EL CIELO Y LA PALOMA
Fiesta del Bautismo del Señor
9 de enero de 2011
Quebrar la caña cascada y apagar el pábilo vacilante de un cirio. Son dos acciones sencillas, casi instintivas, pero en un momento concreto podrían estar cargadas de significado. Las gentes del pueblo se llenaban de temor cuando veían al heraldo del rey de Babilonia realizar esos dos gestos. Con ellos indicaba que se había decretado una condena a muerte.
Pues bien, esos gestos se encuentran mencionados en el primero de los himnos dedicados al Siervo del Señor, que se encuentran en la segunda parte del libro de Isaías. El Siervo no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo vacilante. El mensaje es muy claro. El Siervo elegido por Dios no es enviado a anunciar la muerte sino la vida. Su imagen es la de un hombre de paz que no impone su voz.
Su figura a nadie puede dejar indiferente. El Mesías interpela y denuncia ya con su mansedumbre. Quebrar una caña rajada y apagar de golpe la mecha encendida de una vela es lo que han hecho siempre los arrogantes y los poderosos. Y sobre todo, los que tratan de hacer justicia ajusticiando a los que no aceptan sus proyectos. Los que piden tolerancia no son los más tolerantes. Decididamente no es esa la justicia del Justo de Dios.
LA LÁMPARA Y EL SOL
El evangelio nos acerca hasta el Jordán para que podamos aprender y contemplar. Jesús desea ser bautizado por Juan, pero Juan replica que es él quien debería ser bautizado por Jesús. Uno y otro aceptan los planes de Dios sobre ellos y sobre el mundo. El bautismo de Jesús es el momento de la revelación de un profeta creyente y de un Mesías obediente.
Con diversas alusiones evangélicas, san Gregorio de Nazianzo contrapone las figuras y las intenciones. «La lámpara se dirige al sol, la voz al Verbo, el amigo al esposo, el mayor de los nacidos de mujer al primogénito de toda la creación, el que saltaba en el seno de su madre al que fue adorado en el seno de la suya, el Precursor presente y futuro a aquél que se manifiesta y se manifestará».
Los santos Padres comentan con frecuencia otras dos imágenes: los cielos abiertos y la bajada del Espíritu en forma de paloma. En primer lugar, Jesús abre de nuevo el paraíso que el pecado de Adán había cerrado. Y además, Jesús es la nueva tierra que emerge del diluvio y sobre la cual puede descansar el Espíritu de Dios.
EL HIJO Y SU MISIÓN
Pero aún queda la voz que baja del cielo: «Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto». Esas palabras finales del evangelio de hoy son un eco de las palabras iniciales del texto profético que se proclama en la primera lectura (Is 42,1).
- «Éste es mi hijo». En Jesús se nos revela la paternidad de Dios y la filialidad humana. Dios no es lejano. Jesús es su hijo. Y todos los que lo aceptamos como Señor y Salvador nos gozamos de ser hijos en el Hijo.
- «El amado». En las antiguas religiones era impensable un Dios amoroso. Los hombres nunca se sentían amados por los dioses. No inspiraban confianza sino temor. Hasta el más familiar como el dios Pan infundían un temor «pánico» entre los pastores y sus rebaños.
- «Mi predilecto». Más aún que el Siervo de Dios, cantado por el profeta, Jesús es el predilecto de Dios. El amado antes de la creación del mundo. Él es el solista de la gran ópera que entona la melodía que resuena en todo el mundo, como ha escrito Benedicto XVI.
Señor Jesús, tú no has venido a condenar sino a salvar. En el Jordán has aceptado tu misión y asumido la suerte humana. Te reconocemos como el Hijo de Dios. En ti hemos descubierto el amor del Padre y nuestra propia dignidad. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.
José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca







