
Estamos en las últimas semanas de Pascua y se va escuchando la promesa de la venida del Defensor, en boca de Jesús. La acción del Espíritu Santo que plenifica la vida de los cristianos se va haciendo presente en la misión de los apóstoles y ministros de la Palabra según nos narra el libro de los Hechos de los apóstoles. Se va distinguiendo el rito bautismal de esta peculiar imposición de manos que trae como efecto inmediato la venida del Espíritu Santo como un nuevo Pentecostés a cada hermano que acoge la Buena Noticia. De esta manera, Jesús cumple aquella promesa que el evangelista Juan recoge en el discurso de la cena; de enviarles el Espíritu de la verdad, aquel que el mundo no conoce, pero los hijos de la Iglesia sí, ya que es el impulsor de la misión y el que hablará por nosotros. Por ello, también, la insistencia de Pedro en su carta de dar explicaciones cuando se nos lo requiera. Tenemos que dar razón de nuestra esperanza y esto sólo lo podemos hacer con la ayuda de la Espíritu de la verdad. Dios no nos abandona. Por tanto, el testimonio del creyente es vital en la acción misionera de la Iglesia. La palabra tiene que ir de la mano con la obra y esto se convierte en la garantía de que nos dejamos imbuir por la acción del Espíritu que penetra todo, lo invade todo, le da sentido a todo. Por eso, tenemos que preocuparnos, como Iglesia, de formarnos, de aprender cada vez más de los misterios de nuestra fe. Saquemos siempre tiempo para leer la Biblia, estudiar el catecismo, interesarnos por temas sobre nuestra fe católica, ya que la ignorancia nos puede llevar a la confusión y hasta perder la fe. Invoquemos al Espíritu para que nos asista en nuestros trabajos y en nuestra búsqueda de la verdad.







