Ciclo A, Domingo 3º de Adviento (reflexión de Francisco Bartolomé González)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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1. Reaparece la figura de Juan Bautista

Herodes lo tenía preso en la temible fortaleza de Maqueronte, en pleno desierto de Judá, en la Transjordania, por echarle en cara sus maldades y por miedo a que las multitudes que arrastraba con sus palabras pusieran en peligro su trono. Los poderosos, cuando ven en peligro sus intereses particulares, ponen en marcha la represión, sin importarles las consecuencias que puedan acarrear para los demás, sobre todo si estos «demás» son el pueblo indefenso.

Ha oído hablar de las obras de Jesús, pero no sabe interpretarlas. Esperaba un Mesías riguroso, victorioso. Había textos que lo indicaban. El mismo había anunciado la llegada del Mesías como un juicio: «El hacha está tocando la base de los árboles; y el árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego», «tiene en la mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga» (Lc 3,9.17). Por eso se asombra al enterarse, desde la cárcel, que el Cristo anda con los pobres y se dedica a curar a los enfermos. Además, hasta entonces no se había enfrentado directamente con la minoría dominante ni dado sentencias condenatorias claras, sino que soportaba a la oposición.

Juan está inquieto; quizá no sabe bien qué recomendar a los seguidores que aún tenían con él algún contacto; duda en poner su esperanza en la acción de Jesús o no. Su línea de sencillez y de misericordia le despista. Es lógico que se pregunte si es el Mesías o si es otro el que va a realizar el juicio que se espera. Desde luego, Jesús no es el Mesías por él esperado: el Mesías que actuando por la fuerza derribara a los que ejercían el poder. Es fácil también imaginar que, al estar en la cárcel, esperara de la acción del Mesías su propia liberación. ¿Qué preso no ansía libertad, amnistía, cambio de situación, un orden social que dé nuevas posibilidades?… Y mucho más si es un preso político como era Juan. Y mucho más si es, como él, un profeta de la nueva sociedad prometida por Dios a los esforzados. Juan Bautista representa a todos los hombres honestos y justos del Antiguo Testamento y de todas las épocas, que tienen la valentía de expresar sus dudas y de cuestionarse con seriedad, de buscar respuesta a sus interrogantes. Por medio de dos discípulos le manda recado a Jesús con una pregunta que revela su propia indecisión: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

La sorpresa, el escándalo que causará siempre la presencia y la intervención del Dios de Jesús de Nazaret entre nosotros están expresados en esta pregunta de Juan Bautista. Jesús fue objeto de sorpresa y escándalo para sus contemporáneos y sigue siéndolo para todos nosotros. Jesús se encontró con una religión de ritos, hecha a nuestra medida, impuesta desde arriba, alcahueta de los poderosos y ella misma poderosa, opresora del pueblo. Una religión establecida, natural, lógica… Una religión que tiende a ser espontáneamente nuestra religión si no nos esforzamos continuamente en superarla y en ahondarla. Una religión en la que lo esencial era exaltar la majestad de Dios, su poder, su gloria, reconocer sus derechos y conseguir sus favores por medio de cierto número, lo más definido posible, de ofrendas, ritos y oraciones. Una religión en la que Dios castigaba a los malos -que siempre son los otros- y premiaba a los buenos.

Cuando Juan Bautista vio a Jesús hecho dulzura y bondad, que aconsejaba a todos el desprendimiento de las riquezas y que invitaba a su reino interior; cuando oyó que exaltaba a los dóciles, a los pacíficos, a los misericordiosos…, el pobre Juan se quedó sin saber qué hacer.

Jesús renovaba todas las cosas, realizaba una tremenda revolución en nuestras concepciones religiosas: revelaba una «religión» que ninguno había conocido hasta entonces y que aún no hemos acabado de comprender los cristianos. Ni acabaremos nunca.

Habían creído -y seguimos creyendo- que Jesús iba a revelar lo que ya conocían, la religión que habían seguido hasta ese momento y que representaba a un Dios a la medida de nuestras ideas, que obraba según nuestros planes.

