
Queridos amigos
Este 2º Domingo de Pascua, por ser la octava de la Resurrección del Señor, fue siempre un Día Grande. “Como si ahora hubiéramos nacido…” (1 Pe 2,2), es la obertura de la liturgia, que hace referencia a cuantos por el bautismo hemos muerto y resucitado con Jesucristo. Por su evangelio sobre todo (Jn 20, 19-31), Juan Pablo II lo escogió para celebrar en él al Señor de la Divina Misericordia. Y ahora el Papa Benedicto XVI lo ha escogido para canonizar como Beato a Juan Pablo II, pues fue en este Gran Día (en sus vísperas) que Dios lo llamó a su gloria. Ciertamente, le cae muy bien a este 2º Domingo de Pascua el ser el Día del Señor de la Divina Misericordia. Y el ser desde hoy el Día del Beato Juan Pablo
Al Señor Resucitado le cae perfecto el sobrenombre de Señor de la Divina Misericordia, pues es como se muestra después de su Resurrección: Todo Misericordia. “Rico en Misericordia”, 1º con los apóstoles, al desearles repetidamente la paz. ¡El shalom, debió sonarles a música celestial! No había reproche (por su huída en el Viernes Santo), sino los sentimientos y los buenos deseos del amigo y Maestro, que les tendía las manos, mientras ellos se iba llenando de alegría, de valor, de ganas de ser verdaderos apóstoles y testigos de su Resurrección. 2º con todos los hombres y mujeres del mundo, al dar a los apóstoles el poder de perdonar, instituyendo para siempre, el Sacramento del Perdón. Memoricemos el texto (Jn 20, 23). Como dijera Juan Pablo II, el perdón de Dios es su inclinación más profunda hacia el hombre caído (para levantarlo). 3º con la Iglesia, comunidad de apóstoles y fieles, al enviarles el Espíritu Santo, “don de todo consuelo”.
Fue el Espíritu Santo, quien resucitó a Jesús (Rom 8,11), dejando una cruz y un sepulcros vacíos. Él lo devolvió a la vida para ser “el Señor”, pero también para ser, cara a nosotros, “el Señor de la Misericordia”, de modo que atraídos por su amor, no vivamos ya para nosotros sino para Él. Es lo más importante del hecho histórico de la Resurrección y es lo que más conmovió a los apóstoles. Les emocionó tocar a Jesús y saber que era real, pero les emocionó aún más la experiencia de fe que los envolvió y los sedujo. La convicción de que Jesús estaba vivo y, por su amor misericordioso, de nuevo con ellos. ¡¿Quién o qué los podría apartar ya del amor de Cristo?! (Rom 8,35). Es la clase de experiencia de fe que tenemos que hacer nosotros: para no tener miedo y para cambiar la realidad, pues Él, que venció al mundo y la muerte, camina a nuestro lado.
El amor hecho misericordia, la compasión, fue el alma de la vida de Jesús, como lo fue también del Papa Juan Pablo II. Como de Jesús, de Juan Pablo II podemos decir y se han dicho, cientos de cosas impresionantes: “Juan Pablo II El Grande”, el Papa Peregrino y Misionero… Pero ¿cuál fue el motor y el alma de cuanto él fue e hizo? La clave está en la beatificación que hoy le confiere la Iglesia, al reconocer que practicó la caridad en grado heróico. Es decir que, como Jesús, estuvo lleno de misericordia…







