaza con el cierre, y, contra todo lo previsto, el Ministerio firma el reconocimiento provisional del Colegio, el 25 de marzo de 1947. Fue constituido Director Técnico don Vicente Gómez, aunque el documento oficial, por un error y trastueque de funciones, otorga el nombramiento al Padre Manzanedo, sacerdote, Doctor en Ciencias.

Con este éxito se afianza el Colegio; aún le acechan peligros ofi­ciales. En 1953 la Inspección de Valladolid exige nuevo expediente para continuar con el reconocimiento. Una aclaración oficial contra­dice la decisión impulsiva del Distrito. En 1930, de nuevo, la Inspec­ción del Distrito advierte seriamente que dadas las deficiencias en local, campos, gabinetes…, el reconocimiento superior no es posible. La amenaza es esquivada y sirve de lección para mover los proyec­tos de obra nueva.

También dentro de la Congregación tuvo este Colegio dificulta­des en el transcurso de los años. En 1954 el Consejo Provincial de­cidió cerrar el Colegio. Las graves dificultades que atravesaba la Comunidad para sostener el Colegio y el incumplimiento de las pro­mesas locales dadas para buscar residencia suficiente a la Comuni­dad y los alumnos lo justificaban. La medida no pudo ser llevada a efecto repentinamente por los intereses múltiples que hería. El 25 de enero de 1955 mantenía el Consejo su decisión. El 16 de febrero el Superior P. Manuel Gutiérrez envía a Madrid un informe amplio, documentado y acuciante en favor de la continuación del Colegio y de la construcción de locales por cuenta de la Congregación y con la ayuda de A. H. V. Mantenía el Padre Gutiérrez el principio de la inseparabilidad de la Capellanía y el Colegio. La visita del Padre Sil­vestre Ojea a Baracaldo hace que el Consejo cambie de opinión, y así lo comunica el Padre Visitador al señor Alcalde el 27 de febrero de 1956. La Comunidad había vivido unos meses de agonía; de aque­lla pesadilla nacería la decisión del nuevo Colegio.

Los libros de Secretaría permiten hacer un balance de los diecio­cho años en los que el colegio utilizó los locales envejecidos y ruinosos de la Plaza. Una fachada elegante ocultaba un interior mugriento. En la planta baja, la Policía Municipal, la cárcel y un mercado; en medio, Escuelas Nacionales; arriba, el Colegio, el «chami», acosado por las chimeneas de A. H. V., por el trepidante ir y venir de los tre­nes, negro de humos y años, como un barco a la deriva en una tem­pestad.

Rigieron la Capellanía y Colegio desde 1944, los Padres B. Huerga :(1944-46), G. Manzanedo (1946-53), Emilio Gutiérrez (1953-54), Ma­nuel Gutiérrez (1954-56), Juan Aguirre (1956-62). El cargo teórico de Directores Técnicos lo ocuparon don Vicente Gómez de 1947 a 1956, y el Padre Juan Aguirre en adelante. La secretaría fue monta­da por el Padre Miguel Pérez de Gracia, al que suceden los Padres L. Saiz, Mauricio Alcalde y Máximo Agustín. La dirección de las discipli­na pasó por muchas manos, destacando por el número de cursos los Padres Higinio Madrazo y Zenón Irisarri.

 

El Padre Irisarri es quien más años permaneció de profesor en este Colegio. Destinado a Teruel recién ordenado, pasa a Baracaldo a los dos años, en 1949, y aquí residirá hasta 1961. Su actuación ha dejado hondas huellas y simpatías unánimes; sus procedimientos drásticos, dentro del amor al alumno, sus métodos, tan eficaces como expeditivos, su dedicación a la enseñanza, al alumno en clase y fuera de ella, son ejemplares. Consumió su vida en una labor incansable; simultaneando los ministerios apostólicos inmediatos con los estu­dios universitarios y el apostolado educativo. La necesidad de títu­los fue comprendida por el Padre Irisarri, y se puso a estudiar por libre Letras; para concluir su carrera sale en 1961, estudia en Sevi­lla, y allí empieza a manifestarse su agotamiento prematuro: un cáncer cruel precipita su muerte, ocurrida el 22 de junio de 1962, en nuestra enfermería de Madrid.

El profesorado del Colegio se compuso siempre de misioneros y se­glares, ambos en constante movilidad. El libro de personal de la re­sidencia arroja estas cifras: de 1925 a 1962 pasan por esta Comuni­dad 81 misioneros, 6 destinados sólo provisionalmente por unos me­ses; 28 por un año; 14 por dos; 31 por más de dos, sin superar los diez; más de 10 años permanecieron los Padres Oroz, Siro, Calzada y Z. Irisarri y el Hermano Eufronio Fernández, que reside en Bara­caldo desde 1938.