El reino de Dios anunciado por Jesús es una realidad totalmente nueva. Ante él palidecen todas las grandezas humanas y todos los montajes religiosos. ¿No seguimos esperando «otro» Mesías, «otra» Iglesia? Es más, ¿no hemos hecho «otra» Iglesia y hemos desfigurado al Mesías? Y ahora, cuando muchos cristianos quieren vivir algunos rasgos de aquel Cristo que causó extrañeza al Bautista, ¿no se extrañan y escandalizan muchos? La Iglesia de Cristo debe ser pobre y dedicarse a los pobres, no sólo con palabras bonitas. ¿Lo es? ¿Lo está? Nosotros, los cristianos, debemos ser pobres y dedicarnos al servicio de los pobres. ¿Lo somos? ¿Lo estamos? ¿Colaboramos con los que trabajan para redimir la miseria humana?

La pregunta de Juan el Bautista sigue flotando en medio de la historia: en los hombres que aguardan y aceleran la irrupción de la justicia, en los que sueñan con un mundo más humano, en los que sufren aplastados por la inmensa maldad de nuestra tierra…

2. El reino anunciado y vivido por Jesús

«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo…» Jesús no contesta directamente; se remite a sus obras y a los escritos del profeta Isaías (Is 26,19; 29,18; 35,5-6; 61,1). Sin embargo, no alude a otros textos del profeta (Is 35,4; 61,2), en los que se habla de un día futuro de venganza y desquite. Jesús se apoya en unos textos proféticos y deja de lado otros. Con ello le está indicando que no toda la elucubración mesiánica basada en textos del Antiguo Testamento tenía validez. A la vez que le insinúa que su línea de sencillez y misericordia ya estaba en los profetas. Si mira con detenimiento sus signos, podrá advertir en ellos el cumplimiento de las profecías.

TIEMPO/MESIANICO: El mesianismo -sentido auténtico de la vida, respuesta a las preguntas más profundas y definitivas de la vida humana- no es una teoría ni un dogma; es, sobre todo, una acción. Creer en Jesús Mesías no es posible si no tenemos la experiencia de sus obras, si no hemos «visto y oído».

Lo mesiánico aparece cuando los hombres esperamos contra toda esperanza, cuando creemos en el progreso verdadero, en lo nuevo, en la posibilidad de una sociedad distinta, en las relaciones fraternales. Cada generación que comienza de nuevo, cada pueblo que trata de reencontrarse, cada movimiento de liberación, cada niño que nace…, hace presente el tiempo mesiánico. Y todo esto, creído y vivido, luchado y sufrido, a pesar de ese «buen sentido común» que afirma constantemente dentro de nosotros que no hay nada que hacer, que todo va a continuar igual, confirmado por la experiencia diaria. Y, a pesar de todo, se espera, se cree, se trabaja, se lucha por esa utopía de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1), de «un hombre nuevo» (Ap 2,17).

Lo mesiánico es tiempo de promoción de la persona humana y de las comunidades, tiempo de iluminación, de tomar conciencia, de maduración… y de acción. Los que siembran tinieblas, los que confunden y engañan, los que procuran tener adormecidos a los individuos y a los pueblos, entorpecen la instauración de los tiempos mesiánicos.

El tiempo mesiánico es el momento de fortalecer a los débiles, de dar energía a los vacilantes, de aligerar el peso a los que caminan aplastados por tanta opresión… Los tiempos mesiánicos son tiempos de libertad, de amnistía, de relajamiento de tensiones, de ruptura de cadenas, de suspensión de cárceles. Tiempos nuevos que cada generación humana debe instaurar, confiando en la ayuda de Dios.

Traer a la tierra los tiempos mesiánicos es tarea, sobre todo, de los creyentes. Solamente se podrá ir descubriendo el plan definitivo de Dios sobre el mundo si las primicias de ese plan comienzan a manifestarse.

Los tiempos mesiánicos quieren convertir las espadas en azadones, las lanzas en podaderas, acabar con todas las guerras (/Is/02/04); en ellos podrán convivir el lobo y el cordero, el leopardo y el cabrito… (Is 11,6); en ellos, ¡por fin!, nadie hará daño a otro (Is 11,9)

En ellos, «los ciegos ven y los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». ¡Cuántos se han presentado y se presentan como salvadores del hombre y han hallado seguidores!, pero ¿qué han ofrecido? ¡Cuántas esperanzas decepcionadas pueden renacer ante el anuncio de Jesús!

