Ciclo B, Domingo 3º de Adviento (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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padre-marioSeguimos en el camino del adviento con esperanza y en este segundo domingo, el Señor nos pide renovar nuestro compromiso de evangelizadores; anunciadores de Buenas nuevas. «Consolad, consolad a mi pueblo». Alguien tiene que consolar al pueblo de nuestro Dios. Isaías habla palabra de Dios; esta Palabra que irrumpe en la historia del Israel que regresa del exilio y se encuentra desesperanzado ante el deseo de reconstruir la ciudad de Jerusalén y el Templo. Un tiempo difícil; de mucho pesimismo; de muchas dudas sobre el futuro y en esa realidad, Dios irrumpe con su Palabra para dar esperanza. Y el profeta siente esa «necesidad» y se lanza a ser el vocero de la esperanza para el pueblo de Yahvé. ¿No me siento llamado también para hacer lo mismo? Pues alguien tiene que subir a lo alto para aclamar la bondad del Señor. Dios quiere manifestar su pastoreo pero necesita profetas para llevar la buena noticia de su venida a sus ovejas. Pero, no perdamos el horizonte del adviento: esperamos la venida de Cristo. A veces se está más pendiente en los signos de su venida que en su propia venida. Se distrae tanto en señales en el cielo y cálculos vanos cuando se nos pide disponibilidad a su presencia. Cuando se dan tiempos de confusión por gente que intenta destruir la comunión, como en el contexto de la carta de Pedro; se busca referir mejor cuál es la razón de nuestra fe. Por ello, la vocación del cristiano es «construir el Reino desde la esperanza». ¿Qué difícil es encontrar a Dios cuando no hay misericordia y justicia entre nosotros? «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan». Es a través de nuestra vivencia de fe cómo vamos a allanar los senderos tortuosos y aplanar los valles elevados. Los acontecimientos nos hablan de estar alertas, en vela; no están para sobresaltarnos y perder de vista que estamos construyendo el Reino. Por ello Juan El Bautista reconoce que viene alguien detrás de él; más fuerte que él; esa es la misión del Bautista; preparar los corazones para la venida del que bautizará con Espíritu Santo. De esta manera, estamos llamados a ser signos de esperanza para nuestros hermanos; anunciadores de buenas nuevas; constructores del Reino que está por llegar a su plenitud; voluntarios para abrir camino al que viene, «el más fuerte que yo». Centremos nuestra esperanza en Cristo; no en nuestras seguridades y digámosle en este momento a Dios: «Aquí estoy Señor, envíame». Alguien tiene que consolar a este pueblo; alguien tiene que anunciar que el tiempo de crisis y del pecado ha terminado. Dios viene a traer salvación en el hoy de nuestra historia y de nuestra vida.

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