Claude de la Salle (1629-1705) (II)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, II.
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Biografias PaúlesIII. Muerte edificante del Sr. de la Salle.

El Sr. de la Salle había sido siempre de una salud vacilante. Los humores que le arruinaban el estómago y le ocasionaban dolores de cabeza, le llevaron a necesitar el uso de purgantes y demás remedios fastidiosos. Este estado enfermizo le incomodó sobre todo los doce o quince primeros años que pasó en a Compañía. Desde la edad de cincuenta años, estuvo mejor y se hallaba en estado de trabajar activamente al servicio del prójimo. Pero los ocho últimos año de su vida se vieron obligados a tratar a este enfermo a fin de conservarle para sus hermanos lo más tiempo posible. Desde hacía más de un año, no digería los alimentos que tomaba en bien pequeña cantidad ; lo que le ocasionó un debilitamiento cada vez más sensible; se daba también cuenta de que por la noche no podía calentar más que la mitad de su cuerpo. Se trata de los espíritus vitales que fallan, decía, mis ojos se apagan; es decir que me muero trozo a trozo y al detalle». No obstante él no suspendía su trabajo, y ha llevado sus agallas hasta el extremo. El domingo de Sexagésima, habiéndole encontrado uno de nuestros sacerdotes en la escalera, pálido y deshecho, que iba a la sacristía a confesar, le preguntó por qué no bajaba con su aire ordinario, y por qué se apoyaba como un anciano. El Sr. de la Salle no respondió, preocupado por lo que debía decir. Entonces el sacerdote para animarle, añadió: «Os ganáis la vida subiendo y bajando«. –Oh, dijo él, no durará mucho tiempo; sin embargo hay que ir a donde a uno lo llaman. Ese día asistió también al examen particular y al refectorio.

Pero su debilidad aumentó de tal forma que, durante la cena no podía ya aguantar la cuchara, ni cortar el pan; su vecino le ayudó en lo que pudo. Al salir de su pobre comida, se apoyaba al caminar a lo largo de las tablas, y dos de nuestros sacerdotes le siguieron con la vista por miedo a que le sucediera algún accidente. Después de la acción de gracias y el examen de nuestros hermanos, no podía sostenerse más. El hermano enfermero al encontrarle con fiebre le dijo que fuera a acostarse a la enfermería. Se resistió por algún tiempo, diciendo que iba a cubrirse con mantas y que esta indisposición desaparecería. Pero se vio obligado a ceder ante nuevas insistencias y se dejó llevar a la enfermería; allí nuevas dificultades para resolverle a aceptar una cama de enfermo, diciendo que estaría mejor en el pobre jergón de su habitación; se vieron obligados, para contentarle, a quitar el lecho de pluma y a acostarle sobre el colchón. Le subió la fiebre y la disolución de su cuerpo mortal fue visible. Pero su alma conservó todo su vigor y toda su calma. Estrechamente unida a Jesucristo por el amor, ardía en deseos totalmente celestiales. Sabía que, según la expresión de san Basilio, debe pasar por los hombres como sombra como una figura inasible e insensible a todos los objetos terrestres. Por eso toda su conversación estaba en el cielo y la muerte le parecía más dulce que el goce de la vida. Su boca repitió varias veces, en estos últimos momentos, estas palabras que le eran tan familiares durante el curso de su vida: «Cupio dissolvi et esse cum Christo. -¿Qué hay de bueno aquí abajo? No hacemos más que ofender a Dios, en lugar de que en el cielo le amaremos siempre». A veces no terminaba la frase y se contentaba con decir: cupio… cupio.

En manos del médico fue de una obediencia ciega. Se dejó cuidar, a pesar del horror que había experimentado siempre para este género de tratamiento. Los remedios le procuraron un sensible alivio; no obstante, la fiebre continuaba, y el hermano, temiéndose un transporte en el cerebro, le habló de recibir los últimos sacramentos. Él respondió con no se encontraba tan mal. Pero uno de nuestros sacerdotes le hizo ver el peligro de su estado, añadiendo que el médico temía el transporte en el cerebro, y que era muy acertado que recibiera el Santo Viático. En seguida pidió al Sr. Le Moussu, su confesor, y recibió al Santo Sacramento con gran edificación. Se observó que extendía las dos manos y las elevaba con la presteza de una persona que desea vivamente obtener algo. El Sr. Bessière le sugirió brevemente los actos de fe, de esperanza, de caridad, de humildad, los más convenientes en esta ocasión, preguntándole si nos los reproducía en el fondo de su corazón. Respondió, derramando algunas lágrimas acompañadas de suspiros y de ligeros sollozos; «No lo hago con la perfección que quisiera. Me encuentro agotado; espero que la Compañía tendrá la bondad de suplirme«.