Nuestro tiempo parece más de desesperanzas, como si todo invitara al escepticismo, al «pasotismo». Pero no es posible vivir mucho tiempo sin creer y esperar, sin tensión hacia un mañana mejor, ese mañana mejor anunciado aquí por Jesús.

Si alguna vez hemos tenido ocasión de entrar en las profundidades de una persona, si en un momento de intimidad nos hemos comunicado de verdad con alguien, seguramente que habremos descubierto un mundo insospechado de aspiraciones secretas, de decepciones, de carencias, de sufrimientos y alegrías. Un mundo que no nos habríamos atrevido ni a imaginar bajo la máscara que los adultos -¿los jóvenes no?- acostumbramos a presentar en nuestras relaciones de cada día. Cuando se va al fondo, la mayoría de los seres humanos damos la impresión de vivir satisfechos de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Pero si profundizamos, si buscamos por debajo de la careta, tal vez risueña, veremos que nos habíamos engañado, nos daremos cuenta de cómo los hombres vamos buscando por todas partes el sentido de la vida, una salvación-liberación, algo que nos ayude a superar el vacío que experimentamos en nuestras aspiraciones, en nuestros anhelos más íntimos. ¿No es esto lo que nos ocurre a todos nosotros?

A la pregunta de Juan, que expresa con tanta claridad el anhelo de salvación plena y total que brota en el corazón de todos los hombres, Jesús responde con hechos: «Los ciegos -los que se dan cuenta de que son ciegos y, por eso, quieren ver- ven y los inválidos -los que son conscientes de su incapacidad y quieren salir de ella- andan, los leprosos -los marginados de la sociedad, por el motivo que sea, y se rebelan- quedan limpios y los sordos- los alienados por la sociedad de consumo, los que viven confortablemente de espaldas a los demás…, pero no están a gusto- oyen, los muertos -los que se saben vacíos, infelices, sin futuro, solos…- resucitan y a los pobres -a los que esperan y creen en los otros, saben de su incapacidad para vivir solos, necesitan de los demás, necesitan del «Otro»… y, por ello, viven abiertos a lo que les rodea y a sí mismos- se les anuncia la buena noticia».

Los ciegos, los inválidos, los sordos… que no lo reconocen, no tienen solución. Debe ser el pecado contra el Espíritu Santo (Mt 12,31-32; Lc 12,10). Todo lo que impide al hombre ser en plenitud debe ser vencido. ¡Cuántas cosas nos impiden ver, oír, caminar, levantarnos!… Nuestros ojos están hechos para ver, nuestros oídos para oír… Estamos hechos para vivir, no para morir. Este anuncio de Jesús nos dice que todo lo que el hombre debería ser, todo lo que el hombre anhela profundamente, todo lo que conduce a la plenitud y eternidad humanas, todo eso es ya ahora una realidad, como lo es la espiga futura en el grano que se siembra.

Los signos dados por Jesús, excepto la evangelización de los pobres, son obras milagrosas. ¿Tan difícil es que los ciegos -y todos lo somos- podamos ver, los inválidos andar?…

Sin embargo, a pesar de no ser obra milagrosa, es la evangelización de los pobres el signo más específico y decisivo del ser cristiano; hasta el punto de haber sido elegido como inicio del discurso programático de Mateo: «Dichosos los pobres…» (Mt 5,3). Es el signo que imprime una dirección bien definida a todos los demás: el pobre que elige serlo. Que Jesús es el enviado de Dios lo prueban los milagros; pero es su predilección por los pobres (ciegos, sordos, inválidos, pecadores…) la que revela la novedad de su mesianismo. Sin olvidar a los niños.

En lo que Jesús manda decir a Juan aparecen como beneficiarios de su acción todos los desheredados de la tierra. Y es en este hecho de su predilección por los marginados en el que está llegando el reino de Dios. El que los destinatarios de su acción y de su anuncio de felicidad sean los pobres indica que se está en el comienzo de la era mesiánica. Los signos que propone Jesús para constatar que llega el reino esperado no son «divinos», no son acciones ejercidas directamente por Dios en un terreno distinto al de los hombres ni acciones cultuales, sino signos muy «humanos»: gestos de pobre que ama a los que sufren, a nivel de gente pobre que pide pan, salud, esperanza; cosas históricas y materiales, respuestas a necesidades profanas y no religiosas, a peticiones de personas no tenidas en cuenta en la sociedad.