El alumnado fue en aumento año tras año; la supresión de los estudios de Comercio cambia de signo el movimiento, que a los dos años vuelve a adquirir valores positivos cada curso más ágiles. El curso 1944 se empieza con 34 alumnos. En 1947 hay 159; en 1949, 115; en 1952, 153; en 1958, 327; en 1960, 484, y en 1962, 525. El au­mento de los dos últimos cursos fue favorecido por el alquiler de tres aulas en el piso primero del mismo edificio del Colegio. De esa forma a los estudios de Bachillerato se añaden los de Primaria; un grado escolar dirigido por un maestro. No se dieron en ningún cur­so grados de Primaria para menores de 8 años, ni se cursó el Pre­universitario.

* * *

Es preciso tener en cuenta la dualidad de ministerios y de vivienda para comprender la organización del Colegio en aquellos 18 años y la forma de vivir de la Comunidad. Esta tuvo que habitar durante varios años algunos departamentos del Colegio, habilitados para ha­bitaciones de Padres; más tarde, el Padre Juan Aguirre alquilará dos pisos sucesivamente, el primero a la familia Barturen, a tiro de piedra de la Capilla, el segundo, contiguo a la residencia y cedido en arrendamiento por favor.

La Comunidad lleva los ministerios de la Capilla, Capellanía de los Hermanos Lasalle, la atención de las Hermanas por Témporas y las clases. Con frecuencia algunos misioneros participan en misio­nes, triduos, ejercicios espirituales y retiros. En los últimos años todos los Padres participaron en todas las actividades.

La configuración del Colegio se basaba en un reglamento de 22 artículos, incluido en el expediente de reconocimiento. El lema de aquellos tiempos parece fue la disciplina en las aulas, la eficacia en el rendimiento escolar, una piedad fundamental y formas de com­portamiento elementales. Imposible pensar en técnicas pedagógicas, organizaciones para-escolares, etc. Sobrecoge el constante éxito en las pruebas de Estado, dados los escasos medios y los inmensos obstáculos de situación y ordenamiento del Centro.

El Padre Madrazo montó una capillita en el mismo Colegio, pron­to desmontada pr la insuficiencia de local necesario para aulas y salones. También el Padre Madrazo dirigió personalmente la asocia­ción de la Virgen Milagrosa, que continuó hasta el final y a la que el Padre Jerónimo Cuevas da gran impulso.

Frutos religiosos muy característicos y apetecibles son las voca­ciones sacerdotales y religiosas. No escasearon en los 18 años. En la Misión y en la Diócesis de Bilbao son varios los sacerdotes que cur­saron en el Colegio hasta seis años de Bachillerato; perseveran en el Seminario y en algunas Órdenes religiosas un número notable de ex alumnos nuestros.

En septiembre de 1962, con nostalgias de los sudores vertidos y con ilusión de nuevos horizontes y seguras posibilidades, el Colegio San Vicente de Paúl emprende nueva singladura. En la residencia, el Padre Juan Aguirre, último superior y director, entrega las rien­das de la Capellanía al P. Sergio García. Los profesores recogen los libros de secretaría, algún crucifijo, muebles de posible utilización y, rumbo a Beurco, dan el último adiós al Chami y saludan el bello pujar del Colegio nuevo.

Francisco Carballo, C. M.

 

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Palma, Marratxí, le había visto nacer el 7 de mayo de 1880. Allí le había brotado también, en edad muy temprana, la vo­cación misionera, al conjuro de las predicaciones oídas a los Padres de Palma. Apostólico en la capital de la isla, novicio y estudiante en Madrid, recibe la ordenación sacerdotal el 31 de enero de 1094, antes de cumplir los veinticuatro años exi­gidos por los cánones. Y como entre tanto se ha verificado la división de la Provincia Española, el P. Serra se incorpo­ra a la de Barcelona, que le corresponde por su lugar de na­cimiento. En ella va a pasar los veinte primeros años de su vida sacerdotal.