Después de la comunión, se quedó en una gran paz, ocupado con su Dios, a quien tenía tantos deseos de ver y de poseer para siempre. Esto se lo expresó al Sr. Bessière, la antevíspera de su muerte así: «Yo cantaba esta noche algunos breves cánticos. Nuestros buenos hermanos han pensado que perdía la cabeza. Pero no, era para pasar más dulcemente mi tiempo y calmar un poco mis males. – ¿Y qué cantabais pues? -Y lo mismo que el pobre ciego del Evangelio: Jesu, fili David, miserere mei. U nuestros buenos hermanos queriendo como los apóstoles, imponerme silencio: Et illi increpaban eum ut taceret; ille vero clamaba más fuerte. Yo también, yo gritaba todavía más fuerte; Jesús, hijo de David tened piedad de mí. Y que gracia pedís al hijo de David? –Qué gracia, la misma que el pobre ciego; Domine, ut videam. –Y que queríais ver? -A Dios, a Dios solamente Señor que yo os vea!

La noche del jueves al viernes fue bastante tranquila, y por la mañana, se le creyó en estado de sufrir el interrogatorio y de hacer sus exposiciones sobre la santidad del Sr. Vicente, en el proceso de la cual se estaba trabajando. En efecto, satisfizo y edificó perfectamente a estos señores, que se quedaron con él más de tres horas. Cuando hubieron terminado, se encontró fatigado y nos dijo: «Ésta ha sido un dura mañana«. Le dejamos descansar. Por la tarde, le volvió la fiebre ordinaria, y continuó sus elevaciones de corazón a Dios durante toda la noche. El sábado, fui a verle hacia las seis de la tarde, él me dijo: «Ya no soy yo. No puedo sostenerme. Yo le dije que toda la casa, y en particular el seminario, sentían la aflicción al verle en aquel estado, que todos oraban por él, y que algunos habían comulgado para pedir a Nuestro Señor las gracias que le eran necesarias entonces. «Me siento deudor por su caridad, respondió, pero yo no merezco la pena que pidan mi salud –Qué queréis pues que pidamos a Dios por vos? –Que se cumpla en mí su santa voluntad, es todo lo que necesito». Dos días antes había respondido lo mismo a uno de nuestros hermanos estudiantes que le habían hecho la misma pregunta. Le había mandado llamar junto a su lecho para consolarle y evitar que llorara: «No lloréis, hermano, sino decid a Nuestro Señor: Fiat voluntas tua».

Por último, Ofrecíamos todas nuestras oraciones, votos y sacrificios al Señor, para que tuviera a bien dejar todavía por algún tiempo a este santo sacerdote entre nosotros; pero la hora de su descanso y de su recompensa había sonado.

Esa noche fue para él una noche de dolor y de agotamiento. Dormidos todos sus miembros, interiormente abrasado por el ardor y la fiebre que causaba en él sus últimos estragos, y sintiendo en su pecho ardiendo por los humores, comprendió que había que hacer sus últimas declaraciones.

En cuanto a los asuntos temporales, los había puesto en orden mientras tenía salud, y del dinero que le quedaba, ya conocían el procurador y el portero de la casa sus últimas voluntades.

Cuando la comunidad se hubo retirado, se quedó con él un sacerdote para consolarle y asistirle en su agonía. De él son los últimos detalles que tenemos que decir sobre su preciosa muerte.

Hizo gala de un gran valor soportando la duración y la intensidad de su mal. . Ni una sola queja se escapó de sus labios. Ni puso ninguna dificultad en tomar todos los remedios que le presentaban. A esa de su extrema repugnancia, bebió todavía cuatros vasos llenos de tisana o de caldo, aunque cada trago le causara un suplicio bien doloroso. Trató también de levantarse por sí mismo, pues durante toda su enfermedad había tenido cuidado de servirse por sí solo, por espíritu de mortificación y para no servir de carga a los hermanos que le velaban.