En su respuesta, Jesús anuncia el cumplimiento de la profecía de Isaías (35,1-6.10). Israel vivía entonces lejos de su patria, al otro lado del desierto, y sentía temor ante aquella amnistía ofrecida a todos los exiliados. Muchos preferían quedarse en el exilio, preferían aquella opresión, aquel ir tirando sin ilusiones, antes que complicarse la vida con el regreso, con las nuevas posibilidades que se les abrían ante los ojos. Eran gente sin esperanza, incapaces de soñar. Les bastaba su miseria, no querían nada más. Dios envía a Isaías para despertar a toda aquella gente amodorrada y derrotada. Todo esto seria posible si el pueblo se sacaba de encima la pereza y el miedo y se animaba a caminar. Porque Dios estaba con él, Dios quería acompañarlo en ese camino. El pueblo superó sus temores, se dio cuenta que valía la pena ir más allá del ir tirando de cada día, ir más allá de las dificultades y barreras cotidianas.

¡Cuánto nos conviene ahora volver a escuchar las palabras que dijo Isaías hace más de dos mil quinientos años! El profeta se dirige al pueblo cautivo para anunciarle la salvación que Dios en persona venía a traerle. Esta presencia del Dios que salva es alegría para el mundo, especialmente para aquellos que más han sufrido las consecuencias del exilio: ciegos, cojos, sordos, mudos…, los más pobres. Una presencia que da una esperanza tan firme que el desierto se transformará en paraíso.

Toda esta poesía apunta mucho más allá: la alegría del retorno del exilio es también el símbolo de la alegría de los últimos tiempos. Jesús no puede ser otro que el Mesías, porque sus obras son las que el profeta había anunciado como propias del Mesías. ¿Es así ahora? En esa medida la Iglesia es fiel a Jesús; lo mismo cada comunidad y cada cristiano. ¿Qué salvación ofrecen al pueblo oprimido los religiosos y religiosas, los sacerdotes…, la institución eclesiástica…, los partidos políticos, las ideologías y religiones no cristianas? ¡Pobre pueblo!

Jesús nos ofrece un mundo nuevo, una nueva forma de vivir. ¿Enlazará con la nueva sociedad que se está gestando? En él, los hombres ciegos podrán romper las cataratas que vendan sus ojos, los aturdidos por el ruido de tantas propagandas alienantes oirán palabras nuevas, los paralizados por las opresiones y ataduras saltarán libres de toda cadena; los mudos, los amordazados, los que no tienen voz… podrán gritar sus ilusiones y esperanzas.

Jesús nos anuncia una nueva ciudad de fraternidad, gozo, relaciones verdaderamente humanas…, con la única condición de luchar por ello.

3. El reino de Jesús, ¿es el nuestro?

Jesús de Nazaret fue pobre: encarnó en sí mismo la radical pobreza del ser humano, su debilidad, su impotencia, su existencia depauperada por el pecado, su vida limitada y mortal. Y se dedicó a servir, ayudar y acompañar a los pobres. Y les anunció la salvación. Vivió, sufrió y murió generosamente, disponible al Padre en los hermanos, desprendido de sí, movido por el amor sin límites que llenaba su corazón y que le llevó a la muerte por fidelidad a sus planteamientos. De esa forma redimió todas las pobrezas que existen en el mundo, haciendo de ellas objeto, signo e instrumento de salvación.

La Iglesia de Cristo debe ser pobre como él; amar, evangelizar, servir, acoger y ayudar a los pobres como él. Lo mismo cada comunidad, cada grupo, cada creyente.

