Ciclo A, Domingo 3º de Adviento (reflexión de Antonio Elduayen, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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El evangelio de hoy nos habla de Juan, como Precursor, y de Jesús, como Mesías (Mt 11, 2-11). Lo que, en el contexto del Adviento, viene a mostrarnos lo que nosotros tenemos que hacer: ser precursores como Juan y otros Cristo o Mesías como Jesús. En cuanto precursores, nuestro menester es preparar la venida del Señor, haciendo de discípulos misioneros, seducidos por Él y anunciándolo y llevándolo a los demás. En cuanto cristianos (otros Cristo), nuestro menester es sentirnos orgullosos de Jesús (y no defraudados), y hacer ver con los hechos que donde Él está todo cambia para bien (los ciegos ven, etc.). El evangelio, pues, de este 3º domingo de Adviento es un llamado a la acción, a la esperanza activa y fecunda. En favor de cuanto encierra y significa la Navidad: toda vida naciente y el Plan de Dios para el mundo.

Lamentablemente el Adviento que nosotros vivimos no nos hace ser muy precursores del Señor para el mundo, ni siquiera para los vecinos y sólo un poco en las familias. Cuando más, adornamos la casa con motivos navideños y guirnaldas de luces, ponemos el pino navideño, armamos el belén y colocamos la corona de adviento. A veces, hasta oramos y cantamos en familia entorno al belén y la corona de Adviento, cuyas velas encendemos… Todo esto está muy bien, pero es insuficiente. Sobre todo cuando la propaganda comercial y el consumismo nos hacen perder el sentido religioso y cristiano de la Navidad y reducen cuanto hacemos a casi sólo un maquillaje.

Dentro de una sana alegría urge volver a la sencillez y profundidad de la Navidad. Y a un Adviento que no se limite a dar un superficial barniz navideño o a acentuar la expectativa y la esperanza por un Jesús que llega. Sino que, como corresponde a quienes tenemos que ser precursores, nos lleve a la conversión y el testimonio personal y familiar, y a ser misioneros anunciando, preparando y anticipando la Navidad entre la gente y los nuestros. Que podamos tener y propiciar un encuentro personal, estrecho y vivo, con Él. Que crezca nuestro sentido y ejemplo de pertenencia y participación en la comunidad cristiana a través de la parroquia. Que hagamos y animemos a hacer pública nuestra fe participando en la Misa dominical y en otras celebraciones. Que alejamos de nosotros toda violencia, mentira y corrupción. Que amemos y sirvamos a los pobres…

A todo eso y mucho más, le llamamos esperanza activa y fecunda, que es el alma del Adviento. Activa, porque quien así espera no se limita a sentarse y a aguardar pasivamente a que la cosa venga sino que la apura y jala. Y fecunda, porque produce buenos y abundantes frutos (Gal 5, 22). No se limita a soñar con el que viene y lo que trae, sino que lo anticipa, empezando a vivir, aquí y ahora, la paz, el amor, la gracia, la benignidad, la salvación… del Divino Niño. Al respecto y recordando que somos administradores del Adviento, es bueno recordar la parábola del buen administrador, a quien, cuando el Señor vino, lo encontró cumpliendo su deber (en activa espera). Y le encomendó el cuidado de todo lo que tenía (Lc 12, 43-44).

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