La caridad fraterna había sido siempre el móvil de su actos, y de cualquier forma el alma de su alma; esa noche misma practicó diversos actos de delicadeza con los que le velaban; ya que en su estado de debilidad extrema, pensaba en sus necesidades, les pedía que hicieran buen fuego para no tener frío, les agradecía afectuosamente por sus pequeños servicios, y sobre todo por la caridad que les llevaba a arrodillarse de vez en cuando para rezar por él. «En eso, les decía, reconozco que sois mis verdaderos amigos, porque no me abandonáis en mi extrema necesidad«. Hacia la medio noche, dándose cuenta de bajaba mucho y que la fluxión de pecho iba en aumento, estaba a punto de ahogarle, se quiso ir a despertar al hermano enfermero, él no les dejó, «ya que es mejor, les dijo, dejarle descansar, que importunarle sin necesidad y sin esperanza de alivio«.

Su piedad estuvo también en actividad continua, durante esa noche, que suele ser, para la mayoría de los moribundos, una noche de turbación y de confusión; para él fue una noche de claridad y de delicias espirituales; Et nox illuminatio mea in deliciis meis. Se la pasó en dulces y amorosas charlas con su bien amado. Le gustaba repetir esta invocación; Deus in adjutorium meum intende. El buen sacerdote que le asistía, viéndole adormecido, quiso sugerirle nuevos sentimientos de piedad con varios pasajes de la Escritura que unía unos con otros, pero el moribundo le dijo con dulzura y prudencia que no podía meditar al mismo tiempo ni gustar todos los piadosos sentimientos expresados por aquellas palabras, cosa que sólo se podía hacer sucesivamente. –Habiéndosele extraviado el crucifijo entre sus ropas tuvieron que procurarle otro. Le besaba con devoción. Le tenía siempre en las manos y le dirigía de vez en cuando miradas amorosas a su Jesús crucificado, para ejercitarse en sufrir y morir con una entera sumisión a la voluntad de Dios. «Señor, murmuraba, si me aumentáis los sufrimientos, aumentadme también la paciencia; tened piedad de mi alma y recibidla si os agrada en la mansión de los bienaventurados».

Esta resignación fue admirable en sus últimos momentos; vio con claridad que se iba a morir pues, dándose cuenta de que los asistentes se ponían de rodillas, les dijo:

«Rogad por todas las almas y por la mía en particular» y su rostro estaba sereno y tranquilo, porque su alma era pura y su confianza en Dios sin límites. En las estrecheces de la muerte, no dejó escapar ningún movimiento de impaciencia. Una vida siempre igual y llena de dulces obras fue coronada por una muerte más dulce todavía. Como la vida, así la muerte; muerte preciosa que fue para él el comienzo de su eterna felicidad, y para nosotros el motivo de un verdadero consuelo.

La aflicción se apoderó de todos los corazones, cuando nuestro superior general anunció esta noticia a la comunidad, al final de la repetición de oración. Este querido cohermano había entregado su hermosa alma a Dios, hacia las cinco de la mañana, el Domingo de Quincuagésima, 22 de febrero de 1705. Su cuerpo inanimado se conservó en la actitud de un hombre que ora. Como no tuvo agonía, la muerte no le desfiguró el rostro, y parecía dormido. Todas las personas de esta casa observaron que su cuerpo se había quedado hermoso, limpio, luminoso y flexible, como nos pintan los de todos los santos en los días de sus pompas fúnebres. Se le pueden aplicar literalmente las señales de salvación que san Bernardo había observado en aquel santo obispo cuya vida escribió. El cuerpo del Sr. de la Salle fue llevado a la iglesia a manos de los sacerdotes, sus cohermanos; y después del santo sacrificio ofrecido por el descanso de su alma por el Sr. nuestro Superior general, fue depositado en el coro de la iglesia de San Lázaro, bajo la credencia, muy cerca de la columna. Le lloramos todos tiernamente, pero nuestras lágrimas se suavizaron por el sentimiento común de su felicidad, pues su muerte había sido preciosa delante de Dios.

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