POBREZA/QUÉ-ES:¿Qué es ser pobre hoy? Ser evangélicamente pobre es antes que nada una actitud de espíritu. Incluye inexcusablemente ser consciente de la pobreza radical del ser humano: limites, defectos, fallos, pecados; reconocerse pecador de verdad. Incluye también ser desprendido y generoso, amar en serio, darse de veras a Dios y a los demás, sin regateos y hasta donde sea necesario. Ser pobre es compartir, repartir, dar, darse, tomar sobre sí las necesidades de los otros y dar de los propios bienes a los demás, a los más necesitados, hasta empobrecerse materialmente por amor. La medida concreta es difícil y es lo de menos. Pero el que es suficientemente pobre en el sentido esencial de desprendido, disponible, generoso, no amontonará jamás ni pequeñas riquezas. No podemos esperar grandes cambios sin una auténtica revolución interior de la persona humana, de nosotros mismos. No podemos esperar grandes cambios sin querer dar un vuelco a la cultura, educación, formas de ser, diversiones, modos de emplear el tiempo, sistemas económicos… No podemos quedarnos en criticar estructuras, esperando que nos sirvan en bandeja las grandes transformaciones sociales.

¿Quién de nosotros está ensayando un nuevo tipo de familia, dar una vuelta total a su vida, escapar de las tenazas de la sociedad de consumo, poner en común todos los criterios y actitudes? ¿Cuántos estamos dispuestos a abrir los ojos y ver; ver sencillamente lo que hay; dejar que los acontecimientos humanos nos interroguen, diciéndonos la injusticia que llevan dentro? ¿Quién está dispuesto a poner su vida al servicio de una humanidad mejor para todos? ¿Oímos el clamor de todos los desterrados de nuestra tierra?

«¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!’`

Mateo y Lucas -sus comunidades- están impresionados por la definitiva ruptura entre la Iglesia y el judaísmo, acaecida poco después de la destrucción de Jerusalén, y enfocan el problema desde sus orígenes. Pero hoy vivimos la misma situación. ¿Qué nos está llevando a aceptar o rechazar el reino de Dios, presente en Jesús?

Jesús puede desconcertarnos, como desconcertó a sus contemporáneos y como desconcertó incluso a Juan Bautista. Porque no era exactamente lo que los judíos esperaban del Mesías.

¿Cómo Jesús dejaba de lado a los maestros de la ley, a los sacerdotes, a los notables del judaísmo, a los servidores del templo? ¿Cómo dejaba de lado la liberación política del pueblo judío, harto de la dominación romana? ¿Cómo los marginados, que no conocían la ley ni la cumplían, podían ser los herederos del reino que, según los maestros, sólo se alcanzaría con el cumplimiento de la ley? ¿Cómo los que no pisan la iglesia o son ateos pueden estar más cerca del reino que los que vamos a ella todos los días?… Jesús dice que sí, planteando algo insólito, nuevo, original, inesperado; algo que escandaliza incluso a los mismos pobres y marginados, que no acaban de creérselo.

Son los signos que realiza Jesús, y no los sacramentos, ni las jerarquías, ni los ritos, los que indican cuándo y por dónde va llegando el reino de Dios. En la religión de Jesús todo consiste en amar como él ama (Jn 13,34-35). Desde entonces todo quedó trastocado. Jesús no divide a la humanidad en buenos y malos, sino en personas que saben amar y aman y en personas que viven para sí mismas. Pero no sirve cualquier amor, sino amar como Jesús.

Ahora -¿siempre?- muchos se han hecho un mesías a su medida, un «mesías burgués», y arremeten contra todos los que se opongan a «su mesías». Otros rechazan este mesías, que saben que es falso, para justificar su ir viviendo de espaldas a los demás. Parece que hay un malentendido congénito entre los profetas y su sociedad, que termina inevitablemente por hacerlos callar violentamente o dejándolos que hablen donde no sean oídos. Nosotros no somos mejores. ¡Quién sabe si nuestros prejuicios no nos estarán impidiendo oír y ver los caminos que sigue hoy el reino de Dios!

¿Vamos a poner condiciones a Jesús, a fijarle caminos? No nos identificamos de buena gana con los pobres: no nos sentimos ciegos, ni sordos, ni mudos, ni paralíticos… Por eso no dejamos que el contacto con Jesús sea fuente de gozo, renueve nuestro interior, nos devuelva la alegría de vivir.

