Ciclo A, La Ascensión del Señor (reflexión de Antonio Elduayen, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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Queridos amigos

La Ascensión del Señor es la otra cara de la Resurrección. Ciertamente es grande, lo máximo, haber vencido a la muerte (y al pecado causante de la misma). Y es grande e inédito haber estrenado un nuevo cuerpo, espiritual, lo llama S. Pablo (1 Cor 15,44) y una nueva forma de vida. “Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte, nos dirá el obispo S. Gregorio de Nisa. Ha aparecido otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra propia naturaleza”. Pero aún siendo la Resurrección tan grande, sería trunca e insuficiente sin la Ascensión, que la colma de sentido y valor. Que completa y corona la premiación y glorificación de Jesús por el Padre Dios, al sentarlo a su derecha, muy por encima de todo poder…en este mundo y en el otro, y al colocar todo bajo sus pies (Col 1, 21-22).

Es así cómo hay que entender lo que, sobre la Ascensión, decimos en el llamado Credo de los Apóstoles. Jesús no subió ni bajó, simplemente volvió a su Padre. Tampoco está sentado a su derecha, pues, siendo Dios espíritu puro, no tiene derecha ni izquierda; ni hay asientos en el cielo… Todo ese fraseo coloquial es para decirnos que el Padre Dios recibió con amor a Jesús y lo glorificó dándole el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor (Fil 2, 9-11). Para esto el Espíritu resucitó a Jesús. Pero ¿qué hace Jesús en el cielo? Ante todo gozar de la gloria del Padre. Luego enviarnos el Espíritu Santo (Jn 14, 16), actuar como sacerdote y mediador, ser fuente y modelo de los bautizados, y prepararnos un sitio para que, cuando nos llame, estemos con Él para siempre (Jn 114,3)

Por la Ascensión Jesús está en el cielo con su cuerpo, alma y divinidad. Pero, por voluntad suya, está también en la eucaristía: con su cuerpo, alma y divinidad. No sabemos cómo es esta presencia, que llamamos “sacramental”, pero que está, está (Jn 6, 51+; Lc 22, 19-20; 1 Cor 11, 23+). Siendo Dios pudo hacerlo, y por el amor grande que nos tuvo (y nos tiene) quiso hacerlo ¡y lo hizo! Tanto es así que si preguntamos dónde está Jesucristo Resucitado, la respuesta es: en el cielo, junto a su Padre Dios, y en el sacramento de la eucaristía, por nosotros. Son los dos únicos sitios (sic) donde Él está realmente y en persona, aunque espiritualmente esté en cada corazón que lo ama. Un Jueves Santo, en la Última Cena, Jesús anticipó este milagro de su doble presencia real, pues estando Él a la mesa, cada discípulo lo comió en la forma de un poco de pan (Lc 222, 19). Desde entonces y por voluntad suya, este milagro se repite en cada eucaristía.

En relación con nosotros la Ascensión del Señor nos enfrenta con una doble realidad: la de lo alto, donde Jesús está (Col 3, 1+; Fil 3,20+; Ef, 2,6); y la de aquí abajo, con una inmensa doble tarea: 1. asumir nuestra adultez y responsabilidad de discípulos misioneros (Hech 1, 11) y 2. retomar la Nueva Evangelización “hasta los extremos de la tierra” (Hech 1, 8). Les invito a leer los textos, pues no hay espacio para más.

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