Ciclo B, Domingo 3º de Adviento (reflexión de Pedro Guillén Goñi, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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pedro_guillenEn el evangelio de hoy sigue adquiriendo protagonismo, en este tiempo de adviento, la figura de Juan Bautista. El prólogo del 4º evangelio, el de San Juan que la liturgia nos propone como reflexión, destaca la presencia del Bautista como testigo de la Luz. Jesús es la luz verdadera porque lleva a plenitud la revelación iniciada en el Antiguo Testamento. Hoy Juan Bautista nos da ejemplo de sinceridad, humildad y de luz. Inmersos como estamos en la oscuridad de nuestras propias debilidades y limitaciones no podemos olvidarnos de ser testigos de la luz. Juan Bautista no se refiere a cualquier luz que alumbre nuestro camino, -estos días de Navidad adornan profusamente calles y fachadas-, sino a la presencia contagiosa del Señor. Ser testigos de la Luz implica interiorizar la Palabra, asimilarla en el fondo de nuestro corazón y transmitirla con fe. Ante tanta palabra hueca, interesada, vacía y por que no, palabras también de aliento y consejo, nos corresponde discernir entre esas palabras y la Palabra. Quien va a venir va a ser la Luz que rompe las tinieblas del pecado que envuelve nuestro egoísmo y nos despeja  el horizonte para proyectar nuestro camino hacia la fuente donde emana el amor verdadero.

San Pablo, en su carta a los tesalonicenses y que leemos en la 2ª Lectura, nos habla de la alegría porque la llegada del Señor es motivo, sí, de responsabilidad y vigilancia, pero a la vez de fiesta. No parece fácil mantener un ritmo de alegría y gozo en estos tiempos marcados por el desencanto, el desengaño y el pesimismo aunque siempre existen también parcelas y momentos que invitan al optimismo y al sentido auténtico de proyección que debemos dar a nuestros propios planteamientos y motivaciones . ¿Cómo inundar de alegría a las personas que no pueden satisfacer las necesidades primarias o se encuentran sumergidas en el paro, la violencia, la droga…?. La alegría del cristiano rompe las barreras de nuestras propias limitaciones y nos convoca a vivir una comunidad de fe, esperanza y amor. No es solamente la manifestación externa de un momento compartido, esa risa externa aparente que es necesario alimentar como terapia sicológica pero que termina con ese momento coyuntural que la ha gestado, sino la actitud permanente de la presencia del Señor en nuestro corazón que nos hace sentirnos bien para afrontar con serenidad las situaciones difíciles y celebrar con gozo aquellos momentos de bendición y de gracia.

No apaguemos el espíritu, nos dice el Apóstol San Pablo, para agradecer los dones de Dios y dar sentido cristiano de acogida al Niño Dios que ya llega. La oración, que es la manera permanente de relacionarnos en diálogo sincero y abierto con el Señor, y la acción de gracias, ya que hemos sido llamados y protegidos por Dios, serán actitudes fundamentales para cultivar y profundizar en este tiempo de esperanza y vigilancia ante el Señor que se acerca para hacer morada en nosotros.

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