Ciclo A, 4º domingo de Pascua (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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Creo que no hay discusión en el reconocimiento del Buen Pastor y en el desafío constante de la vocación de servicio de los consagrados buscando asemejarnos a este único pastor. Quiero detenerme en esta oportunidad en las ovejas, en la grey. Se ha hablado mucho de una crisis vocacional lo que no significa que Dios dejó de llamar, parece más bien, que hay otros condicionantes que están casi obligando a los vocacionados, centrar su vida en los afanes de esta tierra. Y aquí es donde entra a tallar el rol de la Iglesia local como promotora de vocaciones. La vocación siempre será un misterio, no existe la receta maravillosa para tener más vocaciones, pero sí debemos como Iglesia no cesar de hablar, de orar y de respirar el deseo de que surjan vocaciones. Las ovejas necesitan del pastor, pero para ello deben reconocer su voz, involucrarse con él. Si por una parte, no cultivamos vocaciones, por otra no ayudamos a los pastores a vivir su consagración con alegría. Dentro del misterio de la vocación está también el misterio de este pastoreo en el que no podemos renunciar a creer que Cristo es el buen pastor y en quien realmente ponemos nuestra confianza para que nos lleve por buenos caminos y a buenos pastos y en ello debemos reconocer que lo hace a través de esta mediación indigna pero eficaz que es el sacerdote. El pueblo de Dios tiene que estimular a sus sacerdotes a entregarse más a su vocación y misión. Quizá, más unidos en la acción pastoral, tendremos la posibilidad de ver frutos, es decir, respuestas firmes al llamado de Dios y de esta manera las ovejas siempre tendrán un guía adecuado en su itinerario de fe. Hoy te pido que reflexiones: ¿qué hago yo por las vocaciones en la Iglesia?.

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