Jesús también defrauda a los que esperan triunfalismos. ¿Cómo aceptar su humildad, su fracaso, su cruz? Hablamos de ello como si lo creyéramos de verdad. Pero es el montaje de nuestra vida el que nos está diciendo que no. En Jesús, su vida y sus palabras iban juntas; en nosotros sigue cada una su propio camino. ¿Por qué si creemos en el escándalo de la cruz somos tan «prudentes» -¿cobardes?- ante las injusticias que padecen los hombres? A los que le sigan, Jesús les ofrece únicamente como recompensa «tomar su cruz y seguirle» (Mt 10,38). Y a los pecadores solamente les anuncia una cosa: serán mimados, perdonados, acogidos. Y esto nos desorientará siempre si lo aplicamos a nuestra vida de cada día. ¿Quién se atrevería a proponer como prueba de la ternura divina el fracaso, la enfermedad, la pobreza, el llanto? ¿Quién de nosotros, al empezar a sufrir, sabría ver en el sufrimiento su vocación, su llamada, el sitio donde lograr la imitación del Maestro? Siguiendo a Jesús no nos veremos libres de las pruebas de la vida, pero las podremos llevar con amor; no lograremos ser felices ahora, pero sí llegaremos a poder prescindir de ello al sentirnos útiles.

El Dios de Jesús raras veces es de nuestra opinión. Jesús ha tenido el atrevimiento de afirmar que la novedad del mundo nuevo ha irrumpido ya sobre la tierra: caminan los que estaban impedidos, ven los ciegos, caminan los inválidos, los muertos resucitan y los pobres reciben el reino. Mirando desde fuera, esta pretensión es escandalosa: es verdad que ha curado a unos enfermos, es verdad que ha ofrecido a unos pocos la ilusión del reino… Pero, en el fondo, todo sigue igual: los pobres continúan oprimidos, desesperan y mueren los enfermos, se pudren en la tumba los muertos…

Sobre esta pretensión de Jesús los hombres están divididos. Por más que le admiren, los judíos de todos los tiempos, los marxistas de hoy o los incrédulos de siempre suponen que Jesús ha fracasado, que con sus planteamientos no podía llegar muy lejos. Puede haber tenido buenos gestos e intenciones, ayudado a unas cuantas personas, pero en el fondo todo sigue igual. ¿No demuestra esto mismo el desencanto de tantos sacerdotes? Los cristianos, a no ser que creamos en vano, admitimos el testimonio de Jesús y creemos que con él ha comenzado a ser realidad lo definitivo.

Pero no podemos olvidar nunca que creemos en Jesús en la medida en que estemos llevando su reino a los pobres, abriendo los ojos y los oídos a los oprimidos, ayudando a que se levanten y luchen por su liberación las personas y los pueblos explotados por los grandes. Esto nos lleva a cada uno de nosotros, y a cada comunidad, a reflexionar para ver cómo podemos colaborar para que aparezcan estos signos de los tiempos mesiánicos. La Iglesia, si no quiere seguir defraudando las esperanzas de las personas y pueblos marginados, tiene mucho que hacer para colaborar a su liberación, para que se haga justicia con ellos.

4. Grandeza de Juan Bautista

Cuando se van los discípulos enviados por Juan Bautista, Jesús cuestiona a la gente sobre cuál fue el motivo para salir de sus casas e ir al desierto a oírle. A la vez, precisa la misión de Juan, personaje que influyó mucho en las primeras comunidades cristianas. Jesús nunca habló de ningún hombre como lo hizo de Juan. Con sus palabras revela su importancia en la historia de la salvación.

Jesús, con sus preguntas, hace reflexionar al pueblo sobre lo que buscaban cuando acudían en masa al desierto a escuchar a Juan.

DESIERTO/NECESIDAD:El desierto es un lugar estéril, árido, abrasado por el sol. Pero es también el lugar ideal para el crecimiento de los principios sólidos, de las convicciones profundas. Es en el silencio y en la soledad que hay en él donde pueden nacer y desarrollarse las profundidades del ser humano. Es en él, en todo lo que bíblicamente representa, donde el ser humano puede alcanzar el fondo de sí mismo, el gusto por la interioridad.

Y como no podemos vivir de verdad sin principios y convicciones sólidos y profundos, debemos acudir frecuentemente al desierto para encontrarnos con nosotros mismos. Demasiadas personas pretenden hacer frente a la vida equipadas solamente de impresiones, de entusiasmos pasajeros, exaltaciones momentáneas, fórmulas de moda… Por eso son tan volubles, tan incapaces de aceptar el mínimo compromiso. Para perseverar en una vida que lleve el signo de lo absoluto es necesario tener unos ideales que no se desvíen ante las dificultades. Y como los ideales más verdaderos son los que cultiva uno mismo, es necesario buscar el silencio y la soledad para madurarlos. No podemos vivir solamente con las respuestas y soluciones que otros nos den a nuestras preguntas; y menos vivir de las ideas y costumbres de moda.

