UNA IGLESIA RESUCITADA
Domingo 2º de Pascua
1 de mayo de 2011
La muerte nos acosa cada día desde el exterior. Quienes rechazaron al Mensajero no aceptan fácilmente su mensaje. Es evidente que muchos cristianos son martirizados a lo largo y ancho del mundo. No podemos olvidar que los seguidores del Justo injustamente ajusticiado habrán de seguir el mismo camino.
Pero la muerte nos acecha también desde el interior. El miedo nos atenaza y paraliza. Unas veces es el temor a las aristas vivas del Evangelio. Otras veces es el terror a los que lo rechazan. Y siempre, es la pereza y la apatía que nos impide vivir el dinamismo de la fe. Llamados a la vida, damos la impresión de estar muertos.
Al ser apresado su Maestro en el Huerto de los Olivos, los discípulos se dispersaron y huyeron. Después de la muerte de Jesús se ocultaron en una casa, “con las puertas cerradas por miedo a los judíos” (Jn 20, 19-31). Esa reacción es comprensible. Pero no refleja la vocación a la que habían sido llamados.
LOS DONES DEL RESUCITADO
El día siguiente al sábado había comenzado con la visita de las mujeres al sepulcro de Jesús. Al encontrarlo vacío, comunicaron la noticia a los discípulos. Dos de ellos se apresuraron a ir a comprobar el extraño suceso. También ellos descubrieron que el sepulcro no podía contener al que es la vida.
Pero aquel día siguiente al sábado habría de concluir con otra visita inesperada. El mismo Jesús fue al encuentro de sus discípulos y los encontró paralizados por el miedo. El que había roto los lazos de la muerte tenía que liberar a los que permanecían atados por ella. El Maestro resucitado vino a contagiar la resurrección a sus discípulos.
Con su visita, Jesús les trajo tres preciosos dones. El don de la paz que ellos habían de transmitir a toda la tierra. El don de la alegría que habría de ser el signo de una vida resucitada. Y el don del Espíritu, que había de capacitarlos para una misión que reproducía la misión misma que su Señor había recibido del Padre.
LA BUENA AVENTURA DE LA FE
Evidentemente, los dones del Resucitado sólo puede percibirlos quien vive de la fe. El diálogo de Jesús con el apóstol Tomás constituye la gran lección que ha de recordar la Iglesia resucitada:
- “No seas incrédulo, sino creyente”. La incredulidad mantiene al discípulo en su soledad obstinada y alejada de la verdad. La incredulidad lo aleja de la comunidad con la que ha de recorrer el camino. La incredulidad le lleva a dudar de la humanidad del Señor resucitado, que es fuente de la vida.
- “¡Señor mío y Dios mío!” Si el Maestro y Señor se ha abajado a lavar los pies de sus discípulos, no puede el discípulo elevarse en una absurda altanería. Reconocer a Jesús como Señor y como Dios es la clave de toda la vida cristiana. Esa confesión de fe, nace de la humildad pero resume la grandeza del creyente.
- “Dichosos los que crean sin haber visto”. El evangelio se iniciaba con una bienaventuranza dirigida a María de Nazaret: “Dichosa tú que has creído”. Y se cierra con otra bienaventuranza que proclama la dicha y la “buena aventura” de creer en el que nos devuelve cada día a la vida resucitada de su Iglesia.
– Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, te proclamamos como el Mesías e Hijo de Dios. Tú das la vida a los que creen en tu nombre y nos llamas a la alegría de una Iglesia resucitada. Bendito seas por siempre. Amén. Aleluya.







