
No podemos negar que hablar sobre las comunicaciones es el tema del momento. Nunca como hoy, las distancias se han acortado y se profundiza en todos los niveles de la comunicación, de todas las formas y maneras posibles. ¿Pero qué comunicarnos? ¿Qué transmitimos cuando lo hacemos? Parece que las malas noticias son las más atrayentes. Hoy en día se puede hablar de todo sin reservas y frente a ello, hablar de Dios parece ser un tema no tan recurrente, aún sabiendo y reconociendo que es algo importante en la vida de los hombres. Celebramos la solemnidad de la Ascensión y creo que debemos meditar profundamente en nuestro rol de comunicadores de una buena noticia: Jesucristo. ¿Cómo lo estamos haciendo? ¿Cuánta publicidad le damos a este tema? ¿Es un asunto importante en nuestras conversaciones? Jesús envía a sus discípulos a ser anunciadores de la gran verdad de la salvación para todos los hombres. Por ello, nuestra esperanza en la vuelta de Jesús no está basada en hacer cálculos en un escritorio para ver cuándo regresará, como si la misión de la Iglesia sea estar en quietud. Si confesamos que Cristo es el juez que vendrá a juzgar a vivos y a muertos, hay una obligación moral de comunicar la necesidad que tenemos de ser salvados. Es tan grande nuestra esperanza por la gloria que nos espera que se hace tan apremiante el dar a conocer esta buena noticia. Renovemos pues nuestra convicción de misioneros y hagamos lo posible por ser entes comunicadores de una gran esperanza con nuestras palabras y nuestras acciones. Hay que purificar los medios de comunicación y para ello, debemos saber utilizarlos adecuadamente y así aprovecharlos para la difusión de la salvación.