Es verdad que debo escuchar, observar, confrontar, recibir de todos, buscar en todas las direcciones. Pero todo ello debe ser después elaborado, transformado por mí mismo. Debo poner en movimiento mi espíritu crítico, mi imaginación, mi capacidad de reflexión. De esa forma mi vida llevará mi marca inconfundible.

Para que mi vida sea mía, debo pagar regularmente el precio del sufrimiento, de la búsqueda, la paciencia, el silencio, la reflexión, las esperas angustiosas. Solamente las ideas de los demás son regaladas, no cuestan nada; pero no resisten las dificultades. Juan pasó del desierto a la cárcel. Era natural: había ahondado demasiado en el desorden establecido y tenía que pagarlo. No contemporizó con los poderosos ni vaciló ante la violencia que se le venía encima; tampoco vivió en el lujo. Era un hombre austero e inflexible ante el mal. Hoy le llamaríamos exagerado, al menos.

Jesús, con sus preguntas irónicas, marca las distancias entre los que viven en los palacios y visten con lujo y los pobres de la tierra a los que pertenecen sus discípulos. Los que vivían en palacios y vestían con lujo no iban al desierto a escucharlos, aunque sí fueran al templo. Los pobres siempre han preferido los desiertos.

¿Quién es Juan? La respuesta se da citando al profeta Malaquías (3,1). El pueblo considera a Juan un profeta -los dirigentes, un loco-, pero Jesús va más allá: es más que profeta, por ser el Precursor del Mesías. Su grandeza no está solamente en la austeridad de su vida y en el vigor de su carácter, sino en haber aceptado la tarea de preparar el camino a Jesús.

Jesús, revelación de Dios, constituye al mismo tiempo el sentido y plenitud del hombre. En esta perspectiva tenemos que interpretar la figura de Juan. Con la frase «no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista», Jesús lo eleva por encima de los grandes profetas del pasado. Y al decir «entre los nacidos de mujer», también resuena el misterio de su propio nacimiento. Juan Bautista es un ejemplo para todos nosotros por el esfuerzo que tuvo que realizar para vencer las resistencias, por la tenacidad en hacer tambalear estructuras tranquilas. También por sus dudas y las de los suyos ante las interpretaciones simplistas del pueblo, por su paciencia en la cárcel, con las manos atadas, sin poder hacer nada, viendo que el tiempo se terminaba para él.

«Aunque el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él». Juan era el más grande de los hijos de mujer, es el culmen de lo que puede producir la tierra. Pero el reino es mucho más: pertenece a otra esfera; ante él palidecen todos los resplandores terrestres, con los que no existe comparación posible. Para pertenecer al reino es necesaria una nueva intervención de Dios en el hombre, un nuevo nacimiento (Jn 3,3ss), que ni el más grande de los hombres puede lograr por sí mismo. Sin embargo, el más pequeño e insignificante en quien se haya realizado este nuevo nacimiento, esta nueva existencia, es mayor que la personalidad más destacada, como era la de Juan. Marca así la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Pero a esta novedad no es introducido el hombre sólo por el bautismo de agua; se requiere el nacimiento del Espíritu. Y no podemos olvidar que la mayoría de los cristianos hemos nacido del agua, pero ¿cuántos han nacido del Espíritu? ¿Cómo pretender ser «hombres nuevos» y vivir de espaldas a lo que Jesús representa hoy?

Acostumbrados a tanta «grandeza humana», el reino nos aparece como un grano de arena. Ni con todas nuestras fuerzas ni sumando grandeza sobre grandeza lo conseguiremos. Simplemente nos es dado.

Nos cuesta comprender la paradoja, la pequeñez del tesoro escondido nos desconcierta. Un tesoro que se encuentra en el fondo de un cubo de basura, en que con tanta frecuencia nos convertimos los cristianos, y en el que hay que mancharse, escarbando, para encontrarlo.

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