5º Domingo de Cuaresma (reflexión de Julio Suescun, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Author: Julio Suescun, C.M. .
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Queremos ver a Jesús

Jeremías es testigo personal de la postración en que ha caído el pueblo por haber olvidado la Alianza sellada en el Sinaí. En el destierro, el pueblo ha perdido prácticamente su identidad. Sin templo, sin sacerdotes, sin profetas, se ha identificado con los paganos y se ha ido con ellos en pos de otros dioses. En tal situación, Jeremías alza su voz, prometiendo de parte de Dios una alianza nueva. Se trata de la misma buena voluntad, del amor salvador con que Dios quiere seguir favoreciendo a su pueblo. Será distinta su expresión: a la ley escrita en tablas de piedra, sucederá una ley interior, escrita en el corazón del hombre. Se apunta con ello a una renovación del hombre que aceptará la voluntad de Dios, ya no con sumisión de siervo, sino con amor de hijo, aún en las mayores dificultades. Para eso, Dios envió a su Hijo al mundo.

Jesús, el Hijo de Dios enviado al mundo, arrastraba a las gentes con sus palabras y con los signos que hacía. Uno de estos signos, la resurrección de Lázaro, atrajo tal cantidad de gente que los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se les iban por su causa y creían en Jesús (Jn.11, 10-11). La entrada triunfal en la ciudad santa, con palmas y aclamaciones mesiánicas, hizo temblar a los sumos sacerdotes que temían que los romanos les quitasen el puesto por no haber mantenido el orden establecido. En el contexto de este rechazo oficial de los jefes del pueblo judío, resalta más el episodio de un grupo de griegos que quieren ver a Jesús. El deseo fue transmitido a Jesús, a través de una serie de mediaciones. El evangelio no  nos da datos para afirmar que la súplica fuera atendida. Jesús, fuera de una pequeña excursión por tierras paganas, anunció su evangelio en Palestina. La evangelización de los gentiles sería obra de sus discípulos y singularmente de Pablo.

La respuesta de Jesús a la petición de los gentiles, fue dar a conocer que había llegado la hora de la glorificación del Hijo para gloria del Padre. En el lenguaje de este evangelio, la hora de la glorificación del Hijo es la hora de su muerte. En la obediencia del Hijo hasta la cruz, es glorificado el Padre y sellada la nueva alianza de salvación. Jesús muere sólo, como el grano de trigo, para resucitar hecho espiga de multitud de cristianos. La segunda lectura de hoy nos habla de lo que humanamente hubo de soportar Jesús en su obediencia a la voluntad salvadora del Padre. Nuestro mediador en la Nueva Alianza, conoce por propia experiencia, los sufrimientos y dolores del hombre. En su oración, a gritos y con lágrimas, fue escuchado y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Jesús fue escuchado, pero no se cambiaron los acontecimientos que le llevaron a la muerte. Fue escuchado, porque siguiendo la prontitud del espíritu frente a la debilidad de la carne, aceptó hacerse obediente al Padre hasta la muerte y muerte de Cruz. Por eso Dios lo exaltó y en su nombre, todos nosotros somos salvados. Su muerte es su glorificación. Su cruz, el signo de la Nueva Alianza, es también nuestra gloria. En su muerte y resurrección está nuestra victoria. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Dar la vida, desvivirse como él por amor, en obediencia al mandamiento del Padre, es la sementera del grano de trigo que sólo muerto, hace nacer la espiga de la cosecha.

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