De los veinte, su isla natal se llevará la parte del león, pues el P. Serra, tras un breve destino de un año en Rialp como profesor y procurador, permanecerá quince años en la Casa-Misión de Palma. Es entonces cuando tiene ocasión de ver cumplidos los sueños infantiles que le habían atraído a la pequeña Compañía: emular la predicación de aquellos

misioneros que él había visto con admiración tronar desde           111111r
el púlpito de Marratxí. Epoca de misionero rural que el Pa‑

dre Serra recordaría siempre con cariño. Epoca de ardor ju­venil y de esfuerzo incansable: 81 Misiones y 150 tandas de ejercicios, además de las preocupaciones de la procura, que desempeña durante todo ese tiempo. Epoca en que se van afirmando en la personalidad del P. Serra las cualidades que le darían fama y le granjearían sus grandes triunfos: cam­pechanía decidida y enérgica, simpatía bondadosa y atra­3wite. Se recuerdan anécdotas de su peregrinar misionero: Aquella vez que obliga a arrodillarse ante el Santísimo a un grupo de hombres que desde una bocacalle contemplan con indiferencia el paso de la procesión; aquella otra que en Ma­n.acor anuncia desde el púlpito un sermón sobre el infierno destinado sólo a las cabezas fuertes de la villa, a los talen­tos privilegiados, con lo que consigue que la iglesia se llene de cuantos en el pueblecito se tienen a sí mismos por inte­lectuales. Uno recuerda sin querer la actuación de aquel gran paisano y homónimo suyo, Fray Junípero Serra, en las fabulosas y lejanas tierras de California. En 1920 la vida del P. Serra cambia de rumbo: es nombrado Superior de Barce­lona, y tres años más tarde, destinado a Figueras, con car­go de predicador. Son años de transición, de búsqueda, aca­su de crisis, Por fin, en 1925, el P. Serra, en plena madurez

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ra respetada: él había soñado con otro más amplio y gran­dioso). Encarga en una carpintería los bancos que habrán de ponerse en servicio en el momento de la liberación. Por fin, en 1938, tras recorrer varios escondites, consigue pasar por Francia a la zona nacional. Le quedan varios meses de impaciente espera que él aprovecharía para proseguir su apostolado por otros horizontes. Predica en diversas iglesias del norte de España. La noticia de la toma de Madrid le sor­prende en pleno septenario de los Dolores en Orense. Lo ter­mina—sólo él sabe con qué esfuerzo—y vuela a la capital de España para encontrar su iglesia desmantelada, destruí- do el rico y complicado retablo gótico, desventrado el órga­no, expoliado el presbiterio, saqueada la sacristía.

A sus sesenta años, el P. Serra no se intimida. Decide em­pezar de nuevo. Ahora su actividad se va a centrar sobre un objetivo: la reconstrucción. Su incansable, su humilde y gra­ciosa mendicidad consigue dar a la basílica un esplendor su­perior al de los felices años veintes. Idea y plasma en rea­lidad un nuevo retablo que respeta mejor que el antiguo las líneas arquitectónicas. Se acumulan los altares, las arañas, los confesonarios. Se inaugura, poderoso, un nuevo órgano. Se utilizan mejor los locales anejos al templo. La simpatía del P. Serra consigue el milagro de que en años de econo­mía pavorosamente difícil las manos de los fieles sigan sien­do dadivosas. De ellas sale todo lo necesario para la ingente obra de renovación y ornato de la basílica hasta convertir­la en una de las iglesias más cómodas y suntuosas de Ma­drid. Y toda esa labor la lleva a cabo sin merma de sus acti­vidades específicamente sacerdotales; antes bien, con una intensificación de las mismas impuesta por el aumento del fervor de los fieles en los años de la posguerra y por el cre­cimiento demográfico de la barriada. Vuelven a funcionar las Asociaciones. Se fundan otras nuevas, como la de la Adora­ción Nocturna, que, bajo su impulso y su dirección personal, llega a tener treinta y un turnos, es decir, uno diario, en la basílica. Y sigue la inacabable labor de homilías, pláticas, no­venas, rosarios, comuniones…

El P. Serra, entre tanto, va envejeciendo. Pero no pierde por ello su buen humor, su gracia mediterránea, su aper­tura de corazón, su sincera piedad, su simpatía arrolladora. ¿Me será permitido colocar en este lugar mi primera imagen

de él? Es por estos años cuando yo lo recuerdo echándome
cariñosamente el brazo por los hombros a mí, apostólico de
cuarto en vacaciones, y llevándome por la nave lateral en
animada y sonriente charla, como un viejo amigo, hacia la
sacristía de la basílica. Acaso era ese el secreto último del
P. Serra: saber salvar distancias, saber acoger con amistad,
saber abrir a todos el manantial irrestañable de su bondad.
Nada extraño que cuando empiezan a llegarle los ani‑
versarios solemnes—los cincuenta años de vocación en 1946,

