Claude-François Guin nació en Vellefrie, diócesis de Besançon, el 29 de octubre de 1755. Fue recibido en la Congregación de la Misión, en San Lázaro, el 9 de agosto de 1775 y pronunció los votos el diez de agosto de 1777. No sabemos a dónde le enviaron tras el sacerdocio. Luchó con vigor contra los defensores de la Constitución civil del clero, se negó al juramento y, de vuelta a su país natal, donde supo ocultar su retiro a las personas mal intencionado, se mostró útil a los fieles. Después de la muerte de Robespierre, salió de su escondite y se le vio por Besançon ejercer públicamente las funciones del culto.
Los malos días volvieron. El Sr. Guin fue capturado, puesto en la cárcel y condenado a la deportación. En Rochefort, adonde llegó el 9 de febrero de 1798, debió esperar en prisión la salida de un navío para Cayenne. El 12 de marzo, se dio orden de subir a la Charente. El navío levó anclas el 21 por la mañana. Por la tarde se encontró con tres barcos ingleses, que le obligaron a volver a la costa, frente a Royan, y le pusieron en la imposibilidad de mantenerse en el mar.
Los prisioneros esperaron más de una mes que se decidiera su suerte. El 23 de abril pasaron a la Décade. «Llegados a la altura de la Isla de Fer, escribe Dom Vautherot, que era del número de los confesores de la fe, nuestro capitán, hombre vano y duro, temiendo más caer en manos de los ingleses que precipitarnos, se resolvió, después de mandar preparar sus canoas en caso de accidente, fondear su navío en los arrecifes que bordean la isla y a través de los cuales ningún navegante se atrevía a aventurarse. Tres días estuvimos entre la vida y la muerte, esperando de un momento a otro el choque de nuestro navío contra una roca. Salimos después de todo de en medio de estos escollos y nuestra navegación hasta la Guayana fue sin accidente, pero no sin grandes sufrimientos. Estábamos encerrados durante catorce horas en los entrepuentes. El calor nos ahogaba; era una especie de horno donde faltaba el aire respirable…
«El 10 de junio, descubrimos tierra y reconocimos Cayena. Ese mismo día, habríamos podido desembarcar, pero el puerto no tenía agua suficiente para recibir a nuestra embarcación. Nos quedamos pues en la rada. Era necesario que navíos más pequeños que el nuestro viniesen a buscarnos. No había en Cayena más que una sola goleta, y no podía hacer más que un viaje al día… Hasta el 13 no se comenzó a saltar a las chalupas para llegar a ella».
De Cayena, el Sr. Guin fue enviado a Cananama, lugar muy pantanoso, poblado de animales salvajes y de insectos venenosos. Todos los días, la muerte disminuía el número de los confesores de la fe. La mortalidad fue tan grande que se consintió en desplazar a los prisioneros. Los llevaron a Sinnamary, donde el clima no era mejor. El Sr. Guin cayó enfermo, y a pesar de los cuidados que le prodigó la Srta. Rochereau, quien le había ofrecido hospitalidad en su casa, sucumbió el 3 de enero de 1799.
SURCES. – Sauzay, Histoire de la persécution révolutionnaire dans le Doubs; Guillon, les Martyrs de la foi; – Manseau.