 

los cincuenta de sacerdocio en 1954—reciba homenajes de encendida y sincera adhesión. Con motivo de sus Bodas de Oro misioneras se obtiene para él la Medalla del Trabajo y se le ofrenda un nuevo altar de San Vicente. En las sacer­dotales, el Ministro de Educación Nacional, por entonces don Joaquín Ruiz-Giménez, le impone personalmente la Cruz de Alfonso el Sabio en una memorable jornada, en que por la mañana el P. Serra se ha visto rodeado en la misa solemne

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tud de fieles y ha recibido, en un bello discurso del P. Vi­cente Franco, el homenaje de sus Hermanos de Congrega­ción. También el Ministro pronuncia unas palabras lauda­torias antes de imponerle la condecoración. Por la tarde, los jóvenes de la Milagrosa organizan una velada en honor de su fundador. Y por la noche, la Adoración Nocturna Espa­ñola le honra con una vigilia general extraordinaria a la que asiste Mons. García Lahiguera y el pleno de los Conse­jos Nacional y Diocesano de la Obra. En nombre de ésta el señor Obispo, después de mencionar los méritos contraídos por el P. Serra y la Comunidad de PP. Paules para con la Adoración Nocturna, proclama a nuestro Hermano Adora­dor Nocturno Veterano y le otorga e impone la Medalla de Veneración, concediendo también a los Padres cl título de Capellanes Perpetuos de la Obra. Fué aquélla una jornada espléndida, pero melancólica, porque podía adivinarse ya el declinar del P. Serra.

Todavía resistiría valientemente algunos años. Pero el fi­nal se acercaba. Tuvo que abandonar la basílica, su amada basílica, y aguardó la muerte en pacífica y semiconsciente se­nilidad. Hasta que a los ochenta y tres años sucumbía, al fin, camino una vez más, por última vez, de la iglesia. Pero en nada pueden empañar esas involuntarias debilidades fi­nales las claras lecciones que se desprenden de una vida gas­tada en el trabajo, en el servicio a los fieles, en la lucha por la gloria del Señor. Sin duda algunas de sus realizaciones pueden parecer hoy un poco en pugna con modernas orien­taciones pastorales y litúrgicas, pero incluso sus limitacio­nes contienen una enseñanza: que el P. Serra fué hombre de su tiempo y de su época.

Su muerte fué reseñada ampliamente por la Prensa ma­drileña y a su funeral y entierro, celebrado el día 6, acudie­ron, además de las supremas autoridades de nuestra Provin­cia, importantes personalidades y directivos de las varias Asociaciones a él vinculadas.

En la basílica, totalmente iluminada con luces que por una vez se antojaban gritos de dolor, el coro de los Herma­nos Estudiantes de Hortaleza puso en las notas de la misa de réquiem la suave luz de una serena esperanza.

 

BUENAS NOTICIAS PARA LOS MILAGROS

En estos primeros días de diciembre, y a su vuelta de la Roma del Concilio, el señor Obispo de Orense trae buenas noticias para nuestra Casa de Los Milagros: se ceden a la Comunidad, «ad nutum Sanctae Sedis», para edificar la Es­cuela Apostólica 19.585 metros cuadrados de terreno llano situados a la derecha del Santuario hacia Maceda y actual­mente dedicados al cultivo. Por su parte el Ayuntamiento de Baños de Molgas, no menos generoso, nos hace entrega en escritura pública de 35.805 metros cuadrados de prado, más otros 65.745 de monte y bosque: un total aproximad.) de diez hectáreas, que poseerá la Congregación mientras con­serve allí el Seminario Menor. Y se compromete a dar cua­tro hectáreas más de terreno fértil para el caso de que la Congregación decida erigir en Los Milagros un Colegio de Segunda Enseñanza. Son sin duda noticias importantes. Con estas donaciones la Casa de Los Milagros ve abrirse ante ella el porvenir cuajado de halagüeñas perspectivas por el que tantos años ha venido trabajando.

FUNERAL POR LOS VISITADORES

El día 14, conforme a la costumbre introducida hace unos años, en la basílica se celebra el funeral por todos los Visi­tadores fallecidos. Son otra vez las voces de los Hermanos Estudiantes de Hortaleza las que sirven de intérpretes de los sentimientos de veneración y piedad para los que, a lo lar­go de les siglos, han regido los rumbos de la Misión y la Ca­ridad en nuestra Patria.

EL EMBAJADOR DE LA INDIA

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